XII

Don Medardo se encerró á solas con Fina. El viejo estaba sentado, con una manta de pelo de camello sobre las piernas. La muchacha en pie, frente al padre.

—Siéntate, Fina.

—Permíteme que esté en pie, papá.

—Como quieras —no sabía cómo comenzar—. Hace algunos días que pienso hablarte, desde que supimos la... bueno, la gandulería de Telesforo. Voy á hacerte una proposición, pero conste que no te obligo á nada. Á tu conciencia dejo lo que hayas de resolver. Yo aconsejo, fundándome en el amor de hermana á hermana; tú determinas —por la voz se le derritió una sombra y se le apretó la garganta. Carraspeó, remondándose el gañote—. Tú no te casarás nunca.

No se atrevió á mirar á su hija. Aguardaba, con los ojos bajos, una respuesta. Pero Fina no rompió el silencio.

—¿Es que piensas casarte? Porque entonces nada tengo que decir.

—Á eso no puedo responderte, papá.

Don Medardo levantó los ojos y exploró el rostro de Fina, y lo vió inmóvil, impenetrable en su finura extática y como modelado en cera.

—¿Es que al fin te decides por Andújar? Creí que ya se había cansado de pretenderte y que tú habías resuelto no casarte. Veo que me he equivocado y me alegro. Es un hombre formal y tiene una carrera muy higiénica.

Andújar era ingeniero de minas. En opinión de las niñas pilarenses era adorable, á causa de sus rasgos virginales, de sus ojos balsámicos y adormecidos, del rubí de sus labios, el rosicler de sus mejillas y el violeta cerúleo de las rasuradas mandíbulas; parecía una imagen de cartón piedra. Á don Medardo le hubiera gustado para yerno, sobre todo por lo higiénico de su carrera. Para don Medardo higiénico era sinónimo de aristócrata. Lo que primeramente le había inducido á semejante confusión fué el haber oído decir repetidas veces del marqués de Espinilla que era un hombre muy higiénico. Decíanlo, no sin ribetes de malicia, porque siendo septuagenario, conservábase, merced al régimen de vida, con alguna rozagancia y humor excelente para vestir á lo mequetrefe, cuellos hasta las orejas, pantalones remangados hasta la pantorrilla y corbatas pomposas que eran una verdadera dilapidación de las rayas del espectro solar. Don Medardo hubiera deseado preguntar á algún docto el valor exacto de la voz higiénico, pero temía que se burlasen de él. Durante unos cuantos meses anduvo con el oído alerta, estudiando en qué sentido empleaban la palabra, cuantas veces aparecía en la conversación. Se decía que era higiénico del montar á caballo, comer ciertos alimentos caros, pensar poco, vestir ropa de hilo, pasear á las horas de sol, que son las horas de oficina y holgar constantemente, todas ellas particularidades que convienen con la aristocracia. Y así don Medardo llegó á la convicción de que tanto montaba decir aristócrata como higiénico, si bien la segunda palabra le parecía más elegante y elevada.

Andújar había seguido asiduamente á Fina y solicitado su amor repetidas veces.

Fina contestó á su padre.

—Andújar ya ha renunciado á que le corresponda.

—¿Entonces? —interrogó don Medardo boquiabierto—. ¿Tienes novio, sin que yo lo sepa?

—No, papá.

—¿Entonces? ¡Ah! —el viejo se dió una palmada en la frente—. Hablas en pótesis. ¿Entiendes la palabreja?

—Sí, papá.

—Fina, hija mía —la garganta volvió á apretársele—. No dudarás de mi cariño...

—No, papá.

—Pues bueno, voy á hablarte también en pótesis. Yo creo que no te casarás nunca, y por eso voy á hacerte una proposición. Con la mano sobre el pecho te digo que los cien mil duros que Telesforo se llevó eran de Leonor. Cuando yo se los di se lo dije muy claro: sepa usted que este dinero es un anticipo de lo que á su mujer le había de corresponder por herencia. Es decir, que ahora Leonor tiene cien mil duros menos que tú. Á tu conciencia dejo decidir si esto es justo entre hermanas, porque ¿qué culpa tiene la pobre Leonor? Además, ella es casada, mejor diré viuda, y tiene un hijo...

Don Medardo había agotado todas sus fuerzas: no podía continuar.

—¿Qué quieres que haga yo, papá?

—¿Qué te dice la conciencia? —agregó con esfuerzo—. ¿No te dice que lo justo es que todo el dinero que me queda se reparta entre las dos equidistantemente, como si la pérdida no la hubiera sufrido ella, sino yo? ¿No te lo dice la conciencia?

—La conciencia no me dice nada, papá.

—¡Ay, Fina! —suspiró don Medardo dejando caer las manos pesadamente fuera de la butaca.

—Pero me lo dice el corazón. No sé para qué me consultas esas cosas. Yo no necesito nada, y si algún día como dices tengo algo, ya sabe Leonor que será suyo también. Luego, lo del matrimonio ¿qué tiene que ver con esto, papá? Si alguno pretendiera casarse conmigo por dinero, ¿me había yo de casar con él? ¿No había de conocer sus intenciones?

—Acércate á mí, Fina, que te bese. Eres un ángel —la besó, humedeciéndola de lágrimas.

—No seas niño, papá. Cualquiera diría que acabo de hacer una heroicidad.

—Heroicidad, hija mía, y grande. Tanto que yo no quiero apresarte tan pronto por la palabra. Piénsalo bien y otro día hablaremos.

—Por pensado, papá. Te lo he dicho una vez y basta.

—Dios te bendiga, y puedes retirarte.

Salió Josefina del despacho de don Medardo, y apenas había avanzado tres pasos por el pasillo, cuando una sombra vacilante y silenciosa vino á adherírsele. Era tita Anastasia, á quien la misteriosa conferencia entre padre é hija traía á mal traer y con el espíritu de curiosidad y suspicacia multiplicado hasta la fiebre. Sospechaba que le tendiesen una asechanza á su palombina de Dios, á su santina inocente. No ignoraba lo buenazo y alma de cántaro que era su sobrino, pero lo consideraba capaz de todo, cegado de indecoroso favoritismo por la hija mayor. De manera que capturó por un brazo á Fina y allí mismo, sin perder minuto, exigió ser enterada de todo. Cuando Fina terminó de hablar, tita Anastasia temió ahogarse en iracundia.

—Lo que yo me temía. Si tengo un olfato... ¡Mal padre; sin entrañas! —increpó despidiendo miradas flamígeras contra la puerta del despacho—. ¿Y tú renunciaste del todo, palombina?

—Vamos á mi gabinete. Allí hablaremos.

En el gabinete, tita Anastasia se retorcía las sarmentosas manos por dominar su sacrosanta indignación. Fina habló, y la sonrisa pululaba sobre su dulce cara trigueña.

—Tita Anastasia, tan enfadada como estás, y tú hubieras hecho lo mismo que yo he hecho. No me digas que no tita Anastasia, porque sé que lo hubieras hecho. Si no lo hicieras serías mala, y tú no lo eres.

Tita Anastasia se enternecía en tan acelerada progresión que apenas podía represar las lágrimas.

—Sí, palombina, tienes razón. Pero ¿y lo de tu padre? Eso está muy mal hecho.

—Si yo he hecho bien, tita Anastasia, es que lo que me propuso estaba bien, porque nunca está bien aceptar una cosa que está mal.

Esta lógica confundía y anonadaba á la vieja. Prosiguió Fina.

—Si el dinero que tiene papá fuera tuyo, tita Anastasia, ¿qué harías de él al morir?

—Dejártelo á ti todo, todo.

—Eso sí que no está bien —la sonrisa de Fina fluyó más amorosamente aún, de manera que suavizara la frase.

—Tú eres la que más me quieres, acaso la única que me quiere —expresó la anciana justificándose.

—Es decir que para ti, tita Anastasia, las personas valen aquello que tú crees que vales para ellas; tanto me quieres, tanto te pago. Pero como yo te conozco, tita Anastasia, sé que no es verdad; que los quieres á ellos mucho, y que te haces la ilusión de no quererlos porque se te figura que ellos no te quieren; y que si aquel dinero fuera tuyo lo dejarías á todos por igual.

Aquí tita Anastasia fué impotente á retener enjutos los lagrimales.

—Cristo del Rosario ¡qué neña! Talmente como que lee dentro de una —habló tartajosamente—. Pero á ti te quiero más que á nadie, palombina.

—También lo sé, tita Anastasia.

—Sábeslo, sí, y sabes que todo lo que me dices tiene que ser como tú lo dices. Tú eres bruja, mi alma. Las veces que me dijiste de Alberto que volvería. Volverá, volverá. Yo no podía creerte. Pero tenías tanta confianza...

—Y volvió.

—Sí. Dicen que está en Pilares, pero nosotras no lo hemos visto entodavía.

—Ya lo veremos. Por lo pronto —dijo, cambiando de tono— tratemos de convencer á Leonor á salir de paseo á la aldea, á que se distraiga.

Subieron á casa de Leonor, la cual no se dejó convencer. Fina comprendió que le avergonzaba salir y verse objeto de la curiosidad pública.

—Leonor; salimos por detrás de casa y en dos minutos estamos en el campo. Si hasta podemos ir en traje de casa...

—No, Fina; déjame aquí.

Se llevaron á Telín, sumido entre níveos encajes y batistas, que exasperaban el verde oliváceo de su coloración. Estando en la calle, Fina propuso como fin del paseo el monte cerrado. Cruzaron el campo de instrucción por la parte alta. Cuatro niños ascendieron corriendo por la ladera, á saludar y besar á Fina. Eran los hijos de Alfonso del Mármol, robustos y endemoniados mancebos, regocijo de los parques y terror de la prole infantil. Desde la primera infancia habían hecho muy buenas migas con Fina.

—Estaba papá con nosotros —dijo Pepito, el menor. Jadeaba; el rubio pelo le caía en vedijas sobre la frente, empapándose del sudor de la piel y pegándose á ella; las curtidas piernas, como las de sus hermanos, ostentaban caprichosa red de erosiones; era el blasón de la familia.

—Enséñanos ese niño —ordenó Rafael, el segundo, que traía el pantalón desgarrado y la visera de la gorra caída sobre el cogote.

La niñera ostentó el pequeño calmuco, colocándolo de manera que los niños lo pudieran admirar.

—¡Qué feo es! —exclamó Felipe, el tercero, volviendo la cara con despego.

—¿Es tuyo? —preguntó Pepito.

—Calla, mazcayo; si es soltera... —dijo Alfonso, el mayor, inflando los carrillos, volviendo el brazo derecho en señal de desprecio, y mirando á Pepito por encima del hombro.

—Eso ¿qué tiene que ver? —añadió Pepito.

—¿Tú no conoces á papá, Fina? —preguntó Alfonso.

Y como Fina respondiera que no, los cuatro á un tiempo se pusieron á vociferar, llamando á su padre, con alaridos tan penetrantes, que tita Anastasia se llevó las manos á las orejas y el calmuco se despertó furioso.

Alfonso del Mármol acercóse á saludar á Fina, sombrero en mano.

—Tengo mucho gusto... Estos mocosos siempre me dicen que son muy amigos de usted.

—Como que lo es —afirmó Felipe.

—Y además decimos que es muy guapa —puso de su parte Pepito.

—Eso no tenéis necesidad de decírmelo vosotros.

Fina le dió las gracias, inclinando la cabeza, sin afectación.

—Oye, papá —habló Alfonsín, echando los brazos sobre el pecho del padre—, ese fato de Pepe le preguntó á Fina que si ese niño...

—Ese niño tan feo —la interrupción fué de Felipe. Quería dejar bien sentadas sus opiniones.

—... que si ese niño era de Fina.

Alfonso y Fina se rieron animadamente. Tita Anastasia estaba un poco escandalizada.

—Van ustedes de paseo.

—Sí, señor.

—Están estas tardes tan hermosas...

—Sí, señor —repitió Fina.

Mármol quería saber adónde, pero sin preguntarlo.

—Y es muy entretenido ver á los soldados, y á la chiquillería.

—Nosotras no nos quedamos aquí.

Providencialmente acudió Pepito.

—¿Adónde vas, Fina?

—Al monte cerrado.

—Nosotros vamos contigo —clamaron á una, los cuatro chicos.

—Vosotros os quedáis aquí.

Fina intercedió. Mármol consintió que fueran.

—Adiós, y que sea enhorabuena —dijo Fina despidiéndose.

—¿Por qué?

—Por estos chicos tan hermosos que tiene usted.

—Adiós, y que sea también enhorabuena —Mármol sonreía de un modo bondadosamente maligno.

—¿Por qué? —dijo á su vez Fina.

—Por ahora no hago más que darle la enhorabuena de nuevo, y dármela á mí por haber tenido el honor de conocerla y estrechar su mano.

Se inclinó, rendida y ceremoniosamente, y se apartaron. Los cuatro niños fueron al principio en torno de Fina, guardándola como una corte de pajecillos, pero muy pronto se dieron á correr y á afrontar mil temerosas aventuras, que metían en un puño el corazón de tita Anastasia. Esguilaban los árboles, vadeaban los arroyos metiéndose en el agua hasta media pierna, hostigaban á las vacas con propósito resuelto de enfurecerlas, desafiaban el encono gruñón de los canes rústicos, se mofaban de las campesinas y apedreaban á los gañanes.

—Estaivos quietos, rapacinos, por amor de Dios —suplicaba tita Anastasia, pensando que de un momento á otro iba á ser víctima de una vaca, un perro ó un aldeano frenéticos—. Pero ¿tú ves, Fina? Son los mesmísimos diaños.

Fina se divertía en grande con las diabluras de los muchachos.

—Claro —agregaba tita Anastasia sentenciosa—, de tal palo, tal astiella.

—Ea, tita Anastasia, que no quiero que hagas suposiciones á costa de ese señor.

La anciana recogió velas.

—Él, parecer parece muy simpático. Y te miraba de una manera... Dicen que es un calaverón.

—Dicen, dicen... Tita Anastasia, ¿tú te guías por lo que dicen?

—Líbreme Dios, palombina. Tú siempre tienes razón.

Terminado el paseo, Fina emplazó á sus jóvenes é indómitos amigos para el día siguiente, en el campo de instrucción.

Al día siguiente salieron solas Fina y tita Anastasia, porque al pequeño calmuco no le había sentado muy bien el sol. En el sitio convenido encontró á los cuatro muchachos, muy cariacontecidos y amurriados. Alfonsín, que era la persona de confianza del padre, explicó la causa.

—Papá nos prohibió terminantemente que fuéramos hoy contigo. Y tan guapa que vas hoy, vestida de blanco.

Los tres pequeños pretendían incurrir en rebeldía filial, pero el mayorazgo, con grandes aires de hombre poderoso sofocó los primeros síntomas de sedición.

—Ya sabéis que nos dijo que pasaría por aquí á ver si habíamos obedecido. ¿Por qué será, Fina?

Eso preguntó Fina en apartándose de los abatidos mancebos.

—Sea por lo que sea, palombina, yo alégrome de que vayamos solas. ¿Ves qué tarde bendita, neña mía?

Fina sentía henchido el pecho de una exaltación maravillosa y sin causa.

Tita Anastasia rememoraba los años de su vida labriega.

—Yo prefiero la aldea á la ciudad, neñina. Mira, por este tiempo, y en la luna creciente, se siembra el cáñamo y el lino regadío; siémbranse también las legumbres; injértanse perales y pomares y trasplántanse naranjos y álamos. Con el menguante es bueno cortar blimales y cañas para cestos, enrodrigónanse las parras, pódanse los árboles tardíos y se reconocen las colmenas. Si en este mes se oyen los primeros truenos, señala muertes de hombres ricos y poderosos, enfermedades de cabeza y dolores de orejas. Por todo este mes es peligroso el mal de los pies. Veo que no me escuchas.

Llegadas al monte cerrado, sentáronse al pie de un roble. Sonó la trepidación de un automóvil que pasaba cercano, mas no pudieron ver quiénes iban en él. Detúvose al punto, y luego de unos minutos volvió á sonar, alejándose. Fina se levantó.

—¿Adónde vas, Fina?

—No sé. Siento una impaciencia... Deseos de pasear... de moverme. No sé.

Trabajosamente, tita Anastasia se puso en pie y siguió á su sobrina. Avanzaban poco á poco por la espesura. Fina aprisionó con nerviosa vehemencia el brazo de la anciana; con la otra mano señalaba un hombre que se incorporaba y permanecía de rodillas sobre la hierba, de espaldas á ellas. Tita Anastasia iba á gritar. Josefina la impuso silencio con el gesto. Adelantóse y tomó de la mano al hombre.

—¡Fina! Pensaba en ti.

—Ya lo sé.

—¡Bendito sea Dios!

Fina y Alberto ligaron una conversación, que parecía haberse suspendido pocas horas antes. Y tita Anastasia no salía de su espasmo místico.