XI
—¡Del mal el menos!
El proverbio fué formulado por el labio doctoral de Mármol. Tenía en aquel momento algo de sacerdote antiguo, con la túnica de seda amarilla y talar amplitud, que no era sino un guardapolvo y la tiara, ó dígase rotunda gorra inglesa, sobre la cual las gafas de automovilista destacaban como las masas oculares en la frente de un batracio.
—Quince mil pesetas... —murmuró Alberto—. Tres años de vida modesta y á trabajar. ¿De qué se ríe usted?
—De la modestia —y luego sentenciosamente—. Antes de ese plazo será usted rico... y feliz.
—Casándome, ¿verdad?
Mármol inclinó la cabeza de manera que Alberto no sabía quiénes le miraban; si los ojos de rana de la gorra ó los vivos y entornadizos de Mármol.
—Y ahora; soy buen catador de personas, ¿sí ó no? Manolo siempre me pareció un pillete.
—Yo nunca lo hubiera creído.
—Es usted un infeliz. Tampoco cree usted que se va á casar muy pronto con...
—Sí, con quien sea. No hablemos de eso.
Mármol sonreía de un modo celado y malicioso.
—¿Qué le ocurre á usted hoy? Yo diría que interiormente está usted burlándose de mí.
—Un poco. Andando, que hay que aprovechar este sol rico y esta tarde buena.
—Andando.
En la portería le entregaron una postal á Alberto. La leyó, en arrancando á rodar el automóvil. Decía: «Me habló usted siempre de las cosas más extraordinarias con tanta naturalidad, que yo me veía obligado á aceptarlas como cosas naturales, y de las cosas naturales con tanta intensidad, que yo descubría en ellas nuevos sentidos. Me habló usted de los problemas más difíciles con tanta lógica y sencillez, que yo me admiraba de mí mismo y de ver tan claro, y de las ideas fáciles y habituales, de las opiniones admitidas con tanta agudeza y precisión, que yo me quedaba perplejo descubriendo que no eran tan claras como yo creía. Me parecía que usted había dado conciencia á mis ojos, á mis oídos, á mi corazón y á mi cerebro. Y ¿qué otra cosa es un escritor sino la conciencia de la humanidad? No sé explicarme mejor. Le abraza, Bob.» Alberto releyó estas líneas por tres veces. Se dijo interiormente: y sin embargo, yo no sé á qué atenerme en nada.
El automóvil subía por la carretera de la Virgen del Castaño. Pasó bordeando la tapia baja del campo de instrucción. Mármol lo detuvo. El campo es una gran sábana de pradería, colocada en el manso declive de una ladera. Sobre el verde cantante y afelpado, las filas de soldados subían y bajaban alisando la hierba como peines de rojas púas. Oíase el vasto golpe de voz con que acompasaban la marcha, á manera de vaivén de un gran péndulo. Las manchas claras de los niños, que en gran número se agolpaban á ver los soldados, eran como una floración y sus gritos como un perfume. El cielo estaba desnudo, el aire vibraba y la tierra ansiaba desgarrarse en un suspiro glorioso. Y entonces fué cuando las cornetas cantaron, sacudiendo el azul infinito con la enérgica y reprimida palpitación de sus cobres.
—Miraba á ver si están mis chicos por ahí —dijo Mármol, en pie sobre el asiento—. Cualquiera los ve.
Alberto no le escuchaba. Mármol descendió á sentarse y apoyó una mano en el hombro de su taciturno amigo.
—Escúchame, querido Guzmán. La tarde, más que para volar en automóvil, está para pasear á pie. Quiere que vayamos al monte cerrado, á tumbarnos al pie de los carbayos.
—Muy bien. Esta tarde es usted árbitro de mi vida.
—Ya lo sé —afirmó Mármol, con un tono enigmático que en otras circunstancias hubiera despertado la inquietud de Alberto.
Descendieron en la linde del monte cerrado, un espeso y centenario robledo. Mármol ordenó á su mecánico:
—Lleva el coche al chigre de Julia; allí iremos á buscarte.
Alberto buscó un rincón quieto y penumbroso; se tumbó en tierra. Mármol parecía escudriñar entre los troncos.
—Ha elegido usted mal sitio, Alberto. Levántese y venga conmigo.
Alberto obedeció dócilmente y siguió á Mármol, hasta que éste halló paraje á su gusto. Entonces, dijo:
—Aguárdeme aquí. Voy hasta el chigre y traeré algo que comer y beber.
Y se perdió en la espesura del bosque, con la túnica talar flotando á su espalda, como un druida. Alberto se dejaba arrastrar por un flujo de pensamientos inconexos y raudos. El taf taf del automóvil le hizo incorporarse. Á través de un claro del bosque lo vió pasar; Mármol lo conducía y un momento volvióse á decir adiós á Alberto con la mano.
—¡Mejor! —se dijo Alberto en voz alta. Y se tumbó de nuevo á pensar, á decidirse; ésta era la palabra que le escarbaba en la mente.
Absorto en sus meditaciones, púsose de rodillas sin saber lo que hacía. Un jilguero cantó sobre su cabeza. Iba á levantar los ojos hacia el pajarillo, cuando una mano suave le tomó la suya.
—¡Fina! Pensaba en ti.
—Ya lo sé.
—¡Bendito sea Dios! —sollozó la tía Anastasia.