II
—¿Quieres que vayamos a dar una vuelta por el Prado, al sol, antes de meternos en esa catacumba del Ateneo? —rogó Teófilo.
—Sí, hombre. Hoy se apetece derretirse en el sol, no pensar, volatilizarse, ser una cosa gaseosa y tibia...
—No pensar... derretirse... Hoy y siempre.
—¿Te vas a poner trágico?
—Yo, ¿para qué? —Teófilo hizo una mueca grotesco-trágica que movió a risa a su compañero—. Sí, hombre, ríete. No sé si compadecerte o envidiarte; no comprendes nada del sentimiento.
—¿Quién te lo ha dicho? Pudiera ser que lo comprendiese, y algunas cosas más. Por ejemplo: entre bastidores los efectismos teatrales quedan destruidos.
—¡Bah!, resulta que yo estoy haciendo el papel del hombre cansado de la vida.
—No es eso; aparte de que hay actores que entran en situación con toda su alma y lloran de veras, pero el público se ríe de ellos, porque les falta la expresión emotiva.
—Y a mí me falta, ¿eh? ¿Qué le voy a hacer yo?
—Tampoco es eso. Lo que yo te quería decir al hablarte de que entre bastidores se matan los efectismos teatrales es que todos los sentimientos, por tristes que sean, llevan en sí su medicina.
—Caramba, qué expeditivo estás. A ver.
—Todo consiste en meterse entre los bastidores de uno mismo, introspeccionarse, convertirse de actor en espectador y mirar del revés la liviandad y burda estofa de todos esos bastidores, bambalinas y tramoya del sentimiento humano.
—Eso es, y aun suponiendo que uno pueda desdoblarse en dos partes tan fácilmente como tú dices, el ver con la una la liviandad y burda estofa de la otra es un espectáculo consolador, ¿verdad?
—A la larga sí.
—¿Qué llamas tú a la larga? Porque yo ya va para seis meses que intento una cosa semejante, y como si no. Lo que ocurre es que cuando la gangrena está dentro no hay morfina que valga. Si fuera tan fácil inyectar filosofía como cacodilato de sosa... Pensarás que me hago el interesante, pero es que tú no sabes... —Teófilo creía mantener el secreto de sus congojas; pero eran varios los que conocían su origen, entre ellos Alberto.
Continuaron paseando en silencio. Alberto introdujo las manos en los bolsillos de la chaqueta y se encontró con un papel que resultó ser una carta cerrada. Había recibido tantas cartas tristes en su vida, que cada nuevo sobre que a sus manos llegaba le infundía terror. Solía guardar las cartas sin abrirlas, y después de algún tiempo las leía o las quemaba, según el humor. Contempló esta carta, rugosa y sucia ya; era letra conocida, pero no podía decir de quién. Estuvo dándole vueltas entre las manos, dudando si leerla o arrojarla por una boca de alcantarilla. Por fin la abrió.
—Hombre, de Bériz.
—¿El qué?
—Esta carta.
—¿Qué es de él?
—No sé aún. Ahora veremos —leyó—: «Querido Guzmán: Dirá usted y los amigachos de Madrid (no es que le llame amigacho. Ya sabe que siempre le he tenido gran afecto y consideración) ¿qué será de aquel sinvergüencilla de Bériz? Y la verdad es que yo fui un sinvergüencilla en vísperas de pasar a mayores, como ahora comprendo que se hubiera verificado si me quedo en Madrid. Pero ¿se acuerda usted de una célebre noche en el circo, ¡qué nochecita aquella, ché!, y lo que usted me dijo: «vete a tu pueblo, Arsenio, vete a tu pueblo», ni más ni menos que como Hamlet aconsejaba a Ofelia que se fuese a un convento? Y ahora caigo en la cuenta que nos tratábamos de tú. En Madrid se pierden las distancias: todos somos unos... unos golfos, y no lo digo por usted, o por ti, que ya no me acordaba. Luego, cuando uno se aparta de ese guirigay, vuelven a establecerse las jerarquías. A lo mío. Aquel consejo me estaba siempre sonando dentro de la cabeza, y un buen día (esto es un galicismo, ché; pero ¿qué importa?) me dije: si no es hoy no es nunca. Y sin decir oste ni moste lié las maletas, y Arsenio volvió a su pueblo a casarse con su novia; pero, sobre todo... a hacer gran arte. ¡Una tontería de quimeras y ambiciones! Pero a medida que el eco de Madrid se iba apagando dentro de mí, y aquellas famosas jerarquías restableciéndose, me empezó a nacer el sentido común. ¿Gran arte yo? Vaya, que no es por ahí. Comprendí que son contados los que pueden permitirse ese lujo, y que Dios no me llamaba por ese camino, sino por el del honesto matrimonio burgués, y venga hacer hijos y más hijos, sanos, robustos y alborotadores como yo, y como yo un poquitín, nada más que un poquitín, sinvergüencillas. Pues nada, que la semana que viene me caso, así, a los veintidós años, y el mes que viene me tendrás despachando abanicos para enviar con viento fresco al mundo entero. No te doy parte de mi boda con la perspectiva de un regalo. No lo admitiría, aparte de que ya sé que la literatura se parece a los abanicos en que da aire, pero se diferencia en que no da dinero además. Iré de viaje de novios a Francia, pero embarcado. No paso por Madrid así me aspen. Soy feliz y espero que te alegrarás de saberlo. Si tienes un minuto libre y quieres enviarme un epitalamio, y mejor, si quieres escribirme una carta, te lo agradeceré. ¿Cómo van tus cosas? ¿Y aquella Pilarcita? No sé si te dije que cayó antes de mi huida, y la verdad es que estaba bien, diantre. Un abrazo, Arsenio.»
—¡Qué suerte de muchacho! Si yo hubiera hecho lo mismo, no hace más que seis meses, cierto día que recibí una carta de mi madre... —murmuró Teófilo, y su voz era un hacinamiento de sombras.
—Tu caso no es el mismo. Tú tienes ya un nombre y, por lo tanto, un deber adscrito a ese nombre.
—Sin embargo, recuerdo que también a mí me aconsejaste en una ocasión...
—Cierto, porque creí que lo que te apuraba era la situación económica. Pero ahora... tienes ese destinillo que te dio don Sabas en su testamento ministerial; la Roldán te va a estrenar un drama y será un éxito.
—Pero tú dices que es muy malo.
—Por eso será gran éxito.
—Entonces, ¿cuál es mi deber?
—Hacerlos buenos.
—¿Y si entonces no gustan y me muero de hambre?
—No importa.
—Tienes razón. Nada hay que importe, nada hay que importe.
Paseaban a lo largo del Botánico, acercándose a una de sus fuentes. Teófilo sintió, captándole las potencias, la reviviscencia del pasado, como si aún gravitase sobre su costado la dulce pesadumbre de Rosina en aquella mañana de otoño, cuando se habían detenido ante la alborozada hoguera cuyo canto se abrazaba al runrún del agua, y él había dicho: «Lo más hermoso del mundo es la mujer, porque participa de la naturaleza del agua y de la del fuego.» La abundancia de emoción le forzó ahora a hablar.
—¿Querrás creer que desde que el ciego se marchó a Asturias me falta algo? Estos últimos veinte días me han parecido veinte siglos. Los ratos que con él pasaba todas las tardes eran para mí divinos. Yo que no he visto nunca el mar lo he sentido al través de las palabras de aquel hombre. Mi drama a él se lo debo. Yo había imaginado siempre el mar como algo monstruoso y rugiente. Pero el ciego me hizo sentir el encanto del mar, que es de naturaleza femenina, captante, fascinadora, suave, suave... Los enamorados del mar parecen enamorados de una mujer, y parece que todos los que han vivido cerca del mar se enamoran. Es una mujer y una mala mujer. El ciego decía: «Yo siempre tuve miedo al mar, mucho miedo; pero no puedo vivir sin él. Vivo aquí porque estoy ciego, y ya, para el caso, lo mismo da estar en una parte que en otra, porque lo llevo dentro de mí.» A veces, cuando habían regado las calles asfaltadas, el ciego decía: «Huele un poquiñín a mar». Él decía un poquiñín. Y cuando pasábamos cerca de una de esas señoras elegantes que llevan un perfume sin perfume, una cosa que huele a mañana, ¿me entiendes?, entonces el ciego decía: «Huele a mar.» ¡Cosa más rara! Yo creía, o me figuraba, que el ruido del mar era un ruido enorme, y así, un día, estando en los andenes del paseo de coches, le dije: «¿Es este el ruido del mar?» Él se enfadó y contestó: «El mar no hace ruido, el mar tiene voz. Este es un ruido que se coge con las manos.» Y en cierta ocasión, estando sentados en Recoletos, pasó junto a nosotros un niño que arrastraba sobre la arena, a golpes, un cajoncito de madera. Dijo el ciego: «Esa es la voz del mar. Son las últimas olas pequeñinas de la playa.» Yo no caía al principio en la cuenta, porque apenas si se oía el ruido del cajoncito. Y como yo me asombrase, el ciego añadió: «Siempre es esto, pero en grande.»
Hubo una pausa.
—¿Qué sabes de Rosina? —preguntó Alberto sin subrayar las palabras.
—Pss. Lo que todo el mundo sabe. Lo que dicen los periódicos. Que es una estrella de los music-halls y que hace furor en París —respondió Teófilo, afectando excesiva indiferencia.
—Eso ya lo sabía yo. El padre, ¿no te decía más?
—Lo que te he contado. Al principio don Sabas, a pesar de la fama de avaro que tiene, mantenía al ciego y lo mantenía bien. Luego la hija comenzó a mandarle dinero. A lo último le ordenó que se fuera a Asturias, adonde llevarían también a la pequeña Rosa Fernanda.
—Y Rosina, ¿no te ha escrito nunca?
—¡Escribirme!... —exclamó Teófilo con amargura. Recobrose en seguida y añadió—. ¿A qué santo me iba a escribir? He hablado con ella media docena de palabras en toda mi vida.
—¿Y aquel otro amigacho tuyo? ¿No se llamaba Santonja?
—Hace días que no le veo. Me entristecía demasiado. ¡Pobre Santonja! También a ese le debo el haber comprendido hondamente algunas cosas; por ejemplo, que en la vida lo de más monta es ser sano, fuerte, robusto. Me parece haberte dicho que Santonja está desviado de la espina dorsal; es un ser monstruoso e infeliz. Si a esto añades que siente por la vida y por el amor de las mujeres un verdadero frenesí, como por cosas que le están vedadas, te darás cuenta de sus sufrimientos. Con todo, es un hombre extraordinariamente dulce y bondadoso. Yo me explico muchas veces que la mayoría de los españoles maldigan de sus padres. De pequeños nos enseñan la doctrina y a temer a Dios, y a este pobre cuerpo mortal, a este guiñapo mortal, que lo parta un rayo. A los veinticinco años somos viejos y la menor contrariedad nos aniquila. Somos hombres sin niñez y sin juventud, espectros de hombres. ¿No has observado cuando hay un gran público de españoles la extrema delgadez de la mayoría? Se dirá que es porque comemos poco y mal. En parte es verdad, pero sobre todo es porque no se han cuidado de hacernos hombres cuando éramos niños.
—Ya es cosa vieja. La delgadez es el ideal estético de la belleza masculina en España. Recuerdo que la Lozana andaluza no encuentra mejor cosa que decir en elogio de un mancebo sino «¡qué pierna tan seca y enxuta!»
—Nuestros padres nos han condenado desde niños a ser desgraciados. Y no hablemos de los que nacen contrahechos, como ese Santonja. ¿Hay derecho a dejar vivir a un ser que nace deforme? No, no y no. ¿No hubo un filósofo griego que aconsejaba matar a las criaturas enfermizas o monstruosas?
—Sí, Platón.
—Dirán que era un bárbaro. Los bárbaros son los que permiten que vivan.
Caminaron en silencio. Acercábanse al Ateneo.
—Es curioso —observó Teófilo, como hablando consigo mismo—. Me he pasado unos cuantos años con la pretensión de ser un gran poeta y consagrado exclusivamente a la poesía, y en todo ese tiempo produje, sobre poco más o menos, dos docenas de versos al año. Descubro un día que el arte es un engaño ridículo, que es una cosa inútil y hueca, como lo son todas las cosas en la vida, y en seis meses mal contados produzco más que en los varios años anteriores y mejor, aunque tú digas lo contrario.
—No digo yo tal.
—Porque, en efecto, Alberto, ¿para qué molestarse por nada? Todo es inútil, todo es inútil.
Subían las escaleras del Ateneo. Cierta expresión del rostro de Teófilo, que en otro tiempo era circunstancial, se había constituído en habitual desde hacía seis meses. Era un gesto pueril y simpático, y podía traducirse así: «Yo os perdono que seáis como sois. Perdonadme que sea como soy, porque la verdad es que yo no tengo la culpa.»