IV

EL COLILLERO, EMPUÑANDO EL CETRO

Bertuco llevaba quince días de malestar, disimulando. Estaba inapetente, insomne, laxo y con fuertes jaquecas. Ahiló y empalideció.

Una noche, después de la cena, Conejo le ordenó que no se levantara al día siguiente.

—Estás enfermo, Bertuco.

—No me encuentro bien.

—¿Por qué no lo has dicho?

—Creí que pasaría.

Á las seis de la mañana oyó cómo sus compañeros salían de la cama, se lavoteaban, partíanse á las faenas habituales. Á poco de quedarse solo llegó el Hermano Echevarría, enfermero, el cual le hizo varias preguntas, inquiriendo los síntomas de la dolencia; le pulsó, le tocó las sienes, por ver si tenía calentura, y, á la postre, introduciendo la mano por debajo del embozo, le tanteaba con dos dedos el vientre, punto por punto, é interrogaba: «¿Te duele aquí? ¿y aquí?», bajando siempre, con tendencia á la coyuntura de los muslos, hasta llegar á lo que Celestina denominó graciosamente el rabillo de la barriga, al cual tomó por la base, así como al descuido y á manera de accidente en el examen facultativo; entretúvose con él un buen espacio de tiempo, que fuera de cierto más largo si la manifiesta inquietud y turbación del muchacho no le hubieran obligado á abandonar la débil presa.

Dieta, purgantes, lavativas, y á los tres días ya estaba Bertuco en la sala de convalecencia, una habitación clara, con dos luces y diferentes juegos en que pasar distraídamente las horas los enfermitos. De los muros pendían carteles en colores, explicando la nutrida variedad de hongos y setas, comestibles y venenosos. El deforme Padre Landazabal solía acompañar á los niños convalecientes; era uno de sus mayores placeres. Les narraba historias curiosas y milagreras de sus años de misiones; describíales ridículas costumbres de los países salvajes y mil amenas curiosidades. Otras veces jugaba con ellos al asalto, á las damas ó al billar romano. No era raro tampoco que se hiciera servir sus modestas refecciones junto con sus amiguitos. Á eso de las once llegaba á la enfermería, después de muchas peripecias, porque á tal hora los fámulos barrían los tránsitos y el Padre Landazabal no pisaba las barreduras por nada del mundo. Era una reliquia de su vida de misionero; él evangelizaba á los salvajes, y los salvajes, á trueque de esto, le infundían innumerables supersticiones. En el colegio barrían con aserrín húmedo, y Landazabal había aprendido en el Perú que pisar aserrín ó despojos de madera es causa de desgracia. Saltaba por encima de las barreduras; mas, como según sabemos, este excelente jesuíta no se sostenía en pie si no era afianzándose en las propias nalgas, acontecía que por el aire olvidaba el equilibrio y venía á tierra sonoramente. Era un espíritu débil y candoroso. Los demás Padres no se cuidaban de él; vivía vagando por la casona inmensa con la timidez y el apocamiento de una criatura de tres años. Cuando había algún niño convaleciente Landazabal se consideraba feliz. Á Bertuco le inició en varios curiosos enigmas de la Naturaleza; por ejemplo: matando una golondrina se originan lluvias durante cuatro semanas; los huevos de gallina puestos los días de Jueves y Viernes Santo extinguen el incendio en donde se arrojen; cuando un grano de polvo entra en el ojo, sale por sí mismo, escupiendo tres veces en el brazo derecho; no se deben romper á la mesa cáscaras de huevo, daría fiebre; no se debe señalar con el dedo al cielo, á la luna ó á las estrellas, es ponerlo en los ojos de los ángeles.

Landazabal era singularmente dado á hacer la apología del tabaco, viniera ó no en oportunidad.

Una tarde de domingo hablaban Bertuco y el deforme jesuíta, apoyados en el alféizar de una ventana. Caía el sol, dorado y melancólico. Los alumnos estaban de paseo. Veíanse al pie de la ventana los senderitos que conducen al colegio. Iban y venían devotas enlutadas.

—Tú no sabes, Bertuco... Aquello es gloria. Cuba ha sido el país que más me gustó. ¡Qué cigarros! Si vieras... Aquellas mulatazas se dan un arte para hacerlos... Te advierto que andan desnudas.

—Ave María Purísima. ¿Usted qué dice, Padre?

—Son como demonios: no te exagero.

—¡Calla! ¿Usted ve?

—¿El qué?

—Ruth.

—¿Ruth?

—Sí, señor.

—¿Quién es Ruth?

—Aquella señora que viene hacia el colegio... Ahora entra.

—Bueno, ¿qué?

—Pero ¿usted no sabe?

—¡Yo qué he de saber, Bertuco!

—Es una señora guapísima, inglesa, no se sabe si protestante ó judía, casada con Villamor, el ingeniero. El Padre Sequeros nos profetizó que se convertiría...

—Eso son cuentos.

—Entonces, ¿á qué viene?

—¡Yo qué sé!

Un silencio.

—Á propósito, Bertuco: ¿no fumas?

Bertuco oprimió instintivamente con el codo una cajetilla que guardaba oculta.

—Vamos, Padre... ¡Qué bromas! Tan prohibido como está...

—Vaya... vaya... Si yo no te he de reñir... Confiesa...—El jesuíta amabilizaba la voz, una voz extraña, vacilante.

Bertuco pensaba: «Quiere tenderme una añagaza. ¡Pobre hombre!»

—¿Por qué callas? ¿No tienes confianza conmigo? ¿Crees que soy malo? Me gustaría que dijeses la verdad. De seguro tienes pitillos. Y si no los tuvieras y yo sí, te los ofrecería de buen grado...

Bertuco pensaba: «Para quien te crea, viejo.»

—Vaya, Bertuco: dame esa prueba de que eres mi amigo. Supón que yo te pido un pitillo, que quiero fumar...—La voz era por momentos más vacilante.

Bertuco pensaba: «Nunca pude imaginar que fuera tan astuto este Padre.»

—Mire usted, Padre Landazabal: no fumo fuera del colegio ¿y quiere que fume dentro?

—¡Qué lástima! El tabaco es lo mejor que hay. El tabaco y el café.

El deforme jesuíta fué á sentarse, abatido y evidentemente triste. Bertuco enviaba volando el pensamiento hacia Ruth. ¿Qué haría? ¿Á qué vendría? ¿En dónde la habrían recibido?

El lunes, Bertuco, restablecido ya, ingresó de nuevo en la monótona disciplina escolar. En la recreación, sus amigos acudieron á saludarle.

—Una semanita así nunca viene mal—dijo Ricardín Campomanes.

—¿Fué maula?—preguntó el carrilludo Coste.

—Maula... Anda allá. Me mandó Conejo. Voy á daros una noticia tremenda. La señora de Villamor estuvo ayer en el colegio.

—¡Bah! Noticia fresca—exclamó Ricardín—. Ayer, cuando volvimos del paseo, nos la encontramos en la portería. El Padre Sequeros asegura que viene á convertirse.

Formaban grupo Campomanes, Coste, Rielas y Bertuco, apartados un trecho de la división.

—Y el Hermano Echevarría, ¿qué tal?—Rielas guiñaba el ojo, afanándose en apicarar el gesto.

—Es un gran médico. Examina con mucho cuidado á los enfermos—afirmó Campomanes, socarronamente.

Coste acudió á opinar.

—Yo nunca os hablé de ello; pero, vamos que, cuando me disloqué el pie, empezó á palparme la barriga y...—Los carrillos se le arrebolaron.

Los mancebos enmudecieron unos minutos. Estaban cohibidos luchando entre el deseo de descubrir algo y la dificultad de expresarlo en términos convenientes. Bertuco se adelantó:

—Y... te empuñó el cetro, ¿eh?, lo mismo que á mí.

—¡Reconcho! Has acertado.

—Y á mí.

—Y á mí.

—¡Qué bárbaro!

Muequeaban de asombro y proferían risotadas.

Añadió Bertuco:

—Ahora viene lo bueno. Trátase del Padre Landazabal. El muy pícaro quería sonsacarme si fumaba ó no. Hasta un pitillo llegó á pedirme... Qué tal, si me dejo engañar...

—No te hubieras engañado, es decir, no te hubiera engañado.

—¿Qué quieres decir, Ricardín?

—Que el pobre jorobeta se perece por fumar. Los demás Padres lo reputan idiota, no le hacen caso y lo dejan abandonado á su suerte. El infeliz no se atreve á pedir de fumar al Rector, como hace el Padre Iturria, y se sirve de estos medios, cuando no de otros. Un día salí yo á lugares, en el estudio de la tarde. Pues bien, me encontré al Padre Landazabal buscando por los retretes las colillas que nosotros dejamos. Cuando lo sorprendí se echó á temblar y me rogó que no contara nada á nadie. Luego me pidió, por amor de Dios, un pitillo. Yo le dí los que tenía.

—¡Jesús!

—¡Jesús!

—¡Pobre corcovado!

Llegó en esto el Padre Sequeros.

—¿Qué concilios hacéis? ¡Á jugar, á jugar!

Y dispersó á los niños, dando palmadas, como se hace con las aves de corral[3].