VI

Doña Juana Trallero, viuda de Pajares, o doña Juanita, como la solían llamar sus pupilos, recibió de sopetón la noticia de haber sido preso Teófilo. Servía esta señora el desayuno a un empleadillo de Hacienda, huésped flamante y madruguero por razón de sus menesteres burocráticos, el cual, a tiempo que desayunaba, tenía por costumbre ponerse momentáneamente en contacto con el universo mundo a través de los telegramas de la prensa matutinal, cuando Mondragón, que este era el nombre del huésped, exclamó:

—¡Qué burrada!

—¿Cuál es la burrada? —preguntó doña Juanita.

—Una bomba en Madrid y su hijo de usted preso.

—Usted no se ha despabilado aún, señor Mondragón. Aristótiles dijo que un buey voló, unos dicen que sí, yo digo que no. Y si usted lo ha dicho por donaire, sepa que tales donaires no son de mi gusto. Mi hijo es mi hijo y está muy alto para que nadie le toque.

—No hay donaire, doña Juanita, sino la pura verdad.

Y Mondragón leyó el telegrama. Doña Juanita no se inmutó.

—Eso es una infamia, una calumnia, una intriga —afirmó menospreciando gradualmente el alcance del suceso—, un lío tramado por los muchos envidiosos que Teófilo tiene.

Aquel mismo día doña Juanita arregló un hatillo de ropa, y dejando la casa de huéspedes bajo la tutela de una amiga de confianza, salió en tercera para Madrid muy resuelta en su arranque, decidida a presentarse, si fuera preciso, al ministro de Gracia y Justicia y llamarle imbécil, y segura de poner en libertad a Teófilo a la vuelta de contadas horas. Llegó a casa de Antonia a las ocho de la mañana. Hubo de sacudir varias veces la campanilla, porque eran los moradores gente nada diligente, si se exceptúa el teutón, el cual estaba precisamente en aquellos momentos tomando su habitual ducha mañanera en la cocina. Este germano, industrioso y sutil, como es fama que son todos ellos, había suplido a la carencia de cuarto de baño con el albañal de fregar los platos. Los compañeros le habían ofrecido el tub de que ellos se servían, pero el teutón lo había rechazado. Prefería subir sobre la cubeta del albañal y allí se encuclillaba y soltaba el chorro sobre los pingües lomos. El día que la voluminosa Blanca descubrió por ventura tan pulcra ingeniosidad y la puso en conocimiento del resto de los huéspedes estuvo a punto de decretarse en la casa una pena aflictiva de azotes para el aseado teutón. Se solucionó el conflicto con la promesa del delincuente de no reincidir. Pero lo cierto es que cuando todos dormían a pierna suelta, el teutón iba, día por día, a convertir el abañal en cuna de deleites hidráulicos. Aquel día, como la campanilla alborotase con harto estruendo, el germano, temeroso de que alguno se despertase y le sorprendiese, salió a abrir tal como estaba, y estaba como su madre lo había parido; pero un poco más talludo y formado.

Doña Juanita, al ver aquel hombrazo ante sí, en carnes vivas, se santiguó y lanzó un grito de aflicción.

—¡Joasús! —esta era una exclamación muy frecuente en labios del teutón—. Ustet se ha equivocado.

—Sí, señor; he debido de equivocarme. Usted perdone —tartamudeó doña Juanita, apartando con horror los ojos de aquella desnudez lechosa y tersa.

Oyéronse pasos. El teutón salió huído a refugiarse en su alcoba y doña Juanita quedó boquiabierta, pensando: «De cualquier cosa será capaz mi hijo si ha vivido en esta maldita casa.» Travesedo venía por el pasillo rezongando palabras malsonantes y votos carreteriles.

—¿Qué se le ocurre a usted, señora? —preguntó Travesedo, suavizándose al ver una vieja enlutada, con manto.

—¿Es esta la casa de una señora Antonia?...

—Sí, señora.

—Yo soy la madre de Teófilo.

Travesedo se deshizo en cumplimientos, hizo pasar a la anciana a un gabinetito, le pidió mil perdones por el raro recibimiento que le habían hecho —Travesedo no sabía aún el lance del teutón—, despertó a las mujeres, las acució por que preparasen cuanto antes un desayuno, y se esforzó con cuanta sutilidad supo en quitar importancia a la prisión de Teófilo, si bien él no las tenía todas consigo.

—¡Ay, qué susto me he llevado, señor...!

—Travesedo.

—Señor Travesedo. Creí que me había equivocado.

—Sí, la cosa es absurda. ¿Y cómo lo supo usted?

—¿Cómo? Viéndole.

—En algún periódico.

—En la misma puerta. Digo ahora, cuando salió a abrirme aquel hombre desnudo.

—¡Ave María Purísima! —exclamó Travesedo—. De seguro el teutón.

—Eso no sabré decirlo.

—Es un huésped de la casa. Le decimos teutón porque es alemán.

—¿Y son protestantes por aquellas tierras?

—Sí, señora.

—Entonces se explica.

—Tiene usted que dispensarle. Es un aturdido, y él no podía figurarse...

—Mire usted que se necesita rejo... En puros cueros, señor...

—Travesedo.

Doña Juanita se quedó a vivir en la casa y comenzaron los desvelos de Travesedo por hacerle grata la vida a la vieja. Lo primero que se le ocurrió fue evitar que la madre de Teófilo entrase en sospechas acerca de la condición social de Lolita. La hicieron pasar por una señorita bien acomodada y huérfana, a lo cual la prostituta se prestó de muy buen talante. Travesedo le dio prolijas instrucciones, inculcándoselas con amenazas; que no dijera terminachos feos a la mesa, que se peinase y lavase antes de comer, que al venir de madrugada lo hiciera calladamente, y que si acaso volvía cuando la señora estuviera levantada dijese que venía de misa. A todo acudió el previsor Travesedo, conminándola con la expulsión al más leve desliz.

Era doña Juanita una mujer septuagenaria (a Teófilo lo había tenido, como fruto unigénito y serondo, a los treinta y cinco años), de aventajada estatura, no menos flaca que su hijo y más aguileña que él, en extremo arrugada, los ojos vivos, el pelo entrecano, calva por detrás de las orejas. Conservábase con el vigor de la primera juventud, ágil y activa, que no podía ver a nadie trabajar sin que ella no echase una mano. Parlanchina en bastante grado, pero muy pintoresca y limpia de dicción. Abierta y nada asustadiza, el primer día que llegó, durante la comida había ganado ya el corazón de todos. Como ella presumía, lo de Teófilo se acabó con bien en pocas horas, gracias, sobre todo, a la influencia de don Sabas Sicilia. Y como el presunto anarquista había augurado cuando le llevaban preso, la breve reclusión fue lo mejor que le pudo haber sucedido. Le sirvió, señaladamente, para que su nombre rodase por los periódicos con una emoción nueva; para darle pretexto a que escribiese en la prensa un comunicado, que le salió muy hidalgo y noble de tono; para atraerse la simpatía de los radicales, por la naturaleza del delito que se le imputaba, y de los conservadores por haberse probado su inocencia, y, por último, para que la Roldán y Pérez de Toledo se apresuraran a ensayarle su drama A cielo abierto y a estrenarlo cuanto antes, aprovechando la popularidad fortuita del autor.

Así que se vio en libertad, como si la compañía de su madre le enojara o cohibiera, la indujo a que retornase a Valladolid; pero doña Juanita se negó, porque quería presenciar el estreno del drama. Trataba a su madre con despego, tras del cual, a veces, asomaba cierta hostilidad latente. La vieja hubo de condolerse con Travesedo, quien procuró consolarla como buenamente pudo.

—Señora, esas son las contras de tener un hijo que es un gran hombre. Los artistas son reconcentrados, caprichosos, incomprensibles. Parece que no se interesan por nadie; pero no hay que fiar en las apariencias. Artista y hombre de sentimientos ardientes es todo uno. Un artista tiene siempre el pudor de sus afectos. Adoran, y se morirían antes de declararlo, como no sea por medio de la obra artística.

—Sí; debe de ser eso que usted dice, pero me hace sufrir.

Travesedo tomó por su cuenta a solas a Teófilo y le dijo:

—Eres un animal de bellota. Tienes a tu madre, que es una santa, dolida y triste por el modo con que la tratas. Debía darte vergüenza. Eres un salvaje, y tu orgullo es ridículo.

Teófilo respondió adusto:

—¡Orgullo!... En ocasiones te pagas de perspicaz; pero te pasas de rosca. ¿Crees que debemos reconocimiento a nuestras madres por habernos parido? No sé tú. Lo que es yo...

—Eres un idiota. Me río yo de tus versos...

Verónica le fue muy simpática a doña Juanita desde el punto en que conocieron. Pero cuando la vieja supo que era bailarina, y muy del agrado del público, torció el morro y frunció las cejas. Quiso verle bailar una noche, y después de haberla visto, en la primera ocasión formuló así su juicio:

—Hija mía, yo digo siempre lo que pienso, con franqueza. Le he visto a usted bailar anteanoche, y, la verdad, aquellos movimientos de vientre no me parecen cosa decente. Como me inspira usted cariño, me da lástima de usted, porque adivino que acabará mal.

Verónica respondió que era el único modo decoroso que tenía de ganarse la vida.

—Si usted lo llama a eso decoroso...

En vano acudieron los presentes a defender la licitud y honestidad de las danzas de Verónica; doña Juanita se obstinaba en que todo ejercicio en el cual el vientre toma demasiada parte, y esta la más principal, no puede ser lícito ni honesto. Teófilo intervino con entonación agresiva:

—¿Y si yo le dijera a usted, madre, que en nuestras catedrales se bailaban danzas como esas y peores en la Edad Media?

—No puede ser. ¡Piñones!...

—Usted, ¿qué sabe de eso?

—Sé lo que la razón natural dizta, y en cosas de conciencia que no me vengan con Aristótiles ni los sabios de Grecia.

Doña Juanita quiso aprovechar su estancia en la corte para verlo todo. Lolita se había ofrecido para acompañarla, pero Travesedo se opuso. Esta misión se le encomendó a Amparito, que era muy aficionada a callejear. En Valladolid, doña Juanita estaba siempre reclusa en casa, encadenada por los negocios hospederiles y no salía nunca, como no fuese los domingos de matinada, a misa. No había estado nunca en un cinematógrafo. Cuando en Madrid lo vio por primera vez quedó hechizada y confusa.

—¡Ay Dios! —ante una cinta que reproducía las maniobras de un escuadrón de lanceros—. ¡Piñones! Pero, ¿cómo puede caber tanta gente en ese escenarito tan pequeñico?

Ni ella se entendía ni Amparito podía comprender lo que la vieja quería decir.

—Esto debe de ser cosa de ensalmo y brujería. No estoy muy tranquila, Amparito, y creo que se debe consultar con el confesor.

—Quite usté allá, si es muy sencillo. Como las linternas mágicas de los chicos.

—Eres muy niña e inocente y no te das cuenta de las asechanzas que el diablo tiende por dondequiera. Este Madrid es una Babilonia corrompida. ¿Adónde irás a vivir no bien te cases?

—Creo que a Cuenca.

—Me alegro. En cualquiera parte mejor que en Madrid, tortolica inocente. Porque, ¿qué hay en Madrid que valga la pena? Dirán que el aquel del señorío y de la nobleza rancia. Con nobles no te has de mezclar, y si por el señorío es, te digo, como persona vieja y experimentada, que el de los pueblos es señorío más verdadero que este de Madrid, en donde si te paras a discurrir echarás de ver que todo se va en bambolla. Si no, atiende a lo que más de cerca te toca: quiero decir, esa pobre doña Lolita. Está por la primera vez, hijica, que tropiezo con una señorita que no sabe leer. ¿Cuándo se ha visto eso en Valladolid? Y de aseo no hablemos. Habrás observado, como yo, que peca de harto desidiosa. De piedad tengo para mí que anda tal cual. Verdad que tiene en su habitación un San Antonio y otras imágenes religiosas, y que cierto día muy de mañanita venía ya de la iglesia; pero no se me ha ocultado que el último domingo no fue a misa. ¡Qué desarreglo de costumbres! Veo que te ríes de mí, picarilla. Palabras de viejo no mueven oídos demasiadamente mozos.

Antes del estreno de Teófilo, doña Juanita tuvo ocasión de presenciar otro, en el teatro Español. Alberto se procuró tres delanteras de anfiteatro para la vieja, Amparito y Verónica, la cual, merced a unas mejoras que a la sazón hacían en el teatrito en donde estaba contratada, disfrutaba de unos días de descanso. Representábase una tragedia, titulada Hermiona, escrita por don Sixto Díaz Torcaz, el viejo patriarca de la literatura castellana, más cumplido que en años, con serlo mucho, en obras, y no menos lozano de corazón que eminente en edad y virtudes. Su nombre inspiraba una veneración sin cisma; pero su genio aventajaba aún a su fama, y detrás de ella quedaba oculto, como acontece cuando se está en la raíz de una cordillera, que un oteruelo, por lo cercano, esconde, a manera de verde cancel, el enorme y meditativo consejo de los ancianos montes, de sienes canas. Hacía cosa de tres años que don Sixto, como por lo común, con acento entre religioso y familiar se le llamaba, se había adscrito a la política militante y a la causa de la República. Asegurábase antes del estreno que Hermiona, bajo su nombre musical y alado, como vestido de viento y armonía, disimulaba otra música más agria y provocativa: un chinchín de charanga callejera, a propósito para turbar el seso de la plebe y empujarla al frenesí. Dicho más claro: murmurábase que Hermiona era una insignia de motín o incitación revolucionaria antes que obra de arte. Habíanse anunciado disturbios de orden público. El teatro estaba lleno de coribantes republicanos y de policía secreta. Aunque los ánimos vibraban al rojo flamígero y los corazones llevaban puesto el gorro frigio, el aspecto del teatro era sobre manera caliginoso y funeral, como sucede en todo gran ayuntamiento de hombres solos, trajeados a la moderna, pues no se veían en las butacas otros seres femeninos que la señora de Rinconete, la de Coterilla y unas pocas más, hembras pertenecientes al demos, cuyos esposos, ciudadanos concienzudos, las habían conducido al estreno por realizar rotunda afirmación de valor cívico. Después del primer acto, aquel gran concurso de almas levantiscas y demoledoras no podían ocultar el desencanto sufrido, como si las únicas víctimas de la tragedia fuesen ellas. Habían acudido al teatro refocilándose por anticipado con la esperanza de armar una marimorena y de regalarse con la bazofia suculenta de unas cuantas peroraciones hervorosas y humeantes, por el estilo de las que se usan en los mítines populachescos. Pero la tragedia no era olla podrida, en donde cada quisque pudiera meter a su talante la cuchara de palo, sino verdadera tragedia, de gran austeridad de forma, y el fondo saturado de una pesadumbre a modo de gravitación de lo eternamente humano y doloroso, gravitación que los ciudadanos Rinconete y Coterilla calificaban entre dientes de lata.

Hubo, al terminar la representación, grandes aclamaciones, aplausos, vivas y plácemes para el viejo maestro, cuyo nombre, al fin y al cabo, estaba muy por encima del juicio circunstancial formulado con ocasión de una simple obra. Pero el público salió defraudado, rezongando compasivamente y con luctuosos enarcamientos de cejas que don Sixto perdía con la edad la batuta.

Estaban al pie de la escalera, esperando a las tres mujeres, Travesedo, Teófilo y Alberto.

—¡Buen chasco nos hemos llevado! —suspiró Travesedo, consternado—. Creí que íbamos a tener unas nuevas vísperas sicilianas, y muertes, asolamientos y fieros males, y todo se ha resuelto en una prolija tintura de opio. Porque convendrás conmigo en que el testamento de una vieja beata es poco pretexto para cuatro interminables actos.

—Tu reparo, querido Eduardo —intervino Alberto—, es semejante al de aquel alemán que, después de haber leído Otelo, no se le ocurrió otra observación sino decir: «Este Otelo es un estúpido. Vaya, que mover tanto lío por una cosa tan sencilla como es perder un pañuelo...» Tales son los despropósitos que he oído decir en los entreactos, aun a sujetos que reputo sensibles e inteligentes, que casi me aventuro a asegurar que hoy no ha habido en el teatro más de dos personas que hayan entendido la tragedia.

—¿Quién es la otra? —preguntó Travesedo, con ironía afectuosa.

—Primero, ¿quién es la una? —atajó Teófilo.

—¿Quién ha de ser, bobo? Él mismo —aseguró Travesedo—. ¿Quién es la otra, pues?

—Verónica.

En esto aparecieron en lo alto del tramo inferior de la escalera doña Juanita, Verónica y Amparito. Verónica, dirigiéndose a Alberto exclusivamente, rompió a hablar:

—Vengo como loca, chiquillo. ¿Te acuerdas de aquella tarde que me leíste un drama que estaba escrito en franchute o en latín? Pues lo mismito he sentido hoy. Nada, que había momentos en que creí volverme loca, porque es aquello que si te pones en su caso, cada uno de los personajes tiene razón que le sale por la punta de la coronilla. Y que una no pueda arreglarlo a gusto de todos... Por supuesto, que una cosa es que todos tengan razón en su fuero interno, y otra cosa que siendo como es, porque no puede ser de otra manera, resulta que la doña Paca hace mucho mal a los otros, y por esto me alegro que Hermiona, con muchísimos... piñones, como dice doña Juanita, le haya dado la puntilla a la maldita vieja.

Salieron todos a la calle. Verónica continuó hablando.

—¡He pensado tantas veces en aquel drama!... Se me ha ocurrido que si Yago (para que veas si se me quedó dentro hasta los nombres), asistiera por casualidad un día al teatro y viera representar el drama, y desde fuera se viese a sí mismo, no volvía a hacer lo que hizo, ¿qué te parece? Bueno, ¿canso? Pues, quédense ustedes con Dios.

Caminaban delante las tres mujeres, detrás los tres hombres. Hicieron rumbo a una chocolatería.

—Ya nos ha dado doña Verónica una lección de estética —murmuró Teófilo, con sarcasmo.

—Me parece que sí, Teófilo —replicó Guzmán—. Aquella catarsis o purificación y limpieza de toda superfluidad espiritual que el espectador de una tragedia sufre, según Aristóteles...

—Que no te oiga mi madre, porque ella tiene el monopolio de Aristótiles.

—Digo que aquella catarsis no es más, si bien se mira, que acto preparatorio del corazón para recibir dignamente el advenimiento de dos grandes virtudes, de las dos más grandes virtudes, y estoy por decir que las únicas.

—Son a saber.

—La tolerancia y la justicia.

—Veamos cómo.

—Estas dos virtudes no se sienten, por lo tanto, no se transmiten, a no ser que el creador de la obra artística posea de consuno espíritu lírico y espíritu dramático, los cuales, fundidos, forman el espíritu trágico. El espíritu lírico equivale a la capacidad de subjetivación; esto es, a vivir por cuenta propia y por entero, con ciego abandono de uno mismo y dadivosa plenitud, todas y cada una de las vidas ajenas. En la mayor o menor medida que se posea este don se es más o menos tolerante. La suma posesión sería la suma tolerancia. Dios solamente lo posee en tal grado que en él viven todas las criaturas. El espíritu dramático, por el contrario, es la capacidad de impersonalidad, o sea la mutilación de toda inclinación, simpatía o preferencia por un ser o una idea enfrente de otros, sino que se les ha de dejar uncidos a la propia ley de su desarrollo, que ellos, con fuerte independencia, choquen, luchen, conflagren, de manera que no bien se ha solucionado el conflicto se vea por modo patente cuáles eran los seres e ideas útiles para los más y cuáles los nocivos. El campo de acción del espíritu lírico es el hombre; el del espíritu dramático es la humanidad. Y de la resolución de estos dos espíritus, que parecen antitéticos, surge la tragedia. Cuando el autor dramático inventa personajes amables y personajes odiosos, y conforme a este artificio inicial urde una acción, el resultado es un melodrama. Por supuesto, el melodrama existe también en la novela, en la filosofía, en la política, hasta en la pintura y en la música, en todo lo que sea vida arbitrariamente simulada por el hombre, pero nunca en la vida real. En España somos absolutistas; la palabra tolerancia es un vocablo huero y apenas si muy recientemente ha comenzado a florecer el espíritu lírico.

—Eres el más terrible tejedor de sofismas. No conozco nadie que te aventaje, como no sea don Sabas —declaró Teófilo, cuyo drama estaba construido a base de personajes simpáticos y personajes antipáticos, porque se le figuraba, y no sin razón, que este era el único camino del éxito económico y literario.

—No compares.

—Pero a mí no me gusta discutir empleando voces y conceptos de humo —añadió Teófilo, sacando las manos de los bolsillos del pantalón y accionando con vehemencia—. Yo pongo siempre el caso concreto, el ejemplo palpitante, de carne y sangre, de dolor y de lágrimas. Helo aquí. Un poeta se enamora con todas sus potencias y sentidos de una mujer que finge corresponderle con no menos ardor. Toda la vida pasada, presente y futura de este hombre se reasume y encarna en aquella mujer. Pues, de la noche a la mañana, la mujer le abandona. El poeta, como se supone, no es un hombre recio, forzudo, musculoso, brutal, pues sería absurdo concebir que una persona dotada de extrema sensibilidad y a quien la más leve palpitación del mundo externo conturba, exalta o deprime, sea un bravo y perfecto ejemplar de la raza humana en lo que se refiere a la parte material. No, todo lo contrario; yo doy por sentado, para los efectos de mi tesis, que este hombre es todo espíritu, nada más que espíritu. Y la mujer, inopinadamente, huye de él en compañía de un titiritero, de un hombre todo materia, torpeza e instinto. Este es un drama, si hay dramas en el mundo. Ahora bien; este poeta, no por vanagloria o amor al arte, porque después de haber visto arruinada su vida se le da un comino por la vanagloria y por el arte, sino por necesidad desbordante del alma, porque el arte viene a ser una liberación, se pone a escribir su drama. Según tú ha de presentar los tipos de la mujer pérfida y del titiritero brutal de tal suerte que todas las mujeres y todos los hombres piensen: «Yo hubiera hecho lo mismo en el caso de ellos.»

—Exactamente.

—Y al poeta, al que debía simbolizar lo más noble y elevado en la vida, que lo parta un rayo. ¡Estaría bueno!... —exclamó Teófilo sonriendo acedamente—. Pues yo creo, por el contrario, que el arte es caracterización, síntesis, y que los buenos, a través de la obra de arte, aparecen mejores, y los malos aparecen peores.

—Supón por un momento que esa mujer pérfida tiene tanto talento literario como el poeta y que se le ocurre escribir el mismo drama. Sería un drama diferente, ¿verdad?

—Claro está.

—Y, sin embargo, es el mismo drama.

—Otro sofisma. Es como si colocas a veinte pintores alrededor de un modelo. Todos pintan lo mismo y cada cuadro es diferente, porque han sido diferentes los puntos de vista.

—No, porque el pintor se limita a pintar lo que ve y como lo ve. Otra cosa sería si el que pinta la figura de espaldas, por completarla, añadiera la misma figura de frente, imaginada o en caricatura. Para mí es evidente que todo autor dramático que merezca tal nombre, antes de ponerse a escribir una obra debe hacerse esta consideración: «Supongamos que mis personajes asisten como espectadores a la representación de la obra en la cual intervienen, ¿pondrían en conciencia su firma al pie de los respectivos papeles, como los testigos de un proceso de buena fe al pie de sus atestados?» Todo lo demás no es arte dramático, sino superchería, bambolla, bombas fecales, inmoralidad y estupidez.

—Siempre quedaría el drama poético— apuntó Teófilo, sin disimular cierta expresión de enojo y desdén.

—Cuando dije bombas fecales, querido Teófilo, aludía al drama poético a que tú te refieres. Y ahora vamos a tomar chocolate.