VII
Los vecinos de Cenciella, sabiendo que el señorito de la casona alta estaba en el pueblo, se asombraban de la reclusión en que se escondía; él, otras veces tan amigo de holgorios y gente aldeana... Cuando Rufa, la vieja criada tradicional, usufructuante de por vida de la casona, salía á hacer la compra, le preguntaban por don Albertín:
—¿Qué queréis que vos diga? —contestaba la vieja— Nunca lo vi como ahora. Rompióle una pata á Azor, y ahora enséñale á hacer títeres. Y aluego, cuándo con los perros, cuándo con las gallinas, cuándo con el gato, pásase el día entre animales.
—Es que no sale ni á misa —replicaba alguno.
—Á misa ya sabéis que nunca fué. En eso tira al padre; Dios le haya perdonado.
—Visitáralo la viuda.
—¿La viuda? ¡Bah, bah! Entavía non la vió. Si non sal de casa... Ella sí, pásase el día asomada pel la tapia. Ya sabéis; como las huertas están xuntas, pared por medio, y la de la viuda más alta...