V
En el gabinete de Lolita. Estaba atalajada la pieza con muebles de la propiedad particular de esta dama, y en ella se descubría a seguida el grado de educación y buen gusto de la dueña. El yute, el peluche, la purpurina, los madroños, el pino so capa de nogal y otros varios elementos de la decoración doméstica al estilo catalán, exaltaban, en opinión de Lolita, aquel oscuro gabinete de casa de huéspedes a la categoría de una loggia medicea. Colgada oblicuamente de la pared había una guitarra, con escenas andaluzas pintadas alrededor de la negra boca urbicular. Otro dechado del arte pictórico era un cuadrito de subasta, al óleo, coronando la chimenea. Lolita pretendía hacer creer a sus visitantes que lo había pintado ella.
—Pero, ¿sabes pintar?
—¡Jesú! Dende que era chiquitiya me dieron lersiones de pintura; pero ya lo he abandonao.
No era raro que el visitante, por halagar a la autora, se acercase a contemplar el cuadrito, y entonces, con alguna sorpresa, echaba de ver que la obra estaba firmada en rojo por un R. Llagostera.
—¿Cómo te apellidas, Lolita?
—¿Yo? Montoya.
—¿Y por qué has puesto aquí Llagostera?
Acercábase también Lolita, que no sabía leer, y después de examinar aquellas pinceladitas rojas, sin sentido para ella, explicaba:
—Son floresiya. ¿Y tú las llamas yagosteras? ¡Jesú, qué término! Si son amapolas, so primo.
Había por el suelo hasta cuatro grandes sombrereras de cartón blanco, con la tapa caída a un lado, y eran como cestos de Pomona o cornucopias de la abundancia, a juzgar por la profusión eruptiva de flores y frutos, de toda sazón y latitud, que rebasaba de los bordes.
Se encontraban en el aposento Verónica, Amparito, Lolita, y San Antonio de Padua, haciendo un paso gimnástico que se suele llamar el pino, sobre la rinconera. Las tres mujeres estaban sentadas en torno a un velador con piedra de mármol; sobre el velador, varias cuartillas y un lápiz. Amparito tenía un libro abierto en las manos.
—Escucha con atensión, Verónica, porque esto tiene muncha importansia. Vamo, lee, niña.
Amparito leyó.
—Habiendo logrado Mr. Sonnini... —Amparito leyó eme-erre.
—Pero chiquiya, tú no sabe leé.
—Aquí dice eme erre: eme mayúscula, erre.
—¿Qué es lo que dise? ¿Lo uno ú lo otro? Vamo, anda p’a lante, que ahora viene lo bueno.
—Habiendo eme-erre Sonnini —prosiguió Amparito— logrado abrir un paso hasta el aposento interior de una de las reales tumbas del Monte Líbico, cerca de Tebas, encontró en él un sarcófago en que se hallaba una momia de extraordinaria belleza y en excelente estado de conservación; examinándola prolijamente descubrió, pegado al pecho izquierdo con un género de goma particular, un rollo largo de papiro, el cual, habiéndole desdoblado, excitó mucho su curiosidad a causa de los jeroglíficos que en él se veían maravillosamente pintados.
—¿Te has enterao? —preguntó Lolita a Verónica—. Ese royo de la momia es ni má ni meno que un papé que verás ar final del libro. Es un oráculo, y er te dise toas las cosiyas que quias sabé: de amoríos, de dinero, de to, y siempre la chipén. Esto es mejó entavía que las cartas. Bueno, niña; ahora lee por donde hay una crus con lapis colorao. Y tú, Verónica, te estás mu seria, que esto es como un reso.
Amparito leyó:
—Pastoral de Balapsis, por mandado de Hermes Trimegisto, a los sacerdotes del gran templo. ¡Sacerdotes de los tebanos! ¡Siervos del gran templo de Hecatómpilos! ¡Vosotros que en la ciudad sagrada de Dióspolis habéis consagrado la vida al servicio del rey de los dioses y de los hombres! ¡Hermes, fiel intérprete de la voluntad de Osiris, salud y paz os envía!
—¿No desía yo que era como un reso? Y no te creas que es cosa der mengue. Eso ya se verá dempués. Ahora busca la pregunta que quies hasé. Ahí están toas en er papé amariyo.
Verónica, un poco sobrecogida con tan misteriosos preámbulos, fue leyendo en un gran pliego de papel apergaminado la lista de preguntas.
—¿Tengo que decir la pregunta que haga?
—Naturalmente, chiquiya.
—Pues esta: «¿Me corresponde y aprecia la persona a quien yo amo?» —quiso dar a entender, sonriendo, que no concedía gran importancia al oráculo; pero no acertó a sonreir y se ruborizó.
—Pero so gorfa —exclamó Lolita, alborozada sobremanera—. ¿Entavía estamos con esas niñerías der corasón?
—Si es por preguntar...
—Yo también quiero preguntar luego —insinuó Amparito tímidamente.
—Tú ya sabes que te quiere, niña. Lee ahora lo que hay que hasé.
—Cuando cualquier hombre o mujer vaya a haceros, ¡oh! sacerdotes —leyó Amparito—, alguna pregunta haced que se presenten las ofrendas y se efectúen los sacrificios al mismo tiempo que los siervos del templo eleven a lo alto las invocaciones en cánticos armoniosos. Restablecido el silencio, el adivino encargará al extranjero que vino a consultar el oráculo que con una caña mojada en la sangre del sacrificio marque dentro de un círculo formado con los doce signos del Zodiaco cinco hileras de rayas, derechas o inclinadas, al modo de estas...
—Yo te diré; esto se hase así, a burto —y Lolita comenzó a trazar palotes en una cuartilla, sin mirar al papel.
—Pero eso es imposible.
—Muy fásil.
—Digo lo de la sangre y aquellos signos del no sé cuantos.
—Eso no es de obligación. Lee más abajo, niña.
—El traductor —leyó Amparito— cree de su deber advertir aquí que él sabe por experiencia que pueden dispensarse las más de estas ceremonias. En las consultas que se hagan al oráculo pueden omitirse el círculo y signos del Zodiaco, y en lugar de una caña mojada en sangre, él y sus amigos han usado constantemente, y siempre con buen éxito, una pluma con tinta común y otras veces un lápiz o un carbón. Los dones, sacrificios e invocaciones también son cosa superflua en tierra de cristianos; pero, en su lugar, es de absoluta necesidad que el consultante crea en Dios a puño cerrado y venere sus inescrutables vías.
—¿Lo ves? Tú crees en Dios, pa chasco.
—Sí que no...
—Pues, ahora hases las rayitas.
Verónica obedeció a cuanto se le indicaba. Amparito, que había ya comprendido cabalmente la manipulación del oráculo, hacía de pitonisa.
—Sagitario; non, tres pares, non —bisbiseó Amparito—. La respuesta dice: «Medita bien si el objeto de tu cariño merece tu amor.»
—¿Me quies desí —interrogó Lolita, enchipada como con un éxito personal suyo—, si no le deja a una aturuyá?
—¿Se puede hacer por dos veces la misma pregunta? —inquirió Verónica.
—Y dos mil.
Verónica trazó por segunda vez cinco filas de palotes.
—Llaves, non, cuatro pares —sentenció Amparito—. La respuesta dice: «Una correspondencia de cariño es ahora dudosa; pero la perseverancia y atención te asegurarán el triunfo.»
—Esto debe ser cosa de brujería, porque no se explica que responda tan acorde —declaró Verónica con ojos resplandecientes.
—Pues aún falta otra cosa mu güena, pero que mu güena. Niña, busca ar finá der libro. Ahí te prenostican lo que vas a sé por er día y er mes en que has nasío.
—Yo nací el cinco de setiembre.
—Setiembre, Amparito. Busca er signo.
—Virgo —leyó Amparito, con voz candorosa.
El rostro de Verónica se encendió. Lolita, entre risotadas que no podía retener, comentó:
—Tamién es grasioso.
—La mujer nacida por este tiempo —leyó Amparito— será muy honrada, sincera, franca, muy aseada en su persona y de deseos ardientes, modesta en su conversación, afecta a los placeres matrimoniales y fiel a su marido; será también muy buena madre y muy mujer de su casa.
—No te quejará de tu suerte, condená. Pues si vieras la mía. Lee, Amparito, que la mía está en el escorpión. ¡Lagarto, lagarto!
—La mujer nacida por este tiempo —leyó Amparito— será temeraria, imperiosa, intrigante y artificiosa; de genio voluble y desagradable, y amiga de empinar el codo.
—¡Qué calurnias! —suspiró Lolita, santiguándose y mirando con ternura al San Antonio cabeza abajo.
—En la vida —continuó Amparito—, todos sus planes se malograrán casi siempre por su misma locura y mala conducta en el amor; accederá a sus placeres solamente con miras particulares, y será inconsecuente y desleal. No dice más.
—¿Y te paece poco? Me ha puesto como un renegrido trapo.
—Ahora voy a ver la mía, si ustedes me lo permiten —habló Amparito.
—Vamo a ve, vamo a ve la donseyita de la casa.
—Yo nací el veintinueve de noviembre, de manera que... Sagitario —decidió Amparito después de consultar el libro—. ¡Ay, no sé qué me da!; no me atrevo.
—Anda niña y no seas desaboría.
Amparito comenzó a leer con voz rasa, como si leyese por rutina y sin desentrañar el sentido de la lectura. Entró en esto Travesedo y se detuvo a escuchar. Lolita y Verónica estaban tan absortas y embebecidas que no echaron de ver la llegada de Travesedo. Leía Amparito:
—En el amor será constante; pero querrá gobernar a su marido, de quien exigirá un estricto cumplimiento de los deberes nupciales, a cuyos deleites será demasiado inclinada; amará a sus hijos, pero será descuidada con ellos; será también afectuosa con su marido mientras que este siga haciendo a Venus los debidos sacrificios...
Travesedo no se pudo contener más tiempo. Penetró con paso decidido y continente amenazador, arrebató el libro de las manos de Amparito, lo hizo pedazos y miró luego a Lolita con expresión tan iracunda que la mujer quedó como petrificada por el espanto. Las otras dos tampoco daban pie ni mano. Travesedo rompió a vociferar:
—¡Largo de aquí inmediatamente, Amparo! Largo de aquí si no quieres que te eche a azotes, mala cabeza —Amparito salió temblando. Travesedo se encaró con Lolita—: Y tú, sinvergüenza, idiota, ¿no comprendes que estás corrompiendo a esa niña? Esto se ha concluido; hoy mismo coges tus trastos y te vas con viento fresco, hoy mismo. Yo no quiero cargos de conciencia.
Soltose Lolita a llorar con extremada amargura. Entrecruzó las manos en actitud orante, hipaba, volvía los ojos inocentes y cuitados tan pronto hacia el San Antonio acrobático como hacia Travesedo, y decía entrecortadamente.
—¡Ay, virgensita de mi arma, San Antonio... si yo no he tenío la curpa... que ha sío eya misma... por ver su sino der sodiaco!
La aflicción de Lolita y sus peregrinas lamentaciones determinaron en Travesedo una sensación epicena de ternura y de hilaridad. Verónica intercedió, asumiendo la responsabilidad de lo acaecido. Travesedo atenazó suave y paternalmente con los nudillos el desaforado apéndice nasal de Lolita e hizo por mitigar su desconsuelo con palabras blandas.
—Ea, sosiégate, feúcha, que la cosa no vale la pena. Fue un arrebato mío y no he querido disgustarte. Pero, ¿no comprendes, mujer, que Amparito es una niña y no debe enterarse de ciertas cosas? Verdad que tú eres tan niña como ella. La culpa la tiene doña Verónica.
—Sí que la tengo, lo confieso; pero, ¿qué le vamos a hacer ya?
—Si es que he estado gritando, llamándoos, un cuarto de hora seguido —añadió Travesedo—. Y como si os hubiera tragado la tierra. Ya pasa de la una y la casa por barrer. Antonia no está en casa; la comida, por supuesto, no estará dispuesta. Esto es un pandemonium. Vamos a ver, Lolita, ¿no te da vergüenza no haberte lavado ni peinado aún? Hay que verte, hija. No sé cómo le gustas a nadie.
Lolita estaba desgreñada, sucia, tripona, porque los senos, de considerable tamaño, sin el soporte del corsé, le bajaban hasta la cintura, simulando un bandullo. Vestía una bata de franela roja que parecía hecha con bayeta de fregar suelos.
—¿Tú comes hoy con nosotros, Verónica? Digo, si hay qué comer.
—No, yo me voy a casita. Ya estarán por allí todos alborotaos.
—Que no. Yo ordeno y mando que te quedes a comer con nosotros de lo que haya.
—Pues si usted lo ordena, no hay sino cerrar el pico.
—Andando al comedor. Y tú, Lolita, lávate por lo menos las manos.
Quedose Lolita a lavarse las manos y salieron juntos Travesedo y Verónica. En el pasillo dijo Travesedo:
—Y pensar que esa pobre mujer es una de las cocotas de fuste en Madrid y no falta quien le pague bien...
—No sea usté malo. Lolita es muy mona.
—Sí, monísima; se pudiera decir que perfecta, porque lo excesivamente pequeño de la boca se corrige con lo excesivamente largo de la nariz.
A poco estaban todos los huéspedes reunidos en el comedor. Verónica se sentó a la derecha de Travesedo. La voluminosa Blanca, la cocinera, servía la comida, porque Amparito no se atrevió a presentarse. Travesedo, junto con el decanato de la hospedería, disfrutaba anejamente de la presidencia en la mesa y de la facultad de dirigir y enderezar según su gusto la conversación. Casi todo se lo hablaba él. Aquel día inició el palique haciendo consideraciones acerca del atentado anarquista del día anterior y describiendo con puntuales y repulsivas circunstancias el cuadro que en compañía de Teófilo y Alberto había tenido ocasión de presenciar en la casa de socorro.
—Por lo que más quieras —rogó Teófilo—, no hables de eso.
—Claro —añadió Verónica—. Cualquiera come oyendo esas cosas.
—Por eso lo hago, precisamente —explicó Travesedo—. De este modo no echaremos de ver la escasez de vituallas, si la hay, como presumo.
—¿No has salido ayer de casa, Lolita? —investigó Alfil, bizqueando un poco a causa de la emoción.
—¿Salir yo dempué der prenóstico de las cartas? ¿Y por qué lo afeitaban, don Eduardo?
—¿A quién?
—Ar tío ese anarquista.
—No sé decírtelo.
A la hora del cocido presentose Antonia. Venía de la calle, sonriendo con gesto de cansancio. Travesedo, haciendo ostentación de sus prerrogativas fiscales, se arrancó con innumerables preguntas y advertencias, todo ello con aire reprobador y monitorio. Antonia, como obedeciendo a la necesidad de exonerarse de sus sentimientos e impresiones más que al discurso de Travesedo, comenzó a hablar:
—¡Señor, qué mundo este! ¡Pobre neñina! Me parece que va a ser muy desgraciada.
—Bien —interrumpió Travesedo—, se ve que ha pasado usted la mañana en casa de Tomelloso. Pero, mujer, ¿qué se le ha perdido a usted en aquella casa?
—Déjeme en paz el alma, roncón. ¿Podré olvidar que les he estado sirviendo diez años, y que yo estaba sirviendo en la casa cuando nació Angelinos? —se despojaba con lentitud de la mantilla, quitando los alfileres, que iba colocando entre los labios.
—Saque usted esos alfileres de la boca... —conminó Travesedo—. Me pone usted nervioso. Hay dos cosas que no puedo llevar con paciencia: que se metan en la boca alfileres, o el cuchillo para comer, como lo hace Macías, que se lo mete hasta la campanilla.
—En esto no estamos conformes —objetó el cómico—. Brochero, el célebre actor, hombre de sociedad como todos saben, y mi primer director escénico, cuando teníamos que comer en escena nos ordenaba hacerlo en esa forma, porque las gentes del buen mundo comen de esa manera.
—¡Pobre Angelinos! —repitió Antonia.
—En resumen, ¿pobre por qué?
—¿Por qué? Porque ese tal Pascualito del diaño se me figura que la quiere tanto como a mí. ¡Qué se me figura!... Basta tener ojos en la cara. Lo que va ese pillo es por el dinero. Pues el señor, la señora y la señorita, en Babia. Están locos con la tal boda.
—¿Quién es? —curioseó Lolita—. ¿Sisilia? Qué punto tan grasioso...
Retirábase Antonia; se volvió desde la puerta.
—¡Ah, se me olvidaba! El cartero me dio en la escalera esta carta para usted, don Teófilo —y alargó un sobre al poeta.
La letra era desconocida, y el sello, de Alemania. Teófilo sostenía la carta en la mano y la miraba sin resolverse a abrirla. En un instante se le agolparon en el cerebro mil absurdas presunciones e hipótesis. Palideció. Todos le miraban con curiosidad, señaladamente Verónica. Rasgó el sobre. Dentro de él venía una tarjeta postal. Lo primero que saltó ante sus ojos fue la firma: Rosina. De pálido se volvió lívido. Decía la postal:
No te pido perdón, porque sé que no merezco que me perdones. ¡Tengo tantas ganas de que nos veamos y hablemos! Quizás entonces comprenderás y me excusarás. Yo no puedo olvidar el cariño que me tenías, y me hago la ilusión de que, a pesar de todo, me lo conservas. El caso es que como he tenido tanta suerte y ya estoy hecha una ESTRELLA, el empresario del teatro del Príncipe, en Madrid, quiso contratarme. ¿Voy? Todo depende de que tú me lo ordenes. Contesta a la lista de Correos número 1.315, Berlín,
Rosina.
Teófilo, aunque colmado de estupor y desconcierto, sonrió a pesar suyo. Su estado de ánimo, que durante seis meses había sido de apacible infortunio y triste resignación, se convirtió de pronto en felicidad congojosa. Su pobre corazón volvió a representársele a la manera de los perros vagabundos, para quienes el aire está poblado de botas y garrotes incógnitos. Como en aquella sazón sonase la campanilla de la puerta, Teófilo pensó: «La bota que se materializa.» Salió a abrir la voluminosa Blanca y volvió en seguida diciendo:
—Dos caballeros que preguntan por usted, don Teófilo.
Levantose el poeta con expresión de hombre que se somete heroicamente a los designios de la adversidad y produjo el asombro de cuantos le escuchaban, exclamando:
—La bota que se materializa, señores —elevó los ojos a lo alto y murmuró—: Fiat voluntas tua.
Los dos caballeros tenían el empaque aflamencado de dos tahúres de oficio. Llevaban gruesos anillos en los dedos, fumaban excelentes cigarros habanos, vestían con sobrado aliño, eran regordetes y mostraban en el rostro la rubicundez de las digestiones prolijas.
—¿Es usted Teófilo Pajares? —preguntó uno, atusándose los bigotes, erectos e imponentes.
—Servidor de usted.
—Está usted detenido.
—¿Se puede saber por qué?
—Eso ya lo sabrá usted a su tiempo. Ahora, ¿quiere usted indicarnos cuál es su habitación?
—¿A qué santo les voy a indicar cuál es mi habitación?
—Tenemos que incautarnos de sus papeles.
—Bueno; sea lo que ustedes dispongan.
Los guió hasta su habitación. Los dos caballeros policíacos se iban guardando cuantos papeles hallaron a mano.
—¿Me consienten que me despida de mis amigos? —solicitó Teófilo.
—Las buenas formas no están reñidas con los tristes deberes de la policía —declaró uno de los caballeros, que lucía una corbata color amarillo tortilla.
—¡Alberto, Eduardo! —gritó Teófilo desde la puerta de su alcoba, y cuando los amigos acudieron añadió—: Me llevan preso.
Travesedo y Guzmán, después de oír a Teófilo y viendo con cuánta diligencia los dos policías se apoderaban de toda la obra poética en ciernes de Teófilo, no sabían si condolerse o reirse.
—¿Es que existe ya, y desde cuándo, un procedimiento criminal para perseguir los delitos literarios? —preguntó Travesedo.
—¡Delitos literarios!... Mecachis en diez con la literatura —rezongó uno de los policías, dejando de leer una balada con envío, perpetrada por Teófilo, para contemplar con suspicacia las barbas lóbregas de Travesedo y su jeta, a primera vista nada tranquilizadora—. Si al tirar bombas lo llama usted literatura, no sé qué será la realidad...
—¡Carape! —eyaculó Travesedo, iluminándosele el rostro, a pesar de la lobreguez de las barbas, con la luz del discernimiento—. A que resulta que por tu amistad con ese pobre Santonja te complican en el atentado de ayer.
—Usted lo ha dicho —aseveró el de la corbata amarillo tortilla—. En casa del anarquista se han hallado muchas citas de este señor, concebidas en términos misteriosos.
—Pero si este señor —explicó Travesedo— es incapaz de matar una mosca.
Uno de los policías, que estaba inclinado sobre el baúl de Teófilo arrojando fuera de él, en rebujos, el mísero ajuar del poeta, volviose a decir:
—Tampoco Napoleón era capaz de matar una mosca; pero mataba hombres como si fueran moscas: ocho millones mató, según las estadísticas más recientes.
Guzmán y Travesedo no podían disimular su inquietud. Preveían complicaciones graves.
Al despedirse, Teófilo dijo:
—No os disgustéis. El corazón me dice que es lo mejor que podía ocurrirme, y mi corazón nunca me engaña —y tosió lamentablemente. Luego abrazó a sus dos amigos.