JORNADA SEGUNDA: ESCENA IX

Simoniña, en camisa, los pies furtivos y descalzos, desciende la escalera del sobrado. En la cocina, negra y vacía, resuenan los golpes con que llaman a la puerta.

SIMONIÑA

¡Están a petar, mi padre!

PEDRO GAILO

Petar petan...

SIMONIÑA

¿Pregunto quién sea?

PEDRO GAILO

¿Y qué mal puede venir de preguntar?

LA VOZ DE MARI-GAILA

¡Abriréis, condenados!

SIMONIÑA

¡Es mi madre que está de retorno! ¡Como ella es de ley!...

PEDRO GAILO

¡A saber qué achaque la trae!

SIMONIÑA

¿Dónde quedaron los mixtos?

PEDRO GAILO

De mi mano no quedaron.

LA VOZ DE MARI-GAILA

¡Ay, aborrecidos! ¿Es que cuidáis de tenerme toda la noche a la luna?

SIMONIÑA

Estoy a cachear por los mixtos.

LA VOZ DE MARI-GAILA

¡Llevo aquí la vida perdurable!

SIMONIÑA

Aguarde que encienda el candil.

La sombra del sacristán, larga y escueta, asoma por encima del cañizo. Bajo la chimenea, el candil, ya encendido, se mece con lento balance, y la mozuela, cayéndole por los hombros la camisa, levanta las trancas de la puerta. Mari-Gaila se aparece en el claro de luna, negra y donosa. En el camino, medio volcado, está el carretón.

MARI-GAILA

¡Sois piedras cuando os echáis a dormir!

PEDRO GAILO

A los cuerpos cansados del trabajo, no ha de pedírseles que duerman con un ojo abierto, como las liebres.

MARI-GAILA

¿Qué estás a barullar, latino? ¡Así durmieses y no despertases!

PEDRO GAILO

¿No tienes mejores palabras cuando te acoges a tu casa, descarriada?

MARI-GAILA

¡No me quiebres la cabeza!

PEDRO GAILO

¡Más me cumplía, y era el rebanártela del pescuezo!

MARI-GAILA

¡Loqueaste, latino!

PEDRO GAILO

¿Dónde está mi honra?

MARI-GAILA

¡Vaya el cantar que te acuerda!

PEDRO GAILO

¡Te hiciste Pública!

MARI-GAILA

¡A ver si te enciendo las liendres!

SIMONIÑA

¡No comiencen la pelea!

MARI-GAILA

¡Buenos latines cuando perdimos nuestro bien!

SIMONIÑA

¿El baldadiño, mi madre?

MARI-GAILA

Espichó.

PEDRO GAILO

Por modo que... ¿Algún dolor repentino?

MARI-GAILA

Una alferecía. ¡Acabose nuestro provecho!

PEDRO GAILO

Él dejó de padecer, y no miró más.

MARI-GAILA

Cuatro machacantes junté en este medio tiempo.

Mari-Gaila desanuda con los dientes una punta del pañuelo, y haciéndolas saltar en la mano, muestra las cuatro monedas. Simoniña, ante aquellas luces, comienza el planto.

SIMONIÑA

¡Ya se fue el sol de nuestra puerta! ¡Ya se acabó el bien de nuestra casa! ¡Ay, que se fue de este mundo sin mirar por nos!

PEDRO GAILO

Corresponde dar aviso a mi hermana Marica.

MARI-GAILA

Que la rapaza se llegue por su puerta al ser de mañana.

SIMONIÑA

¡Madre del Señor, cómo mi tía se va a poner de remontada! ¡La mar de Corrubedo!

MARI-GAILA

Tú no le hablas palabra. Le dejas el carretón a la puerta, y con la misma, te caminas.

SIMONIÑA

¿He de llevar el carretón?

MARI-GAILA

¡Por sabido, aborrecida! ¡Por sabido! ¡No han de ser nuestras costillas a pagar el entierro!

PEDRO GAILO

¡Y andar en declaraciones!...

SIMONIÑA

Falta que mi tía sea conforme.

MARI-GAILA

Cuando se mire con el carretón a la sombra de las tejas, verá si lo pone en salmuera.

PEDRO GAILO

Determinado de hacer conforme a este hablar, cumple que ello se remate antes de venirse el día.

MARI-GAILA

¡Ahí estás asesado, latino!

SIMONIÑA

No me llego a la puerta de mi tía sin cuatro chinarros en el mandil.

PEDRO GAILO

¡Calla, mal enseñada! ¡Es tu tía y no has de alzarte contra ella!

MARI-GAILA

Si te acoge con malas palabras, le rompes las tejas.

PEDRO GAILO

No hay caso de tal incumbencia, aprovechando el rabo de la noche.

MARI-GAILA

No dictaminas mal.

PEDRO GAILO

Hay que evitar pleitos entre familias. Simoniña, tú le dejas el carretón a la puerta, y te caminas sin promover voces.

SIMONIÑA

Ya pudo mi madre hacerlo cuando acá dio la vuelta.

PEDRO GAILO

Son discursos de hombre.

MARI-GAILA

¡Calla, latino! ¿Consideras que no alcanzo tanta doctrina?

PEDRO GAILO

No te hago de menos, pero el hombre tiene otras luces.

SIMONIÑA

¡Muera el cuento!

MARI-GAILA

Muerto y sepultado. Aprovecha este ínterin de noche y llega con el carretón a la puerta de tu tía.

SIMONIÑA

¡Estoy a temblar!

MARI-GAILA

¡Eres muy dama!

SIMONIÑA

¡El muerto me impone!

MARI-GAILA

Anda a turrar del carretón.

SIMONIÑA

¡Ir por esos caminos tan negros!

MARI-GAILA

Por ellos vino tu madre.

PEDRO GAILO

No seas rebelde, Simoniña.

SIMONIÑA

Venga usted conmigo, mi padrecito.

PEDRO GAILO

Yo te hablaré desde la puerta, Simoniña.

MARI-GAILA

No te dilates con retóricas, aborrecida.

Simoniña se ata el refajo con manos temblorosas, échase el mantelo por la cabeza a guisa de capuz, y sale al camino haciéndose cruces y gimoteando. Por el claro de luna tira del negro carretón, donde la enorme cabeza del idiota, lívida y greñuda, hace su mueca. Las manos infantiles, enclavijadas sobre la cobija, tienen un destello cirial. Pedro Gailo, arrodillado en la puerta, con los brazos abiertos, envía la escolta de sus palabras.

PEDRO GAILO

¡Sé bien mandada!... ¡Llegas en una carrera!... ¿Óyesme?... ¡No lleves temor!... ¡Tienes luna!... ¿Óyesme?...

LA VOZ LEJANA DE SIMONIÑA

¡Hábleme, mi padrecito!