I
Una laringe estentórea y arcana expelió gigantescos baladros: «¡Si no abren, tiro la puerta!».
¿Será una de las trompas del Apocalipsis?, se preguntó Alberto, entre sueños. Una sacudida nerviosa le recorrió el espinazo. Despertó. Restregose con el dorso de las manos los alelados ojos. Encontrábase de rodillas en mitad de la cama, las asentaderas descansando en los talones, vestido con un viejo pijama de seda cruda que tenía un gran desgarrón en la espalda. La fiebre le transía; la expresión de su rostro era enfermiza.
Las paredes retemblaban. En la puerta de la casa oíanse tenaces porrazos, como si intentaran forzarla con un ariete.
—¡Si no abren echo abajo la puerta! —aullaron.
—¡Voy! —respondió Alberto, tan alto como pudo.
Saltó a tierra y fue a pisar sobre una copa de vidrio, hecha pedazos, hiriéndose dolorosamente en un pie, del cual comenzó a manar sangre en gran copia. Sin parar atención en el accidente, acudió presuroso a la puerta, y en abriéndola hallose frente a un hombre obeso y congestionado, víctima, por todas las trazas, de funesta iracundia. Vestía el hombre un largo blusón de dril, color garbanzo; la estulta cabeza, al aire; el cerdoso bigotillo, convulso. Al ver a Alberto, el hombre depuso un tanto la cólera.
—¿Qué deseaba usted?
—Usted dispense, señorito; no era por usted. ¿Está don Ángel de los Ríos?
—No, no está.
—Esa ya me la tenía yo tragada. Y de mí no se burla nadie —parecía que iba a enfurecerse otra vez, pero, inopinadamente, se apaciguó—. Usted dispense... Pero es que esta mañana, porque ya he venido esta mañana, sonaba la campanilla y ahora no suena. A ver si no iba a llamar a patadas.
—En suma —atajó Alberto, impaciente—, que don Ángel no está, ¿qué desea usted?
—Si usted me hace el favor..., le dice de mi parte que dondequiera que le encuentre le rompo el alma —y como Alberto no respondiera, continuó—: ¡De mí no se burla nadie! Verá usted, señorito. Yo soy oficial de zapatería. Yo no conozco, así conocer de visu, que se dice, a ese don Ángel. Pues que esta mañana me manda el principal con la cuenta de seis pares de botas y zapatos, horma americana, que no hay Cristo que le haga pagar; y que tiro del cordón de la campanilla, y me sale a abrir, en calzoncillos, un señor muy grande, moreno, de barba, y voy le dije, digo: «¿Está don Ángel, etcétera?» Y va y me dice: «No está, pero a eso de las doce estará de seguro; vuelva usted». Conque, me dirijo a la zapatería, y que le cuento al maestro la cosa tal como fue, a lo que el maestro me llama panoli y que era el propio don Ángel etcétera quien había abierto, y que si el infrascrito don Ángel era un golfo desorejao y yo un inflapavas, así, y que tal y que cual, y que cuando volviera no le encontraría en casa, como se ha verificado. Lo cual que de mí no se burla nadie, y si usted me hace el favor de decirle que le voy a romper el alma, pues, tantas gracias, señorito.
El hombre, evidentemente satisfecho de su elocuencia, bajó los ojos, como recibiendo el homenaje del público, y echó de ver entonces que la sangre encharcaba el piso.
—¡Está usted herido!
—Así parece —Alberto cerró la puerta de golpe, dando por terminada la entrevista.