VI

Era don Celso Robles un célibe sexagenario, enconado enemigo de la más bella mitad de la especie humana, y particularmente fanático de la deglución, de la potación y de las beatíficas sobremesas consagradas al juego del hombre, que también se suele llamar tresillo. El estilo de la arquitectura corporal de don Celso pertenecía al período ciclópeo; sus piernas, dos bárbaras columnas monolíticas; su vientre, un templo primitivo habitado por una divinidad cruel y turbulenta en cuyo propiciamiento se inmolaban á diario innumerables víctimas arrancadas á la libertad de sus naturales elementos —el aire, la tierra, las aguas—, solemnizándose el sacrificio con derrame copioso de brebajes báquicos y confortativos. La cúpula de este templo, que siempre se mantenía en actividad religiosa, era una cúpula tricolor, decorada con franjas paralelas; primero, el cuello blanco de la camisa; más arriba, un gracioso lóbulo ó abombamiento, que, al fundirse, formaban la papada y el pertorejo, de un color rojo flamígero y esponjoso como la cresta y barbas del gallo; más arriba, el blanco impecable de la boca, ostentando sonoras señales de que el dios se hallaba satisfecho de su culto, reía tan dilatadamente que las comisuras de los labios escapaban por entrambos lados del rostro, como si fuesen á juntarse por detrás del occipucio; la próxima franja en altitud la formaban la nariz, las mejillas, las orejas y el colodrillo, todos ellos tan arrebatados de entonación que del rojo habían pasado al azul índigo; y, por último, la sesera, de bruñido bermellón con irisaciones metálicas, como el vidriado de los azulejos moriscos. Patológicamente, el señor Robles era un temperamento apoplético y congestivo. Su médico le había sugerido la posibilidad de que reventase un día, y aconsejado que rompiera con sus hábitos vegetativos, que dejara los negocios y se fuera á vivir al campo. La idea de que aquel dios insaciable que se alojaba en su bandullo pudiera ver el ocaso y extinción de su culto, torturaba las más delicadas fibras del corazón de don Celso. Intentó traspasar la casa, pero no halló quien aceptara la sucesión en buenas condiciones. Hasta que un día, Telesforo Hurtado, le confesó sus planes, que don Celso escuchó con gran regocijo, alentándole á que se casase cuanto antes, á pesar de su enemiga á las hijas de Eva. En casándose, la banca pasó á ser Telesforo Hurtado y Compañía. El señor Robles no tenía inconveniente en dejar una buena parte de su capital, á la sazón circulante, que le había de ser satisfecho por anualidades de cincuenta mil pesetas. Compró una casa de campo, reclutó tres amigos viejos y mal parados de fortuna que le hicieran el tresillo, é, introduciendo alguna novedad en el dogma, se fué á convertir en rústico el culto urbano de su vientre. Al despedirse de Hurtado no pudo abstenerse de destilar algunas gotas de pesimismo acerca del sexo débil:

—Has hecho un buen matrimonio, evidentemente, Telesforo; pero mi experiencia del mundo me obliga á amonestarte á que te pongas en guardia. Con las mujeres, hijo mío, hay que estar siempre en guardia, siempre centinela alerta y con el arma en la mano, porque si no el diablo se las carga —quiso decir, sin duda, el diablo las carga—. Y ahora, que te vaya bien en tus negocios, por la cuenta que me tiene, y además porque deseo verte prosperar.

Comenzó la casa á regir bajo los auspicios de Hurtado, y éste á darse aires y vida de gran señor. La ostentación chalanesca de piedras preciosas y la adquisición del primer automóvil inquietaron no poco á don Medardo, el cual, cogiendo confidencialmente á su yerno, hubo de hacerle algunas observaciones. Á esto respondió Hurtado:

—El pez grande se traga al chico, y peces grandes ó chicos no se pescan sino con cebo en el anzuelo. Una casa de banca no vive, ó por lo menos vive principalmente, de tener en circulación el dinero que se pone bajo su confianza. No vale ser rico tanto como aparentarlo. ¿Cree usted que puede inspirar confianza á sus clientes, ó atraer otros nuevos un banquero que viva como un pordiosero?

—Á mi modo de ver, sí; más confianza que uno que gaste con exceso.

—¡Bah! Esa es la manera de entender los negocios en España, y así van las cosas. Antiguallas, don Medardo, antiguallas —y diciendo así, conducía al viejo hepático hasta la garita del tenedor de libros—. Muéstrele usted á don Medardo el aumento en depósitos y cuentas corrientes desde que la casa lleva mi nombre.

El aumento había sido considerable. Don Medardo se daba por vencido.

—Tienes razón; yo estoy muy á la antigua.

—El automóvil, los brillantes... ¿Cree usted que lo hago por gusto? No. El cebo, querido don Medardo, el cebo. Poco á poco, los clientes de las otras casas se van pasando á esta. Ahí tiene usted á ese Meumiret, el de ahí enfrente, el gocho de mar, como le dicen sus empleados, que está que echa... sustancia láctea.

Á pesar del eufemismo, á don Medardo no le hizo gracia la frase. Repitió Hurtado:

—El cebo, el cebo.

—No me gusta oirte hablar así, Telesforo. Empleas unas palabras... El cebo...; parece que se trata de engañar á la gente.

—Otra antigualla; pues ¿qué son los negocios sino á ver quién engaña á quién? Usted mismo, en su almacén de la Habana, ¿qué hacía sino engañar á la gente?

—Me dejas aturdido. Según lo que se llame engaño... —don Medardo meditó unos momentos—. Bueno, yo pienso; esa misma confianza que te demuestra la gente ¿no te añade responsabilidades y te obliga á pensar si acaso, vaya, si tal vez comprometerías lo ajeno con sorbitancias?

Telesforo se irguió:

—¿Es que usted teme por su dinero?

—Por Dios, Telesforo; no hablo de lo mío. Yo confío en ti.

—Pues de lo ajeno, deje usted que entre á porradas. Dinero pare dinero.

Cuando Telesforo mudó por primera vez de automóvil, don Medardo no se atrevió á abrir el pico. Pero al cuarto cambalache no pudo contenerse. Las risotadas con que le recibió Telesforo desconcertaron al viejo.

—¿Sabe usted cuánto he ganado en cada una de estas operaciones de compra y venta? Tres mil pesetas. Sí, señor. Venga usted á ver los libros y se convencerá.

No había tal cosa en los libros, pero Telesforo estaba seguro de que Tramontana había de responder, como respondió:

—Me basta lo que me dices —y luego, asombrado—. Verdaderamente, eres un lince.

Otra cosa que á don Medardo le metía doloroso terror en los huesos era el tráfico de valores que Telesforo hacía en Bolsa. El viejo tenía el concepto arcaico de que la riqueza es algo sólido y permanente: monedas, casas, tierras. La idea de la permanencia era lo fundamental. Un capital se construía como un edificio, colocando piedra sobre piedra. Siempre se había reído de esas fortunas aéreas y fabulosas que surgen como por encanto, y como por encanto se disipan. El agio le causaba pavor; era, á las fortunas verdad, lo que el rayo á las casas, que en un punto las reduce á escombros. Pero á todo acudía el despierto Hurtado, envolviendo al suegro en tan enmarañados argumentos y deslumbrándolo con hechos tan flagrantes, que al cabo de un año el hombre estaba convencido de que Hurtado era el más grande genio financiero que habían visto los siglos.

Y así, como en cierta velada familiar la tía Anastasia, componiendo una sonrisa ácida que había inventado la primera vez que vió á Telesforo, hubiera tenido el cinismo de insinuar traidoramente que Hurtado le daba mala espina, don Medardo quiso abatir su osadía arrojando á la faz de su tía materna este apóstrofe crítico: Anastasia ¡tienes la mollera herpéticamente cerrada á canto y lodo! La tía Anastasia, aunque humilde, fué contumaz y añadió que Hurtado sería un querubín descendido del empíreo, pero que á ella, sin poderlo remediar, le daba muy mala espina; y manifestó la sonrisa ácida. Anastasia —repitió don Medardo, indicando que daba por cerrado el ciclo de las controversias—, tienes la mollera herpéticamente cerrada con mampostería. Y de esta suerte Telesforo quedó ungido inviolable en el hogar del piso primero de la casa. Él y Leonor vivían en el segundo. Leonor era feliz, adoraba á su marido, el cual le había fecundado las entrañas poniéndola á parir un fruto de bendición, una aceitunilla con todos los caracteres étnicos de los calmucos, un genio endiablado y una noción tan rudimentaria de la regularidad en las eliminaciones digestivas que no había pañales para él. Con todo, la familia Tramontana lo reputaba como dechado y arquetipo de la belleza infantil, veían no se qué gracia exquisita en sus berrinches, un desparpajo encantador en su afán de vaciar las tripas en todo momento, y una lumbre inquietante de precocidad en su estulta expresión de calmuco. Hasta la tía Anastasia, á pesar de la mala espina que le daba el padre, sentía por el talento del hijo admiración sin límite.

—Este rapacín mete miedo —no quería decir que la fealdad del chico espantase, como era la verdad, sino que su inteligencia amenazaba no dejarle vivir, expresando á su modo la frase de Menandro: los elegidos de los dioses mueren jóvenes. Añadía la vieja—. ¡Si él pudiera hablar...!

Cosa que verosímilmente no acontecería nunca, porque los micos carecen de la facultad del lenguaje.

La noticia de las aventuras galantes de Telesforo llegaron hasta el hogar Tramontana y poco después treparon con insidia hasta el piso segundo. En el hogar Tramontana se le juzgó con bastante lenidad; hallaban disculpas á sus extravíos amorosos en su juventud, en el hecho de encontrarse Leonor amamantando al pequeño Telín, y según autorizada opinión de don Medardo que sorprendió mucho á su cónyuge, en cierta incontinencia ó ideal de perpetuación que va siempre poderosamente adscripta al sexo masculino. Todo esto lo decía don Medardo con muchos circunloquios, y, por supuesto, no estando Fina presente. Pero doña Dolores en cuanto entendió lo que su esposo quería decir, revolvió unos cuantos años en su memoria, y sacó en consecuencia que don Medardo había emitido una afirmación falaz. Á pesar suyo y con nostalgia muy retrospectiva, como el que dijese: si yo hubiera tratado á Sardanápalo, murmuró:

—No digas, Medardo.

También don Medardo entendió. Sintiéndose herido en el centro más delicado de su personalidad viril, contestó con dignidad:

—El hombre es flaco —como demostración puso una pierna sobre la otra haciendo sonar los huesos—. Yo hombre, al fin y al cabo, hombre como cualquiera, cuando era joven y estaba sano fuí víctima, como ahora lo es Telesforo, de esa ligera enfermedad, ó si se quiere incontinencia y aun furor. Pero unos lo hacen de solteros y otros de casados.

—Y otros de solteros y de casados —agregó la tía Anastasia.

—Anastasia —expostuló don Medardo—. Hay que ser tolerante con la flaqueza de la carne. Tú no sabes de eso.

En el piso segundo las noticias produjeron diferentes efectos. El Mercurio portador de las infaustas nuevas fué un mensajero femenino, la peinadora de Leonor. En tanto quitaba los bigudís á la señorita, esponjaba su cabellera y le añadía como aditamento un moño enorme perteneciente á un cadáver anónimo, iba la proterva mujer depositando arteramente en el corazón de Leonor la ponzoña de sus revelaciones. Al llegar al punto culminante, la infeliz casada expelió un grito ahogado, que hizo pensar á la peinadora si le habría dado distraídamente un tirón en una mecha de pelos del occipucio. No; el dolor era más hondo. La peinadora dió por terminado su menester aquel día y dejó á Leonor abandonada al infortunio, caída en actitud desolada sobre un diván y de manera que el artificioso tocado no sufriera detrimento. Al volver Telesforo á casa hubo una escena de dramática intensidad. La esposa mártir se colocó en situación cristiana de sojuzgamiento y resignada aceptación de los designios de la Providencia. Nada de reproches, ni dicterios, ni cóleras. Pero confesó el presentimiento que tenía de que se le retirase la leche, con lo cual el calmuco de cría había de verse obligado de allí en adelante á ingerir alimento mercenario y quizás adulterado. Telesforo acudió con toda ternura á desmentir las noticias, y dijo que sería horrible que se cumpliesen tan sombríos vaticinios, respecto á la escasez de lacticinios. Confesó muy avergonzado y de modo que inspiraba compasión, que era cierto que algunas veces se había presentado en público con mujeres, y mujeres hermosas. Pero, añadía justificándose, siempre había sido obligado de las circunstancias, cuándo por tratarse de negocios, cuándo porque ellas materialmente le perseguían, aunque sin haber logrado —su palabra de caballero— que hasta entonces él hubiera cometido una infidelidad conyugal. El pecho de Leonor vióse nuevamente asistido del torrente lácteo, á sus ojos acudieron lágrimas sedantes y á sus labios sonrisas angélicas. ¡Era tan natural que todas las mujeres ambicionasen á su Telesforo, á causa de su expresiva cara tártara y de la riqueza en glándulas sebáceas de su epidermis! Á partir de este punto ya podían irle con cuentos á Leonor. Ella sonreía misteriosamente; estaba en el secreto. Su padre le decía algunas veces.

—No hagas caso nunca, hija mía, de lenguas vituperinas.

—Á buena parte vas, papá.

Como Hurtado era muy meloso y simulador en sus relaciones domésticas, Leonor vivía confiada en él, segura de aquel tesoro que todas le envidiaban. Y estando así, Telesforo tomó la ruta de Ultramar sin dejar una palabra de despedida para su mujer ni para el pequeño calmuco.