VIII

La casa solariega de Alberto estaba desviada de Cenciella como cosa de medio kilómetro. Delante de la fachada, al estilo plateresco, se hacía un espacio en círculo, enarenado, con poyales de piedra en lo más extremo de él y todo en torno eminentes álamos reales. De un costado y otro del edificio, y siguiendo el plano del frente, arrancaba el alto tapial de la posesión, doblábase á poco en dos ángulos rectos, é iba ladera arriba, hacia el fondo, cuya pared era medianera entre la huerta de Alberto y la de la viuda de Ciorretti. La finca de la dama ocupaba lo más empinado del ribazo, de suerte que desde ella se podía otear, al pie, la del vecino.

Era la viuda una rozagante matrona, de oriundez piamontesa. Sus cabellos cobrizos; la piel de requesón, constelada de pecas; labios gordezuelos é impregnados de abundante humedad; las pupilas, entre grises y ambarinas, gatunas; las pestañas casi albinas, y en junto los ojos como los de las yeguas bayas; el cuello, amplio y abarrilado, que ella gustaba de exhibir siempre. Por disimular cierto exceso de carne usaba corsé hasta medio muslo, y lo ceñía de firme, con lo cual el tronco tomaba un aspecto de tiesura maciza y majestuosa. Andando, arregazaba la falda con mucha desenvoltura, descubriendo la pierna desde el gozne de la rodilla, unas medias de matices suaves —lila, fresa, musgo, tabaco—, y unas botas de color bronce y brillo metálico, hasta media pantorrilla. De la armonía total de sus perfecciones naturales y atavíos resultaba cierto encanto fofo ó incentivo deslabazado á propósito para satisfacer esa voluptuosidad perezosa, característica de las siestas estivales.

En Cenciella y Pilares se conocía de público la historia lamentable de su viudedad, el desconsuelo que esto le trajo, y la manera sencilla con que hubo de recobrarse del quebranto conyugal. Su esposo, Antonino Ciorretti había sido un hombre estupendo, tanto en las partes físicas como en las prendas del intelecto; ardiente, membrudo y vigoroso como un romano de los tiempos de Rómulo; y luego, astuto, emprendedor, perseverante. Estableció en Pilares una fábrica de sombreros, con tan buena fortuna que á los dos años arrastraba coche. Como buen mozo, y convencido de que lo era, gustábale lozanear, cabalgando á través de las tortuosas calles de Pilares. Las provincianitas, huesudas y anémicas, á causa de la vida recoleta y del abuso de las prácticas devotas, viéndole pasar, bien arzonado y jactancioso, muy cerca de los miradores tras de los cuales bordaban ó leían la Leyenda Dorada, envidiaban nebulosamente á Pía Octavia Ciorretti, la mujer del italiano. Los caballos eran dos, Dante y Petrarca, uno flor de romero y otro castaño rodado, entrambos de silla y tiro al propio tiempo. Cuando el matrimonio salía en coche, un mylord de gomas, llevaban de cochero á Joselín, el Chelu, muy conocido y celebrado de la plebe pilareña; un chicarrón de rostro agudo y apicarado.

Para los habitantes de Pilares la pareja Ciorretti constituía el arquetipo de la dicha epicúrea. Se les imaginaba siempre entregados á un sensualismo venturoso. Pero he aquí, que una mañana, sin ton ni son, se muere el fabricante de sombreros. Pía Octavia, igual que la matrona de Éfeso, quiso morir y ser enterrada á la vera de aquel cuerpo tan amado, y tan amante. Repelía todo consuelo de amigos y conocidos, exclamando, con bastante candor, no exento de malicia, que el muerto le había dejado un vacío difícil de llenar. Con esto, todos dieron por hecho que Pía Octavia no tardaría en seguir á Antonino al sepulcro. Buscando lenitivo ó consolación en su duelo, acostumbraba bajar á la cuadra, y allí, ante la presencia atónita é inflamada de Joselín, el Chelu, como en demencia ó extravío de pasión, iba á llorar, abrazar, besar, mimar, acariciar, hacer mil muestras de frenético agasajo, cuándo á Dante, cuándo á Petrarca, á los dos potros que él, su Ciorretti, había cabalgado tanto. Eran dos recuerdos vivos del esposo, prematuramente desaparecido, y Pía Octavia, por una de esas candorosas locuras hijas del amor cuando se ayunta con el dolor, suponía que los caballos experimentaban una nostalgia semejante á la de ella. El tiempo no corregía la amargura de la pobre mujer, sino que la acrecentaba. La efusión que dedicaba á los caballos era cada día más tempestuosa: dijérase una Pasiphae delirante que no entendiera mucho de zoología. Y Joselín, cuyos nervios se iban poniendo de punta y su mente ofuscándose, resolvió colocarse de por medio, prodigar consoladoras palabras á la viuda, y aliviarla de tanta pena, por los medios que buenamente se le ocurrieran. Joselín era avispado y de mucha labia. Industrióse con tanta cordura y sutileza que atinó á llevar al ánimo de Pía Octavia el néctar de la mitigación, lo cual la viuda agradeció tanto que eximió de la cuadra al caritativo mancebo y le ofreció dinero bastante con que estableciese una tienda de vinos, que era el ideal de Joselín. Los vecinos de Pilares dieron en interpretar aviesamente la liberalidad de la viuda, y á poco de abrirse la tienda de Joselín, le inventaron al dueño un remoquete ó apodo que cundió al punto hasta llegar á sustituir al anterior de el Chelu. Se le llamó, de allí en adelante, Joselín, Priapo de oro.

Á Priapo de oro, en viéndose propietario de un establecimiento lujoso —pintó la portada de vermellón—, se le subió el orgullo á los sesos, perturbándoselos no poco. Dióse á la francachela, á las costumbres licenciosas, y en compañía de hombres libertinos y mujeres alegres, fué endeudándose de fea manera y á tal extremo que, en vísperas de complicaciones judiciales, hubo de acudir á la viuda.

—Imposible, Joselín —respondió enojada la Ciorretti—. Fuiste leal y bueno conmigo... y para con la memoria de tu amo. Creo que te pagué razonablemente. Tú sabrás lo que has hecho con el dinero, que no era poco. Me pides más, de nuevo: imposible, hijo, imposible. Niente, niente.

Aquella misma noche se suicidaba Priapo de oro. Esto acontecía á los dos años de enviudar la italiana. Á los pocos días del suicidio, huyendo de lenguas ociosas, salió de Pilares y fué á refugiarse en Cenciella, á una casa que Antonino había comprado en excelentes condiciones á unas hidalgotas, vírgenes vetustas, venidas á menos. Habíase despojado ya del luto, y gustaba de vestir dentro de sus dominios unas batas ó peplos livianos, ondulantes y de célicas entonaciones. Alberto, en la huerta de al lado, pintaba con singular aplicación. La viuda acechaba al mozo, oculta entre los pomares, y como no le desagradase su pergeño, sencillez y buen aire, fué aficionándosele y discurriendo un arbitrio con que acercarse á él. Mandó levantar un terradillo, en la tapia medianera, y á él subía en atardeciendo, vaporosamente, á tiempo que las estrellas asomaban en el cielo. Alberto, en un principio, no le concedió mucha importancia. La viuda estaba determinada en hablar al pintor, pero no se le deparaba coyuntura. Por fin, una tarde que lo tuvo cerca, á pretexto de unas plantas de rábanos, rompió á hablar así entre dengues y rubores:

—Joven. ¡Ay! Usted dispense. ¡Jesús, qué atrevimiento! Le he llamado á usted sin darme cuenta, distraídamente.

La viuda, envuelta en tules azul pálido, se recodaba en lo alto de la cerca, la cual, por la parte de Alberto, estaba recubierta de melocotoneros, en espaldera.

—Mándeme usted, señora —respondió Alberto, acercándose con naturalidad al sitio por donde asomaba la Ciorretti.

—Dirá usted que estoy loca —se ocultaba el rostro con las manos—. ¿De veras me dispensa usted?

—Pero ¿de qué? Si es por haberme dirigido la palabra, se lo debo agradecer...

—Muy amable. Su huerta es muy bonita, y está muy bien cuidada. Desde aquí se domina muy bien. El jardín, ya no tanto. Digo que no se domina tanto, por los árboles. Parece que tiene usted muchas flores.

—Todas á su disposición...

—No será tanto... Ya tendrá usted algunos compromisos...

—¡Qué tontería! —comentó Alberto, riéndose con ingenuidad—. Ahora es usted la que debe perdonar; una exclamación involuntaria.

—No, si me gusta que me trate con confianza: al fin y al cabo somos vecinos. Usted solo, según me han dicho, ¿verdad? Yo sola. ¡Ay! Y usted pensará: ¡Qué pesada se pone Pía Octavia!

—No, no; no pienso tal. Pero usted iba á decirme algo, al principio, Pía Octavia.

—Se va usted á reir. Pues... me gustan mucho los rábanos. Aquellas plantas, ¿son rábanos?

—Se lo preguntaré á Celedonio.

—Lo son; los conozco muy bien. Tire usted de una matita, verá como sale el rabanito. Así, no; que se rompe la mata. ¡Jesús, qué torpe! ¿Lo ve usted? Ya se ha roto. Voy yo á su huerta, es decir, si usted me lo consiente.

—No faltaba más. ¿Á salto?

—¡Qué horror! En dos minutos estoy ahí. Desapareció detrás de la tapia.

Á poco, estaba con Alberto extrayendo rábanos de la tierra. Había anochecido ya, y de ahí que la Ciorretti se tropezase á veces con el joven. Á partir de esta recolección vespertina comenzó la amistad, que llegó á hacerse íntima. Alberto, á la postre, claudicó, pero sin poner en sus relaciones con la viuda otro interés que la voluptuosidad leve á que el calor estivo le inducía. Concluído el verano, quebróse toda ligadura, y Alberto no volvió á acordarse de Pía Octavia, de sus peplos incitantes ni broncíneas botas.

Ahora, en aguda crisis espiritual, encerrado en sus cogitaciones, no echaba de ver que la Ciorretti le esperaba á diario sobre el terradillo. Una tarde salió Alberto á sentarse al pie del parral. La viuda, que lo vió, comenzó á dar grititos, y el joven hubo de acercarse.

—¡Ingratísimo! Así se trata á las amigas. Cerca de un año hace que nos separamos.

Quiso hablar Alberto, pero la Ciorretti se le adelantó.

—Si no necesito disculpas... Ya sé que se va usted á casar. ¿Cuándo, cuándo es el acontecimiento?

—¡Casarme...!

—¿Cómo casarse? Cualquiera diría que le toma de sorpresa...

Alberto se las arregló como pudo para cortar cuanto antes el palique y volvió á encerrarse en la casa. Llevaba el corazón colmado de un sentimiento de vergüenza. Las mejillas le abrasaban. Su novia... ¡Pobre Fina!

Hizo sonar el timbre, y en acudiendo Manolo, le ordenó que á la mañana siguiente le tuvieran apercibido un maletín y un caballo con que ir á Villaclara.

Al siguiente día, cuando montaba á caballo en la plazoleta orillada de álamos reales, oyó á manera de un lloro en los balcones. Azor y Sultán asomaban el hocico entre los hierros pugnando por arrojarse á tierra.

—¡Calla, Sultán; calla, Azor, que pronto vuelvo! Y se despidió afablemente con la mano.