IV
Meg echó á correr por la avenida central del jardín, al encuentro de su padre y de Alberto. Nancy, en el umbral del invernadero, se mantenía quieta, en pie, sonriendo delicadamente al esposo. Era una mujer aventajada de estatura; rubio el pelo. Andaba por los treinta y dos años, en perfecta sazón de su feminidad y hermosura, y tenía un continente patricio y aplomado que hacía recordar las estatuas que los romanos esculpieron en representación de la virtud de la Fortaleza.
Meg, después de besar á Bob y á Alberto, se colgó del brazo de entrambos y encogió las piernas en el aire, porque la llevasen suspendida. Tenía quince años ya, pero su desarrollo físico iba retrasado, y se conducía como si tuviera diez, si bien en ocasiones caía en una acritud de tono desconcertante, ó se las daba de persona mayor, sobre todo con doña Laura, su aya. Vestía un mandilón azul, cuyo corte era una reminiscencia de las dalmáticas bizantinas, y un traje blanco, muy corto, de fina batista y ricas tiras bordadas; medias de seda y zapatos de muñeca. El pelo, de oro claro, copioso y como si fuese líquido y manase continuamente en densos borbollones. Verdes los ojos, como los de su madre, y angélico el color de la piel.
—Meg, alma mía, que molestarás á Alberto... —amonestó el padre, blandamente.
—No, no —cantaba Meg—. ¿Verdad que no le molesto, señor de Guzmán?
—No, rica, no. Pero quiero que me llames Alberto.
—¡Ay, usted me perdone; pero siempre se me va!
—Y que me trates de tú.
—Tiene razón Alberto —dijo Bob.
—Sí, ya lo sé, papaíto; pero como es un señor formal. ¡Ay! —suspiró profundísimamente—. Me va á costar un trabajo...
Alberto y Bob rieron de la desolación y resignación cómicas que mostraba la niña.
Nancy saludó á Alberto con afectuosidad fácil y de buen tono, y se volvió á Bob presentándole la boca á que se la besase. Fundieron los labios glotonamente, gozándose en prolongar la sensual caricia. Meg los observaba atenta, como siempre que se besaban.
—¿Y Ben? Le traigo un rifle.
—No sé, Bobby; andará agazapado en los rincones, como siempre. ¡Qué vergüenza de hijo! —exclamó Nancy con gesto agrio.
—Meg, mi alma, anda á buscarlo —rogó el padre.
—Que lo busquen las criadas —respondió con desparpajo Meg—. Es un bruto y un antipático.
—Meg, vidita, que es tu hermano...
—Pues no lo parece —dijo la niña, rematando en seco la conversación.
Alberto miró á Meg con angustia; se estremecía pensando que un cuerpo tan fino y hermoso pudiera albergar un día un alma mala.
—Meg, sube á que doña Laura te alise un poco el pelo, que vamos á almorzar.
—Doña Laura no, que es muy torpe; yo misma me lo alisaré.
Se marchó cantando, casi alada, que no parecía tocar la tierra. Nancy murmuró en tono confidencial:
—Bobby, ese hijo va á ser nuestro tormento. Después de haber marchado tú, doña Laura vino á quejárseme, porque la había acometido.
—Le habrá dicho alguna cosa ofensiva, algo de la joroba.
—No, no; que la acometió como un hombre ¿entiendes? Ya tiene dieciséis años.
—Calla, calla, Nancy; es imposible. Una alucinación de esa pobre mujer...
—Sabes que las amigas de colegio de Meg no pueden venir á esta casa.
Los ojos de Bob se enternecieron. Murmuró:
—¡Pobre Ben! ¡Pobre niño mío!
—¡Pobre Ben! —repitió Alberto.
—Sí —continuó Nancy con impasible sinceridad—; á ustedes les da lástima de él. Pero ¿y nosotros, Bobby? ¿Me quieres decir para qué queremos un hijo así? Si hasta da vergüenza sacarlo á la calle, presentarlo al lado de una...
—¿Qué culpa tiene él, mi Nancy?
—Y nosotros, Bobby ¿qué culpa tenemos?
Bob no se atrevió á responder. Miraba con angustia entre los árboles del invernadero, por si estuviera allí escondido el jorobado.
Subieron al comedor, una gran estancia con muebles de nogal tallado al estilo del Renacimiento italiano. Habíanse acomodado ya todos á la mesa cuando apareció Ben. Iba derechamente á sentarse en su silla, de altas patas y de cojines, á causa de la exigüidad del torso del muchacho; el padre le llamó.
—Acércate, que te dé un beso. Te he traído un rifle; en el invernadero está. ¿Quieres verlo antes de almorzar?
—Luego lo veré —respondió Ben; no manifestaba ningún interés por el juguete. Su voz era ahilada y chillona.
Se sentó entre doña Laura y Alberto. Doña Laura apartó su asiento con horror y estrépito, precaviéndose de una verosímil violación pública. Ben revolvió sobre ella los ojos, colérico. Tenía el cráneo aplastado por los costados; el perfil de su rostro era una proa; las orejas, retrasadas, altas, despegadas y puntiagudas; brazos y manos larguísimos, á modo de tentáculos; el color, de palo seco; los ojos, penetrativos y llenos de funestos presagios. Contrastaba dolorosamente en aquella junta familiar de seres hermosos y saludables. No era difícil echar de ver que le herían por igual el odio descubierto de su madre y hermana, y la compasión excesiva y poco disimulada de su padre. Alberto procuraba tratarle con perfecta naturalidad, así como si le diese á entender que su deformación era un accidente muy frecuente entre los hombres, á tal punto, que nadie pára mientes en ella. Se esforzaba porque no se traicionase la lástima que sentía. Ben adivinaba por instinto un buen amigo en Alberto y le tenía mucha adhesión, pero no se atrevía á mostrarla enteramente en presencia de los suyos. Si él hubiera sabido que Alberto le amaba más á él que al resto de la familia, hubiera sido feliz. Cuando acontecía que miraba á su hermana ó á su madre, ó á su padre, de sus pupilas parecía fluir un volátil corrosivo, como si hubiera deseado descomponer y destruir la hermosura de aquellos rostros.
—Usted no dudará de que yo le quiero bien, ¿verdad Alberto? —dijo Bob.
—No dudo.
—Pues, por este cariño que le tengo, ¿á que no sabe usted lo mejor que le deseo?
—Á ver.
—Que se quedase usted de pronto sin un cuarto.
—¡Qué extravagancias dices, Bobby! —comentó Nancy.
—No son extravagancias.
—Explíquese usted.
—Para que de este modo se viera usted obligado á trabajar.
—Á escribir, quiere usted decir.
—Es su canción —habló Nancy—. Dice que usted debía escribir.
—Y como sé que no escribirá, á no ser por fuerza...
—Eso es; me arruina usted y á ganarme la vida escribiendo, y en España, donde nadie ha logrado ganársela por este procedimiento, desde Cervantes hasta nuestros días.
—¿Cómo no, mi amigo? Pues...
—No cite usted nombres. Uno por uno, todos los que usted me cite, es seguro que dirían lo que yo he dicho.
—Pues yo insisto...
—Bobby, no insistas...
El rostro de Nancy se ensombreció levemente.
Bob volvió á hablar después de una pausa:
—Nancy es supersticiosa —quiso sonreirse; quedó pensativo. Luego—: Y yo también. Quizás he dicho una tontería...
Alberto intervino alegremente:
—Supongamos que me quedo sin un cuarto, que ya estoy sin un cuarto... Bueno, ¿qué es lo que ocurre?
—Que cuando se quiera usted casar, las muchachas le darán á usted calabazas, señor Guzmán —respondió Meg.
—¿Por qué? —preguntó el jorobado con voz arisca.
Meg, se quejó zalameramente á su madre:
—Siempre se anda metiendo conmigo...
—¿Es que —prosiguió Ben en la misma tensión exaltada— las muchachas sólo van á querer á los ricos... y á los guapos?
—Sí, hijo, que á ti te van á querer muchas...
La lívida cabeza de Ben pareció hundirse más en la caja torácica.
—¿Por qué no, Meg? —Alberto habló con tierna amargura, dando unas palmaditas en la huesuda mano de Ben, el cual estaba ahora como radiante.
Bob y Nancy comían y bebían copiosamente. Según avanzaba el almuerzo, las mejillas se les congestionaban poco á poco, y con los ojos se buscaban uno á otro y se deseaban.
Salieron todos á tomar café á un saloncito Luis XV. Había una botella de very old Brandy, para Alberto. Los dos esposos se entregaron al whisky. Intentaban hablar, mostrarse sociables, forzar la risa, pero la seriedad terrible de la concupiscencia podía más que ellos. Bob iba como fascinado á apechugar á Nancy, hacía resbalar la mano sobre sus brazos desnudos; la atraía hacia sí, y Nancy le rechazaba débilmente, no por pudor, antes por coquetería y refinamiento. Esta escena postmeridiana era la misma de siempre, y Alberto la había presenciado desde que los conocía, pero, delante de los niños, sentíase desasosegado y algo confuso. Como siempre, Bob y Nancy terminaron por salir de la estancia. Alberto respiró, á solas con Meg y Ben. Descendieron al invernadero y probaron el rifle. El jorobado no atinaba á dar en el blanco. En cambio, la niña acreditó raro tino. En haciendo varias punterías afortunadas, se cansó del juego.
—¡Bah! —exclamó, con mohín de desdén—. No tiene chiste. No sé cómo los hombres se divierten con esto...
Y se precipitó á tomar en sus brazos á Pussy, un gatito de Angora, color ceniza, que dormitaba sobre el asiento de un butacón. Le besó, le hizo arrumacos, le dijo ternezas, suspirando y poniendo los ojos en blanco, estremecida por todo el cuerpo. Estúvose un buen tiempo entregada á su pasión, hasta que el animal expresó algún cansancio y mal humor.
—Ingrato, infame; no te quiero. Que no te quiero, no. Ya puedes pedirme besitos, que se acabó todo.
Lo colocó en el suelo y le volvió las espaldas, pero se arrepintió al punto, y poniéndose en cuclillas, con los brazos cruzados sobre los muslos, y á alguna distancia de Pussy, le dijo, cariciosamente:
—No, monín; no me hagas caso, que te quiero, te quiero... Ven al regazo de tu Meg; puss, puss...
El gato echó á andar paso á paso, tambaleándose con presunción, el rabo perpendicular á la tierra. Avanzaba el gato, y Meg retrocedía, siempre en cuclillas y castañueleando los dedos. Pussy, que no estaba para burlas, hizo alto, precisamente entre Ben y el blanco del tiro.
—Hazme el favor de retirar ese bicho, Meg —rogó secamente el contrahecho.
Y Meg, continuó como si no le hubiera oído. Y el gato, con toda insolencia, permanecía en el sitio, desoyendo los requerimientos burlones de su amita y diciendo con el rabo tieso que nones. Cuando más embebecido estaba en sus tanteos de elocuencia rabuna, un pie del jorobado le lanzó á los espacios, con tanta violencia, que hubo de chocar en la cristalera del hall. Salió huído Pussy, y entonces la gata fué Meg. Crispada y rabiosa, saltó sobre su hermano, el cual de su parte se apercibió más que á la defensa al ataque, requiriendo en guisa amenazadora el rifle de flecha, á la sazón cargado. Alberto llegó en coyuntura de interponerse. Con una mano sujetó á Ben, con la otra á la niña, que, sin intimidarse del arma, luchaba por desasirse y por alcanzar á patadas los tobillos frágiles del muchacho.
Estando en esto, llegaron Bob y Nancy, arrebolados y sonrientes. La madre, por natural impulso y sin más averiguaciones, se dirigió á Ben, con evidente propósito de golpearlo, lo cual logró impedir Alberto. Bob aupó en brazos á la niña, que hipaba y lloraba de coraje. Empezaban las explicaciones, cuando apareció un criado con una bandeja, y en ella un telegrama y una carta para el Sr. Guzmán.
—Un telegrama... —murmuró Alberto hablando consigo mismo—. ¿Quién puede tener interés en telegrafiarme? Y urgente...
Hubo un minuto de ansiedad. Los niños se aplacaron de pronto. Miraban á Alberto como si aguardasen algo misterioso. Alberto leyó el telegrama por dos veces. Examinó el sobre de la carta y la hizo añicos sin abrirla.
—¿Pero no lee usted la carta? —preguntó Bob asombrado.
—Ya ¿para qué?
—Sáquenos de esta zozobra —rogó Nancy.
Alberto sonreía. Al fin habló:
—Si el telegrama no viniera de España creería que era una chanza de Bob.
—¿Cómo una chanza mía?
—Dice: «Hurtado huído. Depósitos desaparecidos. Quiebra terrible. Urge venga primer tren. Jiménez» —después de una pausa—. Hurtado es mi banquero.
Bob y Nancy no supieron qué decir.
—Cualquiera pensaría que son ustedes los culpables... —prosiguió Alberto sin perder su sonrisa—. La cosa no es para tanto, ni probablemente tan grave como mi amigo me lo pinta en el telegrama. Y si fuese, alégrese usted hombre de Dios, que quizás se salga con la suya: escribiré.
—Desde luego... —dijo Nancy vacilante— usted no creerá que porque Bob haya dicho... Y aunque lo haya dicho, que lo deseara. ¡Qué coincidencias!
—¿Cómo lo iba á desear yo? Era pura broma. Y al fin de cuentas, Guzmán sabe que mi dinero es suyo —dijo con vehemencia cordial.
—No perdamos el tiempo en tonterías. Bob hablaba á las doce y media y el telegrama es de las diez, conque... Como coincidencia no deja de tener gracia. Y ahora me despido de ustedes, hasta... hasta cuando sea.
Bob se ofreció á acompañarle en el automóvil.
De camino Bob preguntó:
—¿Tenía usted toda su fortuna en casa de ese banquero?
—Sí, toda mi pequeñísima fortuna, pero en fin, de lo que hasta ahora he vivido. Tenía casa puesta en Pilares, cuyos muebles vendí, porque no pensaba volver en algunos años. Y una finca que también vendí hace poco, y cosa curiosa, ¿sabe usted quién me la ha comprado? Uno que hasta hace dos años fué criado mío. Le di dinero con que se estableciera. Se ve que ha prosperado deprisa. ¡Ah! Pues, ahora echo de ver que aun cuando el banquero me haya birlado todo lo que le confié en custodia me quedan unas diez mil pesetas, las que presté á Manolo, que este es el nombre del criado. Vaya, que no soy pobre de solemnidad.
—Claro que no; yo he estado sin plata, lo que se dice sin plata, varias veces. Pero, hombre; ¡mire usted qué demonio! ¿Cómo no escogió usted un banquero de más confianza?
—Este era cuñado de una muchacha que fué novia mía. Parecía muy honrado y muy entendido en esos toma y daca de los negocios... Allá veremos lo que ha ocurrido.
—No deje de escribirme.
—Calla; pues me parece que no tengo dinero para el viaje... Á ver... Diez libras.
—¿Qué necesita usted?
—Nada; con diez libras puedo hacer el viaje en tercera.
—¿Y pagar el hotel?
—Cierto. Luego veré lo que necesito.
Bob no se separó de Alberto hasta que éste hubo embarcado en el tren. Poco antes de la partida se abrazaron.
—No se olvide de nosotros, Guzmán —murmuró el escocés con acento conmovido.