III
EL SISTEMA DEMOCRÁTICO
El Padre Urgoiti tenía á su cargo las clases de Historia de España é Historia Universal. Su bondad y candidez eran tantas, que así que un alumno, sorprendido absolutamente in albis acerca de la lección del día sacaba el morrito simulando sollozar por salir con bien del trance, ya estaba el Padre Urgoiti atribuladísimo, dispuesto á encontrar disculpable y hasta meritoria la ignorancia, y pasaba á otro alumno, y luego á otro, hasta uno que atinase á urdir cuatro paparruchas, y si no daba con ninguno no se encolerizaba ni repartía denuestos y amenazas, pero volvía á explicarles la lección, y en viendo gestos distraídos ó de cansancio, les leía versos del duque de Rivas ó de Zorrilla, y libros amenos. Se le burlaban en las narices, campaban por sus respetos, ideaban los más caprichosos abusos, prostituían la austera dignidad histórica; y el Padre Urgoiti, en su bienaventuranza perennal, dulce y casi sonriente con aquel su rostro correcto de piel mate, como tallado en marfil.
Una mañana empezaba el Padre Urgoiti á referir por lo menudo curiosas particularidades de la vida espartana, cuando á las pocas frases se detiene, algo pálido, y recorre la casta y elevada frente con la diestra mano, así como si pretendiera ahuyentar un desvanecimiento del sentido. Al reanudar la plática, se advierte que la voz le tiembla un poco. Nueva pausa, acompañada de más intensa palidez. Es evidente que el Padre Urgoiti hace esfuerzos por seguir hablando de manera que no se trasluzca cierta inquietud que le acosa. Tercer alto en el discurso. Ahora se enjuga el sudor que constela su ebúrnea frente.
—¿No creéis sentir que la tierra oscila, hijos míos?
Los niños se ríen.
—Sí, sí; oscila, sin duda alguna. Quizá un terremoto. No; más bien es el púlpito, que se mueve. Fijad la atención.
Los niños miran de hito en hito. Sí, el púlpito se estremece. Los ensamblados tablones hacen: crac, crac. Desciende el Padre Urgoiti, y abriendo la portezuela que hay en la base, descubre á Alfonso Menéndez, Patón de apodo, con los miembros ensortijados, cadavérica la faz. El Padre Urgoiti retrocede dos pasos, santiguándose. Luego extrae al niño de aquella cavidad poliédrica en donde lo habían vaciado, tomándolo por el pestorejo, á la manera maternal con que la gata transporta sus cachorrillos, y lo deposita sobre el pavimento. El niño permanece algún tiempo enmadejado, inhábil para la moción. Algunos compañeros comentan con vayas la extravagante estructura á que el tormento lo constriñó: como manifiesta un perspicuo psicólogo: «La crueldad es connatural del hombre; los niños son crueles, los salvajes son crueles.»
—¿Quién te ha metido aquí, infortunado?
—El Padre Mur.
—No puede ser.
—Pues es, sin embargo, Padre Urgoiti.
—¿En qué tremendo pecado has podido caer, Patón?
—Eso sí que ya no lo puedo decir.
—Tan vergonzoso es...
—No. Es que yo mismo lo ignoro.
—Imposible, Patón, imposible.
Entonces los niños desarrollan ante los espantados ojos de Urgoiti el repertorio de temas penales inventado por Mur, sus infinitas variantes y las innumerables infracciones leves á pretexto de las cuales sobrevenían.
El Padre Urgoiti quedó aterrado. Al salir de la clase corrió en busca de su amigo Ocaña.
—¿Sabes, Ocaña, lo que ocurre? El Padre Rector lo ignora, de seguro—. Y le traslada, ce por be, las noticias que de sus alumnos ha recibido.
—Conocía algo—le respondió el Padre Ocaña—, sospechaba más aún, pero nunca creí que llegase á tanto. Es indecoroso, no encuentro otra palabra.
—Fuerza es que nos resolvamos á hacer algo.
—¿El qué?
—Decírselo al Rector.
—Y ¿quién le pone el cascabel al gato? Mur es su ojito derecho.
—También á ti te mira bien...
—Yo no me atrevo.
—Una idea. Al recreo hablaré con algunos otros; de esta suerte nos presentamos varios.
—¿Quién ha de hablar?
—Viniendo ustedes, yo mismo. Su presencia me prestará alientos.
—Pues entonces, á ello.
En el recreo reclutaron á Estich, Numarte y al deforme Landazabal. Convinieron en reunirse á la caída de la tarde é ir conjuntamente á la celda de Arostegui. Mas, habiéndose traslucido algún síntoma de la conspiración, adelantóseles Mur, y, cuando daban unos golpecitos en la puerta del Rector, ya estaba éste al cabo de que un grupo de Padres venía á él en son de queja, y en cuanto á los hechos y razones en que la asentaban Arostegui aceptó como óptimos aquellos que su valido le ofreciera.
—Tan, tatatán, tan...—los golpecitos.
En el silencio, los corazones batían sonoramente. Y el silbo, desde el fondo de la guarida:
—Adelantee...
Á la cabeza de los quejosos caminaba el bienaventurado Urgoiti, todo candor y mansedumbre. Como el pasadizo que la camarilla hace no consentía otra cosa, fueron penetrando de uno en uno, de modo que el Superior pudo elevar su mueca de asombro hasta la quinta potencia, é ir apartando en cinco veces las posaderas del asiento, según aparecía un jesuíta más, hasta quedar en pie. Y ya cuando los tuvo á todos presentes, afilando los sutiles labios, les envió estas someras palabras, antes de que ellos pudieran hablar:
—¡Una comisión...! ¡Una comisión...! En la milicia de Ignacio nacen los retoños primeros del sistema democrático... Y á ustedes cinco corresponde la honrosa empresa... Retírense, retírense por Dios vivo, y hagan por aliviarme de esta pesadumbre que me imponen. ¡El sistema democrático!
En el tránsito no osaron cruzar una palabra, sino que huyeron á su rincón, ruborosos, abochornados.