I
—¿Qué le han hecho a esa niña? ¿Por qué llora esa niña? ¡Milagritos, rica, ven acá! —rugió Travesedo, desplegando convulso la servilleta sobre los muslos. Luego se afianzó las gafas. Estaba sentado a la cabecera de una mesa redonda dispuesta para la comida, con un mantel agujereado, cubierto de manchones cárdenos, uno de ellos dilatadísimo, y de redondeles y trazos de coloraciones diferentes, como mapa geológico que atestiguase los sucesivos estadios genesíacos de la hospederil semana culinaria. En torno de la mesa, el resto de los huéspedes aguardaba el advenimiento de la sopa. Eran estos don Alberto (Alberto Díaz de Guzmán); don Alfredo, de apellido Mayer, conocido dentro de la casa por el teutón, al cual, en la historia geológica inscrita en los manteles, correspondía el período diluviano, que no había semana que no derramase el vino, y para vergüenza le colocaban delante el manchón cárdeno, testimonio de su ignominia; el señor del Alfil, a quien se le llamaba por el apellido para evitar confusiones, porque su nombre era Alberto; Macías a secas, sin añadido honorífico, no se sabe por qué, cómico a la disposición de las empresas, así como el señor del Alfil, y, por último, don Teófilo (Teófilo Pajares).
El comedor, pobremente atalajado, tenía un balcón abierto de par en par sobre un gran patio de vecindad, en cuyas paredes, recién encaladas, el sol resplandecía. Era prima tarde; un día voluptuoso de primavera. Entrábanse por el balcón ráfagas de brisa, y en ellas diluido el sol templadamente. La ropa blanca que de unos cordeles pendía de lado a lado del patio, danzaba en el aire con movimiento elástico y gracioso de apacibles banderas. Era, en suma, uno de esos días madrileños de ambiente enjuto y ardiente, demasiado puro para respirar, de suerte que provoca una grata emoción de angustia en el pecho: esos días de tan acendrada vitalidad y belleza que al huirse dejan a la zaga los más tristes crepúsculos. No había olor de flores ni sugestiones de renacimiento vegetal, que es por donde la primavera se muestra más deleitablemente; pero una criada cantaba una cancioncilla del género chico, y con ser depravada la música y la voz nada melodiosa, dijérase que acariciaban así el sentido del oído como el del olfato, y que estaban saturadas una y otra de evocaciones rústicas, de claro rumor de agua y de bosque.
Oíase también, como contraste doloroso, el llanto de un niño.
—¡Que me traigan esa niña! —volvió a aullar Travesedo, elevando los brazos.
Entró Antonia la patrona en el comedor, conduciendo de la mano y casi a rastras a una niña, como de seis años, la cual lloraba como lloran los niños, con tanta intensidad que parecía que el alma, licuefaciéndose, se le derramaba por los ojos. Así que Travesedo la tomó en brazos la niña se tranquilizó. La sentaron en una silla alta que al efecto estaba apercibida entre Travesedo y Alberto, y por más que preguntaron no consiguieron conocer la causa de la llantina. Eran todos los que vivían en aquella casa hombres mayores de treinta años, todos solteros. Trataban a Milagritos, que era feúcha y enfermiza, con una ternura casi religiosa. El único que acreditaba absoluta insensibilidad a este respecto era Macías.
—No puedo oír llorar a un niño —declaró Travesedo, pasando su mórbida mano sobre la melenilla de Milagritos, de un rubio grisáceo.
—Ni nadie —corroboró Macías, mojando una sopa en vino—. El llanto del niño y el canto del canario son las dos latas mayores del universo. Le vuelven loco a cualquiera. Comprendo a Herodes.
—¡Qué bruto! —exclamó Alfil, un hombre desmesurado, rubio maíz y de ojos incoloros, que comía con el gabán puesto.
Travesedo miró con asombro a Macías, luego a Alberto, con alacridad, y soltose a reír. A Travesedo, la estulticia y brutalidad ajenas, en lugar de indignarle le inducían a desordenados extremos de alegría.
—¿Has oído?
—Ya, ya —respondió Alberto, con gesto de lástima.
—Usted llegará muy lejos, Macías; usted será un gran hombre. Acuérdese de que yo se lo digo —afirmó Travesedo. Puso los codos sobre la mesa, y continuó con entonación disquisitoria—: Esto del llanto de los niños es una sensación puramente española.
—Claro —entró a decir el teutón—, yo en Alemania nunca he oído a los niños llorar.
—Tiene razón Alfredín —Travesedo llamaba siempre así al alemán—. A mí me ocurrió una cosa semejante; quiero decir, que el primer año que estuve en Alemania olvidé que los niños lloran. Y si vieran ustedes cuando volví a dar en ello qué malestar tan grande me entró. Venía a pasar las vacaciones a España: en tercera, y aun así y todo el dinero me llegaba ras con ras. En la frontera tomé un tren mixto; de esos trenes... en fin, un tren mixto español. Durante el día, todos los viajeros bebían como bárbaros y vociferaban como energúmenos. Al caer de la tarde el tren se había convertido en tren de mercancías, porque los hombres eran fardos, no personas. En cada estación, esas pobres estaciones castellanas en despoblado, el tren, que parecía un convoy funeral, se paraba veinte minutos. ¡Qué silencio! No era noche aún. Entre la tierra y el cielo flotaba un estrato de polvo. Veíanse tres, cuatro álamos, de raro en raro, o un hombre montado en un pollino, sobre la línea del horizonte, que producían la ilusión óptica de ser gigantescos. Luego he tenido ocasión de observar muchas veces y en diferentes órdenes de cosas el mismo fenómeno; en España un pollino visto contra luz se agiganta sobremanera. Pues, a lo que iba; en una estación, Palanquinos, nunca se me olvidará, después de una parada eterna y en medio de un silencio abrumador, oigo llorar a un niño... Vamos, renuncio a expresar lo que en aquellos momentos sentí.
—Ja, ja, ja —Macías produjo una carcajada teatral—. Eso quiere decir que en Alemania los niños no lloran.
—Por lo menos yo nunca les oí llorar, sino reír y cantar —extrajo el reloj del bolsillo, y en mirándolo se desató en grandes exclamaciones—: Pero, ¡Antonia!, ¡mujer!... Las dos y cuarto y aún no ha traído la sopa... Esto es un escándalo. Esta casa es un pandemonium.
Oyose la voz de Antonia, respondiendo:
—Cállese, condenado, que no hace más que gruñir.
Travesedo se levantó, salió, y volvió al punto trayendo él mismo la sopera. Detrás venía Antonia; su sonrisa era triste e indulgente.
—¿Dónde está Amparito? —inquirió Alfil.
—Yo qué sé; quizás en el cuarto de Lolita.
—¡Qué escándalo! Pero, mujer, ¿le parece a usted bien eso? ¿No es un abuso, una locura, y sobre todo un caso de imprudencia temeraria? —sermoneó Travesedo—. ¿Le parece a usted bien que una niña como Amparito, que ha tenido la suerte increíble de pillar un novio decente, nada menos que un ingeniero, y que está para casarse de un día a otro, frecuente la sociedad de una prostituta, de la cual no puede aprender nada bueno?
El teutón y Alfil asegundaron las amonestaciones de Travesedo.
—No me muelan el alma. Lolita es una infeliz...
—Sí que lo es —admitió Travesedo.
—Y en cuanto a Amparito, ella sabrá lo que le conviene —por acaso, Antonia echó la vista sobre la mesa y vio que el pan había desaparecido—. ¡Condenados! Pero, ¿se han comido todo el pan? Jesús, Jesús, qué ruina. Si no hay dinero que baste para darles de comer. Si no es posible: ocho francesillas... De seguro fue el señor de Alfil.
—Como ha tardado usted tanto en traer la sopa... —respondió Alfil muy ruboroso. Llevaba cinco meses en la casa y aún no había podido pagar ni un céntimo: todo el invierno sin contrata. No se despojaba del gabán porque los pantalones estaban rotos por la culera y le descubrían las carnes. Continuó—: Hablando, hablando, querida Antonia, sin que uno se dé cuenta se va engullendo el pan —y por disimular su turbación, con digno continente hacía y deshacía el nudo de la flotante chalina, azul cobalto.
—Está en lo cierto Albertón —dictaminó Travesedo, que se arrogaba dentro de la casa funciones de tribunal en última instancia. Solía poner en aumentativo o diminutivo los nombres, según la estructura física de las personas y el afecto que a ellas le unía—. En esta casa todo va manga por hombro. Miren que mantel: si quita las ganas de comer...
—¡Qué más quisiera yo! Y, sobre todo, ¿quién tiene la culpa, sino ustedes, que son unos marranos? —decía Antonia en un tono más de observación crítica que de reproche, y al mismo tiempo repartía la sopa.
—Ya le he dicho mil veces que no quiero que usted sirva. ¿Para qué está Amparito? ¡Amparito!...
«Don Eduardo...» Oyose una voz lejana, inocente y mimosa. Travesedo añadió:
—Venga usted ahora mismo, so holgazana.
—Basta, Antonia: no eche usted más sopa.
—¿Es que no le gusta a usted, don Teófilo?
—Es que no tengo gana.
—Nunca tienes ganas, y eso no puede ser. Hay que hacer un esfuerzo, querido Pajares— impuso Travesedo.
—Si no puedo, Eduardo —murmuró Teófilo, con doliente sonrisa.
En esto llegó corriendo Amparito, hija natural, como Milagritos, de Antonia, cada cual de padre diferente. Era Amparito una muchacha de dieciocho años, en extremo agraciada, aun cuando la nariz propendiese a pico de loro; apenas púber por las trazas de su desarrollo, y tan candorosa que cautivaba. Acaso su mayor encanto era la voz, una voz blanca, de terciopelo.
—¡Puaf! ¿No se le cae a usted la cara de vergüenza? Consentir que su madre lo haga todo, todo, que la pobre no sé cómo puede con tanto, y usted, en el ínterin, holgazaneando, y ¿cómo? Que no vuelva yo a saber que entra usted en el cuarto de Lolita —la reprimenda de Travesedo tenía un aire afable de contrahecha severidad paternal.
—Pero, don Eduardo..., es que ella me llamó —Amparito inclinó la cabeza ruborosa.
Todos contemplaban a Amparito con expresión de solicitud protectora, menos Macías, que solía mirarla como miran los hombres lúbricos a las doncellas ternecicas. Amparito estaba para casarse con un joven ingeniero de muy buena familia. Los huéspedes de la casa tenían puesta el alma en que tan singular fortuna no se malograse y en que aquel divino candor de la niña llegase al matrimonio sin ningún menoscabo, empresa muy delicada, si se tiene en cuenta que en la casa siempre se alojaba alguna prostituta de alto copete, de la cual Antonia obtenía los mayores subsidios y casi los únicos con que mantener su negocio, porque los otros huéspedes o no pagaban o pagaban mal y con intermitencias. Por el bien parecer no se consentía que la dama cortesana se holgase en la casa con sus eventuales amantes, y así se alojaba en calidad de señorita particular. Sobre Amparito, los huéspedes ejercían estrecha vigilancia. Así que la perdían de vista: «¿Dónde está Amparito?» Si había acaso salido: «¿Adónde ha ido? ¿Está usted loca, mujer, para dejarle salir sola?» Y un día que había dado un paseo en coche con Lolita, a la noche hubo en la casa un disgusto serio, a tal punto que Antonia se encrespó y dijo que en sus particulares asuntos nadie tenía que meterse, a lo cual Travesedo replicó determinadamente: «Cuando la madre es irresponsable, nosotros, en representación de la justicia y obrando por dictados de la conciencia, nos encargamos de la curatela de la hija.»
—¿Es que tienes a menos, niña, servir a la mesa porque te vas a casar con un señorito? Pues yo que conozco a tu novio desde que éramos así —en efecto, habían sido compañeros en el instituto—, y que le conozco bien, te digo que lo que él prefiere es que seas mujer de tu casa, sencilla y trabajadora. Y a propósito, ¿has tenido carta de él?
—Sí, señor.
—¿Cuándo viene?
—Dice que está ahora muy ocupado; pero para la semana entrante vendrá uno o dos días.
—Dime, Amparito, ¿cómo está hoy el San Antonio de Lolita? —preguntó Alfil, ingurgitando la última cucharada de sopa.
—Cabeza abajo, en la rinconera.
—¡Vaya por Dios! —exclamó consternado Travesedo—. Hoy andaremos escasos de principio y de postre.
Lolita era una mujer muy piadosa. No se sabe por dónde, había dado en la creencia de que San Antonio de Padua es el patrono de las rameras. En opinión de Lolita, aquel santo no suplía en el cielo a otro menester que el de velar por las prostitutas y favorecer a aquellas que fuesen sus devotas, otorgándoles gran número de amantes, y estos buenos pagadores. Por propiciarse y atraerse la protección de este simpático santo, Lolita tenía en una rinconera una imagen de él, en cartón piedra, con un niño Jesús de quita y pon, que encajaba en el brazo del bienaventurado por medio de una espiga metálica a manera de punta de París, la cual entraba dentro del traserito del divino infante. Delante de la imagen había unas flores rojas de trapo. Si acontecía que un día no se presentaba ningún amante, Lolita se enojaba con San Antonio, y en lugar de rezarle y besarle como tenía por costumbre, en actitud ofendida se acercaba a él y le quitaba las flores, murmurando: «Para que aprendas.» Si sobre el primero sucedíase el segundo día de vacío, el enojo de Lolita crecía de punto, y entonces arrebataba el niño Jesús de los brazos del Santo: «te has meresío esto y mucho má, porque ere un sinvergüensa», decía, mientras verificaba el despojo. Al tercer día de privaciones amorosas ponía al santo cabeza abajo en la misma rinconera. Al cuarto, lo trasladaba a un rincón de la alcoba, cabeza abajo siempre. Al quinto, lo golpeaba, lo llamaba cabronaso y otras palabras malsonantes, y lo metía en el cubo del lavabo. Cuando Lolita llegaba a tan sacrílegos extremos, el resto de los huéspedes, sin duda por contener la cólera divina y desagraviar a San Antonio, solía incurrir en ásperas abstinencias.
Presentose Lolita en el comedor con una bata sucia y la pelambrera aborrascada en hopos y greñas. Traía en la mano un paquete de barajas. Era una cuitada, muy afectuosa y no menos fea, de una simplicidad y falta de seso increíbles. Llamaba a todos de don, si bien todos la tuteaban. Tenía la piel de un moreno terroso y ajado, la boca risible por lo pequeña, los ojos negros y lindos, la nariz como el mango de un formón. Saludó a todos con mucha efusión y comenzó a quejarse de su mala pata. La culpa la tenía un jorobado que había visto en la Elipa hacía cuatro noches. Sin preocuparse por la comida, comenzó a echar las cartas.
—Corte usté, don Alfredo.
—¡Uf!, supersticiones, me dan susto —respondió el teutón, sacudiendo la mano en el aire.
—Yo cortaré, Lolita, ¿sirvo yo? —intervino Macías.
—Tres montonsitos, así. A ve —colocó sobre la mesa la sota de bastos.
—Zorras a principio de cazadero mal agüero —sentenció Alfil que andaba rebañando el pan de los demás, a favor del interés que tenían puesto en las manipulaciones de Lolita.
Lolita había torcido el morro al ver la sota de bastos.
—¡Jesú, Jesú! Si e la mala pata. Esta sota quié desí mujé o viuda morena, ardiente, imperiosa, poniendo trabas a todo —y sacó ahora el siete de espadas. Tan pronto como lo vio, se llevó las manos a las greñas, aborrascándolas más de lo que estaban.
—Algo gordo —habló Alberto.
—¿Gordo? ¡Uy!, no lo sabe usté bien. Este siete quié desir preñés. Vamos, que no pué sé y que no pué sé.
Esta vez salió el caballo de espadas. Lolita arrojó colérica las cartas y comenzó a lloriquear.
—¡Ea, Lolita!, no hagas caso de esas tonterías —aconsejó Travesedo.
—¡Ay, don Eduardo de mi arma! ¡Ay, si usté supiera!...
—¿Qué es, criatura?
—Joven de malas costumbres, mal sujeto, traidó; ataque a la vuerta de una esquina.
—¿Todo eso decía aquella carta?
—Toíto eso y mucho más. Es er jorobao, es er jorobao que me anda persiguiendo. Yo no sargo hoy de casa, no sargo hoy de casa.
—¿Por qué, inocente? No seas imbécil —dijo Alfil, que era el de mejor apetito de todos.
—¿Cómo quié usté que sarga hoy a la caye? Pero, ¿no ha visto usté, como la lu, que las cartas me han salío ataque a la vuerta de una esquina y sujeto traidó?
—No seas niña, ¿qué saben las cartas? De seguro hoy tienes mucha suerte, con el día que hace, que convida al amor —añadió Alfil.
—Que no sargo, señor Alfil, que no sargo a que me asesinen.
—¡Qué ignorancia! —exclamó Alfil, enarcando las cejas.
Amparito presentó a Lolita un plato de sopa.
—No quiero sopa. Oiga usté, Antonia, no voy a comé na má que una fransesiya con manteca. Me la pone usté al horno y que esté bien rehogá.
—¿Una francesilla? —habló Antonia, con sonrisa triste y cansada—. Como no se la saquemos al señor Alfil del papo...
—Pero, ¿es que no hay pan?
—A ver —añadió Antonia—. ¿Cuántos días hace que usted no paga?
Lolita pagaba al día por varias razones: primero, porque era tan de mano abierta que el dinero se le iba sin saber cómo y era imposible hacerle pagar grandes cantidades de una vez; segundo, porque su aparato intelectual era refractario a las operaciones aritméticas y no sabía contar sino por los dedos de una sola mano, de suerte que cuando las cuentas subían no había modo de hacérselas entender, y ella presumía que se aprovechaban de su ignorancia cobrándole más de lo justo. Con la planchadora tenía siempre grandes altercados y disputas. Se había olvidado de los años que tenía, aun cuando guiándose por la fecha más importante en su vida (la pérdida de la doncellez), que había acaecido a los quince, calculaba ella que su edad se aproximaba a los diecinueve, si bien lo probable era que andaba lindando por los treinta. Dada esta incapacidad nativa para las matemáticas, pagaba cada día dos duros a Antonia, y cuentas claras, con los cuales la patrona, con esa virtud evangélica de las patronas españolas que para sí quisieran los ministros de Hacienda, hacía milagrosas multiplicaciones en el mercado.
—Vamos, no seas remilgada y come lo que haya.
Lolita, que era muy dócil y bondadosa, se resignó. En este punto Travesedo inició un tema de conversación a que era muy aficionado: cuestiones financieras. El talento que Dios había negado a Lolita se lo había concedido en gran medida a Travesedo. Hacía de memoria los más intrincados cálculos. Su cabeza era un archivo de vastos y miríficos proyectos económicos. Tenía proyectos para todo: un presupuesto del Estado, un banco hipotecario, un ferrocarril eléctrico en el puerto de los Pinares, casas para obreros, colonización económica en el norte de África. Había escrito sinnúmero de memorias, perfectamente concienzudas, en donde se demostraba la suma de beneficios sociales que los proyectos acarrearían, y el lucro pingüe que el capital en ellos invertido había de obtener necesariamente. Lo curioso es que tales proyectos eran, por lo general, muy razonables y serios; pero el autor no conseguía que nadie les prestase atención. Por lo cual tenía que dedicarse a negocios sucedáneos y mezquinos que le fracasaban siempre, como aquel del circo, iniciado bajo excelentes auspicios y apuntillado por orden de la autoridad la misma noche de ponerse en marcha.
A los postres se presentó Verónica. Era visitante asidua de la casa y todos la veían con buenos ojos. A partir de aquella noche de su gran éxito había abandonado la carrera azarosa del vicio mercenario para hacer vida humilde y honesta. La habían contratado en un teatro de variedades, con diez duros por noche, y era la bailarina predilecta del público. Con su sueldo ayudaba a vivir a la familia y ahorraba para lo porvenir. Había conseguido que contratasen a su hermana Pilarcita, la cual era por entonces de conducta tan relajada como Verónica lo había sido en otro tiempo. Toda la existencia de Verónica se reducía a ir de su casa al teatro, del teatro a casa, y algunas veces a casa de Antonia a pasar la tarde. Deseaba irse a vivir con la Antonia, pero nunca se atrevió a manifestarlo. Nadie se explicaba este cambio de Verónica, y menos que nadie Angelón, quien dio en la manía de enamoricarse de Verónica cuando esta dio en la manía de ser honrada. La perseguía de continuo, intentaba conmoverla con escenas dramáticas y de desesperación, y, en suma, le hacía pasar muy malos ratos, porque la mujer le tenía lástima. A pesar del entusiasmo del público por ella, que aumentaba con los días, y de la popularidad que había adquirido, Verónica conservaba su muchachil sencillez.
—El público está mochales —acostumbraba decir—. Porque, vamos, que me digan a mí que si bailo así y asao, como los gipcios y las bañaderas... Si yo no he sabido nunca bailar... Bailo lo que me sale, y acabao.
Algunos artistas, literatos y pintores habían pretendido cultivar su amistad; pero se habían cansado pronto, porque, como ellos decían: «Baila como un ángel; pero es una mala bestia y no se puede hablar de nada con ella».
Existían vehementes indicios de que Travesedo gustaba mucho de Verónica. La muchacha, que lo había echado de ver, trataba al hombre de las barbas lóbregas con un bien mesurado compás de afecto, equidistante del amor y del desdén.
—Siéntate aquí, neñina —habló Travesedo con ojos bailarines, poniéndose en pie y ofreciendo una silla a Verónica—. Nunca vienes por aquí.
—Anda, pues si he estao na más que dos veces en esta semana.
—Sería cuando no estábamos nosotros en casa.
—Sería. Y ustedes tampoco van nunca por el teatro.
—Neñina, desde aquella fementida noche del circo no puedo entrar en un teatro. Me da una cosa aquí, ¿sabes?, como si me revolviesen las tripas con un garabato.
—¿Trabaja usted mucho, don Teófilo?
—Sí. ¿Por qué lo dices?
—Porque tiene usted mala cara.
—Pues no suelo trabajar con la cara —dijo Teófilo secamente.
—Usté perdone si le he molestao —suplicó Verónica, con humildad.
—Cuánto siento, neñina, no poder quedarme contigo. Pero precisamente a las tres y media tengo una cita, y ya son las tres; de manera que perdóname y adiós.
—Adiós, señor Travesedo.
—Cada día estás más guapa. ¿No tienes novio aún, neñina?
—Novio... ¡Bah! A mí quién me va a querer.
—Cualquiera que no sea idiota.
Travesedo, Alberto y Teófilo salieron juntos. En las mismas escaleras Travesedo reanudó su palique económico.
—Voy a ver si convenzo a Jovino —decía—, y eso que después de lo del circo y el otro negocio de los mármoles está muy reacio en acceder. No es que él dude de la bondad de mi proyecto; es que yo, como sabes, soy muy pesimista, y con razón, y él se ha contagiado ya de mi pesimismo. Pero este negocio de ahora es de los que no tienen riesgo ninguno. Comenzará a producir así que se implante. Cierto que se necesitan cinco millones de pesetas, por lo menos, para empezar; pero figúrate si entre Jovino y sus amigos no pueden reunir el capital en media hora... Ahora bien, préstame atención.
Y Travesedo comenzó a exponer el negocio: un negocio en grande. Tratábase de la explotación de unas minas de cobre en Asturias, cuya opción por un año para la venta le habían dado los dueños de las minas a Travesedo. Este exponía por lo menudo los datos; cubicación de las minas, gastos de explotación por toneladas, gastos de acarreo por tonelada y kilómetro, fletes, precio del cobre en todos los mercados del mundo y así sucesivamente. Habían llegado a la puerta de un estanquillo. Travesedo se detuvo y continuó hablando:
—¿Te has fijado bien en los números? Resulta, por lo tanto, una ganancia anual segura de dos millones de pesetas; es decir, que el capital rendirá un cuarenta por ciento de utilidades. Como yo tengo la opción, he de ganarme en la venta de las minas por poco doscientas mil pesetas. Ahora, mis proposiciones son: un veinticinco por ciento de las utilidades y la dirección de las minas. ¿Qué te parece? —hizo una transición—. Cómprame un cigarro de quince céntimos que no tengo dinero. ¡Ah! Y un timbre móvil de diez.
Cuando Alberto salió con el cigarro y el sello, Travesedo prosiguió:
—Si hacemos el negocio te vienes conmigo a las minas. Ya verás qué bien nos arreglamos allí. Aquello es precioso y nadie te molestará para escribir tus libros. También tú, Pajares, si quieres, puedes venir con nosotros. Ya verás cómo por aquellas montañas la inspiración acude sin que se la llame. Vosotros, ¿adónde vais?
—¿Adónde vas, Teófilo? Yo al Ateneo.
—¿Con esta tarde? —exclamó asombrado Travesedo.
—Cierto, ¡qué tarde! Da gusto vivir. Días como el de hoy no se ven sino en Madrid. Hoy se comprende que la holganza es la única ocupación digna del hombre, y que la pereza, según dijo Pascal, es algo que nos hace recordar que somos dioses venidos a menos. Sin embargo, voy al Ateneo a oír la conferencia de Mazorral.
—Ya no me acordaba. Yo también iré. Tengo mucho interés en oírle. ¿Qué tal habla? —indagó Travesedo.
—No sé.
—De seguro no lo hará tan bien como Tejero. ¿Te acuerdas de aquel mitin? ¡Qué presencia, qué aplomo, qué fuerza! Me parece que le estoy viendo junto a las candilejas, al sesgo y adelantando el hombro izquierdo hacia el público. Parecía un hondero y cada sentencia una pedrada. Ya ves si iban bien dirigidas que derribó a don Sabas Sicilia del ministerio... ¿A qué hora es la conferencia?
—A las cuatro.
—Pues iré. Y eso que desconfío de Mazorral. Es tan pedante...
Travesedo se despidió de Teófilo y Alberto.