VII

La evasión de Hurtado fué conocida en el hogar de don Medardo á la media hora de recibir el tenedor de libros la carta fatídica. Nadie se consideraba con bastante valor para poner en conocimiento del viejo Tramontana lo ocurrido, pero, casualmente en los primeros momentos de turbación llegó, al despacho de la banca, Carriles, el corredor de comercio, hombre desenvuelto é imperturbable que se pintaba como él solo para estos lances. Era, sin duda, entusiasta observador del corazón humano y se gozaba en ver la cara que ponían las gentes al oir aquello que más les perjudicaba. Tenía una mirada tan fría, que cuando miraba á una persona le convertía la sangre en un sorbete de fresa. Prestóse al punto á ser el emisario, y tomó un coche, cuidando con mucho escrúpulo de que don Medardo saliera cuanto antes del error é ignorancia en que vivía sumido. Contaba con que había de desarrollarse una escena patética, pero su corazón impertérrito estaba determinado á afrontarla.

Don Medardo se calentaba al lado de una chimenea, aproximando los pies, en calcetines, á la lumbre.

Las zapatillas, de terciopelo negro bordadas de miosotis, obra de la industria filial de Leonor, yacían junto á la butaca.

—Siéntese usted, Carriles, y veamos qué le trae por esta su casa. Usted me consentirá que siga sin zapatillas. Estos pies no se me calientan nunca.

Carriles desarrolló un hábil exordio, lleno de incisos y de catastróficos presagios.

—Al grano, amigo Carriles.

Carriles pensó ¡allá vá!, y soltó no el grano sino la bomba, con los ojos pegados sobre la cara de don Medardo, cuya amarillez hepática desaparecía bajo la reflexión del fuego. Don Medardo no pestañeó, no abrió la boca ni movió un músculo. Continuaba con perfecta ecuanimidad rehogando el pie izquierdo, particularmente refractario á las ondas calóricas. Carriles se veía defraudado. Añadió en tono cavernoso:

—¡Una gran catástrofe!

—¿Eso es todo, amigo Carriles?

Carriles compuso un gesto y un ademán desolados, como dando á entender: ¿le parece á usted poco? Se despidió. Don Medardo se excusó de salir á la puerta, alegando la frigidez de sus extremidades abdominales, y el observador entusiasta del corazón humano salió de la casa pensando que don Medardo no tenía corazón. En estando á solas, el viejo llamó á su mujer. Quería consultar con ella la forma más dulce y cauta de enterar á Leonor. Era lo único que preocupaba á don Medardo. Allá en el fondo, muy en el fondo de su alma sencilla, sentía algo así como satisfacción orgullosa, una especie de vanidad intelectual; su sistema financiero no era una antigualla, bien decía él. En realidad, le costaba trabajo creer que Telesforo hubiera huído criminalmente, después de haber robado. Pensaba que se había arruinado de buena fe y que la vergüenza le había obligado á escapar. Ni él ni doña Dolores se acordaron para nada de los cien mil duros cercenados al patrimonio familiar. Inquietábales tan sólo el dolor que del suceso había de recibir Leonor y las consecuencias que pudiera traer á su salud y á la del pequeño calmuco. Platicando, llegaron á convenir en que Fina era la indicada para preparar y revelar á su hermana la triste verdad. Requirieron á la niña, la cual acudió acompañada de tita Anastasia. Don Medardo contó todo lo que sabía, en breves palabras. Tita Anastasia sintió también, en aquella coyuntura, lo primero de todo, satisfacción intelectual, pero en proporción centuplicada á la de su sobrino, y la inutilidad subsiguiente de aquella sonrisa ácida de su particular invención. Elevó las manos al cielo y murmuró:

—¿No decía yo que me daba mala, muy mala espina? —parecía un grito de triunfo. Su rostro mostraba tal contento, que don Medardo dijo pasmado:

—Cualquiera creería que te alegras, Anastasia.

—Tienes razón, Medardo. ¡Dios me perdone! —suspiró, arrepentida y abochornada de haberse dejado arrastrar por aquel movimiento espontáneo, del mismo linaje que el que hace prorrumpir á los espectadores de galería en un gruñido de emoción viendo descubiertas las perfidias del traidor de un melodrama—. ¿Cómo me he de alegrar? La pobre Leonor... ¡Dios me perdone!

—¡Dios nos perdone! —alentó, con tenue bisbiseo Fina. Porque, á pesar de todo, estaba contenta con la desgracia, y adivinaba en ella el germen activo de próximas venturas. Alberto volvería á Pilares á emprender nueva vida.

Fina subió á cumplir su ingrata misión. En aquellos instantes, la madre bañaba al calmuco, el cual había llegado á tal punto de cólera, que de verde aceituna se había puesto de color berenjena, y no se daba reposo á berrear, patalear y expresar á su modo rabia y odio felinos al agua y á las artes cosméticas. Lo enjutaron, lo fajaron, lo aplacaron y vieron que el calmuco retornaba á su verdor nativo y se acogía, siempre con gesto enfurruñado, á los asilos del sueño.

Fina procedió con tan buen tino y serena dulzura, que cuando concluyó de hablar, Leonor permanecía sin inmutarse, recogida en sus pensamientos. Á poco comenzó á derramar abundantes lágrimas tranquilas. Fina la abrazaba y acariciaba en silencio. Al cabo de un tiempo, Leonor se serenaba. Había adquirido noción cabal de lo ocurrido y había formado su génesis y explicación conforme á las ilusiones de su alma. Telesforo la amaba siempre, y esta era la causa de que, habiendo ido á mal en sus negocios, huyera sin atreverse á confesarla sus tormentos, quizás su desesperación.

—¿No crees tú, Josefina?

Josefina veía lo absurdo de tales suposiciones; pero, respondía que sí.

—Telesforo siempre fué un niño. Los últimos tiempos andaba muy preocupado y me dijo, muy en secreto, que era por los negocios. ¡Ay, mi Teles! ¿Por qué no habrá acudido á papá? Le hubiera ayudado de seguro, ¿verdad? Lo que sufrirá, pensando en mí y en su pequeñín, en su nenín, que le tenía loco.

Leonor se levantó á besar al pequeño calmuco.

—Tranquilízate, Leonor. Lo vas á despertar.

Leonor volvió á sentarse en una butaca baja. Apoyó los codos en las rodillas y la cara en las manos. Cuando irguió la cabeza, sus ojos lucían radiosos.

—Fina, te aseguro que en muy poco tiempo Teles hará fortuna en América, volverá y resolverá todas las cosas. ¡Niño mío, bobo, que sufres por tu Leonor sin atreverte á escribirla! Pero verás, Fina, cómo no pasan muchos días sin que yo reciba carta de él. No podrá más. ¡Oh, aturdido, inocente; haber huído del consuelo y de la ayuda! No se lo voy á perdonar —quiso sonreir, pero rompió á llorar—. De todos modos, Fina, ¡soy muy desgraciada!

Luego, convirtió su memoria hacia el padre viejo.

—Dile, Fina, que no quiero que se entristezca ni preocupe. Yo soy la más interesada, y ya ves, estoy tranquila. Confío en Dios y en el mañana. No quiero que el pobre viejecito sufra por mi causa. Yo misma bajaría, pero me parece demasiado pronto. Cuando nos veamos, yo prometo estar serena; ya verás. Y á mamá también; que no llore. Estarán angustiados. Baja, baja, Fina.