XI

Era por la mañana, pocos momentos antes del almuerzo. Estaban sentados en el jardín de la casa don Medardo y su mujer, Hurtado y su novia. Fina cortaba flores con que adornar la mesa, lejos del grupo y de manera que no podía alcanzar lo que hablaban. Don Medardo, con el tronco terriblemente tieso sobre un sillón de paja, exhaló un balbuceo:

—Pero, ¿usted cree, Hurtado, que ese... criminal? Vamos, quiero decir... ¿Cree usted que es él...?

El rostro de don Medardo era cadavérico.

—Por Dios, papá, no te pongas así.

—Calla, Leonor —ordenó el padre.

—Le diré á usted... Yo ya le he contado. Al día siguiente del suceso misterioso estuve en su casa. Aquello era una ruina; todo roto...

—«Señales evidentes de sangrienta lucha»; ya lo dice el periódico —intervino doña Dolores.

—Pero él —continuó Hurtado, estirándose verticalmente hacia abajo las guías del bigote— estaba muy fresco. Se bañó delante de mí, y se untó luego con un agua que le cuesta catorce pesetas el frasco.

—¡Qué monstruo! —exclamó don Medardo, elevando los brazos al cielo, y con un periódico nerviosamente estrujado en la diestra. Parecía un profeta demente, consumido por los ayunos y las maceraciones.

—Mira, papá; te excitas sin venir á cuento. Alberto será todo lo que se quiera, y ya veis que yo no he sido santa de su devoción, ni él de la mía; pero eso que decís, ¡vamos!, me parece tan extraño, tan imposible...

—Imposible, no —afirmó Hurtado.

—¿Es que tú quieres empeorarlo, Telesforo?

—¡Imposible...! —sollozó don Medardo, sacudiendo la cabeza cogitabundamente— ¿Sabes, hija mía, lo que es una borrachera, un lavabus, como le dicen esos señoritos, que mil veces se lo he oído en el Círculo?

—¿Cómo va á saber ella lo que es una borrachera, Medardo?

—Bueno, de oídas he querido decir, mujer. Pues sí, hija mía; cuando toman uno de esos terribles lavabus, se convierten en energúmenos. Una noche rompieron todos los espejos del Círculo, y cuidado que había algunas lunas de cuerpo presente —se refería á los espejos de cuerpo entero— que valían un dineral; luego arrojaron á la calle todos los muebles del salón amarillo, hasta los tudescos —chubesquis— ardiendo y todo como estaban, que no se produjo una confragación por milagro divino; luego, se desnudaron...

—Estarían preciosos —comentó Leonor, procurando tomar el lance á risa, y, desde luego, provocando una mirada colérica de su novio. Doña Dolores, que lo observó, acudió al pronto:

—¡Qué cosas dices, Leonor! Y tú, Medardo, estás tan nervioso que no reparas. Cambiemos de conversación, que se acerca Fina.

—Por si acaso —susurró don Medardo, en voz tenebrosa é insinuante, inclinándose sobre su mujer—, conviene que le digas á la niña durante el almuerzo que se le quite eso de la cabeza.

—Mira, díselo tú, que eres el jefe.

Josefina se acercó al grupo; se sentó en una silla baja.

—¿Has puesto ya las flores en la mesa? —preguntó Leonor.

Josefina afirmó con la cabeza.

Telesforo, sirviéndose de hábiles anfibologías, sugirió la idea de que era ya hora de comer, de lo cual todos se habían olvidado. Se encaminaron al comedor con aire lúgubre, como si por primera vez fueran á iniciarse en ritos de antropofagia.

El almuerzo se deslizaba en un ambiente de sopor funerario. Cuantas veces intentó Hurtado abocar un tema de palique fácil, vió fracasada su empresa. El escaso apetito de la familia Tramontana le cohibía de embaular tanta vitualla como su estómago solicitaba. Don Medardo había rechazado la tortilla con evidente despego; los demás apenas si la tocaron, de manera que llegó al turno de Telesforo casi en su íntegra y doncellil rotundidad. Hurtado la contemplaba con amorosa codicia, ansiando poseerla; pero, acometido del pudor deglutivo, hubo de conformarse con un segmento.

La tía Anastasia, que estaba en el secreto de todo, y á causa de su ingenua imaginación suponía ya á Alberto aherrojado en mefítica mazmorra, experimentaba en aquellos momentos agonías mortales, y se veía y se deseaba para no romper en un lamento desgarrador. Tenía el corazón como una alcaparra.

Josefina miraba á ratos en torno suyo serenamente. Veía aquel espectáculo extraño, pero no sentía curiosidad por conocer sus causas.

Un pato, con nabos, que apareció en el centro de la mesa, parece que transmitió á la voluntad de don Medardo cierta dosis de energía.

—Las situaciones difíciles hay que resolverlas pronto —habló. Su acento oscilaba y por momentos se hendía, ronco. Miraba al pato y á los nabos con la tenacidad de la desesperación.

Doña Dolores y Hurtado pusiéronse á contemplar tozudamente el mantel. La tía Anastasia se mordía los labios por dominar el sollozo. Leonor seguía los gestos de su padre. Josefina aguardaba los acontecimientos, sin sospechar que ella era la víctima.

—Josefina, hija mía.

Josefina volvió el rostro hacia su padre, un poco asombrada. Don Medardo bebió un buche de agua de Vichy.

—Tengo que decirte algo que me parte el corazón —la piel de Josefina, morena, suave y mate, como de cera, empalideció—. Tus relaciones con Alberto han terminado para siempre.

Josefina, callada, quieta, impasible, aguardaba nuevas palabras. Don Medardo no atinaba á continuar hablando. Se interpuso Leonor:

—No le alarmes, papá quiere decir...

Y don Medardo, cogiendo la frase:

—Quiero decir que han terminado para siempre. ¿Lo oyes? —silencio— ¿Lo oyes?

—Sí, ¿qué más? —con voz apacible y tranquila.

—¿Eh? —inquirió don Medardo, entre estupefacto y desfallecido.

Y Josefina, en la misma pauta de serenidad:

—Si se ha muerto ó... se ha casado.

—Peor, peor; no preguntes, hija de mi alma —y se ocultó el rostro entre las manos.

Entonces la tía Anastasia estalló en un alarido trágico; doña Dolores se abalanzó sobre su esposo creyéndole atacado de un mal repentino; Leonor acudió en auxilio de su madre; Hurtado se vió constreñido á abandonar el muslo del pato con el aditamento de media docena de nabos por acudir en ayuda de su novia, y Josefina entretanto, con su divino aplomo de estatua, aguardaba sin impaciencia.

Don Medardo se encontraba mal. Entre doña Dolores, Leonor y Hurtado lo condujeron á su alcoba. Quedaron solas en el comedor Josefina y la tía Anastasia.

Josefina interrogó con los ojos á su vieja amiga, y ésta le refirió todo lo que sabía; á lo cual, la niña no pudo menos de suspirar, de manera que parecía sonreir.

—¿Quién lo diría, verdá, paloma?

—Pero ¿está en la cárcel, tita? ¿Sabes algo?

—Nada sé de cierto; pero ¿dónde quieres que esté?

Josefina se recogió dentro de sí misma; sobre la cera de su rostro resbalaba una lágrima.

—¡Cuánto te hace sufrir, paloma! Es cosa de un momento. Lo olvidarás y lo aborrecerás como se merece.

—¿Qué dices, tita Anastasia? ¿Tú dices eso, tita Anastasia? Ahora lo quiero más que nunca, porque ahora estará sufriendo, quizá llorando. Estar separada de él... ¿No lo comprendes, tita Anastasia, tú que eres buena y entiendes estas cosas del querer?

La tía Anastasia permaneció perpleja unos instantes; luego, llorando, estrechó entre sus brazos á Josefina:

—Sí, dices bien, paloma. Jesús, Jesús, ¿cómo pude yo dudarlo? ¿Te hice mal, paloma?

Josefina, dejándose besar, negaba con la cabeza. Se desasió de los brazos de la tía.

—Voy á ver cómo sigue papá.

Desde la puerta de la alcoba siseó, llamando á Leonor.

—¿Está malo de veras?

—No es nada. ¡Ay! Gracias á Dios. ¿Por qué no entras?

—Si le disgusto...

—Vaya, no seas tonta. ¿Qué culpa tienes tú? Ah, ¿te ha dicho algo la tía?

—¿De qué?

—De lo de Alberto.

—Sí, todo.

—Por supuesto, á mí, aun cuando me lo juren frailes descalzos, no me entra en la cabeza. No puedo creer que sea cierto. Y tú, ¿qué dices?

—Que aun cuando fuera cierto...

Leonor abrió mucho los ojos; se adelantó á exclamar:

—¡Lo que ibas á soltar, niña! Se te ocurre cada disparate...

—¿Es que tú?...

—¿Yo, en un caso de esos?... Vaya, hombre; cruz y raya. Como si le dieran viruelas. Vamos con papá.

Don Medardo bebía una poción reconfortante, y Telesforo le sostenía el platillo de la taza. Al ver á Josefina la solicitó con el gesto, y cuando la tuvo á su lado la aprisionó por la cintura.

—Pobre hija mía, qué pena me das.

—Tranquilízate, papá, y no te inquietes por mí. Con la mano derecha alisaba, lenta y mimosa, unos cabellos ralos y crespos, sobre el cráneo picudo de su progenitor.

—Si saliéramos al jardín... El aire le hará mucho provecho —aconsejó Telesforo. Sus palabras no eran sino eco deforme de su pensamiento: «si salieran al jardín, yo podría terminar el almuerzo en paz y en gracia de Dios.»

—Sí, Medardo. Telesforo habla como un libro. Al jardín —y ayudó á incorporarse al esposo.

Sentóse la familia bajo el parral sombroso que corre á espaldas de la casa, y Hurtado, con escurridiza ingeniosidad se insinuó en el comedor.

Á las tres de la tarde, Telesforo hubo de bajar á Villaclara á ciertos menesteres. Don Medardo, doña Dolores, Leonor y la tía Anastasia fuéronse á dormir la siesta. Josefina permaneció en la huerta, repasando y adobando hortalizas y plantas de flor. Sacó á Sirena, la vaca familiar, á pacer de la apretada y sustantífica hierba de un pradezuelo, al borde de la cerca. Luego se acercó á las colmenas, adosadas en fila sobre la pared del palomar. Muy próximo corría un arroyo, atravesando de un lado á otro la huerta, y en sus márgenes se apretaban, á modo de giraldilla infantil, margaritas y narcisos, rosas y claveles. Josefina fué á acomodarse en el césped, en un redondel de sombra, á la vera de sus flores. Sus ojos se elevaban involuntariamente hacia la cima de los grandes álamos negros, agudos como torres ojivales, que emboscaban la casa. Una bandada de jilgueros, uno en pos de otro, giraban en torno de la copa del álamo más alto, y era como una corona alada y melodiosa suspendida por gracia de milagro en el aire azul. Y Josefina, casi fascinada, adelantaba el rostro, alargando el cuello como para comulgar. La canción clara del arroyo le acariciaba los oídos, y el olor de tanta rosa la mantenía con los labios y los dientes entreabiertos, jadeando un poco. Las abejas venían á su vecindad; se posaban sobre sus brazos, sobre su cabello, sobre su seno; todas la conocían. Cuando los jilgueros rompieron el círculo encantado, Josefina se volvió á las abejas, y comenzó á recitar con suavidad cantarina:

Las abejitas de la Virgen,

y las abejitas de Dios;

haced de la flor que yo quiero

la miel para mi corazón.

Abejitas que hacéis la cera,

abejitas que hacéis la miel;

no es el narciso, ni es la azucena,

ni es la rosa, ni es el clavel,

ni es la flor del agua

de espuma y cristal,

ni la madreselva

que cubre el tapial...

Con vuestra cera haré á la Virgen

un cirio para le ofrecer.

Que ella os diga la flor que yo quiero.

Abejitas; traedme su miel.

Abejitas de Santa Ana

que en los higos de la su higuera

ibais siempre por la mañana

á chupar la miel y la cera.

Abejitas, por San Joaquín

y por la su hija galana;

tráeme la dulce miel que sana,

la miel de la flor de aquel jardín.

Y las abejitas, como si se embriagasen con la voz de la niña, comenzaban á danzar en el aire, zumbando armoniosamente.

Promediada la tarde, los sesteantes descendieron de nuevo al jardín. Telesforo había vuelto de Villaclara. Doña Dolores y Hurtado procuraban convencer al jefe de la casa de lo higiénico y salutífero que sería emprender una caminata hasta la playa de Salsero y los pinares que la aprisionan. Don Medardo rechazaba todo proyecto ambulatorio:

—No perdáis el tiempo. Mis piernas no están hoy para nada. Y señalaba algo que pudiera presumirse armadura de alambre dentro de unas perneras arrugadas y flotantes.

De repente se oyó un grito múltiple.

Alberto abría el portón, de recios barrotes pintados de rojo, y penetraba, muy serio, jardín adelante.