II
Alberto Díaz de Guzmán había venido a Madrid con quince mil pesetas en el bolsillo, todo su caudal, y en la esperanza de que esta suma diera de sí para tres años por lo menos[2]. Consideraba tal plazo más que sobrado para crearse un buen nombre en la literatura, y a la sombra del nombre una posición segura que le permitiera casarse y vivir en una casa de campo, lejos de los hombres. Antes de que la tierra completara su revolución anual en torno del sol, se le había concluido a Alberto el dinero, sin saber cómo. Renombre, si lo tenía, era escaso, y solo entre literatos. Rendimientos, ninguno, como no fuera la misérrima remuneración de uno que otro artículo, muy de tarde en tarde. Su carácter era sedentario, soñador e indiferente; no era el suyo un espíritu pedestre, porque le faltaban los dos pies con que el espíritu sale al mundo a emprender y concluir acciones: carecía de esperanza y de ambición. Alas tampoco las tenía, porque Alberto se las había cortado. Aspiraba a la mediocridad, en el sentido clásico de moderación y medida. El mucho amor y dolor de su juventud le habían desgastado el yo.
[2] La pata de la Raposa. Novela.
Cierto día, sin un céntimo y con algunas deudas ya, Alberto encontrose en la calle con Angelón. Echaron a andar juntos. Eran paisanos y muy amigos, con esa amistad en que al afecto se junta la mutua admiración por cualidades diversas, de manera que no puede haber choque o rivalidad de conducta. Son por naturaleza estas amistades aptas para la longevidad, porque en ellas no cabe emulación ni envidia, sino un orgullo recíproco y reflejo de las cualidades que a cada cual le faltan y el otro posee, el cual se manifiesta en un a modo de continuo rendimiento de tácita admiración, atmósfera espiritual la más templada y a propósito para que dentro de ella el cariño medre y se robustezca. Tales son, en una esfera más amplia, las amistades de la inteligencia con la fuerza, el arte con el dinero, la ciencia con la religión, la filosofía con las armas. Los llamados siglos de oro de la historia humana no son sino estados sociales provocados por unas cuantas conspicuas amistades de este género.
Entre Alberto Díaz de Guzmán y Angelón Ríos existía una diferencia de edad que pasaba de veinte años. Alberto no era fuerte. Ángel, robusto, enorme; bajo su piel morena, de tierra cocida, presentíase en circulación un torrente de rica sangre jovial. Alberto era joven en años y viejo por temperamento. Angelón, aun cuando discurría por el undécimo lustro de su vida, era entusiasta como un adolescente. Aquel había perdido prematuramente el don de la risa; este no había adquirido aún el de la sonrisa. Ríos, gran aficionado por romanticismo a las artes y de mente, si inculta, muy despierta, admiraba en Alberto la sensibilidad y la virtud de discurrir con agudeza. Alberto admiraba en Angelón muchas cualidades: la alegría, que en él era como una secreción orgánica; su maravillosa constitución física, que le permitía, a los cincuenta y dos años, amar cotidianamente y aun muchas veces a una mujer, por fea y corrupta que fuese, cuando no había otra cosa a mano; su propia incultura y claro discurso, merced a los cuales, desembarazado de todo prejuicio, atinaba a dar con las más claras nociones prácticas, por ejemplo acerca de la política, en la cual militaba activamente; la absoluta ausencia de un sentido interior con que advertir diferencias entre moral e inmoral, ausencia que, por rara paradoja, le había perjudicado en su carrera, iniciada con gran éxito; y, señaladamente, su acometividad en coyunturas difíciles, su carácter de genuino hombre de acción, esto es, fundamentalmente bueno: amaba el mundo y la vida por ser el uno y la otra fértiles en obstáculos.
Aquel día, a poco de encontrarse, Alberto refirió sus apuros a Angelón. Este acudió al instante con el remedio, y sus frases eran tan optimistas que no parecía sino que había iniciado a su amigo en el secreto de transmutar los metales.
—Hoy mismo se viene usted a mi casa.
—¿Y arreglado todo? —inquirió Alberto, que conocía la escasez económica de Angelón.
—Naturalmente.
—¿Cuánto dinero tiene usted?
Angelón echó mano al bolsillo del chaleco y extrajo gran profusión de monedas, casi todas de cobre. Hizo un balance rápido y expresó la cifra resultante con alguna consternación:
—Dieciséis pesetas con noventa céntimos.
Alberto sonrió.
—¡Bah! —añadió Ríos, irguiéndose—. Mañana tendremos dinero, y si no, pasado mañana.
Ríos juzgaba tan absurdo dudar del advenimiento diario del dinero por caminos postulatorios o aleatorios, como de que el sol debe salir cada mañana a la hora en que le emplazan los almanaques de pared. Añadió:
—¿Por qué no escribe usted artículos?
—Los escribo; pero me revienta enviarlos sin que me los pidan.
—No tiene usted chicha para nada. Yo los colocaré.
Ríos acompañó a Alberto hasta el hotelucho en donde se hospedaba; requirieron un mozo de cuerda que trasladase las maletas de Guzmán al nuevo domicilio, y aquella noche durmió Alberto en casa de Angelón. Era esta un piso segundo de la calle de Fuencarral, holgado y bien ventilado. Estaba como cuando Angelón vivía en él con toda su familia, atalajado a lo burgués; pero con mejor tino y buen gusto de lo que es uso en las instalaciones domésticas de la clase media española. Había cuadros y esculturas de algún mérito: porcelanas, muebles y estofas de valor, de los cuales no había querido desprenderse el dueño ni en los trances de mayor angustia pecuniaria.
Tenía Angelón mujer, hijos casados y otros casaderos, que vivían en Pilares. La exuberante naturaleza física de Ríos y su portentosa lozanía le empujaban al comercio habitual con damas galantes. Esto no estorbaba a que venerase a su mujer y la amase con amor solícito, honesto por decirlo así. Los afectos familiares estaban muy arraigados en él, y gustaba de tratar a sus hijos como hermanos o camaradas. La mujer le pagaba con cariño casi maternal, le comprendía y por ende le sobraba indulgencia para disculpar, y en ocasiones hasta celebrar, aquellas diabluras y calaveradas de que a cada paso venían a darle sucinta y melodramática cuenta parentela y amigas, a pretexto de compadecerla. Pero como la fortuna del cabeza de familia viniera muy a menos y algunos parientes ricos hubieran contraído espontáneamente el compromiso de auxiliarla, enojados estos con los desórdenes de Angelón, impusieron una especie de divorcio discreto y privado, de tal suerte que Angelón se las bandease por su cuenta y riesgo en Madrid, desterrado del hogar, y retuvieron a la mujer y los hijos solteros en Pilares.
De tarde en tarde Ríos hacía un viaje a Pilares, y, de tapadillo, su mujer y él celebraban entrevistas, como dos adúlteros o dos novios a quienes la familia contraría los amores. Y como el piso de Madrid se lo pagaban, esta era la razón de que estuviera alojado a lo magnate.
Angelón administraba su actividad conforme a cánones inmutables. Su lucha por la existencia se desplegaba en diversas formas del arte estratégico: la defensiva, el sitio, el asalto y el botín. Las horas de la mañana eran duras horas a la defensiva, durante las cuales Angelón esquivaba, burlaba, repelía o estipulaba treguas y armisticios con los innumerables acreedores que de continuo le tenían en asedio. Vivía solo y sin servidumbre; el aseo del piso estaba a cargo de la portera. Desde las ocho y media de la mañana se situaba en la puerta de la casa la falange de los acreedores o sus emisarios, la mayor parte con malísimas intenciones, que no deseaban sino habérselas personalmente con Angelón y brumarle las costillas. La aldaba y el cordón de la campanilla no reposaban un punto. Angelón no podía dormir, y por no perder el grato reposo mañanero discurrió destornillar la aldaba y embarazar la cavidad de la campanilla con trapos y papeles. Entonces los acreedores rabiosos apezuñaban la puerta. Ríos hubo de renunciar al sueño antemeridiano. Levantábase entre siete y ocho y antes de que surgiesen las vanguardias de los acreedores ya estaba él en la calle.
A la tarde, entre comida y cena, eran las horas políticas, y su modalidad estratégica, el sitio. Sumergíase Angelón en el Congreso, y allí, de corrillo en corrillo, voceando y riendo a carcajadas, que esta era su manera natural de producirse, discutía in vacuum, como siempre se hace en aquel lugar, acerca de naderías oratorias o burocráticas, o trabajaba con intrigas y conspiraciones por la vuelta al poder de su partido, y en habiendo conquistado este el poder ponía sitio a Zancajo, el Presidente del Consejo, pidiéndole un alto cargo como justa recompensa a su lealtad política.
Después de cenar llegaba la ocasión del asalto y del botín; horas eróticas dedicadas a la caza de la mujer. Teatros, cafés, el espacio abierto y sombrío de la calle: todo era cazadero de mujeres. En osadía para mirarles de hito en hito y de manera inequívoca a los ojos, o deslizarles en la mano un papelito, si la mujer tenía trazas señoriles e iba acompañada de un caballero, o para abordarlas si por ventura iban solas, nadie aventajaba a Angelón. Nunca se retiraba a casa sin una compañera con que aderezar el lecho y la noche. Madrid nocharniego es un mercado o lonja al aire libre, en donde, aunque averiadas, las mercaderías amorosas ostentan rara abundancia para todos los gustos y bolsillos. Pero Ríos procuraba elegir de lo bueno lo mejor, porque, a la postre, no pagaba los favores recibidos. De ordinario no pagaba a sus volanderas amantes, y no por tacañería, sino porque no tenía con qué. Cuando estaba en fondos era muy liberal: conducía a su amiga, la que fuese a la sazón, a uno de esos emporios y comercios de la calle de Atocha, notables por la modicidad de los arreos indumentarios que en ellos se expenden, y allí las proveía de abrigos, faldas de barros, boas, manguitos y otras prendas suntuarias, hasta quedar arruinado para unos días. Como Angelón vestía con elegancia, su ropa era rica, y gentil su talle, así atractivo de su persona como imponente de ademán, en acercándose a una mujer cortesana por la calle esta le acogía con mal disimulado entusiasmo, presumiendo que se le presentaba un buen negocio. Luego Ríos no mentaba para nada el dinero, lo cual le parecía a la mujer felicísimo augurio de presuntas magnanimidades.
—Vamos a mi casa —ordenaba Angelón.
—Como usted guste —respondía la mujer temblando de gozo.
Ya en el piso, Angelón, como al desgaire y sin propósito, iba haciendo ver a su flamante amiga objetos de arte y muebles raros. La mujer quedaba boquiabierta. Acaso se resolvía a inquirir:
—Pero, ¿todo esto es tuyo?
Ríos contestaba que sí con la cabeza.
—Y ¿vives solo?
—Solo, a no ser que tú quieras vivir conmigo.
Y la cortesana, relamiéndose, pensaba: «Este tío es pa mí. Menuda pata he tenido.»
A la mañana siguiente Ríos murmuraba con indiferencia:
—Vístete de prisa, que yo tengo que salir —y la guiaba al cuarto de baño. Después la ponía a la puerta, no sin antes haberla citado para la noche venidera.
Ya a solas, la mujer se hacía estas consideraciones: «No me ha hablado de dinero. Pensará hacerme un buen regalo. No comprometamos la cosa con impaciencias. A este tío lo cazo yo.» Y corría desaladamente a suscitar la envidia de sus amigas y congéneres, refiriéndoles la singular fortuna que había tenido. No era raro que alguna de las de la camada, en lugar de entristecerse con el bien ajeno, rompiera a reír con sarcasmo.
—¿De qué te ríes, so fétida? Si te pica, arráscate.
—Sí, sí; pues has apañao un bibelote. Con que mu alto, y mu grande, y en la calle de Fuencarral...
—Cabalito ¿y qué?
—¿Y qué? Que has hecho la noche. El mayor miquero de Madrid y su extrarradio.
Miquero quiere decir aquel que burla a las mujeres, dejándoles de satisfacer el debido estipendio.
Si era tal el caso, la mujer no acudía a la cita de la noche. Si la mujer no tenía quién le abriera los ojos, retornaba, prometiéndose un buen regalo para el día siguiente y en la seguridad de cazar aquel tío, hasta que al cabo de ocho días Angelón se cansaba de ella y ella había perdido toda esperanza, y desaparecía entonces del horizonte visible, dándose a todos los diablos y sin haberse atrevido a recriminar a Angelón, que era imponente.
Las empresas amorosas de Ríos no eran todas de tan bajo linaje. Angelón juraba haber suscitado muchas y grandes pasiones entre damas de alta condición. «Para enamorar a las mujeres —decía él— no hay sino un tira y afloja de brutalidad y humildad, de entusiasmo y desdén, y no hay ninguna que se resista. Todo es cuestión de escuela, y mi escuela en esto, como en lo demás de la vida, no han sido los libros, sino la naturaleza. De todos los animales el más tenorio es el palomo. Las horas que yo me pasé, en mi casa de Landeño, sentado junto al palomar... El palomo tiene dos movimientos, dos únicos movimientos isócronos, perfectamente contrarios: se engrifa, se endereza, se pone tieso y muy insolente; después se humilla y arrastra por el suelo el hervoroso buche, suplicando. Y no hay más que esto: primero, hacerles ver que el hombre lo es todo, tiranizarlas; segundo, fingir que uno no es nada, someterse momentáneamente a ellas. Sin el primer movimiento, el segundo no tiene valor alguno, y el primero sin el segundo no da resultados.» En sus éxitos era elemento no despreciable su apostura viril y su rostro cetrino de árabe trasunto, y sobre todo que de la mujer no tomaba en cuenta la personalidad humana, sino el sexo tan solo; no podía tener amigas, sino amantes, y cada hembra, sucesivamente, era para él todas las hembras.