IV
El carruaje avanzaba por la parte alta de la ciudad, siguiendo la linde del parque público. Alberto recordó que la víspera, á la misma hora aproximadamente, cruzaba los jardines, del brazo con Rosina: una pareja de enamorados cuchicheaba en la sombra, y las estrellas latían entre el boscaje. ¿Qué será de Rosina? pensó. Hubiera sido tan placentero llevarla consigo á la aldea. El amor carnal sin comedimiento le ayudaría á ir abdicando poco á poco de la vida consciente y los restos del pasado. Pero, de pronto, se hizo presente en su memoria el verso de Mallarmé:
La chair est triste, hélas! et j’ai lu tous les livres.
Sí, la carne es algo terriblemente efímero y triste, y de otra parte, Alberto se juzgaba ya de vuelta de toda la vana ciencia de los hombres.
En el parque, comenzó á tocar la charanga municipal; algarabía metálica que sacudía el aire nocharniego con una emoción de sentimentalismo.
El coche corría carretera adelante, á campo traviesa. La noche estaba lóbrega y tormentosa.
En el páramo de la Molleda, Alberto ordenó al cochero que hiciera alto. Descendió del coche. La tierra, hasta la línea del horizonte, se extendía en rasa planicie, de un negro de humo, á manera de lago bituminoso. Por el cielo, de la parte de Poniente, se levantaba un vapor cárdeno, translúcido.
Alberto amaba singularmente el yermo, hosco y huérfano de vegetación. Le parecía un estado de espíritu materializado; aquella sequedad y aridez de los místicos que hacía más vehemente el ansia de contemplar á Dios. Muchas veces iba á caballo hasta la Molleda, y discurría largas horas leyendo, sentado sobre una gran piedra calva y ebúrnea.
Retembló el trueno. Las nubes se agrietaron en estrías amoratadas.
—¡Buena se nos viene encima! —Gruñó el mayoral— Súbase, señorito, y vamos aína. Dudo que lleguemos á Cenciella con bien. Los caballos tienen miedo...
Á poco de reanudar la marcha, empezó á llover reciamente. Desatóse el viento; la voz de los truenos era horrísona.
En la Peña, á donde llegaron después de un cuarto de hora de carrera desenfrenada, guardaron el coche al cobijo de un tendejón. Telémaco, en su jaula, daba señales de iracundia funesta. Alberto, Manolo, el cochero y Sultán, entraron en un chigre, ó lagar de sidra. Un grupo de ennegrecidos mineros jugaban al tute y bebían; volviéronse á mirar á los recién llegados, con ojos que albeaban sobre el hollín del rostro.
Alberto tenía apetito. Su cuerpo, habiendo reaccionado de la embriaguez, se encontraba ágil, elástico y como saturado de fuerzas tumultuosas. Sentía deseos de correr, de saltar, de trepar montañas, de cabalgar potros cerriles. Pidió qué comer. Sirviéronle sardinas en aceite, pan, sidra. Andaba tan ensimismado que no echó de ver cómo los mineros le contemplaban con descaro, profiriendo groseras chanzas en voz que de él pudiera ser oída; daban puñadas sobre la mesa y reían, mostrando la blanca dentadura. Una carcajada más sonora obligó á Alberto á parar atención en el grupo. Su pensamiento llegaba de tan profundos y misteriosos limbos que, saliendo á la superficie, el mundo, de primera intención, se le aparecía á modo de espectáculo. Por eso su mirada fué clara y honda, una de esas miradas espiritualmente autoritarias ante el influjo de las cuales se recogen avergonzadas las fuerzas vacilantes del instinto.
Un minero se levantó, y echó á andar, tambaleándose, hacia Alberto. Éste le veía acercarse, con curiosidad desinteresada, artística. La lentitud, el movimiento del minero, su cráneo anguloso y su fortaleza torpe y bovina, hacían que Alberto imaginase tener ante sus ojos una escultura de Meunier, semoviente, viva. Sentía una emoción así como de reposo, y en sus labios apuntaba una sonrisa. El minero, en acercándose, se despojó de la boina, y dijo:
—¿Quiere aceptar el señorito un vaso de sidra?
—Ve usted que estoy bebiendo. Tome usted —Con calma escanció un vaso y se lo alargó al minero. Luego le dió una botella—. Para usted y sus amigos.
Volvió el minero á su grupo, y, á partir de este momento, se redujeron á jugar el tute con bastante circunspección.
Alberto se sentía en plena ingenuidad, frescura y barbarie de espíritu. Cuanto le rodeaba le producía el deleite de la emoción. Sus nervios estaban en una tensión musical y sutileza sensible que nunca había experimentado hasta entonces. Como claro espejo, ó quieto caudal de agua viva veíase colmado con las bellas virtudes pasivas de la mera y exquisita receptividad.
El cuadro de la taberna, en donde momentáneamente vivía Alberto, era Jordaens ó Teniers, pero con vida íntegra y acción gustosa sobre todos los sentidos. Por el abierto portón de la huerta, al fondo del lagar, entrábase olor á rosas, á malvas y á tierra húmeda. De vez en vez, á la luz de un relámpago, se encendía el paisaje con un resplandor azul intenso y violeta; y era la aparición subitánea de esas creaciones de Patinir, con su diafanidad diamantina de paisajes contemplados en lo hondo de un lago de aguas durmientes y delgadísimas.
Desde una habitación vecina, llegaba la canturria humilde de un acordeón. Una voz moza cantaba. Era un aire de austera melancolía labriega, como las romanzas de Grieg y de Rimski-Korsakoff.
Alberto batió palmas. Por detrás de una cortina á rayas rojas y blancas, asomó el chigrero. Un gato atigrado salió al mismo tiempo, por debajo de la cortina; avanzó por el suelo, de tierra cenagosa; quedóse un instante con la cabecita ladeada y un brazo en alto, atento á los maullidos de Telémaco: continuó, indiferente, runruneando con mimo.
—¿No pueden venir á hacernos compañía el que toca y la que canta? —El gato topaba y se restregaba en las perneras de Alberto, el cual, en aquella ocasión estaba poseído de una ternura clarividente hacia todas las cosas. Gato, chigrero, mineros, muebles, toneles y, hasta los fenómenos físicos; la luz de los candiles, el lamento del acordeón, el olor á tierra y á rosas, todas las cosas se le presentaban como objetos de interés universal, amables y expresivos.
En esto Remedios, que tal era el nombre de la hija del chigrero, vino á sentarse al lado de Alberto. Era carillena, lechosa de color, pelo de caoba, muy encendida de labios, ojos negros y rubias las pestañas. Sugería el recuerdo de esas hembras pingües y fáciles que en las kermeses de Rubens dejan sin asombro sus senos ser estrujados bajo la mano venosa y cetrina de un flamenco beodo. Su falda era añil muy vivo, casi glorioso, semejante á los añiles de Fra Angélico, que siempre habían conmovido inefablemente á Alberto, y el abundoso vuelo caía rígido en innumerables y menudos pliegues. Tales fueron las imágenes que resbalaron por la memoria sensible de Alberto.
—Cantas muy bien, mocina. —Habló, por hablar algo.
—Calle por Dios, señor. ¿Quier burlase? —Sesgaba la cabeza á la derecha, de manera que la trenza contraria le caía desde el hombro al seno. De soslayo miraba á Alberto. Tenía la mano derecha vuelta graciosamente y apenas apoyada en el pecho del mismo lado. Erguíase su tronco con dignidad campesina, como la Mnemosyne de Lysipo.
—Y ¿quién tocaba el acordeón?
—Mal diaño ¿qué ye acordeón?
El padre, que alongado de ella, contemplaba orondamente á su hija, interpuso:
—Por lo fino dícese acordeón á la finarmólica. Sábeslo de sobra y no sé por qué te haces la fata —Estaba cruzado de brazos, con el gesto entre socarrón y hierático del escriba egipcio que hay en el Museo de Louvre. En el rostro, recamado de erisipela, revelaba gran orgullo genésico—. Ella misma toca la finarmólica, señorito.
—Pues no es floja habilidad. Venga de ahí.
Remedios dió aire al fuelle, y comenzó á tañer un monótono vals y á cantar:
Con tu partida me partiste el alma;
y aquel beso que me diste en la alameda
me mató.
¡Ay, sí, sí! que te lo digo yo...
Al cantar, descubría los dientes, pulcros y parejos; la roja lengüecilla jugaba entre ellos, á veces. Los mineros, haciendo alto en el tute, escuchaban recogidamente. Pero, la absurdidad de la letra y la música andaban á punto de quebrar la fruición espiritual de Alberto. Dijo:
—Es muy bonito, pero basta.
Casi todos sus sentidos habían tenido regalo. Las tersas y aterciopeladas mejillas de Remedios se le ofrecían á Alberto como sazonado fruto en donde hundir los dientes, ó materia preciosa para acariciar el tacto. Llevó la mano al rostro de la moza, y cerró los ojos, por recibir más intensamente la sensación. Por todo el cuerpo se le difundió al modo de una delicia penetrativa ó suavidad oleaginosa, como si su alma resbalase sobre sedas velludas ó yaciese en un musgo fragante.
—¡Vaya, vaya! —Rezongó roncamente un minero.
—¿Qué ocurre? —inquirió el chigrero, con petulancia despectiva— Paezme á mí que va á llegar un día en que no vos abra la puerta de mi casa. Pa la ganancia que dejáis.
Otro minero, el más corpulento y lóbrego, se puso en pie. Habló haciendo avanzar agresivamente el hombro izquierdo, como el Colleoni ecuestre del Verrochio, y como los gallos de pelea:
—Y yo digo que te voy á cortar el pico, Parrulo.
—Bueno, en mi casa mando yo —respondió el Parrulo, sin dar importancia á la amenaza y contando las monedas que Alberto le había dado—. Muchas gracias, señorito, y mandar.
El dueño del lagar y su hija se mantuvieron en la puerta hasta que el coche partió, cuesta abajo, cascabeleando alegremente.
El cochero y Manolo, en el pescante, reían á todo ruedo. Alberto les tocó en la espalda con el bastón, un makila de los Pirineos, rematado en tosca y larga contera.
—Á ver si podéis callar un momento.
Enojábale que la algazara matase una voz cauta y luminosa que en el pecho le comenzaba á manar.
Llegaron á Cenciella muy cerca de la media noche. Alberto, acompañado de Manolo, se encaminó por una calleja, al pie de las tapias de la finca, hasta la casa del casero. Con el bastón golpeó la puerta. Un perro ladró furiosamente.
—¡Azor! ¡Azor, calla! —gritó Alberto.
El perro ladraba, cada vez más enardecido.
Sultán se acurrucaba medroso á los pies de Alberto.
—Se ha olvidado de mí ese animal.
—¿Quién demonios llama? —preguntó Celedonio, el casero, desde el fondo de su habitación.
—Yo.
—El señorito. Voy, voy esnalando. ¿Quier que le abra la portalada de la casona?
—No; abre aquí. Entraré por el jardín.
Celedonio salió en mangas de camisa, con un farol en la mano.
—¿Cómo está el señorito? Asustome. Á estes hores... Buena tronada. ¿Dónde yos cogió? Por aquí, por aquí, con cudiao, que están les fesories...
En saliendo á la huerta, Azor acudió raudo, colérico.
—¡Azor! ¡Azor! —vociferó Celedonio, intentando ahuyentarlo.
Iba á lanzarse Azor, con los dientes arregañados, sobre Alberto, cuando éste, voleando el bastón con fuerza, le aplicó un palo en los brazos. Azor cayó á tierra aullando. Celedonio se acercó á examinarlo á la luz del farol. Sultán andaba también por allí, con el rabo entre piernas.
—Tiene una pata rota.
Alberto se inclinó sobre el can, y éste le miraba con ojos humedecidos y sin reproche. Con el temblequeo nervioso del rabo, la expresión de la pupila y otras muestras humildes, esforzábase Azor en expresar que, por último, reconocía al dueño y solicitaba su perdón, como si dijera: «olvida que he pretendido hacerte mal. Me has roto una pata: bien rota está. He aquí otras tres; de añadidura, el rabo, si así lo decides». De esta suerte tradujo Alberto mentalmente la disposición de espíritu del perro guardián. Le pasó la mano sobre la cabezota con amorosa insistencia. Azor parecía desleirse de agradecimiento.