IX
Conforme hacía camino el caballo, á compás del trote cochinero y machacón, Alberto procuraba concentrarse, sentirse, conocerse. La conciencia se le evaporaba. Poníase á cantar distraídamente, acoplando el ritmo al trote del rocín, hasta que llegaba un punto en que volvía sobre sí, sorprendiéndose de cantar y vivir como por máquina. Comprendía difusamente, entre turbios vapores espirituales, que en su alma germinaban á lo sordo las ideas matrices y las normas morales de una vida renovada, toda serenidad y aplomo.
El día era encalmado, muelle, y el campo pulquérrimo, como si las lluvias recientes lo hubieran esmaltado. Un vasto olor á tierra húmeda abarcaba en su seno matices profusos de flores varias; la madreselva emitía la nota aguda.
Alberto descabalgó, tronchó unos piños de madreselva y los sujetó en un ojal de la chaqueta.
Las praderías verde-veronés, tachonadas por la mancha bermeja de las vacas pacientes, le obligaban á detenerse en ocasiones, henchido de sutil emoción de color, reposándose de toda inquietud, á la manera que un líquido, rota la redoma, se difunde por una superficie plana. Recobrábase luego, y entendía de pronto, aunque sin pararse á teorizar, el infinito deleite egoísta que macera la soledad del ermitaño.
Almorzó en una venta, en la raíz de la cuesta del Palomo, y pidió que le sirvieran solamente verduras y frutas para postre. El ventero le tomó por loco. Salió después de comido, cuesta arriba, entre pinos muy fragantes. Desde la cumbre del Palomo se atalaya un valle por donde corre, en meandros la ría de Villaclara; las márgenes, guarnecidas de casas de recreo, á modo de flores blancas y rojas, las cuales van espesándose y forman poblado; al fondo, el mar. En aquella sazón la ría estaba gris y refulgente, como de mercurio; terso y verdoso el mar. En la desembocadura flotaba un bergantín con el velamen marfileño desplegado.
—«¡Pobre Fina!» —se dijo Alberto colocándose de repente en circunstancias históricas. ¿Amaba ó no amaba á su novia? La imagen de aquella criatura, amasada con sustancia de mansedumbre y silencio en carne morena y casta, se le huía á temporadas del corazón y la memoria; mas de súbito acudía á poseerlo infundiéndosele dentro de las entrañas de tal suerte, que le provocaba la ilusión de estar animado de un vaho etéreo, de una fuerza ascendente. Y comenzaba la garganta á inundársele de sollozos, mitad de remordimiento y mitad de ternura.
—¡Pobre Fina!