III
No es menor la disensión de los filósofos en las escuelas que de las ondas en el mar.
La Celestina.
Pasando del aire azul y asoleado a los lóbregos pasillos del Ateneo, esclarecidos en pleno día con luz artificial, Teófilo no pudo por menos de exclamar:
—Da grima sumirse en este antro, con un sol como el que hoy hace. ¡Qué indecente oscuridad!
Acercóseles Luis Muro a tiempo para oír la exclamación.
—Señor —acudió Muro en seguida—, que estamos en el país de los viceversas. ¿No es el Ateneo el foco más radiante de la intelectualidad española? Pues, según nuestra lógica, ha de estar a oscuras o iluminado con luz artificial. En último término, ¿qué importa todo? La cuestión es pasar el rato. Toros, política y mujeres, esta es nuestra santísima trinidad. Ahora que parece que para los toros se requiere virilidad, para la política entusiasmo y para el amor el incentivo de la juventud, y aquí viene nuestra afición a lo paradójico, los toreros son estetas, los políticos, viejos chochos, y las prostitutas, viceversa de los políticos, como dijo Cánovas. Pero en último término, la cuestión es pasar el rato —hablaba en un tono sarcástico, de agrura y desesperanza.
Muro era afamado por sus versos satíricos, versos nerviosos y garbosos, de picante venustidad en la forma y austero contenido ideal, como maja del Avapiés que estuviera encinta de un hidalgo manchego. Muro había nacido en el propio Madrid y su traza corporal lo declaraba paladinamente. Aun cuando propendía a inclinar el torso hacia adelante, había en las líneas maestras de su cuerpo, y lo mismo en las de su arte, esa aspiración a ponerse de vez en cuando en jarras que se observa en las figuras de Goya; esto es, la aptitud para la braveza. Hablaba con quevedesca fluencia y dicacidad y componía retruécanos sin cuento. Su charla y sus versos eran de ordinario tonificantes, como una ducha. Comenzaron a pasear a lo largo del pasillo de retratos, Muro, Teófilo y Alberto. Llevaba Muro la conversación, haciendo chascar de continuo ese látigo simbólico que se supone siempre en manos de la sátira, falaz instrumento que suena a beso y levanta ronchas. El pasillo estaba colmado de un ir y venir de gente bien trajeada, de aspecto indulgente y fatuo, por donde se entendía que eran políticos profesionales. Poblaba el aire ese vasto moscardoneo compacto, cuya correspondencia dentro de las sensaciones visuales es el gris cenizoso; rumor mantenido maravillosamente en el mismo tono siempre; ruido sordo, impersonal y yerto, no nacido de las diferentes pasiones e ideas individuales, antes movido por una causa exterior a manera de viento entre abedules. Este es el rumor específico de los pasillos del Congreso. Quien una vez lo haya oído y comparado con el rumor que anima un gran concurso humano, en un mitin o en un espectáculo público, por ejemplo, habrá echado de ver que es este un murmurio orgánico, caliente, en tanto aquel es simplemente un ruido.
Afluían por momentos nuevas gentes a oír la palabra de Raniero Mazorral, entre ellas Travesedo, que buscó con la mirada a Alberto, y en cuanto dio con él le llamó aparte.
—No me digas nada —se adelantó a decir Guzmán, observando la satisfacción que Travesedo traía pintada en el semblante—, el negocio va a las mil maravillas.
—Eres un lince, Bertuco. ¡Oh, la inteligencia! Con la inteligencia se va a todas partes y no hay cosa que se esconda ante su mirada sagaz. Tú, que eres inteligente, de primeras has adivinado que el negocio va a las mil maravillas; pero ocurre que te has equivocado de medio a medio. No hay negocio.
—¿Y eso?
—Jovino me ha dicho en seco y para siempre que no puede ayudarme ni quiere buscar quien me ayude a explotar las minas. De manera, que punto en boca.
—¿Y por eso venías tan contento?
—Por eso, ya ves. Precisamente cuando os dejé iba yo pensando a este tenor: «Supongamos que encuentro de repente el capital que necesito. Mañana mismo he de ponerme en camino para las minas, y venga trabajar y más trabajar, ¿para qué? Para ganar dinero. Dinero, ¿para qué? Luego, aquel clima del Norte: lluvias, orvallos, nieblas... Y aquí, este sol...» Cuando me acerqué a Jovino iba temblando, sí, temblando; pero de miedo que él me dijese que todo se iba a arreglar. Se frustró todo, pues, ¡viva la Pepa! He tenido una de las mayores alegrías de mi vida. Además, chico, las responsabilidades consiguientes al manejo de tan gran capital ajeno... Hubiera sido terrible. Pero, sobre todo, ¿me quieres decir qué utilidad tienen los esfuerzos del hombre? ¿Podemos hacer salir el sol cuando está nublado? ¿Podemos prolongar la juventud? ¿Podemos dar largas a la muerte como se las damos al sastre o al zapatero? Pues entonces...
—Entonces, ¿a qué vienes a oír una conferencia política?
—Porque padezco de esa enfermedad hedionda del pensar, porque aun cuando me esfuerce en conseguirlo no puedo dejar de ser una persona inteligente. El borracho sabe que la bebida le mata y bebe. Ea, adentro, a pasar este mal trago.
Sonaba el último repique del timbre llamando a la conferencia. Los que aún estaban en los pasillos se precipitaban a entrar, apurando la colilla del cigarro o del cigarrillo, que dejaban a la puerta, como los árabes sus babuchas antes de penetrar en la mezquita. Ya dentro observábase la singular fecundidad de arbitrios que muchos caballeros desarrollaban por colocar el sombrero de copa de manera que no sufriera deterioro o menoscabo en su lustre, y en resolviendo tan peliagudo problema adoptaban una postura estudiada, de acuerdo con la consideración social que imaginaban gozar. Casi todas las posturas afectadas se reducían a una: la del que, juzgándose a sí propio hombre célebre, se considera objeto de la curiosidad universal por dondequiera que vaya, y procura hacer ver que su modestia padece con tan asiduos homenajes. Esta era la actitud de los personajes políticos, ministros, ex ministros y presuntos ministros, que de ellos había gran copia en el salón. Parecían los tales, a juzgar por el gesto que ponían, mujeres púdicas a quienes con violencia desnudasen en público. Los toreros y las prostitutas saben llevar el halo de la popularidad con más decoro y mejor aire que los políticos.
Había gran curiosidad por oír a Raniero Mazorral. Era este un periodista, con puntas y collares de pensador, que había pasado varios años en el extranjero, esbozando desde allí diversos diagnósticos acerca de España y sus dolencias. Volvía ahora a la metrópoli, a lo que se presumía, con el remedio de aquellas dolencias.
La mesa presidencial estaba vacía. Detrás de ella, en el fondo de una gran hornacina roja rematada en un dosel, había una puertecilla que se abrió y cerró en un abrir y cerrar de ojos; pero cuando se cerró ya había dejado fuera un hombre. Fue una aparición un tanto milagrosa y un tanto cómica, como la de esos muñecos de sorpresa que saltan fuera de una caja al abrirse la tapa. Aquel muñeco humano era Raniero Mazorral. Fue saludado con grandes aplausos, a los cuales respondió él inclinándose con mucha dignidad. Era un hombre corpulento, bien construido, guapo. Vestía con sobria elegancia britana y estaba un poco pálido. Sentose detrás de la mesa, tomó una cuartilla en la mano y comenzó a leer con voz temblorosa, virilmente bella. El encanto de aquella voz se apoderó muy presto del público. Era una voz de altura, cilíndrica y melodiosa, como el agua que cae de una gárgola. Mazorral decía que España no había entrado aún en la comunidad de las naciones civilizadas; que civilización era sinónimo de cultura, de objetividad científica, y tanto valía decir cultura y ciencia como Europa, por donde si España pretendía salvarse debía incorporarse a la cultura, europeizarse, y para lograrlo, Mazorral aconsejaba, con amplios ademanes apostólicos, dos virtudes: bondad y trabajo. «¡Sed buenos, trabajad!» Clamaba con voz estrangulada y angustiosa. Sus ojos tenían la facultad de extraviarse a capricho, de suerte que la pupila, gris azulada, parecía diluirse por la córnea, como los ojos de un vidente en el trance. Fervorosos aplausos interrumpían la lectura con frecuencia. Las ideas no eran nuevas para el público; las mismas quejas de Raniero Mazorral, aunque con diferentes palabras, habían sonado en oídos españoles desde hacía siglos; los remedios que el orador ofrecía eran vagos y de dudosa eficacia. Todo ello era una canción vieja, y, sin embargo, dijérase que se oía por vez primera, y es porque por vez primera se había infiltrado en la canción vieja lo patético de ciertas modulaciones que le daban emoción estética.
De esta suerte discurría Guzmán, que estaba sentado junto a Tejero. Miró de reojo al joven filósofo, con su grande y apacible cabeza socrática, prematuramente calva, la desnuda doncellez de sus ojos e imperturbable aplomo de figura con recia peana. Tejero era quien había infundido emoción estética y comunicativa a aquella vieja lamentación española que ahora hacía eco en el cráneo de Mazorral. Las ideas y emociones de esta conferencia eran obra de Tejero, a las cuales daba virtualidad escénica Mazorral, hombre apto para la exhibiciones histriónicas. Explícitamente lo reconoció así el propio Mazorral desde la tribuna, proclamando a Tejero jefe e inspirador de la juventud culta, gran español, a cuyo celo y diligencia el problema España debía su enunciación exacta y metódica, y ángel exterminador de la política arcaica, aludiendo con esto último a que Tejero, con un simple discurso en un mitin, había derribado del ministerio a don Sabas Sicilia, el cual ocurrió que se encontraba entre los oyentes y hubo de recibir en tal punto muchas miradas de través.
Al terminar la conferencia el público aclamó a Mazorral. Cuando la gente salió a los pasillos, calzándose nuevamente a la puerta las babuchas de la maledicencia social, apercibiose el que más y el que menos a arrancar túrdigas de pellejo al conferenciante.
Díaz de Guzmán se encontró par a par de don Sabas Sicilia, cuando abandonaban entrambos el salón.
—¿Qué hay Guzmancito? ¿Qué se hace? Ya sabe usted que siempre se le estima.
Don Sabas Sicilia, en los últimos tiempos, había simplificado grandemente la práctica de las artes cosméticas. Ya no se teñía las barbas: ahora eran de un blanco sucio y más crecidas que antes. No usaba mixturas ni linimentos para encubrir las arrugas atirantando la piel y atusar los mezquinos pelos del cogote. De viejo verde se había convertido, a la vuelta de unos meses, en anciano, y, en consecuencia, ascendido no poco en nobleza corporal. Mas para ser por entero noble y venerable le estorbaban dos cosas: el trasunto caprino del perfil y aquella sonrisa sarcástica de hombre que está en el secreto, un secreto que por las señales que antaño de él trascendían debía de ser humorístico y era al presente palmariamente triste y agrio. La descoloración de las barbas de don Sabas había coincidido con el decaimiento y fracaso de todas sus ilusiones. Sus dos hijos, Pascualito y Angelín, a quienes había educado de una manera filosófica, según decía él, y para hombres perfectos, guiándoles desde la niñez según los dictados de la razón humana, defendiéndolos contra el ataque embozado de los prejuicios religiosos e inculcándoles el culto a la vida como supremo ideal, le habían salido dos hombres frustrados. Angelín, ni siquiera hombre. Durante el último invierno don Sabas se había visto obligado a librar varias veces a su hijo de las garras judiciales, después que le habían sorprendido en aventuras de sodomítico libertinaje. Pero lo peor para don Sabas era lo de Pascualito, el predilecto de su corazón. Lo de Angelín lo reputaba doloroso infortunio; lo de Pascualito era una bajeza. Ello consistía en que el primogénito había entablado relaciones amorosas y estaba ya para casarse con una infeliz criatura canija, fea y nada inteligente, de la cual no gustaba ni poco ni mucho, como lo patentizaba el hecho de andar, en vísperas de boda, refocilándose con otras mujeres alegres, e iba al matrimonio con grosero impudor por apoderarse de los muchos millones que la niña, hija única, atesoraba. Para don Sabas la virtud era el buen tono o elegancia del espíritu, así como el talento era la elegancia de la inteligencia, no otra cosa. Cuando se informó, con todas las circunstancias, de aquel matrimonio que Pascualito quería contraer, don Sabas se resistía a creerlo. Sostuvo una larga conversación con su hijo, al cabo de la cual averiguó, con flagrante evidencia, que Pascualito no tenía elegancia moral ninguna. Y como el padre le declarase que el hecho que iba a consumar no solo era una acción soez, fea y de mal gusto, sino también un crimen contra la sociedad y la especie, el hijo rechazó tales imputaciones con gran descaro y firmeza, justificando su conducta con sentencias y máximas que desde niño había oído de labios de su padre. Don Sabas no había querido oponerse a la boda, porque Pascualito era ya mayor de edad y nada se remediaba con la oposición, que hubiera sido subrayar la vergüenza y oprobio de su hijo. No lograba entender cómo aquellos saludables principios encaminados hacia la felicidad y el sumo bien, que desde que eran niños había procurado infundir en el corazón de sus hijos, andando el tiempo pudieran sufrir tanta mudanza y servir de alcahuetes a las más ruines flaquezas. Él se había esforzado en enseñar a Pascualito a ser un hombre digno, y Pascualito cimentaba su indignidad precisamente en las enseñanzas paternales. Con ser muy graves los disgustos familiares, lo que en puridad había destrozado a don Sabas era la pérdida de Rosina.
—¿No ha venido Pascual a la conferencia? —preguntó Guzmán a don Sabas, por preguntar algo.
—No sé. Anda tan atareado estos días...
—¿Con la boda?
—Sí, creo que sí.
—¿Cuándo se casa?
—No lo sé exactamente. Entonces, ¿qué le ha parecido a usted la conferencia, querido Guzmán?
—Muy bien, ¿y a usted?
—A mí me ha divertido mucho. No recuerdo qué político inglés decía que la vida sería tolerable sin sus diversiones. Sin lo que de ordinario se entiende por diversiones, claro está. Yo digo que la vida sería inaguantable si todos los hombres fuesen razonables. ¿Hay nada más tedioso que una conversación razonable, que un libro razonable o un discurso razonable? Para mí, decir que estas cosas son razonables y decir que no había ninguna necesidad de haberlas hecho, puesto que son razonables, es la misma cosa. Se dice que aquello que diferencia al hombre del resto del universo es la razón. ¿De dónde han sacado semejante desatino? Lo que le diferencia es la sinrazón. En la naturaleza todo es razonable, no hay sorpresas, todo es aburrido; pero salta este animalejo en dos pies que llaman hombre, y con él aparece la sinrazón, lo absurdo, lo arbitrario, la sorpresa, lo cómico, lo solazante y ameno. Si un hombre discurriera con la exactitud mecánica de la naturaleza, de manera que sus palabras tuviesen la coherencia fatal de los fenómenos naturales, ¿habría nada más aburrido? No, no; lo bueno es lo inesperado del desatino, lo insólito de la sandez, lo imprevisto del disparate. Por eso me ha divertido tanto la conferencia de Mazorral. Bondad y trabajo; aconsejar bondad y trabajo... Vamos, que no se le ocurre al que asó la manteca. Aconsejar «sed buenos» es lo mismo que aconsejar «sed albinos» o «sed velludos.» Digo mal —rectificó don Sabas, acercándose a calentar las manos en un calorífero—, es lo mismo que aconsejar «sed inteligentes». Todos somos más o menos inteligentes, porque el pensamiento es una secreción del cerebro, como la bondad es, por decirlo así, una secreción del corazón. Pudiéramos comparar el corazón humano a las vacas. Las hay de diferentes razas; todas dan leche; pero hay razas que dan mucha más. Es un hecho que vaca muy lechera o poco lechera, la vaca da más leche cuando está mejor alimentada. De la propia suerte el hombre harto propende a la bondad, así como el famélico a la malignidad; tan es así, que yo a veces dudo si la residencia de los afectos es el corazón o el vientre. También hay procedimientos artificiosos para aumentar la secreción de la leche y de la bondad. Para lo primero se acostumbra dar sal a las vacas; pero en este caso la leche es agüedinosa y sin sustancia. Como ejemplo de lo segundo podemos poner el del partido conservador concediendo al pueblo cierta mesurada dosis de ilusoria libertad; pero los frutos que con ello consiguen son engañosos y efímeros. Ahora bien; la vaca, cuando está en los últimos meses de preñez, no da leche. Aplicado al hombre quiere decir que en aquello que atañe a la obra propia, a la ambición personal, al egoísmo, el corazón se seca. Así ha sido, así es y así será, porque la naturaleza lo ha querido. Y si no, háblele usted mal a Mazorral de uno de sus artículos o dígale que su conferencia ha sido una batata, como se dice en esta casa, y a ver en qué paran sus ampulosas predicaciones morales. Puede suceder que no se ofenda, lo cual querría decir que además de tener el corazón seco los sesos le echan humo, o sea, que es ridículamente vanidoso. Pues, ¿y lo otro? Trabajad... Es como decir, «respirad». Decir vida y trabajo es una cosa misma. De una manera ú otra el hombre trabaja siempre. ¿Conoce usted algo más trabajoso que seducir a una mujer que no gusta poco ni mucho de su cortejador? Pues son infinitos los que se toman ese trabajo. ¿Por qué? Porque ven un fin como remate del esfuerzo, una satisfacción como premio de muchos sinsabores. Aconsejar a las colectividades trabajo es cosa necia. Lo que se debe hacer es sugerirles un ideal asequible y halagüeño, hacia el cual converja a pesar suyo la actividad, y con esto se coloca naturalmente a los hombres en potencia próxima de ser bondadosos. El ideal es el mejor estimulante de la alta cultura. Un pueblo sin ideal es un pueblo perezoso, y perezoso no quiere decir que no trabaja, sino que trabaja sin perseverancia, método o disciplina y por cosas inanes o de poco momento. Pero el ideal no se construye sino con la imaginación. El pueblo español no tiene imaginación aún. ¿Ha visto usted cosa más mazorral, yerma y antiestética que el cerebro de este señor Mazorral? La imaginación, me parece a mí, es la forma plástica de la inteligencia y del sentimiento. Tiene su mecánica, sus leyes, su realidad, realidad más alta que la misma realidad externa. En esto se diferencia de la quimera, que es una aspiración confusa, caótica, mística. España ha sido un pueblo de quimeras: nunca ha sabido lo que ha querido. Nuestros conquistadores iban a descubrir mundos y a rebañar oro sin plan ni propósito, y cuando lo conseguían, no sabiendo qué hacerse de él, con la espada escribían nihil en el mar, daban toda su fortuna al clero y se iban a morir a un convento. En último término tenían razón. Y ahora viene lo más curioso, aquello de que el joven Tejero me derribó con un discurso... —don Sabas sonrió amargamente—. De eso a decir que el propio señor Tejero obligó con otro discurso a Carlos de Gante a retirarse a Yuste, no va nada. Carlos V, aun cuando no era español, es el arquetipo de los políticos españoles. Declarémoslo con toda franqueza; entre españoles existe con maravillosa abundancia el tipo del político a quien se le da una higa por el bien público. No somos servidores del pueblo con las responsabilidades anejas a una magistratura, sino trepadores de alturas. Un español no va a la política por vocación, sino por ambición. Queremos conseguir lo más para saber que nada hay que merezca la pena de conseguirlo y por el gusto de renunciarlo. No nos damos por satisfechos hasta que desde una gran altura no hemos visto muy pequeñitos a nuestros semejantes. Los españoles a los cuarenta años estamos cansados de todo. Ya hacía quince años que yo no era ministro, y le juro a usted que la última vez entré a regañadientes y no veía el momento de tirar la cartera. Porque, querido Guzmán, en el fondo de todo esto que decimos acerca del carácter español, ¿no habrá el reconocimiento implícito de que es el carácter más profundamente sabio y moral, el que mejor se ha dado cuenta del sentido de la vida, esto es, el que más la desprecia? ¿Qué dice usted?
—Digo que discurre usted con asombrosa incoherencia.
—Vamos a ver, vamos a ver, ¿por qué? —inquirió benévolamente don Sabas.
—¿No comenzó usted asegurando que las palabras de una persona que discurriese con absoluta coherencia sería la cosa más tediosa del mundo? Pues si ello es verdad, como todo lo que usted dice a mí me parece extraordinariamente ameno, la consecuencia es clara.
—No está mal. Es un elogio de doble filo; pero me agrada, porque prefiero amenizar la vida de los que me oyen a machacarles los oídos con monsergas solemnes. De todas suertes he hablado demasiado y temo haberle aburrido.
—No, de ninguna manera.
—Bien; no ha sido demasiado, pero ha sido bastante. Le dejo y voy a sumarme a aquel corrillo de graves padres de la patria, sesudos homes.
Guzmán se acercó a una numerosa tertulia de ateneístas, que se había congregado al extremo del pasillo. Estaban unos sentados en mecedoras, otros en un diván; algunos se mantenían en pie. Uno, en una mecedora, tenía un gato sobre las piernas. Habló así:
—Mazorral ha olvidado que el genio tutelar del Ateneo es el gato, y que la filosofía del gato vale más que todas las filosofías. Ella nos enseña a ser perezosos, voluptuosos y elegantes. Vamos a ver —dirigiéndose al gato—, ¿por qué no te has presentado en la tribuna y subiéndote a la mesa del conferenciante le has dado un mentís solemne a sus paparruchas? Sí, sí, comprendo; es que desprecias esas minucias. Sí, hay cosas que no merecen sino desprecio.
—Señores —insinuó un individuo flaco, alto y mal trajeado, encarnación austera de la ecuanimidad—, procuremos ser justos. Se pueden poner en tela de juicio las ideas de la conferencia, que a mí me han parecido bien, entre paréntesis; pero lo que no se puede dudar es que ha sido una conferencia bellísima literariamente, que nos ha forzado a aplaudir, sugestionados muchas veces.
—Pues eso es precisamente lo que decimos —replicó uno de los del diván, de cara aplastada y obtusa—. Que ha sido una conferencia llena de latiguillos y recursos de mala fe. Le deslumbran a uno, le hacen aplaudir sin que sepa lo que hace, muchas veces porque no digan; pero viene luego la reflexión y entonces se echa de ver que todo aquello era bambolla.
—¡Es un farsante! —falló una criatura enjuta y vehemente que hacía claudicar su mecedora con descomunal denuedo.
—Para mí los farsantes son dignos de toda admiración —declaró uno de los que estaban en pie. Era un hombre menudo, con cuerpo de monaguillo y cabeza de sacristán. Llevaba un sombrero desaforado que amenazaba hundírsele hasta la mandíbula, y hacía el efecto de un sombrero de hombre sobre un cráneo de niño—. Para ser farsante se necesita, como condición sine qua non, ser inteligente. Nos entenderíamos mejor si a la farsa la llamásemos pose, y a eso otro que caracteriza a Mazorral y a muchos animales inferiores, mimetismo. La simulación es una forma zoológica del instinto de conservación, que lo mismo existe entre los ortópteros que entre los periodistas. La phyllia y la callima, por ejemplo, son dos mariposas tan parecidas a una hoja que, cuando se posan en un árbol y se adhieren a una hoja de él, no se las puede diferenciar. Lo mismo hay periodistas tontos que se consustantivan con la hoja de un periódico, y, aun cuando no sirven para nada, allí se están años y más años, como si la vida misma del periódico dependiera de ellos. El mimetismo es una actividad irracional, instintiva, despreciable. Nada hay más fácil que simular talento. Por el contrario, la farsa es una cualidad específica de las grandes inteligencias, y en cierto modo puede considerarse como una creación artística. Por eso se acostumbra a llamar pose. Recuérdese a Beaudelaire, d’Aurevilly... —sus palabras hacían también el efecto de palabras de hombre en labios de niño. De frase a frase dejaba grandes silencios por avivar la expectación de los que le oían. Viéndole, se pensaba en un camarero que antes de descorchar una botella bailase la danza del vientre.
—¡Bah! Mimetismo o pose o farandulería, ¿qué más da? —observó un ser indolente que estaba sobre el diván, sentado a la turca y con los ojos vueltos hacia el cielo raso—. El caso es que Mazorral no ha dicho nada nuevo. Todo eso se viene escribiendo en España desde hace siglos: ahí está el libro de Halconete que lo puede atestiguar. Y, sobre todo, si se trata de dar formas nuevas a quejas antiguas, la forma no es de Mazorral, sino de Tejero. La conferencia es un plagio de los artículos de Tejero.
—¿No dicen ustedes nada de lo más grotesco de todo? ¡Formidable! —clamó un mancebito imberbe, rechoncho, de faz seráfica—. «Nosotros, los jóvenes... Porque los jóvenes haremos... A los de la nueva generación nos incumbe...» —peroraba en tono campanudo, contrahaciendo la voz abaritonada y vibrante de Mazorral—. Cualquiera diría al oírle que acaba de salir de las aulas universitarias y que está en los albores primaverales de su vida, cuando todos sabemos que pasa de los cuarenta y cinco. ¡Formidable! Son de esas cosas que hay que verlas para creerlas. Pues, ¡oído al parche! Él dice que se está preparando para ser el mejor dramaturgo de España; pero que no escribirá su primer drama hasta dentro de quince años, porque todavía no está maduro. Será un drama póstumo. Por lo pronto ya tiene su ideal estético, que es el Japón, pasando por Grecia y arrancando de Alemania; la humanidad, según parece, recorrerá esta gran trayectoria, y él, Mazorral, es el Hannón de este nuevo periplo. ¡Formidable!
—Señores —volvió a hablar con suave acento el hombre flaco, alto y mal trajeado—, procuremos ser justos. Los españoles tenemos una fea tendencia al individualismo anárquico. Si Tejero ha encontrado la nueva forma de una queja antigua, no es razón para que Mazorral, estando conforme con las ideas de Tejero, las propague por cuantos medios tiene a mano, la prensa, la conferencia, el mitin, etc., etc. El problema será tan antiguo como ustedes quieran; lógicamente, es tan antiguo como el mal; pero porque sea antiguo ¿hemos de dejarlo de la mano? En el libro de Halconete se estudian las diferentes maneras que tuvo de plantearse el problema, cronológicamente. Se trata de un mal crónico, y, sin embargo, nunca se ha sentido tan en lo íntimo y con tanta perentoriedad la conciencia de este mal. ¿Por qué? ¿Acaso porque estamos ahora peor que nunca? Nadie se atreverá a decirlo. Sin duda, es porque ahora se ha planteado el mismo problema con mayor acierto que otras veces. Costa, es verdad, parece ser el primero que lo planteó en sus términos precisos, y que los que han venido detrás de él no han añadido nada. Pero a Costa, con ser Costa, no se le hizo caso. En cambio, ahora todos sentimos la inquietud de ese problema. Hablaremos bien o mal de quienes nos han inquietado; pero la inquietud existe. Nos preocupamos. ¿Por qué será?
Travesedo se había acercado a Alberto en tanto hablaba el hombre flaco y mal vestido. Cuando concluyó este de hablar, dijo por lo bajo Travesedo.
—Me voy a la calle, ¿vienes?
Teófilo, que también estaba en el grupo, abroquelado, como de ordinario, en melancólico mutismo, al ver que sus dos amigos se marchaban salió con ellos.