II

Sonó una bocina de automóvil. Á que es Bob, se dijo Alberto. Era Bob. Penetró en el smoking-room pisando recio, abriendo el gabán de pieles y sin conceder atención á ninguno de los presentes, como no fuera á Alberto.

—¡Ea, deprisa, deprisita, mi amigo! —ordenó festivamente, con el acento cantarín y muelle de los chilenos.

—Pero, hombre, ¿cuándo? ¿adónde? ¿por qué?

—¿Cuándo? Ahora mismito nos arrancamos. ¿Adónde? Á mi casa. ¿Por qué? Porque todos le están esperando allá para almorzar.

—Es el caso que, lo siento mucho, pero no puedo, Bob.

—¿Cómo que no puede? —y tomando á Alberto por un brazo le obligó á ponerse en pie. Alberto se resistía.

—Es usted un tirano. Voy á explicarle y se convencerá.

—No quiero explicaciones. Nancy, Meg y Ben le están esperando á usted. Vamos á la habitación y póngase listo.

Se encaminaron al ascensor.

—Á eso del medio día espero una carta importantísima.

—Pues que se la envíen inmediatamente á mi casa. ¡Portero! —gritó—. Si viene alguna carta ó recado urgente para el señor Guzmán, lo envían en seguida á estas señas —le entregó una tarjeta.

—Y en esa carta probablemente me dirán que á prima tarde he de estar por necesidad en determinado lugar.

—Tiene usted el auto á su disposición.

—No hay modo de negarse.

—Claro que no.

En el pasillo alto se cruzaron con Marietta la camarera, una napolitana muy dengosa, insinuante é intempestiva. Cogió una punta del almidonado delantal, inclinó la cabeza con su corona ó toca de lino escarolado, abatió los párpados, y como si se hallase en trance violento de rechazar ó aplazar una solicitación amorosa, suspiró:

Bruta giornata!

Whisky and Apollinaris —dijo Bob por toda respuesta—. Al cuarenta y cinco. Subito.

Subito —hizo eco Marietta, con voz doliente y lejana.

Penetraron en la alcoba de Alberto.

—Yo tengo que afeitarme, Bob.

—Bueno, pero deprisa —Bob echaba un vistazo á los libros alineados sobre una mesa—. Estos libros que pudiéramos llamar de alcoba dan la expresión espiritual de un hombre.

—Pues el mío, como verá, digo mi espíritu, es bastante inexpresivo.

Bob fué recorriéndolos: uno de filosofía titulado El pensamiento humano, sus formas y sus problemas, de autor danés; una estética, de Croce, y una historia de las ideas estéticas, por Knight; el Quijote, la Celestina y el Cortesano; un tratado de Astrología y otro de Alquimia, luego catálogos críticos de algunas pinacotecas célebres y un pequeño cuaderno con reproducciones de Sandro Botticelli. En la mesa de noche yacían algunos números de Sol y Sombra, junto á un despertador encerrado en estuche de cuero, y David Copperfield, de Dickens.

—¿Qué saca usted en limpio? —inquirió Alberto, la cabeza en violentísimo escorzo, á fin de aplicar la Gillette á la pelambre de las mandíbulas.

Bob no respondió. Estaba absorbido en contemplarse al espejo. Se atusó la puntiaguda barba pajiza; abrió la boca y se miró la dentadura, haciendo sonar sobre ella los dedos, á modo de rasgueo; se colocó de perfil, estiró el chaleco y echando hacia atrás gabán y chaqueta examinó, fruncidas las cejas, el perfil anterior del cuerpo.

—Tengo miedo al vientre. Es lo que nos inclina á la tierra, á la nada.

Tenía cuarenta y cinco años; el aspecto cabalmente juvenil y viripotente. El labio inferior harto carnoso y lacio, daba al rostro expresión de bobería, corregida por lo afilado de los ojos grises.

Sobrevino Marietta con el whisky y el agua mineral.

—Bebe usted demasiado, Bob.

—Si bebiera demasiado no estaría como estoy. Bebo lo que me pide mi naturaleza. Nancy, ya ve usted, bebe más que yo...

—De todas suertes —añadió Alberto riendo—, bebe usted demasiado.

—Vaya, ¿no dice usted siempre que todo lo que es está bien, porque es?

—Moralmente, sí. Quiero decir que no se deben condenar ni juzgar los actos ajenos. Yo no le juzgo á usted, sino que intento moverle á pensar si acaso, por propio egoísmo, le convenga beber menos é intentar conseguirlo.

—Bravo whisky. No sé cómo no le gusta á usted el whisky.

—El brandy viejo, sí.

—También es bueno. Pediremos una copa.

—No bebo á estas horas. Ya estoy á su disposición.

Alberto bajaba la escalera á saltos, gozándose en hundir los pies en la felpuda alfombra de terciopelo de lana. Bob se apoyaba en el pasamano. Alberto le aguardó en un rellano.

—¿Ve usted? El whisky. Sin él bajaría usted tan ágilmente como yo. Y eso es el comienzo.

—Calle usted, no me diga eso —el labio inferior se le contrajo nerviosamente.

Montaron en el automóvil, un Daimler de cuarenta caballos. En Piccadilly Circus, la niebla se hizo tan compacta que el coche hubo de detenerse. Estaban como hundidos en el seno de un río de leche. El mecánico tocaba de continuo la bocina. Oíanse otras bocinas, gorgoritos de silbatos y voces inarticuladas, temblando inciertamente entre la bruma blanca. Contigua al vidrio de una ventanilla, surgió una masa informe, difusa en sus límites. Luego sonó un golpe metálico sobre el cristal y un relincho de caballo.

—Sólo falta que nos partan de un topetazo —masculló Bob, y oprimiendo un botón encendió la luz eléctrica. Alberto estaba riéndose—. Ya sé que es difícil que pierda usted su serenidad.

La cerrazón se deshizo en pocos instantes. Dentro del blanquinoso vapor nacían inconsistentes sombras que se iban intensificando poco á poco, coagulando, definiéndose en seres y cosas. El automóvil había quedado preso entre un desconcertado pelotón de ómnibus, camiones, cabs y otros carruajes, cada cual en dirección diferente. Los policemen andaban de un lado á otro, enarbolando el autoritario bastoncillo á fin de restablecer la circulación.

—Se nos va á hacer tarde; Nancy estará impaciente —habló Bob—. He de comprar todavía golosinas para Meg y un juguete para Ben. ¡Ese chico...! No acierto con nada que le distraiga. Se comprende, pobrecito... Es la única sombra de mi vida.

—Sí; pobre Ben.

Detuviéronse á comprar un rifle de salón, en un bazar, y un paquete de bombones que Alberto quiso pagar para ofrecérselos personalmente á Meg. Luego el automóvil tomó la ruta de Richmond vertiginosamente.