III

Á Ruth, el día de su bautizo, la dijeron que el Padre Sequeros había enfermado repentinamente la noche antes. Lo creyó, y se dejó bautizar por el casposo Olano. Ruth acudió ávidamente al colegio, interesándose por la salud de su catequista. El Padre Sequeros no mejoraba; Ruth sintióse invadida de melancolía y zozobra. Al tercer día escribió una carta al jesuíta; los trazos temblaban de solicitud. No hubo respuesta. Sucediéronse las cartas, aumentando el quejumbroso desconsuelo de ellas conforme la mudez del confesor permanecía inquebrantable. «Le necesito—llegó á escribir, con angustia—. Mi espíritu no está aún plenamente fortificado en la nueva fe. Tengo desmayos y pensamientos horribles. No sosiego. ¡Ayúdeme, por Dios! Póngame siquiera una línea por donde vea que no debo desesperar de que el Señor se apiade de mis sufrimientos.» Y, en verdad, Ruth sufría de continuo; la fiebre de sus cavilaciones la iba devorando, poco á poco, y empañando aquella tersura translúcida—leche y rosas—de su tez. Apartábase del curso del tiempo, durante largas horas, recostada en un sillón, ó vagaba fantasmagóricamente por sus habitaciones, sin contacto con el mundo sensible. Villamor y Pirracas espiaban atribulados los progresos del mal; creían entender, pero no hallaban la medicina. La creciente consunción de Ruth consumía igualmente al esposo.

Una noche, la nurse hubo de restituir á Ruth á la realidad. Villamor acababa de pegarse un tiro, bien asestado. Murió al instante. Ruth se precipitó sobre el cuerpo, caliente aún, de su marido, amortajándolo con delirantes besos. Había dejado dos cartas, una para Ruth, otra para Pirracas. La nurse, después de vestir, en silencio, á Gracia y Lionel, los condujo á casa de la señora de Blas, llevando al propio tiempo la epístola de Pirracas. La de Ruth era rotunda y misteriosa:

«¡Farewell for ever! I loved you, Ruth, above all. ¡I loved you, my sweet, my sweetest heart!»[11].

Ruth no lloraba; sus ojos estaban áridos; el corazón, yermo, amenazaba quebrarse. Arrodillóse junto al cadáver de Villamor, y le miraba con desvarío, los finos brazos en cruz. Así pasó un tiempo, hasta que Pirracas se precipitó en el despacho, con gesto soez, lanzando al rostro de Ruth un papel arrugado. Ordenó á la mujer que leyese. Esta, maquinalmente, le obedeció:

«Amigo de mi alma: no puedo más. Tú comprendes, como yo comprendo; quizá sabes. De tus torturas de amigo fiel deduce las mías de marido engañado. No he querido enterarme. ¿Para qué? ¿Me robó la honra ese jesuíta y luego abandonó á Ruth? ¿Qué más da? Lo cierto es que ella está enamorada de otro, y yo sin el amor de Ruth no puedo vivir. Cuida de ella y de mis pobres hijos. ¡Adiós!

César.»

Ruth exclamó embravecida:

¡Oh, no! That is not true. ¡Tremendous Thing!—Y luego, derritiéndose en llanto, sobre la frente del marido—. I was faithfull with you. I loved you. Forgive me, dearest[12].

En la frente de Pirracas se inflaban dos lóbregas venas; estaba congestionado; sanguíneos los ojos y la mano derecha en el bolsillo de la americana. Intentó hablar y rugió. Violentos escalofríos le sacudían, de arriba á abajo. Asiendo á Ruth por un hombro la zarandeó brutalmente. La mujer se puso en pie á tiempo que Pirracas enarbolaba un revólver.

Ruth empuñó las muñecas de Pirracas, obligándole á permanecer con los brazos en alto. La mujer parecía endeble y el hombre nervudo; los brazos de Ruth, como de espuma; los de Pirracas, roblizos; la carita de ella, de un blanco irreprochable; la de él, púrpura. Pero aquel cuerpo sutil no se doblegaba, y sus manecitas apresaban aceradamente las muñecas del agresor, y éste, fuera de sí, la escupía, la pataleaba, desollándola los tobillos, bramando:

¡Whore, damned whore![13].

Al rumor, acudieron los domésticos, y entre ellos Celestino el delineante. Sujetaron al energúmeno. Ruth se envolvió la cabeza en un chal y salió á la calle.

Eran las ocho de la noche. Los transeuntes de Regium vieron con asombro la silueta rauda y fina de Ruth atravesando calles con rumbo al colegio de los Padres jesuítas. Algunos la siguieron. Curiosearon cuando zarandeó vertiginosamente el alambre de la campana. En viéndola entrar, volviéronse, forjando historias picarescas.

Ruth se adentró por la portería, sin decir nada; apoyóse un momento contra un muro, sorbiendo aire, la mano sobre el corazón. Luego, con voz ahilada y moribunda, suspiró:

—El Padre Sequeros... Yo necesito ver... ¡por Dios!

Santiesteban, de la sonrisa pútrida, estaba boquiabierto. Respondió, á gritos, de manera que su castellano fuera inteligible:

—Padre Sequeros, enfermo. Demás Padres, refectorio. Imposible ver—. Con esta construcción telegráfica suponía llegar más derecho á las entendederas de Ruth, la cual, comprendiendo la negativa, levantó el busto arrogantemente y penetró al patio con decisión. Quiso interponerse el lego, mas Ruth, de un manotazo, le constriñó á apartarse, haciéndole bailar de camino un aurresku rudimentario. Santiesteban salió, dándose con los zancajos en la rabadilla de tanto correr, disparado, hacia el refectorio de los Padres; fué á la vera del Superior y le puso al tanto de la insolencia femenina. Arostegui llamó á Olano; le dijo al oído:

—Vaya á ver la tripa que se le ha roto á esa individua y procure hacerla tomar las de Villadiego cuanto antes.

Olano dispúsose á obedecer las órdenes del Rector, repapilándose de placer y quizá un algo nerviosillo. Desde el patio oyó gritos en el tránsito del piso primero; era Ruth, clamando por el Padre Sequeros. Subió Olano las escaleras con cuanta agilidad le consentían sus fofas facultades, llegando al tránsito jadeante, sin resuello. Á los pocos pasos topóse con Ruth.

—Padre Sequeros... ¡Yo necesito ver!

—Vamos, tranquilícese, hija mía. Acompáñeme á la celda.

—¡Padre Sequeros!

—Sí, ya entiendo. Un momento de calma. Acompáñeme.

Exhausta de energías y casi inconsciente, la viuda de Villamor siguió al jesuíta, el cual la había tomado de la mano, y de esta suerte la condujo á su celda, dejándola en la habitación, en tanto él se ocultaba detrás de la cortineja que hay á la entrada de la camarilla. El Padre Olano tenía la boca seca, el corazón acelerado y las manos temblonas, por obra de la emoción é incertidumbre, á tiempo que se desceñía el fajín y se desvestía la sotana porque era muy cuidadoso de no incurrir en necias infracciones, cuya manera de burlar conocía al dedillo. Así, Olano no ignoraba que el religioso que se despoja de sus hábitos se hace ipso facto reo de excomunión; pero, el mismo aligeramiento indumentario se trueca en acto meritorio cuando, por no profanar las santas vestiduras, se realiza para fornicar, por ejemplo, ó ir de incógnito á un prostíbulo, según concretamente se asegura en los Veinticuatro Padres, en la Praxis ex Societatis Jesu scola, y en el Padre Diana: Si habitum dimitat ut furetur occulte, vel fornicetur. Ut eat incognitus ad lupanar.

Ruth Flowers, en una butaca de enea, permanecía con la cabeza caída sobre las manos y los codos en las rodillas. Olano asomó en la puerta de la camarilla; avanzó con sigilo hasta sentarse á la izquierda de Ruth. La señora murmuró, sin alzar los ojos:

—¡Padre Sequeros! ¡Padre Sequeros!

—Por ahora... es imposible... hija mía—. La concupiscencia le quebraba la voz.

Ruth se puso en pie y Olano hizo lo propio, aprisionándola entrambas manos. Hasta aquel instante, la cuitada mujer no había parado atención en la traza inconveniente del jesuíta: el plebeyo rostro, torturado de furor venusto; el bovino pestorejo, de color cárdeno; la camisa, burda y con mugre, abierta por el pecho y mostrando una elástica fuerte y áspera pelambre; los calzones azules, remendados, con fuelles y sin botones en la pretina; las pantorras, de extraordinario desarrollo, embutidas en toscas medias, agujereadas á trechos; sin zapatos. En cualquier otro trance hubiera sido grotesco, risible sobre toda ponderación. En aquel caso resultaba terrible, como un sátiro brutal, embriagado de mosto y de lujuria. Ruth creyó perder el sentido y con él la razón. El dolor de los tobillos, que aumentaba por momentos, apenas la consentía sustentarse sobre los pies. Deseaba la muerte. Los ojos se le nublaban.

Mas he aquí que, como entre sueños, advierte que la torpe y embotada mano del jesuíta explora sus senos, aquellos dulcísimos senos cuya delicadeza eréctil la maternidad había respetado, y, luego unos labios calientes y blanduchos sobre su boca casi exangüe, que el terror helaba. Por un prodigio de fortaleza, nacida de tanto horror, Ruth pudo sacudirse de encima aquel fardel de libidinosidades furiosas. Olano retomó á la presa; Ruth le contuvo aplicándole un puñetazo sobre un ojo, y aprovechando el aturdimiento del hombre, huyó de aquella estancia maldita, y luego de aquellos tránsitos penumbrosos y hostiles, y luego de aquella casona negra, alucinante. Y salió á las veredicas y pradezuelos que hay tendidos al pie del colegio; sus pasos vacilaban; su razón se ensombrecía. Cayó sobre la hierba, exhalando un lamento:

¡My God![14].

Unos brazos tímidos y afectuosos se posaron sobre sus hombros; luego la ayudaron á que se incorporase. Una voz buena, dijo:

¡Poor beautiful creature! ¡Come to me!

You... Gonzalfáñez. Let me see the children, and die.

Not yet. Come to me[15].

Desde aquella noche, Ruth, con sus hijos y la nurse, se instalaron en casa de Gonzalfáñez.