V
Á las seis y media de la mañana, hora de la llegada del rápido, paseaban por el andén de la estación de Pilares, Jiménez y Alfonso del Mármol, par á par. No había amanecido aún. Los dos amigos iban en silencio, haciendo chascar con fuerza las botas contra el enlosado pavimento; movimiento instintivo que realizaban por no llegar á olvidarse de que los respectivos pies les pertenecían y por obligarlos á que se sumasen á la comunidad del resto del cuerpo á cambio de una parte alícuota de calor animal. Jiménez llevaba la gorrilla inglesa calada hasta las orejas; Mármol, el cuello del gabán de pieles subido hasta el ala de la bimba, de manera que por delante sólo dejaba fuera lo más avanzado de su tajante nariz y un larguísimo y delgado cigarro Henry Clay, de los llamados lirios. Aparte de los empleados de la línea, eran los únicos seres vivientes que había en el andén, porque no se cuenta una vaca, ominosamente prisionera en un vagón establo, la cual mugía con nostalgia y aplicando el hocico á los barrotes de un tragaluz vahaba periódicas nubecillas blancas. Fuera de la marquesina de vidrios, perforando la sombra, brillaban dos luces, una roja y otra verdiclara. Sonó una corneta á lo lejos, y á poco el tráfago del tren, creciendo afanosamente, acercándose hasta que se entró por el andén, comunicando su temblor á los cristales, y se detuvo en seco. Traía tres coches de viajeros, con plataforma y barandilla en los topes.
Jiménez y Mármol aguardaban ver asomarse á Alberto, pero ninguna ventanilla se abría.
—¡Alberto! ¡Guzmán! —vociferó Jiménez con aquella voz de ilimitado desarrollo con que acostumbraba sembrar la consternación en algunas mansiones de alegres hembras—. Será capaz de venir durmiendo.
Las ventanillas permanecieron sombrías y cerradas. Mármol y Jiménez subieron al tren, y empezaron á revisar coche por coche, para lo cual habían de encender las luces y recibir miradas iracundas, ademanes depresivos y gruñidos condenatorios de cuantos viajeros se veían arrancados de pronto, por aquellos dos fantasmas impertinentes, á la amable idiotez del sueño.
—Aquí está —dijo con aire triunfal Mármol, zarandeando á Alberto, el cual se desperezó con el dorso de las manos, como los niños.
—¿Eh? —inquirió Guzmán, medio inconsciente. Y avivándose—. ¿Mármol? ¡Jiménez! Pero ¿estamos en Pilares?
—No, en Babia —respondió Mármol con el cigarro entre los dientes—. Y usted en zapatillas, y el lío de mantas deshecho, y el tren no para sino seis minutos. Ea, abajo tal como está. En el andén lo arreglaremos todo.
Alberto se vistió un gabán holgado de espeso tejido esponjoso. Entre los tres cogieron en rebujo las cosas que andaban diseminadas por las rejillas y las bajaron al andén á tiempo que el tren partía.
Jiménez, el jocoso y festivo Jiménez, para quien no había trance, por solemne que fuera, que rebajase su frenesí humorístico y propensión acrobática, estaba en aquellos momentos inmóvil y casi funerario. Mármol, á quien sus amigos llamaban Marmolillo, en razón de su frigidez inalterable y de no habérsele visto reir nunca por fuera, porque había aprendido á reir por dentro, exhibía en tales circunstancias un buen humor y un prurito de andar de aquí para allá y hacerlo todo, evidentemente contradictorios con su naturaleza boreal. Quiso conducir á Alberto en su automóvil hasta el hotel. Alberto se negó; prefería estirar las piernas, andar. Salieron de la estación. Clareaba el cielo. Un hombre iba apagando los faroles públicos. Sobre la línea superior del caserío, como perfil quebrado de un muro ruinoso, ascendía la sombra gótica de la catedral, y era al modo de un ciprés.
Alberto no tenía deseos de preguntar nada; tal vez zozobra de saber al fin y del todo lo que temía. Jiménez no osaba hablar. Mármol sostenía la conversación, refiriendo casos acaecidos en Pilares durante la ausencia de Alberto, pero no se aventuraba á abordar el asunto principal.
Cuando llegaron al hotel era de día. Alberto intentó despedirse. Los otros dos subieron con ánimo de informarle, en conclusión, de lo ocurrido.
Sentáronse los tres. Alberto en el borde de la cama, y Mármol tomó la palabra, á fin de hacer historia.
Telesforo Hurtado, á poco de casarse con Leonor Tramontana, había tomado posesión de la casa de banca por cesión del fundador y con ayuda de medio millón de pesetas que don Medardo había puesto en sus manos. De cómo iban los negocios nadie sabía nada, de seguro. Unos decían, que bien; otros, que mal. Lo cierto es que Hurtado hacía vida libertina y pródiga, mudando de queridas, de automóviles, de alhajas y de costumbres con tan frecuente periodicidad, que todo Pilares se hacía cruces. Sucedió que, en uno de los cafés cantantes de la capital, sobrevino cierta cupletista francesa, Nanon Orette. Aquí interrumpió Jiménez:
—¡Ay, y qué Orette! Las marranerías que sabía hacer... —Y sorbió con ansiedad un gran volumen de elementos atmosféricos. Iba recobrando el régimen y libre arbitrio de sus dotes festivas.
Al sobrevenir la Nanon Orette, Hurtado mudó de criterio acerca de las queridas; de lo temporal pasó á lo permanente. En cuanto á los otros cambios, se redujo á realizar aquéllos y sólo aquéllos que Nanon ordenaba. Estas abominables relaciones de la danzante y el banquero se mantuvieron durante dos meses, con gran escándalo de los corazones castos y... Nueva interrupción de Jiménez:
—Con conocimiento público de las más íntimas particularidades —con el índice de la mano derecha hizo descender el párpado inferior del mismo lado. Añadió, con acento de irritada austeridad—: ¡Contra natura! —é inmediatamente, formó con la boca algo á manera de culo de pollo y emitió por dos veces un sonido desgarrante y escatológico; todo ello, sin perder la gravedad del gesto.
El contraste era tan cómico, que Alberto se echó á reir. Mármol, á su vez, en terminando de reirse por dentro, continuó la historia.
Un día, marchó Hurtado á Madrid á especular en Bolsa, como hacía quincenalmente, según de público se aseguraba. Á los cinco días, el tenedor de libros de la casa recibió una carta de Hurtado, desde el Havre, diciéndole que tuviese la amabilidad de participar á sus numerosos favorecedores y clientes que les estaba muy agradecido por la simplicidad y sandez que con él habían mostrado, y que agur. En Pilares no se registraba catástrofe alguna de mayor monta desde hacía varios decenios. De las primeras informaciones se sacó en claro que Hurtado, con todos los valores que tenía en depósito y custodia, iba abriendo cuentas en el Banco de España, pignorándolos, las cuales, cuatro millones de pesetas en junto, estaban agotadas, y las garantías en poder del Banco. Es decir, que no había dejado un maravedí sin rebañar. Y del dinero ¿qué había hecho? ¿Lo había gastado? ¿Se lo llevaba consigo? Probablemente lo uno y lo otro.
Alberto escuchó hasta el fin, sin mostrarse contrariado ó abatido.
—Yo tenía todo mi dinero en casa de Hurtado. Concretamente, ¿qué sacaré en limpio?
—Mi opinión sincera... Creo que nada, absolutamente nada —afirmó Mármol.
—Sin embargo... —dijo Jiménez—. Hay quien cree...
—Sí, hay quien cree que se podrá obtener el diez por ciento de los créditos, y eso después de una tramitación judicial, que lo mismo puede durar cuatro que cuarenta años. Me parece que Alberto no debe pensar en ello más.
Alberto hizo una cruz en el aire, como expresando que era asunto concluído. Quiso sonreir, afectar perfecta naturalidad y descuido en presencia de sus amigos; darles á entender que era hombre de hilaza demasiado prieta para que le penetrasen las punzadas del infortunio; pero su corazón palpitaba azorado y su cerebro se embrollaba sin atinar á discurrir con arte.
—¿Quién lo dijera? Parecía inteligente en sus cosas, y honrado... —Alberto masculló esta consideración, á media voz, y la cabeza inclinada sobre el pecho.
—Inteligente... Pss. Se pasaba de listo, listo de conveniencia, pero ¿honrado? Siempre dije que era un pillete, y que acabaría mal —dijo Mármol, contemplando con estoica filosofía las proporciones minúsculas á que había quedado reducido su cigarro y como si en él descifrara un emblema transcendente de las grandezas humanas.
Hubo un silencio penoso, que rompió Mármol.
—¿Qué piensa usted hacer?
—Yo qué sé, Alfonso.
—No es para preocuparse —opinó Jiménez—. Á Guzmán no le faltará una colocación de unos cuantos miles de pesetas al año, aquí, en cualquier empresa.
Harto sabía Jiménez que esas colocaciones eran asequibles como el vellocino de oro ó la trasmutación de los metales. Después de una pausa, preguntó Mármol:
—¿Cuántos años tiene usted?
—Treinta y dos.
—¿Por qué no se casa usted?
Mármol quería decir evidentemente, ¿por qué no se casa usted con Fina?
—Es la mejor ocasión. Ahora que soy un excelente partido... —contestó Alberto sin disimular su amargura.
—Ahora, sí. ¿Cuándo mejor que ahora para que usted contraste si el cariño que le tienen vale ó no vale?
—Eso sería, supuesto que yo no tuviera sentimiento de mi dignidad. Además, usted ha comenzado por afirmar, implícitamente, que no hay sino presentarme, decir: aquí estoy yo, y todo hecho.
—Exactamente —corroboró Mármol—. Ni más ni menos. No hay nadie en el mundo que conozca mejor á la gente que yo. Y cuidado que yo no he hablado una palabra en mi vida con ella... Si no hay más que verla. Le ha estado esperando y le seguirá esperando siempre.
Guzmán no quiso replicar; sabía que su voz sería temblorosa.
Propuso Jiménez:
—Dejémosle ahora que descanse. Volveremos después de comer.
—No vuelvan ustedes. Desde luego me voy derechamente á Cenciella. Necesito hacer examen de conciencia y un plan de vida, y nada como la aldea para estos casos.
—Á Cenciella; está bien. Pero, ¿á qué parte, á qué sitio? —interrogó Mármol, sutilizando la pupila bajo los entornados párpados.
—Á qué parte... ¿Á dónde ha de ser? Á mi casa, es decir, á casa de Manolo, que para el caso es lo mismo.
—Á casa de don Manuel Carruéjano, alias Taragañón, orador famoso, columna del orden social y teniente alcalde conservador en Cenciella.
—¿Es posible? —Alberto exteriorizó placentero asombro—. Miren si ha medrado. ¡Cuánto me alegro!
Despidiéronse. Á solas, Alberto se tumbó boca abajo sobre el lecho. Con las manos se apretaba la frente. No hubiera querido pensar en nada.