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Don Medardo Tramontana estaba reputado en Pilares como uno de los capitalistas más fuertes. Emigrante á Cuba en los primeros años de su adolescencia, la fortuna le fué benigna. Á los treinta y cinco años de edad volvía á España con sus dos milloncejos de pesetas á cuestas, y en estado de inefable delgadez, la cual se hacía más notoria á causa de su aventajada estatura. En Santiago se había dejado el hígado y todas las sustancias adiposas del organismo, pero volvía cargado de ilusiones, sabiendo leer en voz alta con mala prosodia y hablar aforísticamente, y con la misma abundancia cordial con que se había ido. Lo primero, favoreció en una medida conveniente á su parentela, aldeanos del interior, extremadamente pobres. Luego se estableció en Pilares, y allí puso en cotización sentimental su cara huesuda, amarilla, aguileña, como una onza, muestra patente de las muchas que tenía. Entre los cuarenta y los quince, la mayoría de las vírgenes pilareñas aspiraron á la dulce posesión de la onza. Don Medardo seleccionó con buen tino, y en último término hizo suya á Lolita Muslera, dieciséis años más joven que él, no mal parecida y de generosas condiciones morales. La fecundidad del matrimonio fué somera; dos hijas ó vástagas, según don Medardo, dió por todo fruto. Leonor, la primera, fué desde muy niña vivaracha, desenvuelta, mimosa. Josefina, por el contrario, era taciturna, meditativa y poco afectuosa exteriormente. Los padres amaban más á Leonor, y se enorgullecían de su hermosura, que, en rigor, no era sino movilidad y gracia del rostro. Á Josefina la habían habituado á considerarse fea; pero, la serenidad clásica de sus líneas, el sosiego de sus grandes ojos, la sonrisa apenas esbozada y el decoro de su expresión, eran notas que se armonizaban en una belleza exquisita, difícil de ser gustada á no ser con reverencia y recogimiento. Sin embargo, Josefina tenía dentro de su hogar un adepto; la tía Anastasia, hermana de la madre de don Medardo, y mujer muy ingenua y llana. Leonor no gustaba de salir á la calle con la tía Anastasia, porque ésta no había logrado nunca adquirir el buen porte de las ciudades. Á Josefina, en cambio, le agradaba la compañía de la vieja, y no era raro que fueran las dos juntas á la plaza á hacer la compra.
Don Medardo había conocido á Alberto en el Círculo de la Alianza Industrial y Mercantil, en el cuarto del crimen, ó sea sala de juego. Don Medardo entraba por entretenerse. Á las diez monedas de peseta, que era todo su caudal diario de aventura, las hacía experimentar infinitas y emocionantes fluctuaciones, y así pasaba las horas, ajeno de todo cuidado. Delante del tapete verde hubiera sido cumplidamente feliz á no ser por las burlas de que le hacían objeto los señoritos de Pilares, burlas que él á su vez solía repetir con la tía Anastasia, moviendo la hilaridad de doña Dolores y de Leonor; y hasta se permitía corregir el vocablo á la vieja, sólo que daba la pícara casualidad que en tales casos era él quien se equivocaba. Desde la primera vez que don Medardo vió á Alberto, le consagró una gran simpatía y admiración respetuosa. Alberto no chanceaba con él, como los otros; indudablemente, era un señorito con educación é higiénico; y para don Medardo estas palabras tenían mucha transcendencia. Un día, como aspirando á lo imposible, don Medardo osó invitar á Alberto á que almorzase en su casa, añadiendo que, tanto Dolores como las niñas, tendrían mucho gusto. Alberto aceptó. En la mesa se condujo con gentil donaire y sencilla afectuosidad. La familia quedó cautivada. Por la noche, estando doña Dolores en su alcoba haciéndose la trenza, á punto de insinuarse en el tálamo conyugal, ó que tal había sido, y que ella acaparaba en razón de su corpulencia, presentóse de improviso don Medardo en ropas muy menores y en tremenda manifestación de su estructura ósea.
—¡Qué susto, Medardo!
—Calla, mujer. No podré dormir si no te digo un secreto.
—¡Ay! ¿Qué ocurre?
—¿Qué te parece Alberto?...
—Me lo has preguntado cien veces en el día, y te he respondido lo mismo; muy simpático.
—¿Qué duda coge? Y con educación. Oye, ¿qué te parece si llegara á casarse con Leonor? Un joven tan higiénico.
—Calla, hombre, no digas tonterías. Y no es porque ella no se merezca eso y más.
—Ya lo creo; por eso lo digo. Mira que... Vaya, adiós mulata.
Claro está que doña Dolores no era mulata, pero tal era el loor más tierno de don Medardo, el cual, acercándose á su esposa, la besó en la frente, alta, rotunda, serena, donde no se habían albergado nunca ideas tormentosas.
La misma noche, la tía Anastasia preguntaba á Josefina:
—¿Qué te parece ese rapaz, neñina?
—¿Qué rapaz, tía?
—¿Quién ha de ser? El que comió hoy aquí.
—Pues... nada.
—¡Ay, palomina mía! —suspiró la vieja, abrazando fuertemente á su sobrina.
Alberto frecuentó desde entonces la casa. Sus visitas fueron tan asiduas y largas que don Medardo, destilando satisfacción por ojos y boca en forma de sonrisa, se creyó en el caso de preguntar á su hija Leonor, á tiempo que le prodigaba cariciosos golpecitos en la mejilla:
—¿Qué hay? Al papá no se le oculta nada. ¿Os entendéis ya? ¡Ah, picarona! Dímelo, ea.
—Pero, ¿quiénes, papá?
—¿Quiénes han de ser? Tú y Alberto.
—Anda, anda... Ni en sueños. ¿Cómo se te ha ocurrido una idea tan descabellada?
Don Medardo agachó la cabeza, anonadado:
—Pero, entonces... —se atrevió á objetar—, ¿á qué santo ese visiteo de todos los días?
—Yo qué sé, papá: vendrá por entretenerse.
—Además, si no me equivoco, os he oído trataros de tú.
—Sí; á los pocos días nos hablaba de tú á Josefina y á mi. No sé si también á la tía Anastasia. Milagro será que el mejor día no os tutee á mamá y á ti. Dices que es muy buen chico, y no lo dudo, y que tiene talento, y eso, permíteme que lo dude. No sabe bailar rigodón, ni recitar versos de Pérez Zúñiga, ni juegos de prendas..., y luego, hay tardes que apenas si despliega los labios.
Don Medardo intentó exculpar á su ídolo:
—Eso es sin duda culpa de Josefina, que parece una marmota; y, claro, el muchacho se encontrará prohibido.— Don Medardo pensó decir cohibido.
Sí, la marmota era la causa del silencio de Alberto, y también de las visitas diarias. Había comenzado por sentir un llamamiento recóndito desde el hogar del indiano. Á él acudía sin saber por qué, como si la mecánica de su espíritu le indujera á pensar que sólo allí encontraría equilibrio estable. En los preámbulos de sus relaciones, mostrábase locuaz y chispeante, perseguía la amenidad y aspiraba á hacerse querer de todos. Á Josefina la trataba como á una niña, porque si bien andaba por los veinte, á ello le autorizaban las trazas infantiles de la muchacha, su grande ingenuidad y la misma opinión del resto de la familia. Pero, poco á poco, Alberto fué comprendiendo que la supuesta niña guardaba un arcano interior, profundo y rico. Arrepintióse de las palabras frívolas, de las gracias de poco momento que hasta entonces le había dicho, y pensó, como en un ideal vislumbrado, en poseer el alma de Josefina. Soñaba con ella de continuo. Estando á solas, rebuscaba y componía las frases modestas y llenas de pasión que luego había de decirle; pero, en acercándose á ella, sentíase desesperanzado y como á infinita distancia de aquella pureza estelar que debía de ser el corazón de Josefina. Rehuía la conversación, considerando que tal vez el silencio era la única vereda que le condujera al afecto de la amada. Una tarde Alberto sorprendió á Josefina contemplándole de tan intensa manera que no cabía duda acerca de la naturaleza de sus sentimientos. Al verse sorprendida, no bajó los ojos, no se ruborizó, sino que siguió mirando, fijamente, tenazmente, amorosamente. Alberto estuvo á punto de abalanzarse á besarle los pies, á adorarla, sin miramiento de los que estaban presentes. Refrenó su frenesí hasta que pudo hablar un momento á solas con Josefina, y dijo, tembloroso, los ojos húmedos:
—Pero, ¿es verdad que me quieres?
—Sí —respondió Fina, con voz tersa.
—¿Desde cuándo?
—Desde siempre; y para siempre.
Y siguieron mirándose de hito en hito, como si el amor los hubiera inmortalizado, trocándolos en estatuas.
Los amores de Alberto y Fina se traslucieron muy pronto. La tía Anastasia los consideró como un triunfo personal suyo. Don Medardo no se resolvía á alegrarse; se encontraba vagamente vejado; le hería que Leonor hubiera sido postergada. De otra parte, no podía entender qué era lo que Alberto había visto en Fina, para enamorarse de ella, y llegó á dudar de la sinceridad del joven.
—¿No se querrá reir de ella, Dolores? —preguntaba á su esposa.
—Yo qué sé, Medardo. Los hombres sois tan particulares... ¿Qué tenía yo para que tú te hubieras fijado en mí?
—No acompares, mujer. Ya quisiera Fina parecerse á ti, cuando tenías su edad... —Luego inesperadamente encendido.— ¡Y aun ahora..., mulata! —la oprimió con ímpetu el mantecoso brazo.
—¡Ay, Medardo; no seas bruto! Ellos parece que se quieren, de modo que mientras dura...
—Sí, pero hay otra cosa. ¿Te parece bien que la mayor, la más lista, la más guapa esté sin novio? Es una injusticia y no puede ser.
—Ya sabes que pretendientes no la faltan.
—Si tú llamas pretendiente á ese Hurtado... Un títere.
—Y ya ves; á ella no le disgusta.
Leonor se había encaprichado por Telesforo. Olióselo éste y se propuso cultivarle el capricho, hasta que alcanzase el máximo desarrollo. Para ello, había sobornado, con bastante tacañería, á una criada, la cual entregaba á diario á la señorita una carta y una composición poética. Los versos de Hurtado estaban cargados de vehemencia y detonantes ripios. Pero á Leonor la sacudían los nervios, haciéndola suspirar, con una mano sobre el corazón.
El emponzoñamiento poético llegó á manifestarse por medio de alarmantes perturbaciones. La infeliz enamorada perdió el apetito, la risa, el arte de bordar zapatillas de moqueta, y con periodicidad abusiva experimentaba soponcios y patatuses. La entereza de don Medardo sufrió con esto tan rudos golpes que en poco tiempo hubo de desmoronarse, dejando abierta á la voluntad de su hija amplia brecha por donde penetró triunfalmente Telesforo Hurtado.
Pero Telesforo se determinó en captar las simpatías de los papás y lo consiguió. Por el contrario, Alberto, según pasaba el tiempo, incurrió en tales arbitrariedades y ligerezas que don Medardo y su esposa llegaron á dudar del estado de su mente. Tan pronto desaparecía de la casa, haciendo suponer que había roto con Fina, como se presentaba sin previo anuncio, con grande aplomo y naturalidad, no de otra suerte que si fuese la muchacha una prenda sobre la cual él ostentara indiscutible derecho. Por eso no era raro que doña Dolores murmurase de vez en cuando:
—¡Quiera Dios que tu ligereza de haber traído á casa á ese hombre no nos cueste cara, Medardo!