II
EL HOMBRE DE LAS CAVERNAS
Coste dijo á Pajolero, el alumno más aventajado en años, en cuerpo y en fuerzas físicas:
—Tú podrás ganarme á todo, pero lo que es comiendo...
—Y comiendo también, Coste; no seas mazcayo.
—Quita pa allá, hom.
—Quítate tú.
—Pues á verlo.
—Cuando quieras.
—¿Qué apostamos?
—¿Esta pala contra esa pelota?
—Apostao. ¿Á chuletas? ¿Á huevos? ¿Á cocletas? ¿Á tortilla?
—Á lo que se presente.
Coste y Pajolero comían en la misma mesa y frente á frente. De esta manera, el singular y cavernario desafío podía celebrarse con algún rito, oculares testimonios de jueces íntegros y garantías de probidad.
Lo primero que se presentó fueron huevos fritos, los cuales hinchan harto rápidamente el bandullo y oponen tenaz indiferencia á los ácidos estomacales. El espectro de la indigestión, denominada familiarmente en el colegio triponcio, se cernía en el refectorio. Pajolero y Coste pensaban en los aprietos de la noche, dentro de la camarilla; y en el inexorable Mur, realizando investigaciones estercolarias y arrojándoles el peso de la ley. No embargante esto, entrambos contendientes se desplomaron sobre los indefensos huevos fritos, y, par por par, deglutieron cinco cada uno. En lo engallado del cráneo y lo insolente de la pupila echábase de ver que se hallaban en buena disposición para ingerir otros tantos pares. Pero el abrutado fámulo Zabalrazcoa, con malos modos y añadiendo una expresión torpe, les manifestó que se habían acabado los huevos. El tribunal, atendida la carencia de armas de combate, declaró tablas.
Presentáronse los huevos por segunda vez, á la vuelta de tres días. Pala y pelota pasaron á poder de Pajolero. Después, con ocasión de unas chuletas, pala y pelota retornaron á Coste. Á la cuarta vez surgieron croquetas, una de las pasiones más ardientes del mofletudo gallego, quien, contemplando con sorna á su adversario, parecía decirle: «¿Para mí tú, con las cocletas delante? Tendría que ver...» Y, en efecto, tuvo que ver. Los vecinos estaban deslumbrados ante la delirante celeridad con que Coste obligaba á las croquetas á escabullírsele, gaznate adentro. Ya iba por las dos docenas, cuando Mur, atraído por la expectación que se advertía en aquella parte del refectorio, acudió, interrogó, y logró noticias cabales del heroico hecho. Á la salida, llamó aparte á Coste, y luego á Bertuco, en calidad de ejecutor de la vindicta que meditaba; los condujo á una clase y allí les hizo esperar unos momentos. Coste, abarrotado de croquetas, no osaba moverse por temor de que se le extravasase el estómago. Reapareció Mur con un libro abierto en las manos; dióselo á Bertuco. El niño conocía bien el volumen: era la Diferencia entre lo temporal y lo eterno, por el Padre Juan Eusebio Nieremberg.
—¿Sabes de qué se componen las croquetas, guarro, glotón?
Coste, congestionado, defendiéndose del sopor que le invadía, no prestaba atención á Mur.
—Y tú, Bertuco, ¿lo sabes?
—Yo creo que de gallina, cuando son buenas...
—Como lo son las que os dan en el colegio. ¿Lo oyes, gorrino? Pues bien; Bertuco, lee. Por aquí.
Las ventanas estaban entornadas. En el recinto había penumbra. Bertuco se acercó á una rendija, de donde manaba la luz. Y leyó:
«Los regalos, ¿qué son sino cosas viles y sucísimas? Por cierto, que si se considera lo que es un capón ó gallina, que es el pasto más ordinario de los ricos y regalados, que se había de hacer mil ascos de ellos; porque si cociéndose la olla echaran dentro gusanos, lombrices y estiércol de la caballeriza, nadie comiera de ella; pues la gallina, ¿qué es sino un vaso lleno de estiércol, gusanos, lombrices y otras cosas asquerosísimas que come, como son flemones, excrementos de las narices, y otras más asquerosas del cuerpo humano? Y si sólo el sonarse el cocinero ó escupir un flemón en el guisado...»
En llegando á este punto, el pobre lector, lívido, estomagado, desfalleciente, se dejó caer, arrojando cuanto había comido. Coste roncaba, sentado en actitud canónica y profunda.