XIII

La pata de la raposa.

Rehízose tita Anastasia de su espasmo místico. Vió que Fina y Alberto platicaban en estrecha concordia. ¡Oh, grande y generoso corazón el de su sobrina, que tan presto perdonaba y olvidaba agravios, ingratitudes, desdenes! Acercóse á la feliz pareja. Su ancianidad le autorizaba á moralizar sobre el caso. Y tita Anastasia:

—Cuando la raposa cae en el cepo, dicen que se roe la pata hasta que se la troncha, y huye con las tres sanas. El granizo de antaño no daña á la flor de hogaño.

Aderezado con el velo de la alegoría, tita Anastasia pretendía decir que no se debe volver el rostro al pasado, y si por ventura lo arrastramos á la zaga, fuerza es desasirse de su pesadumbre.

Por la noche, á solas en su estancia, Alberto rumiaba la frase de tita Anastasia. La idea de la muerte es el cepo; el espíritu, la raposa, ó sea virtud astuta con que burlar las celadas de la fatalidad. Cogidos en el cepo, hombres débiles y pueblos débiles yacen por tierra; imaginando cobardemente que una mano bondadosa y providente lo ha puesto allí por retenerlos y conducirlos á nueva y más venturosa existencia. Los espíritus recios y los pueblos fuertes reciben en el peligro clarividente estupor, desentrañan de pronto la desmesurada belleza de la vida y renunciando para siempre á la agilidad y locura primeras, salen del cepo con los músculos tensos para la acción, y con las fuerzas motrices del alma centuplicadas en ímpetu, potencia y eficacia.

El óleo del atleta.

Don Medardo y su consorte conocieron la renovación de los antiguos amores de su hija, así que ésta, con la tita Anastasia, retornaron del paseo. La vieja quiso tener la honra de anunciarlo solemnemente. Don Medardo acogió la noticia con resignada tristeza. Tita Anastasia se irguió, ofendida y solemne:

—Ahora va de veras. Medardo, yo conozco el mundo mejor que tú, que siempre has vivido con los ojos cerrados. Fina será dichosa, tan dichosa como ella se merece.

Las primeras entrevistas de los novios tuvieron el fondo rústico y sacro de aquel monte de robles á modo de basílica. Evitaban la casa porque Leonor no contrastase en el pensamiento su felicidad pasada con la ventura actual de la hermana, y de ello extrajera recóndito dolor.

Tita Anastasia se alongaba un trecho de la pareja y hacía labor de aguja, aderezando fantásticas prendas indumentarias para el pequeño calmuco.

De los labios de Alberto brotaba sin reposo el amor, diluído en una facundia melodiosa y trémula, como arroyo invisible que resbalaba en el aire, derramábase sobre el rostro de Fina é iba sumiéndose en la sombra translúcida y profunda de sus ojos.

—Es, Fina, como si mi alma hubiera andado muchos años difusa, evaporada y embebida en el universo, desde la raíz última de la tierra hasta la estrella más hundida en los senos de la noche; y en un punto asombroso volvió á concentrarse dentro de mi pecho, trayendo mezclada con su sustancia innumerables virtudes de sustancias innumerables, y cada una de esas virtudes aspira hacia ti, como á una correspondencia musical, y por ti vibra maravillosamente y muere en cuanto nota solitaria para renacer acoplada con las demás en armonía. Siento el alma dentro de mí como un sér desnudo y virgen, hijo del milagro y padre seguro de prodigios. Y lo siento enorme, arrebatado de humilde frenesí, como si anhelase huírseme de entre los labios en una elocuencia caudal é ir á templarse en tu alma, penetrando por las puertas diamantinas y misteriosas de tus ojos, para luego salir al mundo hasta coronar su obra y decir su palabra de revelación. Y es que veo y siento tu alma á semejanza de una suavidad magna, densa y fragante, como un lago de óleo perfumado. Cuando sonríes, la sonrisa me parece algo aéreo, denso y aromoso que de tu dulce piel morena por todos los poros se destila. Y antes de ir á confundirme con los hombres y participar de sus luchas enarbolando mi divisa, quiero hacer invulnerable mi alma bañándola hasta el éxtasis en la tuya. Fina, Fina...

Cuando la palabra desmayaba, sin fuerza para conducir sobre sus alas la magnitud del sentimiento, acudía á los labios de los dos novios el eterno y divino intérprete de lo inefable, el beso. En este punto tita Anastasia miraba por encima de las gafas, y dejando caer la labor sobre el enfaldo, unía las manos y reincidía en sus espasmos místicos.

Tita Anastasia hace un descubrimiento.

Tita Anastasia había profesado desde su adolescencia un fanático horror al beso, imbuída de las furibundas execraciones que el cura de la parroquia profería al referirse en sus sermones á este acto tan placentero. Según las ideas de tita Anastasia el beso era invención del propio Satanás, y la más abominable de las deshonestidades, porque era la puerta falsa por donde todas ellas se colaban con silenciosa perfidia. Para ella el beso no era un acto de amor único y simple, sino que lo imaginaba inexcusablemente ligado á vergonzosas concomitancias prolíficas, y hasta le parecía haber leído en algún libro docto y de piedad que en las remotas edades gentílicas, cuando el demonio imperaba en la tierra como señor absoluto, la generación se verificaba á flor de labio. Acerca de estos misterios tita Anastasia no tenía claras nociones, sino presunciones muy vagas que nunca había querido ampliar ni definir. El beso, entre personas á quienes Dios, por ministerio de un sacerdote, no había unido en matrimonio, constituía torpeza y pecado gravísimo; entre esposos el beso conyugal era uno de tantos males necesarios como Dios consiente en sus ocultos designios, pero siempre algo vergonzoso. Cuando tita Anastasia, por accidente, había sorprendido á Hurtado depositando y recibiendo besos golosos de su mujer, había experimentado gran turbación y un movimiento de malestar en el estómago.

¿Cuál no sería su sorpresa ahora al presenciar cómo Fina y Alberto se besaban con apasionada castidad, y en el rumor transparente de sus besos creer oir ella remansado eco de celestiales orquestas? Sabía que el cielo era mansión eterna del amor, pero, hasta las tardes del bosque, amor era algo innoble ó una palabra sin sentido. Sintió por primera vez en su vida la melancolía de no haber amado nunca. Hasta sus familiares y netas imágenes teológicas hubieron de resentirse un poco. Ángeles y querubines, bienaventurados en suma, no era posible que fueran de un solo sexo y por entero espíritus puros, porque entonces no podrían besarse. Así tita Anastasia, sin despojarlos de su condición de espíritus puros, acordó favorecerlos con sexualidad diversa y un par de labios encendidos y traslucidos, á modo de rubíes.

Una mañana que estaban solas tita Anastasia y Fina, dijo la vieja:

—Todos tenemos voz, pero hay voces que nacieron para cantar. Si yo fuera menistro prohibía, pero así, del todo —con la mano simulaba rubricar en el espacio—, que cantasen los que tienen voz fea. ¿Y tú?

—Si con ello alivian su tristeza ó su ansiedad... ¿Por qué lo preguntas?

—¿Á ti te gusta oir cantar recio al que tiene voz fea? Ni á ti ni á nadie. Pues ya ves, tan vieja y hasta ahora no he averiguado que hay bocas; mejor dicho almas que han nacido para besar...

Fina bajó los ojos. La cera de sus mejillas se alumbraba de purpúreo resplandor interno.

Y tita Anastasia, por las noches, á solas en su lecho, después de haber rezado una padrenuestro para que no la picasen las pulgas —piadosa costumbre de toda su vida— fantaseaba sobre el ars amandi.

Cacoethes scribendi.

—Escucha una página de la leyenda dorada de mi alma Fina, y reverénciame como á uno de aquellos santos juveniles, gloriosos y esforzados que mataban dragones y vestiglos.

La lluvia cenicienta lagrimecía á lo largo de los vidrios. Fina y Alberto platicaban en un rinconcito penumbroso de la sala de don Medardo. Tita Anastasia, al pie de un balcón, enmarañaba un hilo de estambre y un hilo de recuerdo, oscilando la atención alternativamente de uno á otro. Alberto, presentándose como un santo vencedor de dragones, rió muchachilmente; una risa, nueva en su cara, que transía de placer á Fina.

—Vamos á ver qué dragón has matado.

—Pues he matado al más fiero de los dragones, cuyo aliento me envenenaba, cuyos mil ojos me paralizaban y cuyas cien bocas se abrían, no para devorarme, peor aún, para burlarse de mí. Este dragón se llamaba el Ridículo. Convencido de que está muerto y bien muerto, ya no tengo miedo de él.

Alberto se irguió en un alarde de petulancia fingida.

—Pero ¿de veras tenías tanto miedo á la opinión ajena?

—Á la opinión ajena jamás. Á la mía propia —Alberto convirtió el tono de elocuencia cómica en un registro lento y espaciado de disquisición confidencial—. Ya ves si ahora hablo por los codos, y en ocasiones con tanta fogosidad é incoherencia que tú misma quedarás asombrada y confusa. No soy el mismo de hace dos años.

—No. Y yo, si esto es posible, te quiero más ahora, es decir, me gusta más que seas como eres ahora.

—Y es que antes, para todos mis actos, para todos mis sentimientos, para todas mis ideas, había un aduanero ó cancerbero inexorable aquí —colocó el dedo índice entre ceja y ceja—. Era el dragón.

—Ya, ya. No diré que un dragón, pero que tenías ahí un bichito muy molesto, te lo conocía yo en que no dejabas quieta la frente un minuto. Como que te han salido arrugas.

—El verdadero ridículo, el temible, es el ridículo para con uno mismo. El ridículo es la desproporción entre el propósito y el acto. ¿Te aburro?

—¿Qué? ¿Aún colea el bichito? No me aburres, hombre.

—Entonces, ¿te pongo un ejemplo?

—Te he entendido. El ejemplo voy á ponerlo yo. Ese Carriles de quien tanto te han hablado se proponía casarse conmigo, y se proponía que yo no sospechase que lo hacía por dinero...

—Justo; se puso en ridículo. Pero como los propósitos son la porción secreta de cada cual y los demás sólo los conjeturan ó presumen, para los espíritus delicados el verdadero y temible ridículo es para consigo mismo. Consecuencia...

—Que se tumba uno á la bartola y no hace nada, porque como las cosas nunca resultan á la medida del deseo, resulta que siempre se pone uno en ridículo para consigo mismo. Por ahora todo es bastante claro.

—Me encanta oirte discurrir y hablar, Fina.

—Lisonjero y adulador no te quiero. ¿Qué más ibas á decir?

—Otra clase de ridículo: el de las cosas sin propósito. Por ejemplo... —Alberto paseaba los ojos por la estancia, en tanto con la imaginación perseguía un ejemplo expresivo.

—Por ejemplo, los madroños de ese velador.

Alberto rompió á reir jovialmente.

—No me atrevería yo á decir tanto.

—Yo sí. Es gusto de papá. Y á mamá y tita Anastasia les parecen preciosos. De manera que, en último término, ¿qué importan los madroños? Á lo tuyo. Á ti te parecía que todas las cosas del mundo y todos los actos de la vida eran madroños.

—Sí, Fina —murmuró Alberto humildemente.

—¿Y ahora?

—Ahora...

El divino y eterno mensajero de lo inefable cruzó entre ellos con vuelo furtivo. Asumieron de nuevo el tono confidencial.

—Lo que me asombra, Alberto, es que te costara tanto tiempo y trabajo matar ese bichito.

—Cuando se ha estado seis años entre jesuítas, esa es la hazaña más grande de la vida.

—Los quieres tanto, que los enviarías á todos de una vez al cielo por la línea directa del martirio.

—No los quiero mal ni bien, Fina, aun cuando me han hecho mucho daño. Seis años, Fina, día por día, ligándome el alma y apretando fuerte con la soga del temor al ridículo, embotándola con la idea de la inutilidad del esfuerzo. Cuando se cree, después de estos seis años se hace uno fraile ó se entrega uno á ellos como un cadáver. Cuando no se cree...

La voz de Alberto latía con amargura. Fina le acarició las manos, sin hablar, por no descubrir que estaba enternecida. Y ya serena, dijo:

—Comprendo lo que has sufrido y he sufrido yo también adivinándolo. Pero, tú me ibas á hablar de otras cosas con motivo del dragón. ¿Eh?

—Sí. Pensaba aclarar algo que hasta ahora te parecerá un poco oscuro. Me has oído varias veces que estoy determinado en construir mi vida en un plazo que no excederá, creo yo, de dos años, de manera que al cabo de ellos pueda dignamente decir á tu padre: Señor mío, me voy á casar en seguida con Fina. Me has oído que estoy resuelto á trabajar, conforme á los tres versículos del Evangelio de San Francisco: trabajar sin dinero, siendo pobre; trabajar sin sensualidad, siendo casto; trabajar con humildad, siendo obediente.

La simplicidad seráfica del santo de Asís hacía eco transparente en los ojos de Fina. Alberto continuó:

—Una especie de labor religiosa. Y tú preguntarás, ¿en qué?

Una pausa. Alberto adelantó la cabeza, á mirar muy de cerca el rostro de su novia y de esta suerte percibir hasta el más huidero matiz de emoción suscitado por sus palabras. Dijo con voz lenta y firme:

—Voy á escribir para el público.

La sonrisa delicada y profusa, en este punto de fervorosa aquiescencia, irradiaba de todos los rasgos de Fina, de manera que Alberto se sintió ungido y fortificado en su vocación. Un ímpetu expansivo le embriagaba.

—Ya sabes que he matado al ridículo. Aficiones á escribir siempre las he sentido, y he cultivado este arte secretamente. Pero por nada del mundo me hubiera aventurado á lanzar mis ensayos al juicio de las gentes. ¿Por qué? Por temor al ridículo, á que me preguntasen: ¿imagina usted, de buena fe, señor Guzmán, que el sistema cósmico ó la especie humana no cumplirían cabalmente sus destinos si usted no sacara el pecho fuera á comunicarnos sus particulares ideas y sentimientos? Y tendrían harta razón; porque la mayor parte de los literatos y artistas que por ahí andan exigiendo nuestra admiración me parecen tan enojosos, impertinentes y ridículos como esas floristas viejas que en los vestíbulos de los teatros se obstinan en colocarnos en el ojal una flor mustia. La intromisión social que supone colocar un nombre propio al pie de una obra ha de justificarse, por lo pronto, con una vocación de linaje religioso. Esto, puede acarrear al principio mofa y escarnio, ¿qué importa? Además, es necesario haberse encontrado en trances vividos, muchas veces insignificantes en apariencia, de los cuales se ha podido extraer, como si se creasen por vez primera en la historia, los valores y conceptos fundamentales de la conducta y del universo. Tengo la certidumbre de que este es mi caso. Hasta hace muy poco tiempo, mi espíritu estaba como una noche con lluvia de estrellas; era una zarabanda de resplandores en demencia, que aparecían, se cruzaban, huían caóticamente. Y de pronto, todos esos orbes fugaces y arbitrarios, que en ocasiones llegaban á ocasionarme verdadero vértigo, se armonizaron sistemáticamente como obedeciendo á las leyes de una mecánica celeste, y aquellos resplandores volubles, que no eran sino aliento angustioso de todos los actos de mi vida pasada, se aquietaron, se cristalizaron, se hicieron elocuentes y transparentes. Y como, por nefasta influencia de la educación jesuítica, yo había llegado á aniquilar el mundo antiguo, puede decirse que he creado un mundo de la nada.

Y Fina, sonriendo:

—Eso tienes que agradecer á los jesuítas.

Y Alberto, sonriendo:

—Pues, es verdad.

Lo bello, lo bueno, lo verdadero y la misa.

Tita Anastasia interroga:

—Con sinceridad, Alberto: ¿usté encuentra al pequeñín tan feo como algunos dicen?

—Nada hay que sea feo, tita Anastasia.

—¿Cómo? Por lo menos hay cosas que son más guapas que otras.

—Nada hay que sea más guapo que otra cosa, tita Anastasia.

—Entonces, ¿por qué se ha enamorado usted de Fina, y no de mí?

Fina se adelanta á decir:

—Aún está á tiempo, tita Anastasia.

—Calla, zalamera.

El señor Robles había movido un escándalo mayúsculo en casa de don Medardo, mostrando singular empeño en informar á Leonor de que su marido era un ladrón y un gorrino, que había huído con un indecente plumero; esto es, con una dama galante. Á la tarde, comentando el suceso, tita Anastasia interroga:

—¿No cree usted, Alberto, que eso es una acción muy mala?

—Nada hay que sea una mala acción, tita Anastasia.

—¿Ni el robar?

—Ni el robar.

—¿Ni el matar?

—Ni el matar.

Tita Anastasia se santiguó.

Discutiendo familiarmente un asunto de poca monta, tita Anastasia se encara con Alberto y le pregunta:

—¿Qué es la verdad?

—Tita Anastasia, una vez se lo preguntaron á Pilatos, y él se lavó las manos.

—¿Y qué quiere decir eso? Que es verdad lo que se toca con las manos. ¿Eh?

—También puede querer decir que se debe tener muy limpia la piel, de manera que no ocurra que cuando creemos tocar una cosa, estemos tocando tan sólo nuestra propia inmundicia.

—¿Usted va á misa, Alberto?

—No, tita Anastasia.

Tita Anastasia permanece meditabunda. Dice luego:

—Usted dice que todo es guapo, que es lo mismo que decir que todo es feo. Usted dice que todo está bien, que es lo mismo que decir que todo está mal. Usted dice que para conocer la verdad hay que lavarse las manos, y esto se me figura que es lo mismo que decir que no se puede conocer la verdad. Y usted no va á misa, que es lo mismo que no creer en Dios. Y, sin embargo, me parece usted un santín... ¡No me lo explico!

Y cae en profunda confusión de pensamientos. Alberto no dice nada. Fina acude:

—Dale las gracias por lo menos, hombre.

—Gracias, tita Anastasia.

Pero la vieja no le oye. Está absorta en sus cavilaciones; dentro de su espíritu hay el malestar de una contradicción que nunca atinará á resolver.

Figuras elegíacas. El ideal.

Así que Alberto se apartaba de su novia, acudía á retirarse en el cuarto de la fonda y allí gozar largamente de un sabroso embebecimiento, del cual venían á sacarle á modo de impulsos delicados y sutiles de lo inefable, que le exigían con urgente emoción, ser expresados de manera plástica y rítmica. Y así comenzó á esbozar una serie de cortos poemas elegiacos, de técnica sobria, de suerte que lo conciso del artificio literario provocase gran suma de sugestiones emotivas. La ebullición elevada de su espíritu le proporcionaba dadivosamente imágenes vírgenes de corrupción retórica y remotas similitudes cuya trayectoria estaba repleta de vibrante cúmulo de evocaciones. La inefable sensación de acatamiento y estremecimiento deleitoso que recibía con sólo oir la voz de Fina, era:

... el trigal cargado de maduras

espigas bajo los pies del viento.

La inefable intuición de eximirse de las leyes de lo temporal y vivir en las linfas remansadas de lo eterno, que estando al lado de su novia le poseía, la expresaba comparando la prodigiosa suspensión del tiempo, con la cuchilla de Abraham en alto, porque

la voz de Dios moraba entre la zarza ardiente.

La inefable certidumbre de haberse liberado de sombras y rémoras pretéritas se definía imaginando el alma de Fina, á semejanza de vasta y profunda foresta intacta, dentro de la cual él se emboscaba, é iba despojándose

de miserias añejas

como muda la víbora de piel

frotándose en las madreselvas.

Gustaba, estando al lado de su novia, de asirle á veces de la mano, cerrar los ojos, é ir asimilándola, por decirlo así, en sentimientos, sin pensar. Era un linaje de casta voluptuosidad que tradujo en un poema:

Cerrar los ojos. Luego, con la mano,

—aunque ciega, sagaz y cauta— asirte

la tuya breve. Luego, por el brazo

deslizarla, tan tenue y tan humilde

como llovizna que del musgo empapa

la tersura sedosa. Aspirar luego

tu aroma sin aroma, que dimana

de infantil pulcritud, como del heno

en la noche estival. Luego, con honda

emoción, ir sintiendo cómo, poco

á poco, transfundiéndote vas toda

tú dentro de mi cuerpo, como el oro

del poniente en el mar, y cómo cada

fibra mía de ti se ha saturado,

al modo de la tela que se baña

en la púrpura. Luego, el sobrehumano

goce de no mirar y ver, prodigio

de tenerte cual bálsamo en redoma,

discernir, como el ojo alejandrino,

más claramente dentro de la sombra.

Prefería, con sensitiva dilección, los metros impares, según aquel dicho de los antiguos: numero Deus impari gaudet, percibiendo en ellos más refinada armonía que en los pares, y una gracia incierta y flotante de inestabilidad que es adecuada correspondencia de ese último vaho ó comezón en el ápice del espíritu, en cuyo seno vibran los requerimientos líricos. Procuraba también que los versos vivieran en un curso ondulante, fundiéndose unos en otros y todos ellos en una atmósfera tónica común; y para ello apelaba sin reparo al recurso que los retóricos llaman encabalgamiento, que es al metro lírico lo que las notas ligadas al violín, ó lo que el modelado aéreo á las pinturas leonardescas.

Cuando aun participaban del trémulo ardor de su pecho, Alberto leía á Fina los poemas que había rimado. Fina los escuchaba, contagiada de la emoción del poeta, de suerte que, en terminando la lectura, el divino intérprete de las altas tensiones amorosas no era raro que sobreviniese á sellarles en silencio los labios. Pero á solas, Fina reasumía la serenidad clarividente, que era la característica de su espíritu, y cierta zozobra se apoderaba de ella. Temía que la exaltación de Alberto se alimentase á costa de la constancia. Conforme pasaban los días, Fina vió, con gran contento, que su novio humanizaba cada vez más sus sentimientos, trocando y concretando lo que era ocasión de éxtasis y arrobo en bienes deseables y asequibles. Las figuras elegíacas adquirieron nuevo carácter. Eran:

Sobre la almohada, el lóbrego

caudal de tus cabellos,

para que, reposando

en su fluir sedeño,

beba yo el dulce olvido

de todo mal pretérito,

como si me abrevase

en el suave Leteo.

El arco de tu frente

de marfil y pureza,

sea arsenal en donde

se guarden las ideas

nobles que armen el brazo

frágil de mi flaqueza.

Tus ojos, dos cristales

caídos del misterio

del elevado muro

que cerca el firmamento.

Sean, para mi espíritu

caprichoso y enfermo,

ventanales por donde

se asome hacia lo eterno.

Tu boca, sea la lumbre

de perdurable brasa

que convierte en recóndito

templo nuestra morada,

y tu risa, la firme

columna de mi casa.

Que tus brazos desnudos,

redondos y morenos,

cuando en amor me ciñan

se eleven á mi cuello,

como si los alzases

dando gracias al cielo.

Tus pies —leves y alados

con la virtud gloriosa

de deslizarse al modo

del canto y del aroma—

para que los halague

el beso de mi boca,

como besando el ala

tibia de una paloma.

Los deleites contemplativos se habían transformado en estímulos de la voluntad. Alberto comenzaba á construir un ideal, á desear. Cuando determinó su plan de trabajo, según el evangelio de San Francisco (no trabajar por amor al dinero; destilar la sensualidad en sensibilidad; ser obediente, ó sea, ser sincero consigo mismo), Fina comprendió que su ventura por venir, aunque en esperanza, mostraba el fruto cierto. Y por último Alberto se encontró un día cara á cara con:

EL IDEAL

Un ángulo me basta entre mis lares,

un libro y un amigo, un sueño breve,

que no perturben deudas ni pesares.

Andrada.

Una casa, y no más; blanca y sencilla,

lejos del mundo y de los hombres vanos.

Un huerto en que frutezca la semilla

por la virtud humilde de mis manos

y del sudor labriego de mi frente.

Una vida sin odios cortesanos,

incertidumbre del placer presente,

angustia mensajera del mañana,

y envidias, donde el mal abre su fuente.

Una vivienda pobre y aldeana,

cerca del bosque, y que del mar, amigo

de mi risa infantil, no esté lejana.

En su quietud, á solas, sin testigo,

he de labrar el alma como el huerto,

del vendaval poniéndome al abrigo.

Mi brazo en la labranza se hará experto,

y aguzaré del alma las pupilas

cuando en negrura el orbe esté cubierto

y las obras de Dios yazgan tranquilas.

Morderé de la amada biblioteca,

la fruta idónea, entre apretadas filas,

cuyo zumo no se agria ni se seca.

Vestiré el alma con el recio lino

que la historia hubo hilado con su rueca.

Y acaso, cuando el gallo matutino

á media noche el aquelarre ahuyente,

iré á besar con amoroso tino

el rostro sonrosado y sonriente

del infante gentil que hayamos hecho

en minutos de amor, puro y ardiente.

Después reclinaré sobre tu pecho

mi cabeza cansada y cavilosa:

y será un paraíso nuestro lecho.

Al otro día, entre la luz brumosa,

veremos en las flores el rocío,

y la tierra estará como una rosa

recién nacida. Yo diré: Dios mío

que no nos huya nunca tanto bien.

Y al besarte, responderás tú: Amén.

Exit.

De esta vez Alberto había subyugado á la familia Tramontana. Todos habían puesto en él fe ciega, y de antemano se enorgullecían de que con el tiempo el sordo apellido familiar corriera el mundo ensamblado á un nombre rimbombante y glorioso. Don Medardo aseveraba que, á la vuelta de un año, Alberto habría llegado á la cúspide de la gloria; siempre había pensado que su futuro yerno no había nacido para llevar una vida oscura y antihigiénica, sino para brillar sobre el común de las gentes. Como Alberto declarase que el carácter particularísimo de sus empresas exigía de él que fuera á establecerse de asiento en Madrid, durante una larga temporada, todos mostraron reconocer esta necesidad; pero don Medardo, atacado de noble impaciencia, le hostigó á que se fuese cuanto antes.

—El tiempo es oro, hijo mío —dijo—. El artillero siempre al pie del cañón. El corazón no me engaña, y como veo que ahora vas de veras, y que no te has de olvidar de Fina, te digo: márchate cuanto antes, y duro, duro, duro. El mundo es para ti. Y luego, nada de viajecitos de Madrid acá, á cada tres por cuatro. Ya no sois chiquillos, y las relaciones son serias. Á subir, á subir á la cúspide.

Cuando Alberto se despidió de Fina, el uno y la otra estaban seguros de que el porvenir les reservaba para un corto plazo la casa blanca y sencilla, entre el bosque y el mar. Don Medardo acompañó á Alberto á la estación. En el momento de arrancar el tren pensó decir: Dios te ayude, hijo mío; pero una extraña afonía le apretó la garganta.