II

Un repique de nudillos en la puerta le despertó. Levantóse en paños menores y salió á la celda. Encendió el quinqué, miró instintivamente el reloj, que había dejado sobre la mesa, al acostarse. Eran las cinco de la matinada.

Sequeros volvió con el quinqué en la mano al camaranchón en donde estaba su yacija, y lo colocó en el suelo. Enderezó los ojos hacia el crucifijo, colgado del muro, sobre la cabecera del lecho, santiguándose. Calzóse luego las medias, de lana y hasta más arriba de la rodilla, se vistió los calzones, de mahón azul, desteñido ya, no más largos de la corva y acuchillados de remiendos, insistentemente en la culera; se puso los zapatos; arremangó los puños de la camiseta y comenzó á lavotearse en un cacharro que había sobre un sillete. En habiéndose enjutado, tal como estaba y sin ponerse más prendas de vestir, hizo la limpieza del cuarto. Con una escobilla fué barriendo la suciedad del entarimado y la apiló en un montoncito, á la puerta. Sacudió violentamente el fementido colchón; aireó un momento las sábanas luego que hubo abierto el ventanal; batió el cabezal, y con mucha destreza, dejó lista la cama. Se le ocurrió: «¡Vamos, que si Ruth me sorprendiera en esta traza...!» Avergonzado, se llevó las manos al rostro; en seguida se empinó y golpeó el tillado con el pie, como si espantase un gato, diciendo: Fugite, Satana, y trazó una cruz en el vacío. Vistióse la camisa, la sotana, única que tenía, y se encasquetó el bonete. Giró la vista en torno, contemplando su ajuar indigente; después de vestido no le quedaban otras prendas que el balandrán, el manteo, una teja despeluchada, raída, lamentable, y luego un rosario, el crucifijo que le habían entregado al hacer los votos y con el cual le enterrarían, El Tesoro y el breviario.

Sonrió, envanecido de lo que él creía tanta pobreza. Marchábase ya, cuando, arrepintiéndose de camino, penetró en el zaquizamí nuevamente y salió con el balandrán puesto.

En los tránsitos, otros Padres caminaban en la misma dirección, silenciosamente. Estich se estrujaba las manos, haciendo sonar los huesos, por ahuyentar el frescor de la madrugada. Penetraron en la capilla reservada, en donde hicieron las oraciones en común. Oíase, de vez en vez, el canto de un gallo campesino. Sequeros celebró su misa y se restituyó á la celda, para hacer la oración y meditación matinales. Sacó el crucifijo de sobre la cabecera al cuarto exterior, suspendiólo en un clavo é hincóse de rodillas, orando vocalmente. Púsose en pie y trajo á la memoria el punto elegido la noche anterior en el libro del Padre Luis de la Puente, durante el penúltimo cuarto de hora antes de acostarse: Del primer milagro que hizo Cristo nuestro Señor en las bodas de Caná, de Galilea. Imaginóse en la presencia de Dios, trayendo en ayuda de sus propósitos la interpretación que San Bernardo da del pasaje bíblico aquel en que Abraham, subiendo á sacrificar su hijo, deja en la falda del monte impedimenta y servidumbre; una y otra representan cuidados y pensamientos terrenales. Por recogerse en el punto de la meditación se esforzó en que sus potencias contribuyeran, como quiere San Ignacio, de manera que trabajando el entendimiento en las varias circunstancias que encierra el conocido versículo quis, quid, ubi, cui, quoties, cur, quomodo, quando[5], se le inflamase la voluntad, y, enfervorizada el alma, luego de cavar, rumiar y ahondar en la meditación, entrarse por el coloquio. Aderezaba con meticulosa solicitud la composición de lugar. Su imaginación plasmaba prestamente realidades apetecidas. Hubo unas bodas en Caná de Galilea, en las cuales se halló la madre de Jesús, y él fué convidado con sus discípulos; y como faltase el vino, díjole su madre: No tienen vino. Sequeros veía la gran cuadra del festín; columnas de alabastro, al fondo; fragancias espesas; colgaduras, y á través de una que la brisa alzaba, colinas de oro, palmeras y un lago terso; los comensales, con túnicas abigarradas; vasijas de plata bruñida; manjares condimentados con especias; la desposada, embellecida por el rubor; el marido, con ojos como tizones; Cristo, corpulento y dulce, la cabeza inclinada sobre la túnica inconsútil de lino blanco; la Virgen... con el propio rostro de Ruth.

«¡Oh, Jesús mío!», sollozaba Sequeros, «apartad de mi mente imágenes temporales.» Pero la Virgen permanecía con el rostro ebúrneo y angélico de Ruth.

«Ponderaré la confianza tan amorosa y resignada con que hizo la Virgen aquella brevísima petición: Vinum non habent, no tienen vino, como quien estaba certificada de las entrañas de piedad de su Hijo. Á esta demanda respondió Cristo nuestro Señor: ¿Qué tienes que ver conmigo, mujer? No ha llegado mi hora. Ponderemos las causas de esta respuesta, al parecer tan desabrida...»

Y Sequeros, arrastrado enteramente por la existencia imaginativa que había provocado, continuó en voz alta:

«Ves, Ruth, que á las veces te hablo con dureza, lo cual te mueve á desconsolación. ¿Qué otra cosa persigo si no es tu bien? ¡Ay, que las veredas del bien son ásperas, Ruth! ¿Piensas que no te amo? ¿Cómo no he de amar tu alma de armiño, alma blanca y suave en la cual la mía se recrea? ¡Ruth, Ruth, corderilla mimada de mi rebañuelo, la más linda, la más graciosica y débil, la que más amo, por habérseme extraviado! ¡Si supieras, Ruth, cuánto te amo, cuánto, cuánto...!»

En esto, el astuto Hermano Cervino, lego visitador, esto es, encargado de ir espiando de celda en celda á la hora de meditación, abrió la puerta súbitamente, insinuó la cabezota en el cuarto de Sequeros y cazó al vuelo las últimas frases del soliloquio. Cuando Sequeros volvió los ojos á la entrada, atraído por el ruido audible del mundo efectivo, el visitador había desaparecido ya. Á través del ventanal se infundía la bruma argentífera de la matinada. Los muebles de la celda se concretaban en la naciente luz de Dios. Fuera, la campiña empezaba á manifestarse entre tules de suma levidad. Sequeros consultó el reloj.

—¡Dios me valga! Van á dar las seis y media. No he sacado el fruto de la meditación ni he hecho examen de conciencia. ¡Jesús! ¡Jesús, ayúdame!

Besó el crucifijo y subió raudamente á las camarillas de los alumnos. Los acompañó, según era su deber, durante la misa, hasta las siete y cuarto; durante el estudio de la mañana, hasta las ocho, hora de desayunar.

Desayunó en el refectorio de los Padres y volvió á la recreación de los niños, hasta las ocho y media, en que comenzaban las clases. Subió á su celda y distrajo el tiempo, hasta las nueve, leyendo libros devotos. Bajó á su confesonario, en la iglesia pública del colegio. Desde el comienzo de la catequización de Ruth, el Padre Arostegui le había ordenado reanudar su ministerio penitenciario, lo cual le originaba estúpidas molestias que Sequeros ofrecía á cambio de culpas veniales. Las madreselvas bloqueaban su confesonario y hasta se enredaban en querellas ruidosas, disputándose la vez que habían de seguir en el turno. Luego, en habiéndose adherido á la rejilla, en fuerza de escrúpulos y sandias menudencias que traían para desembuchar, no había expedienté fácil y piadoso con que dar por terminada la confesión.

Á las diez y media, Sequeros daba su clase de francés, segundo curso, hasta las once. Eran discípulos suyos, Bertuco, Campomanes, Rielas y Rodríguez. Á las once salían los niños á recreo, acompañados de Sequeros, hasta las once y media. Entonces, los alumnos iban al estudio, con el inspector segundo. Sequeros subió á su habitación, en donde hizo examen de conciencia, durante quince minutos. Á las doce menos cuarto asistió á las letanías de los Padres, rezadas en la capilla íntima. La comida era á las doce, y se prolongaba hasta la una menos cuarto. Los Padres subían á los tránsitos, á solazarse platicando, y los alumnos á los patios de recreación. El Padre Sequeros, con los alumnos. Duraba el recreo de los niños hasta la una y media, y á continuación venía un estudio de media hora, preparatorio de las clases de la tarde, presidido por Sequeros. Al final de este estudio Sequeros quedó libre; consentíasele dormir hasta media hora de siesta. Se tendió en la cama; elevó la mirada al cielo raso; sobre la tediosa tersura de la techumbre dióse arte con que esbozar visiones é ilusiones. Dentro de unos instantes llegaría Ruth al salón de visitas. Quizá venía ya de camino. ¡Cuán dócil y bondadoso el espíritu de Ruth! ¡Con qué santa celeridad se alimentaba de las verdades fundamentales de la religión católica, convirtiéndolas en sustancia de su sustancia! ¡Cómo aderezaba con imágenes preñadas de divina luz los místicos arrebatos de su corazón! Los adelantos conseguidos eran sorprendentes: estaba adoctrinada ya en todos los extremos que importan, porque á las veces viene el Señor muy tarde; pero paga tan bien y tan por junto como en un punto da á otros. «¡Oh, mi Jesús y venerable Riscal; qué regalo tan sabroso me hacéis!» Al día siguiente se bautizaría Ruth en la iglesia pública del colegio. Los alumnos en pleno asistirían. El Padre Sequeros iba á verter las aguas lustrales del simbólico Jordán sobre la aurina cabeza de Ruth... «¡Qué regalo tan sabroso me hacéis!» Descendió del lecho y dióse á pasear. De minuto en minuto, sacaba el reloj. «Las tres menos cuarto. No me explico...» Púdole la impaciencia y bajó al recibimiento. Santiesteban, de la sonrisa pútrida, salió á su encuentro.

—Subía á llamarle, Padre Sequeros. La señora está en el locutorio.

Vestía de negro, lo cual sutilizaba su natural sutilidad. Á través del velo, flotante y translúcido, la cabellera tomaba reflejos de metal. Levantóse, así que vió asomar á Sequeros, y corrió hacia él.

Mon Père, mon Père.

Ma sœur, ma chère sœur, ma petite sœur...[6].

Se estrecharon las manos, contemplándose con regocijo infantil. La obligó á sentarse luego y se acomodó al lado de ella. «Hoy, verdaderamente, no tenemos de qué hablar; es día de callar...» decía Sequeros.

De chanter plutôt[7].

«De rezar, hermanita.» «No, no de cantar. Soy feliz.»

Donc, ¡Aleluya![8].

Rieron, alborozados. Tenían los ojos resplandecientes. Ruth refirió que ya tenía terminado el traje, blanco y muy elegante. «Siempre le dije á usted, Ruth, que el blanco y el negro es lo que mejor le va. Mañana parecerá usted un ángel. Y lo es...»

Mais non, mais non. Que vous êtes gentil[9].

«Repito que sí. Soy su padre espiritual, y no hay pecado de orgullo en creer lo que digo.» Luego, meditabundo: «¡Qué lástima que no puedan bautizarse mañana los niños! Sería un espectáculo conmovedor. Y su marido, ¿vendrá?» «¡Ay! No lo sé. Ya sabe, Padre mío, lo fríamente que vivimos. ¡Padezco mucho!» «¡Pobre hermanita!» Platicaron sin tasa.

Santiesteban vino á dar la hora: las cinco y media.

Pas possible[10]—exclamó Ruth.

¡Cómo había volado el tiempo...! Despidiéronse tiernamente hasta el siguiente día.

Los alumnos salían de las clases. En el claustro unióseles el Padre Sequeros; merendaron; salieron á la recreación, en donde, rodeado de un pequeño grupo de adictos y devotos, el inspector les hizo menuda cuenta de varias circunstancias edificantes que habían concurrido en Ruth para ser elegida de la gracia, ponderando la extraordinaria virtud, candor y belleza de esta señora y otras muchas curiosidades que deleitaban á los niños; siguióse el estudio, entreverado de rosario y lectura espiritual; á las ocho, la cena, y Sequeros fué al refectorio de los Padres; condujo luego á los muchachos al dormitorio y retornó al pasillo del piso principal. Los jesuítas paseaban en pequeños grupos, quiénes de frente, quiénes de espalda, platicando sobre nonadas y baladíes rencillas, de muros adentro. Sequeros se sumó al primer pelotón que halló al paso. Lo formaban Landazabal, titubeante y con las manos clavadas en lo mollar del trasero; Estich, ajirafado y redicho; Numarte, panzudo y estólido como un trompo, y Ocañita, minúsculo y murmurador. No había entre ellos ningún profeso, ó jesuíta propiamente dicho, esto es, que además de los tres votos simples hubieran hecho el cuarto, de obediencia al Papa. Numarte y Landazabal eran coadjutores espirituales, Padres graves; Estich y Ocaña, maestrillos. Cuando se les acercó Sequeros conversaban precisamente de las intrigas y favoritismos con que se elegían, contra justicia y caridad, los individuos que habían de hacer el último voto, ideal supremo de todo el que ingresa en la Orden.

—Y usted, Padre—preguntó Ocañita á Sequeros—, ¿por qué no llegó á hacer el cuarto voto?

—Sin duda porque después de mi tercera aprobación los superiores hallaron que yo no era eminente en ciencia ó virtud, como quiere San Ignacio. Pero desde todas las partes se puede servir á Dios.

—Ya lo creo; y mucho más desde nuestro sitio—afirmó Landazabal, deforme.

Pasáronse á hablar del dinero de la Compañía. Las aseveraciones de Numarte, muy amigo del Padre Iturria, procurador, tenían gran fuerza:

—Iturria me aseguró que este colegio es un negocio excelente. Hechas las tres partes de los ingresos, una para el General, en Roma, y otra para el Provincial, queda mucho dinero aún en la tercera, para los gastos de la casa. Según me dice Iturria, lo sobrante lo tiene el Rector, y dispone de ello á su manera, en labores de propaganda, etc. Creo que se piensa hacer un periódico en Pilares y varias reformas en el colegio.

—La verdad es que—interviene Estich—cuando nuestros adversarios propalan que somos ricos, no se equivocan. Y vamos á ver, ¿qué hacen del dinero, tanto en Roma, como en la provincia? ¿Dónde lo guardan?

—Mira este bobo...—replica Numarte—. En un banco de Londres. Eso lo sabemos todos. Según parece, Inglaterra es un país en donde hay cierta seguridad. Es curioso, ¿verdad? Entre protestantes... Ya veis, aquella condenada Isabel...

Y expone Landazabal:

—Sí; porque mira tú que aquí, á cada paso, ¡zas! Hay una algarada de verduleras y terminan apedreando nuestras casas.

—La culpa la tiene el liberalismo—interpone Numarte.

—Pss... ¿Qué más da que la canalla, la hez, la cloaca nos odie?—se pregunta Estich, con inflexiones oratorias—. Con nosotros están los buenos, las clases acomodadas y los ricos. Es fuerza reconocer que, en esto, nuestros Superiores han demostrado siempre una rara habilidad para captarse las voluntades de los que mandan.

El coloquio era perfectamente pueril; los interlocutores exteriorizaban su prurito de opinar á la manera de atolondrados mancebos que ignoran por entero las cosas de la realidad.

Á las nueve y media terminóse el recreo. La comunidad acudió á la capilla. Cada Padre hizo su examen de conciencia y breve oración, retornando individualmente á sus celdas, según iban concluyendo.

Sequeros, luego de quedar en ropas menores, apagó su quinqué y, á tientas, se orientó hacia el lecho. Arrebujábase en las ropas, dispuesto á dormir, cuando, al introducir la mano debajo del cabezal buscando fácil postura, halló un papel, cuidadosamente doblado. Saltó á tierra, encendió el quinqué, leyó:

«Aun cuando nunca logré favorecerle con mi confianza, por sospechar que usted transige harto fácilmente con flaquezas de la carne, nunca pude imaginar que se dejara corromper con tanta prontitud por las pasiones, y mucho menos que las expresara con escándalo de sus Hermanos y del mundo. Se conocen de público muchos de sus pecaminosos diálogos con la señora inglesa. ¡Dios le perdone! Las gentes generalizan su desenfreno atribuyéndolo á todos los hijos de la Compañía. Así, he resuelto disponer que desde mañana no salga usted para nada de su celda. Para nada. El aislamiento le es necesario; labrará usted en su pasado y quizá Dios le toque de arrepentimiento. Por no dar más que decir no suprimimos la ceremonia de mañana, y el Padre Olano bautizará á esa señora, la cual me temo mucho que no esté en disposición por culpa de usted. Repito que no salga usted de la celda para nada. Obedezca la voluntad de su Rector, que en este caso es la de Dios mismo.

P. Arostegui, S. J.»

El Padre Sequeros empalideció atrozmente. Estrujó la esquelita azul, la arrojó al suelo y la escupió. En el formidable biceps de su brazo derecho un nerviecillo comenzó á palpitar. Sin acordarse de que estaba casi desnudo, se lanzó á la puerta, con ánimo de asaltar al Superior y saciar en él su furia; pero le tomó un desfallecimiento de la voluntad y se detuvo secamente en el centro de la estancia. Era la segunda vez que le acometía una iracundia homicida. La primera fué en Loyola, siendo muy mozo, contra el ayudante del maestro de novicios.

—Me viene una tentación, Padre—había dicho Sequeros.

—¿Cuál, hijo mío?—respondió el ayudante, sonriendo fríamente.

Y Sequeros, frenético, arrebatado:

—La de tirarle ahora mismo por el balcón y que le salten los sesos contra las piedras.

El ayudante, inmóvil, con sonrisa gélida, había exclamado:

—¡Ah! ¡Cosas del demonio!

—El demonio es usted. Yo soy generoso y abierto, no puedo con ese carácter de usted, torcido, hipócrita, malicioso, cruel, empedernido... ¿Es usted representante de Dios? ¿Son como usted los hijos de San Ignacio? ¡Dios mío, Dios mío! No puedo más...

Ahora, Sequeros reanimaba aquella triste escena. Volvió los extraviados ojos hacia una estampa del venerable Riscal. El rostro se le fué empurpurando. Rompió á llorar y á sollozar, y, arrodillándose, besó el suelo:

¡Fiat voluntas tua!