X
El horror y vergüenza de haber abofeteado á Teresuca se hundieron muy pronto en el olvido, empujados por las graves preocupaciones que acaparaban el espíritu de Alberto. Durante unos días le retiñía de continuo dentro del cráneo la voz de las campanas que había oído estando en el cementerio de Cenciella; un sonido grave, magistral, emotivo que se propagaba por los ámbitos del cielo sin extinguirse nunca, y luego un golpe agudo, atiplado, efímero, agrio, que fenecía al punto, absorbido por el temblor perdurable de la primera campana. La campana grande parecía cantar, ars longa; la otra apenas si concluía á sugerir, vita brevis. Era lo mismo que Alberto se había dicho espontáneamente: hay que hacer, hay que apresurarse.
Encerrado en la habitación de la fonda, se pasaba los días melancólicamente, con las manos tendidas hacia lo porvenir y sin saber con qué llenarlas. Se propuso examinar en frío su capacidad social: ¿para qué sirvo yo? Respondíase: no sirves para nada. Entonces se miraba al espejo, lleno de compasión hacia sí mismo. Y le decía la conciencia: no sirves para nada, porque estás podrido de molicie, porque el solitario deleite de soñar y pensar como por juego te ha corroído hasta los huesos, porque en tu pereza miserable crees que la vida no vale nada en sí, sino en sus ornamentos. Maquinalmente murmuraba en voz alta:
—Y es verdad; no vale nada en sí, sino en sus ornamentos.
Pensaba en todas las vidas oscuras y sórdidas, huérfanas de goces físicos y de placeres intelectuales; en las existencias de inopia, en los seres que habitan casas oscuras, feas ó miserables, rodeados de objetos feos, sucios ó miserables, y en las frentes abatidas por cavilaciones feas, pobres ó miserables. Y articulaba de nuevo con los labios, sangrando así la congestión de sus pensamientos: Nunca. Antes la muerte.
Sentábase en una butaca y continuaba hilando soliloquios mentales. Se veía como un sér correspondiente á futuras y más perfectas civilizaciones, cuando todos los hombres tuvieran aquella facultad de destilar el mundo en conceptos é imágenes, y aquella aguda y bien templada sensibilidad que hacía eco á la más leve palpitación del Universo, determinando necesidades ineludibles.
Por no flaquear, como á un seguro se acogía al orgullo, esforzándose en convencerse de que por comprender más y sentir mejor que la mayoría de sus semejantes, esto es, por ser superior, tenía derecho á exigir la satisfacción de sus necesidades en la equivalente medida en que él la había cultivado, y en pago devolvería á la sociedad obras serenas y sazonadas según sus particulares aptitudes. Sobre esta base, atraído por el incentivo de poner ideas en reata, se metía por lo venidero, y construía una sociedad futura, poniendo á contribución la mayor parte de las teorías socialistas. En aquel momento, por extraña comezón paradójica, hubiera querido hallarse en posesión de su desvanecida fortuna, solamente por dedicarse á la política y hacer propaganda socialista, á su modo. Recordó un consejo de Jiménez: Hágase usted político. En esta tierra no medran más que los políticos. Jiménez entendía, con esto, afiliarse á uno de los partidos turnantes; pero, precisamente una de las necesidades del espíritu de Guzmán, la cual había sido alimentada con particular empeño y satisfecha en toda ocasión, era la sinceridad para consigo mismo como para con los demás, porque Alberto no ignoraba que hay almas meridionales y sofísticas que, movidas quizás del egoísmo, pasando de un partido radical á uno conservador, se determinan en justificarse á sí propias y concluyen por convencerse de que han obrado de buena fe y acertadamente.
Pasaron dos semanas. Alberto se encontraba sin dinero y con una deuda de quince libras esterlinas á Roberto Mackenzie. Á pesar de la fórmula hay que apresurarse que se había impuesto como norma de conducta, no lograba romper la red de cogitaciones y musarañas que le envolvía, antes al contrario, parecía entretenerse en complicarla.
Llegó á tener miedo. Le asaltaban sombríos presentimientos. Si ahora me pusiera enfermo me llevarían al hospital; pensó un momento. Á continuación se arrepentía de su flaqueza y pusilanimidad, considerando que de haberse puesto enfermo en Inglaterra también le hubieran llevado á un hospital. Aun cuando pretendía evitarlo, se acordaba de Fina, y como á veces sentía terrores, sin saber por qué, terminaba amparándose en el amor de Fina y suscitando ilusiones en torno de él.
Una mañana se levantó dispuesto á apresurarse. Por lo pronto había que buscar dinero. Se encaminó á casa de Castillo, el abogado, hombre muy puntilloso en achaques de moralidad. Le refirió aquello que de su escena con Teresuca podía referirse, y preguntó al fin:
—¿Usted qué haría con ese dinero?
—Querido Guzmán: esos son escrúpulos del Padre Gargajo. ¿Qué iba á hacer? Lo mismo que voy á hacer en nombre de usted; exigírselo á ese pillo, y si se negase sentarle las costuras. Pues hombre, ¡bueno fuera!
—Pero ¿de veras no cree usted feo de mi parte aprovecharme de las manifestaciones de aquella mujer, inspiradas en sentimientos tan bajos?
—Vaya, vaya. ¿Le voy yo á aconsejar algo que no juzgue absolutamente correcto y puro? Además cobrará usted la renta de la casa y muebles y plata, según tasación aproximada. Si es claro como la luz. Unas veinte mil pesetas calculo.
—Quizá no tanto...
Alberto salió muy animado de casa de Castillo. Aquella noche escribió á Mackenzie.
«Querido Bob: muy pronto le podré pagar las quince libras que usted tuvo la amabilidad de prestarme.
Quiero saber por qué me ha dicho usted tantas veces que debía escribir. Su opinión de hombre muy vivido y muy culto me interesa más que la de un literato profesional. Le ruego que me exponga concretamente los sentimientos y razones que le inspiraban tan reiterado consejo.
Todo mi afecto á Nancy, Ben y Meg.
Le abrazo,
Guzmán.»