VI
El autor aconseja al lector que deje de lado este capítulo y vuelva sobre él, si así le place, en concluyendo la novela.
Alberto empleaba sus ocios en aproximarse, moralmente, á sus animales domésticos. Sultán, el perro setter, y Calígula, el gato negro, le hostigaban con misteriosa fuerza la curiosidad. Estudiábalos y pretendía desentrañar en ellos algo así como patrones morales que al pasar hereditariamente transmitidos al hombre hubieran perdido su genuina y originaria sobriedad.
Otro campo de observación fué el gallinero, y en particular el gallo que allí había, de color giro, como dicen los entendidos en animales de pelea; esto es, pardo, con caparazón ó gualdrapa aurina sobre el espinazo. Era una bestezuela estúpida, fanfarriosa, olímpica. Alberto le puso el nombre de Alectryon.
Por último, descubrió un hormiguero en la pomarada de su huerta, y en él un nuevo tema de indagaciones y manantial de fantasías.
Á la noche acostumbraba pasear dentro del salón, de largo en largo, hasta muy tarde. En ocasiones se paraba á escribir. Entreveía un sistema y le aguijaba la angustia de no lograr completarlo palmaria y armoniosamente. He aquí á continuación un traslado de sus papeles, no muy claros, en verdad; citas, notas, esbozos fragmentarios y versos:
«Was ist der Mensch,
Woher ist er kommen,
Wo geht er hin?»[1].
Heine.
Sultán; moral cristiana. El perro y el semita son los únicos animales que creen en un sér superior á ellos. La ética judía, como la del perro, es de origen teológico; (ética judía = ética cristiana = ética canina). La moral es emanación de la voluntad divina. Dios es el legislador de la conducta del hombre, y éste de la del perro. Recuérdese la inscripción que Pope —creo que fué Pope— puso en el collar de su perro: «Yo soy vuestro perro, Señor; pero, ¿cuyo sois vos perro, Señor?»
«Á los antiguos, los judíos les parecían gentes soñadoras en un mundo laborioso.» — Hermann Lotze. «Microcosmos.»
Aprovechable en la moral canina; la parte concedida al ensueño, la reverencia ante el misterio. Hay que dejar abierta una puerta del alma, por si llegara el Esposo que se entrase presto. Y, sin embargo...
Los filósofos griegos llamaban á la muerte causa fundamental de toda filosofía.
Nuestra vida, en el momento de nacer, es como una caja vacía, cuyas paredes son de diamante negro. Las paredes son la muerte. Nuestra vida está limitada de muerte por todas partes. ¿Con qué hemos de llenar la caja? He aquí el verdadero problema moral. La moral canina no habla de llenar la caja, sino de adornarla por fuera, para después de la muerte. ¿Con qué hemos de llenarla? Alectryon = moral sexual; el Eclesiastés, Omar Kayam, «pero, los hombres no tenemos sus viriles medios de gobernar». Calígula = moral helénica; el hombre, ombligo del Universo. Sócrates, Platón, Epicuro y Epicteto, en rigor, profesan una moral semejante; son los cuatro biseles de una bruñida losa de alabastro, sobre la cual se lee esta palabra de oro: EUDAIMONIA (felicidad). Y, sin embargo...
Pero, es que los griegos ignoraban un terrible morbo de la moderna patología espiritual; la enfermedad de lo incognoscible. Y aquí sale á escena Madama Comino = moral del olvido, moral utilitaria. Y, sin embargo...
Sultán.
Late en tus ojos dulces la armonía
del que sabe de un Sér ordenador
sobre las cosas. Tu filosofía
no conoce la duda y su negror.
Hay calma en tu mirar de terciopelo:
y es que todos los días logras ver
en el repuesto asilo de tu cielo
la propia faz de tu Supremo Sér.
Conoces unos genios tutelares
que te juzgan y dan fallo diverso,
castigo ó premio, el palo ó los yantares...
Has hallado un sentido al universo.
¿Lo has hallado? ¿Ó es sólo cobardía
que te dobla del hombre á los antojos
y hacia él te arrastra, un día y otro día,
ágil la cola y húmedos los ojos?
No lo sé. Y así siendo, perro mío,
te otorgo la caricia de mi mano,
por humilde, por falto de albedrío,
por servil, por cobarde, por humano.
Alectryon.
Pretencioso, como de estirpe añeja;
prócer, cual fruto de alto vientre real;
con la barba temblándole, bermeja:
al cráneo, la corona de coral;
y, el manto de tisú carmín con oro,
en sus gratos dominios se pasea.
Las concubinas síguenle; es un coro
donde el deseo canta y aletea.
Innumerables son las concubinas
del Rey sabio y hermoso.
Todas piden las gracias peregrinas
de su empuje gustoso.
Ahora, viénele al Rey un ansia ardiente;
ésta acude, ¡oh, minuto deleitable!
Y luego todas, sucesivamente
durante el día entero. ¡Es admirable!
¿Qué concubina esquivará la furia
asidua de su gran virilidad?
En los Estados, siempre es la lujuria
fecunda ley de solidaridad.
Pero, ¡cuánto más orden y armonía
en estos muladares primitivos
que en la humana porfía
de los hombres conscientes y lascivos!
¡Oh, gallo; mucho abarca
la lección en acción que nos enseñas
en tu reinado firme de patriarca,
—prole y esclavas que á tu agrado adueñas!—
Pero, ¿de qué nos valen tus sutiles
enseñanzas, hermoso gallo, si
el hombre no disfruta tan viriles
medios de gobernar?
¡Quiquiriquí!
Calígula.
Eres negro y sutil. Tienes un modo
altivo de mirar la creación
como de aquel que lo desdeña todo
porque nada merece su atención.
Hace tiempo te tuvo fascinado
una beldad fosfórica y divina;
pero, ahora que el amor te está vedado
y puedes ser cantor de la Sixtina,
tu porte es displicente y ondulante.
Sólo amas la molicie, la quietud.
Eres un pirronista militante
que nada cree; ni en Dios, ni en la virtud.
Yo te paso la mano por el lomo;
y, de mi mano al caricioso influjo,
enarcándolo vas, airoso, como
arco latino de gentil dibujo.
Mas, no agradeces este gesto mío
que te llena de voluptuosidad.
No soy tu Dios. Dices, como el impío,
que todo se obra de casualidad.
Mírasme con pupila adormecida,
cargada de desdén y de fulgor.
Graciosamente enseñas que en la vida
comer, dormir, soñar es lo mejor.
Las cosas y los seres son lacayos
uncidos á tu propia bienandanza.
¡Si hasta piensas que el sol tiene sus rayos
tan sólo á fin de calentar tu panza!...
¡Oh, gato, aristocrático y divino!
¿Por qué no ha de existir en la razón
de tu sutil encéfalo felino
la clase de este mundo de ilusión?
Mas ¿no será tal vez tu escepticismo
engendro de tu espíritu amargado,
el sentirte, en el fondo de ti mismo,
un pobre tigre sin hacer, frustrado?
Madama Comino.
Esta es una interviú que celebré con la señora Comino cierta tarde que, por distraerme hasta la hora del tren para San Ramón, salí á la huerta, en donde la encontré.
—¿Cómo estás, Madama Comino?
Y perdona que te hable de tú.
Soy romero, que va de camino;
mas, ya que á mi vera te puso el destino,
celebremos una interviú.
Hormiga amiga,
hormiga hermana
(que, sumido en la paz aldeana
presumo que soy otra hormiga),
¿oyes las palabras ligeras,
que son como brisas terrales,
la canción lejana
de la mocina, hacia Riberas,
y entre los maizales,
al lado allá del río?
Yo me voy á casar.
Cásome con el dueño mío,
la más guapa neña de todo el lugar.
Non sabe sallar
nin aguadañar;
sabe se reir y sabe llorar
porque sabe amar.
¡Ay, mi amor!
Si no me das la tu flor
téngome de matar.
¿Has oído? Matar.
¿Quién lo había de presumir?
¡La mociquina del lugar
no sabe que se ha de morir!
¿Qué dices de la muerte, hormiga?
¿Qué dices, Madama Comino?
—. . . . . . . . . . . . . . . .
—¿Antes yo? Á tus antojos me inclino,
pero, ¿qué quieres que te diga?
El sol ha huído hace un instante;
el río corre mansamente
al mar propincuo...
—. . . . . . . . . . . . . . . .
—¿Yo pedante
porque digo propincuo? Evidente.
Quiero decir, al mar cercano,
su natural acabamiento,
á libertarse del cauce tirano,
á ser Océano,
á ser un segundo firmamento.
Apágase el día en su luz postrera,
mas ve que, apagándose, atiza
una grande y purpúrea hoguera,
cuya es la ceniza,
una vez que muera,
tanto y tanto lucero,
tanta constelación.
Pasó el acto primero
de la diurna función.
Ahora viene el segundo
que es mucho más profundo
¡Todo emoción!
—. . . . . . . . . . . . . . . .
—Dices que no me entiendes... Claro.
Cominito ¿qué me has de entender?
El hombre es un bicho muy raro.
Pues, ¿y la mujer?
¿No tienes dudas ni teorías,
hormiga? ¿Temes el sordo abismo
del no ser?
—. . . . . . . . . . . . . . . .
—Sí, trabajas todos los días.
Lo sé. Mas, ¿no profesas el hormigocentrismo?
—. . . . . . . . . . . . . . . .
—Sí; sólo en la faena se agota tu desvelo.
—. . . . . . . . . . . . . . . .
—Ya; cuidas del mañana con mira terrenal.
Eres dichoso porque nunca miras al cielo.
No sabes del bien ni del mal.
No sientes melancolías
ni la horrible desolación
del que ve que se acaban sus días
y en su boca se hiela la canción.
Y esto no obstante...
Madama Comino;
hoy tiembla en el campo un austero
éxtasis. Hay trino
de verderón y de jilguero.
Entre la brisa salitrosa y cauta
la campanilla suena, al paso tardo
del buey. Suena la flauta
del sapo humilde y pardo.
Suena maravillosamente el río.
Y ya se acerca el huracán del tren.
Tú vas á tu hormiguero. Voy yo al mío.
Hermana hormiga, que te vaya bien.
Epílogo.—En el cielo.
Esta es la gloria de los buenos, el paraíso
donde los animales viven vida inmortal.
Un ámbito entre muros de diamante, con friso
de cometas (porque estas son la pauta ideal
de los bichos, á causa de su cola divina).
Una pradera, como de plumas de papagayo,
tan blanda y verde es. Una colina
donde Alectryon se empina por fulminar el rayo
de su quiquiquí á las gloriosas huestes.
Corre, para Calígula, leche tibia en regatos,
y es que la leche otorga emociones celestes
á las bacantes dúctiles y á los dúctiles gatos.
Á trechos, de lo verde surge un hueso
mondo y suave como el marfil de Etiopía,
para que en él Sultán juegue el diente travieso,
y el meollo le extraiga, que es de miel y ambrosía.
Y la hormiguita tiene senderitos de plata
con simientes de oro que ella empuja, de espacio,
á la troje, escondida debajo de una mata
de rosas; hormiguero que parece un palacio.
Y todo es paz, y todo es dulzura y ventura
dentro del paraíso de las bestias sencillas.
Al seno de Dios ha retornado la criatura
y el agua de la nube á la mar sin orillas.
***
—Ven Francisco, hijo mío; tu dulce faz asoma
á este jardín dilecto de mi reino infinito.—
Dice Dios. Por encima revuela la paloma.
Á su diestra está el hombre, según estaba escrito.
Y Francisco se asoma sobre el fresco recato
inmarcesible, en donde los bichejos están,
y en amor derretido les dice: —¡Hermano gato,
hermano gallo, hermana hormiga, hermano can!—
Y Dios. —Más gratamente resuena en mis oídos
el murmullo que puebla este dulce jardín
que flauta y lira y cánticos de ángeles y elegidos,
ó la voz inflamada que vierte el querubín.
¡Oh, hijos míos, cuajadas de mi propia sustancia,
normas, sendas por donde el mezquino saber
pudo evadirse de la ciudad de la ignorancia!
Pero, los hombres no quisieron entender.