IV

Había anochecido.

Los tres amigos subieron por la calle del Prado, hacia la plaza de Santa Ana.

—¡Caracho, con la conferencia de Mazorral!... —exclamó Travesedo, que estaba pereciéndose por dar gusto a la sin hueso.

—Por la Virgen santa... —rogó Teófilo—. ¿Vais a hablar todavía de la conferencia?

—Vaya, no te enfades, Teofilín. Procuraremos ser breves. Déjanos poner algunas cosas en claro —y se dirigió a Alberto—: ¿Me quieres decir ahora para qué sirve la inteligencia?... Ya ves, todos esos rapaces del Ateneo, que parecen listos todos ellos y ninguno se entiende. Todos discurren con tino y se figura uno que tiene razón el último que habla, hasta que viene otro a decir todo lo contrario, y también tiene razón. Y es que la vida no es cosa de discurrir mejor o peor.

—Conforme en todo contigo —comentó Teófilo.

—La inteligencia, en último término, es una cosa mecánica. Jevons, un filósofo inglés, inventó una máquina lógica, un aparato que funcionaba tan bien como el cerebro humano. El proceso lógico ha sido formulado por un matemático, Boole, en una simple ecuación de segundo grado. La crítica de la razón pura, que no parece sino que es un descubrimiento de ayer, a juzgar por el pote que algunos se dan cubriéndose con ella las vergüenzas, como un salvaje con un taparrabos, y cuando yo era mocete, ya va para tiempo, asistí dos años seguidos a las lecciones que daba Salmerón acerca de La crítica de la razón pura, digo que, para el caso este libro es como la máquina de Jevons o la ecuación de Boole. Pensar que con la crítica de la razón pura se discurre mejor que sin ella, es absurdo. La salud del cuerpo depende, no del hecho que la pepsina es lo que digiere, sino de que digiera alimentos adecuados. ¿No te parece? Pero aquí viene lo curioso: como dijo Hermoso —el hombre flaco y mal vestido— «hablaremos bien o mal de quienes nos han inquietado; pero la inquietud existe. Nos preocupamos. ¿Por qué será?» ¿Qué dices tú?

—Me serviré de un ejemplo: Un hombre está enfermo de un mal disimulado y hondo. Su vida continúa aparentemente como de ordinario; pero él adivina que algo grave está ocurriendo en lo misterioso de su organismo. Comunica sus inquietudes a los amigos, y los amigos, que le ven sano por las trazas, no se lo toman en cuenta. Consulta con un médico, y por él se informa de que en efecto está enfermo y de cuidado. Vuelve a sus amigos con la triste nueva, y estos responden: «Ese médico es un animal.» El enfermo se enfurece, y los amigos se ríen. ¿Por qué? Porque el mal no le ha salido aún a la cara; pudiéramos decir, porque el mal no ha adquirido aún forma estética, patética, emoción comunicativa. En cambio, un niño enfermo produce siempre una impresión triste y enternecedora, porque el niño no tiene vida psíquica y a la menor perturbación orgánica se amustia como una flor. Al punto se echa de ver que un niño está enfermo. No es lo mismo con los hombres, porque lo complejo de su vida psíquica, preocupaciones, afectos, pasiones, etc., provocan a veces cierto enardecimiento, cierta saludable apariencia engañosa que disimula el mal hasta tanto que este no ha alcanzado el período agudo. Para mí este ejemplo explica las diferentes vicisitudes que el problema España ha sufrido. Están primero los que han sugerido la posibilidad de que España tuviera las entrañas enfermas; pero en España las cosas iban, sobre poco más o menos, como siempre; no se les hizo caso. Vino un diagnóstico de gente facultativa: había enfermedad y grave; pero las cosas iban como siempre. Los médicos son unos animales, se dijo. Viene entonces la etapa del hombre que grita y se enfurece: Costa. En el fondo se rieron de él. Era preciso que España se convirtiera en un niño triste y decaído para que los hombres ligeros comenzaran a pensar: «Este niño debe de estar enfermo.» Llegó para España el momento de cumplirse aquella profecía de Hesiodo: «Para entonces esa raza de hombres dotados de palabra encanecerá casi desde su nacimiento.» Las últimas generaciones han envejecido antes de salir del vientre materno. Ves hombres que no han llegado a los treinta años y parecen ancianos. Aseguran que haber nacido español y haber nacido maldito es la misma cosa. ¿No se les ha de hacer caso? Pero aun así y todo, a pesar de la emoción comunicativa, que es la forma nueva de la antigua queja, el pecho español es tan yermo y empedernido, la sensibilidad española ha estado siempre tan embotada, que creo que tampoco se les hubiera hecho caso, a no ser porque algunos escritores de los últimos tiempos han iniciado la empresa de otorgar sentidos a esta raza española que nunca los había tenido.

—En resumen, que para ti el problema está en dotar de una sensibilidad a la casta española, y esto solo lo puede hacer el arte. Pero, ¿y si fuera imposible? ¿O si, una vez conseguido, vuelve a perderse y embotarse aquella sensibilidad?

—Nada hay imposible, y una vez logrado nada se pierde. Millares de siglos necesitó la vida terráquea para acertar a ponerse en dos pies; pero en cuanto dio en el quid, aquel esfuerzo de millares de siglos se vence en dos años y aun en diez meses, que hay niños que a los diez meses ya andan.

Iban por la calle de Atocha, cara a los arcos de la Plaza Mayor. Tropezaban con nutridos golpes de gente, en los cuales reinaba vivo rumor, braceos y enarcamientos de cejas, por donde se podía deducir que se trataba de algún suceso extraordinario acaecido recientemente. Los tres amigos alcanzaron a oír palabras sueltas: suicidio, dos tiros, agentes, carreras, monumento de Morral, y luego, bombas.

—¿Habrán tirado alguna bomba? Vamos a enterarnos —Travesedo se inmiscuyó en uno de los grupos y preguntó.

Un anarquista había tirado una bomba al pie del monumento erigido en memoria de las víctimas de Morral, y cuando los agentes le iban a los alcances se había suicidado. Nadie conocía circunstancias más puntuales, sino que el anarquista no había podido huir porque era cojo, y que su cadáver estaba en la casa de socorro de la Plaza Mayor.

Los tres amigos penetraron en la plaza y se acercaron hacia la casa de socorro, por recoger más detalles. A la puerta de la casa de socorro se agolpaban centenares de curiosos. «El Gobernador», se oyó murmurar. Dos agentes abrieron un pasillo entre la gente y un caballero enchisterado y augusto penetró en la casa de socorro. Aprovechando la entrada del gobernador los tres amigos se insinuaron a través del concurso, hasta colocarse en primera fila. Cuatro guardias rechazaban a empellones a los curiosos, procurando hacer un espacio libre delante de la puerta. De vez en cuando aparecía un practicante, echaba una ojeada sobre la muchedumbre y volvía a entrar. Uno de estos resultó ser amigo de Travesedo.

—¡Eh, Céspedes! —gritó Travesedo.

—Hombre, don Eduardo. ¿Usted ha visto?

—¿Podemos entrar?

—Ya lo creo. Pasen, pasen ustedes...

Los tres amigos entraron en la sala de operaciones. Sobre una mesa niquelada y agujereada yacía el anarquista, cubierto el cuerpo con una frazada color bermellón. Un hombre le afeitaba el bigote. Céspedes dijo que no había muerto aún ni lo habían identificado. Médicos, practicantes, periodistas y autoridades se apiñaban en torno de la mesa de níquel. Las manipulaciones del barbero impedían descubrir por entero la cara del moribundo. De pronto, Teófilo cayó en tierra desmayado. Acudieron a levantarlo, le dieron a oler éter y con esto recobró el sentido.

—¡Vámonos, vámonos de aquí! —suplicó.

Apoyándose en Travesedo y Guzmán salió de la casa de socorro.

—Vamos a la taberna de al lado. Tomarás una copa de Cazalla, que te sentará muy bien —ordenó Travesedo.

En la taberna, Teófilo apenas si podía llevar la copa a la boca; tal le temblaba la mano. Su rostro estaba lívido.

—Estos poetas... —dijo Travesedo, chascando la lengua después de trasegar una copa de aguardiente—. Eres más pusilánime que un conejo de Indias.

—Vamos a la calle a que me dé el aire —habló Teófilo, poniéndose trabajosamente en pie.

Cuando se hubieron alongado de la gente, Teófilo bisbiseó:

—Era Santonja.

—¿Qué dices ahí? —inquirió Travesedo.

—Santonja, mi amigo Santonja.

—¿Quién? ¿El anarquista?

—Sí.

—Pues, hombre, vamos corriendo a decirlo. ¿No habéis oído que no le habían identificado aún? Bueno, yo iré, porque a ti maldita la gracia que te hará volver allí. ¡Ah! El nombre...

—Homobono.

—¡Recristo! Pues si ese es Homobono, venga Dios y lo vea. ¿Vais a casa? Yo iré en dos minutos. Adiós.

Cuando Guzmán y Teófilo quedaron solos, el último comenzó a murmurar en voz reconcentrada, como si pensase en alta voz.

—Nunca lo hubiera creído. Y ahora que lo veo me parece que hizo bien. ¡Pobre Santonja, pobre Santonja! ¡Y se contentó con un homenaje platónico, una bomba a un monumento!... —de pronto rompió a hablar con mucho fuego, enderezando miradas coléricas a su amigo—. Habláis mal de los tertulines de café, de la charlatanería y politiquería españolas. Pues yo que he asistido muchos años a esas tertulias, os digo que vosotros, los que os las dais de intelectuales, con vuestro énfasis, vuestras conferencias, vuestro redentorismo, no decís ni hacéis cosas más ni menos razonables o profundas que las que se dicen y hacen en los cafés. ¡Insensatos, insensatos! Queremos hacer pueblos y no sabemos hacernos hombres. Da por supuesto que España es la nación más fuerte y más culta. ¿Hubiera por ello sido Santonja más feliz o más infeliz? ¿Lo sería yo? Lo que yo quiero ser es un hombre, ¿oyes?, un hombre. ¿No ves que lloro? Y es de rabia...