LA REALIDAD ARTÍSTICA
REEMOS SINCERAMENTE que los únicos valores positivos en la literatura dramática española de nuestros días (nos referimos tan sólo a los autores en activo, a los que proveen de obras los escenarios), son don Benito Pérez Galdós, y, en un grado más bajo de la jerarquía, los señores Alvarez Quintero y don Carlos Arniches. (No aspiramos a imponer a nadie nuestra opinión. Cuantas opiniones se sustenten a este respecto, nos parecen muy respetables).
Así como la obra dramática de don Benito Pérez Galdós es obra íntegra y perfecta, en la cual la diversidad de elementos sociales, históricos, éticos y estéticos se funden con rara armonía y grandeza, en la obra de los señores Alvarez Quintero y de don Carlos Arniches, bien que no sea de tan alta complexión como la obra galdosiana, se hallan vitalmente encarnados cuándo unos, cuándo otros, algunos de aquellos elementos, dándole, sin duda, una fuerza de continuidad y permanencia con que presumo que ha de resistir los ultrajes del tiempo. La realidad y la gracia son los elementos que, sobre todo, avaloran la obra de los señores Alvarez Quintero y de don Carlos Arniches. En cuanto a la realidad, me parece que son más densas de realidad las obras del señor Arniches que las de los señores Quintero. En cuanto a la gracia, me parece que la de los señores Quintero es de más noble alcurnia que la del señor Arniches. No ignoro que habrá quien me salga al paso afirmando que el pueblo bajo de Madrid y Andalucía no son tales y como aparecen en la obra de don Carlos Arniches y de los señores Alvarez Quintero; que estos autores inventan y falsifican a su placer. No seré yo quien lo niegue. No conozco bastante al pueblo bajo madrileño ni la región andaluza para dictar veredicto sobre su parecido o desemejanza con las obras aludidas; ni me importa. Precisamente, ese mal llamado inventar y falsificar es lo que, en términos de arte, se denomina crear. La creación artística no se concibe que sea copia mecánica de la realidad exterior, ni la realidad artística es tal realidad, por doblarse meticulosamente a imitar la realidad exterior. La realidad artística es una realidad sui generis. Las obras de arte son reales o no lo son, viven o no viven, en virtud de un don peregrino de que está dotado el verdadero artista, el don de crear, que no porque se ajusten o aparten del modelo imitado. Para juzgar de la realidad de una obra no necesitamos cotejarla con el modelo, ni siquiera se nos ocurre de primera intención que haya podido tener modelo.
Hallábame yo en el estreno de La Malquerida, que, por cierto, fué clamorosamente ovacionada. Durante todo el primer acto, allí no sucedía cosa de interés. Unos hombres y unas mujeres de pueblo entraban y salían; se decían futilidades...; total, nada. Terminado el acto, se me acercó un admirador del autor.
—¿Qué le ha parecido a usted?—me preguntó.
—¡Pss! A mí, nada—le respondí, encogiéndome de hombros.
—Es un acto maravilloso de ambiente—aseguró el otro con mucho calor.
—¿De ambiente? ¿De qué ambiente?—interrogué, ya interesado.
—De ambiente de la Alcarria—respondió el otro con absoluta ingenuidad y mal reprimido entusiasmo, y añadió:—Es la realidad misma.
—¿La realidad? ¿Qué realidad?—volví a preguntar.
—La de la Alcarria—respondió el otro, asombrado de que yo no alcanzase a entenderle y mostrando la más benévola disposición por traer la luz a mi espíritu.
—Yo no he estado nunca en la Alcarria—hube de confesar, un tanto mohíno y ruboroso, temiendo que mi internuncio me echase en cara no haber ido a la Alcarria antes del estreno.
—Pues este acto es la realidad misma.
Y, sin hacerme reproche alguno, comenzó a explicarme cómo las mujeres de la Alcarria hablan exactamente como aquellas mujeres que salían a escena, y otra porción de similitudes, con extremado detalle.
—Por lo que usted cuenta, calculo que ha vivido usted mucho tiempo en la Alcarria—hube de observar, con intachable buena fe.
Mi hombre se corrió, se puso rojo hasta las uñas y murmuró:
—No, señor. No he estado nunca en la Alcarria, pero me han asegurado que el acto es una copia exacta.
Yo acudí en su ayuda:
—No tiene usted por qué sonrojarse. Usted es un hombre ingenuo que ha oído pregonar como raro primor artístico, esa fidelidad imitativo-alcarreña, y así lo repite usted. Si el acto es la realidad misma, o deja de serlo, no lo hemos de decidir por comparación con lo que ocurre en la Alcarria. La realidad artística es una realidad superior, imaginativa, de la cual participamos con las facultades más altas del espíritu, sin exigir el parangón con la realidad que haya podido servirle de modelo o inspiración; antes al contrario, rehuímos ese parangón, que anularía la emoción estética y concluiría con la obra de arte, o la reduciría a un tedioso pasatiempo. ¿Se figura usted que para gozar de la realidad artística del cuadro de Rafael, titulado Desposorio de la Virgen, por ejemplo, necesitamos conocer personalmente al Padre Eterno y a los santos y personajes que aparecen en la pintura? ¿Puede usted creer que para juzgar de la realidad artística de Velázquez nos sea imprescindible que vuelvan a la vida y se echen a pasear por el Museo del Prado, para nuestro particular beneficio, reyes, príncipes, princesas, meninas, bufones, jayanes, y tanto hombre y mujer, de toda condición, como Velázquez pintó? Y para juzgar de la realidad artística de la música, ¿qué término de comparación buscaría usted? En resolución: que si ese acto le ha dado la emoción sincera de la realidad, es real, a pesar de su parentesco alcarreño. Ahora que muchas veces se toma por realidad artística lo que no es sino aparente parecido con la realidad histórica y pasajera. De aquí las famas fugaces y las reputaciones caedizas. Pero el tiempo lo va depurando todo; las realidades simuladas se desvanecen, consumen y olvidan, y sólo perduran las realidades artísticas verdaderas, aquellas que tienen una vida propia, y no el mentido y breve reflejo de las vidas ajenas y transitorias.
No recuerdo si fueron éstas, puntualmente, mis palabras. En sustancia, sí. De todas suertes, el episodio es rigurosamente histórico.
Pienso que con esto queda patente lo que entiendo por realidad artística. Pues este don de crear un mundo imaginado y darle realidad, presumo que nadie, como no esté cegado de pasión, ha de negar que se acredita y manifiesta generosamente en la parte más extensa de la obra de los señores Alvarez Quintero. Ahora que este don está en ellos limitado a las realidades volanderas, lindas y superficiales, ora graciosas, ora melancólicas. En mi sentir, cuantas veces los señores Alvarez Quintero han pretendido asomarse al horno donde se forjan las realidades profundas y trascendentales, el vaho del fuego les ha cegado la pupila; inclináronse a tientas por ver si alcanzaban algo; salieron con ello a mostrarlo a las gentes, pensando conducir en las manos el metal más noble e incorruptible, y, ciegos aún, no podían ver que eran escorias. Esa actitud con que en diversas coyunturas han mostrado orgullosamente la escoria por oro, parecerá, según se mire, si con ánimo malicioso, ridícula, si con ánimo generoso, simpática, que, al fin y al cabo, el aspirar a lo más siempre es
loable, y los grandes empeños merecen
aprobación, alcáncense o no. (Me
he servido de la alegoría porque,
siendo lo menos claro,
en casos como éste
resulta lo más
claro.)