III

Roberto Mackenzie y Alberto eran amigos de muy poco tiempo. Se habían conocido en un hotel de Biarritz el verano anterior, y desde el primer momento, el escocés había consagrado al español un afecto rayano en la adoración, al cual correspondía Alberto en buena moneda de lealtad. Bob pretendía descubrir en su amigo extraordinarias dotes de talento y aun de genialidad que al propio interesado comenzaron por dejarle perplejo y aturullado, luego le hacían reir, y en toda ocasión le halagaban, muy en lo hondo, sin que se diera cuenta. Bob no tenía secretos para Alberto; le abría con efusiva confianza las arquetas de sus amores más caros y los archivos de su vida; una vida trepidante, rauda y en cierto modo gloriosa. Siendo un mozuelo aún, había emigrado á la Argentina. Á los treinta años se había enriquecido y arruinado por tres veces; había buscado oro en tierra de California, y perlas en sus aguas, caucho en los Andes, diamantes en Kimberley, y explotado el negocio de pieles de león y tigre cazándolos en el Sudán y en la India. Como le dieran pocos rendimientos sus últimas empresas, hallábase en Smirna, de vuelta del Oriente, con muy flaco caudal en la cartera pero nutrido lote de proyectos entre ceja y ceja. Allí hubo de prendarse de una muchacha griega, casi una niña, danzarina ambulante y vendedora de naranjas, á quien su madre solía ofrecer á los hombres mediante un precio de diez dracmas, así como las dos hermanas mayores se entregaban por cinco y aun por tres en días apurados. La danzarina se llamaba Anita Pyrgos. Según ella andando el tiempo declaró á Bob, por habérselo oído á su madre, era hija de un francés cuyo nombre y paradero ignoraba.

Bob y Anita, á la cual el amante aplicó á seguida el diminutivo inglés, Nancy, huyeron de Smirna. Comenzó una etapa de amor ardoroso, mutuamente participado. Á los nueve meses les nacía un hijo. Le impusieron el nombre de Benjamín. Vino al mundo en ocasión que su padre había consumido las últimas migajas de su fortuna. Á Bob, el hijo le sirvió de estímulo para determinarle á rapiñar dinero como quiera que fuese. Por el contrario, Nancy reputó por grave contrariedad y rémora á la criatura, y sobre todo, obligada de la necesidad á amamantarlo, temía perder su belleza corporal y con ella el amor de Bob; de manera que, antes de pasado un mes, había renunciado á criarlo á sus pechos. Sometióse Bob á la voluntad de Anita, arrastrado del gran amor que le tenía. El niño vivía de milagro. Un año después de Ben, apareció á la luz Margarita. Bob y Nancy estaban ya establecidos en Chile, y el porvenir se les anunciaba como una aurora de oro.

Después de diez años de especulaciones y trabajo en las salinas de Chile, Bob era por cuarta vez millonario, y ahora en mayor medida que nunca. Él y Nancy eran jóvenes; se amaban como el primer día. Legalizaron su situación y se establecieron en Europa, comprando una casa en Richmond y una villa junto al lago de Lugano, en la raíz de Mont-Brè.

Meg era una niña de irreprochable belleza. Pero Ben se había quedado raquítico y jiboso.

En el punto en que Alberto había conocido al matrimonio Mackenzie, en Biarritz, Miss Meg y Master Ben estaban recluídos en sendos colegios ingleses.