IV

Así que los pasillos se descongestionaron de público y se oyó la orquesta preludiando la segunda parte del espectáculo, Teófilo, con agitado corazón y desmayadas piernas, se encaminó al cuarto de Rosina. Muy cerca de la entrada estaba Apolinar fumando un pitillo, apoyado en la pared. Teófilo repicó con los nudillos en la puerta. Salió a abrir Conchita:

—Es don Teófilo.

—Entra, criatura —gritó desde dentro Rosina. Y al ver aparecer al poeta—: ¡Ya me tenías intranquila! ¿Por qué no has venido antes?

—Por la gente —Teófilo iba a sentarse en un pequeño diván.

—Eso es; te sientas sin haberme dado un beso. Me parece muy bien.

—Perdona, nenita. No quería molestarte —se acercó a la mujer y le besó con ternura la frente.

—A eso llamas tú molestarme —Rosina hizo un mimoso mohín, que Teófilo lo sintió en los pulsos de las muñecas a modo de dulce desmayo y flojera, como si se estuviese desangrando mansamente.

La doncella concluía de peinar a Rosina, quien estaba sentada frente al espejo, arrebujada en un ropón de liviana seda color tabaco.

—Parece que estamos en los jardines de Haz el Primete y Abultadín, ¿verdad, don Teófilo? —habló Conchita, paseando los ojos a la redonda sobre los ramos y canastillas de flores que atestaban el pequeño aposento, y se echó a reír con aquella alegría copiosa y borboteante de que estaba saturada aquella noche más que nunca.

—Pero, ¿qué te ocurre hoy, niña? —preguntó Rosina con alguna severidad.

—¿A mí? Como no sea el debut, que me tiene fuera de quicio.

—¿Qué debut?

—A ver cuál va a ser... El de usté —el rostro de Conchita enrojeció.

—No te apures, criatura. Te puedes ir, si quieres, con tu Apolinar a ver la función, que yo ya no te necesito. Hoy será Teófilo mi doncella, él me ayudará a vestir. Digo... ¿qué te parece, Teófilo?

—Admirablemente —Teófilo sonreía con beatitud.

Conchita se echó una mantilla sobre la cabeza, tomó su escarcela de mano, de largos cordones, y se dirigió con mucha prisa hacia la puerta.

—Un minuto, Conchita, que esto no me lo puede arreglar Teófilo. Este chichí —y señalaba un dorado tirabuzón sobre la nuca.

Conchita, tal como estaba y sin abandonar el bolsillo de mano, fue a dar los últimos toques al peinado de Rosina.

—Ya está bien. ¡Jesús, qué golpe me has dado con el bolsillo! ¿Qué llevas dentro?

—Un duro en calderilla —y la doncella se evadió ágil y riente.

Rosina vino a sentarse en las piernas de Teófilo y se reclinó sobre él, procurando no estropear el tocado. Estaba un poco meditabunda.

—Ya ves, Teófilo, lo que va de mujer a mujer. Ya te he contado lo de Conchita, ¿eh?

—No, pero lo presumo.

—Ya va para ocho días. Pues nada, que una noche no apareció por casa. ¡Qué susto! Creímos que le había ocurrido alguna desgracia. Por fin, a la mañana siguiente, aquí me tienes a la niña llorando como una Magdalena. Pero, ¿qué? El llanto le duró dos minutos. En una palabra, que había pasado la noche con el novio. Habías de verla. Loca de felicidad. Aseguran que se van a casar, y yo lo creo, porque el chico, por lo que he visto las veces que fue por casa, parece un muchacho formal. Pero, a lo que iba. Dicen que la mujer ha nacido para eso, para ser mujer, y que no lo es ni se puede decir que viva hasta que no tiene algo que ver con un hombre, y que por eso en este caso todas las mujeres están tan tontas, contentas y orgullosas. Ya, ya... Por lo que toca a Conchita, así parece: está chiflada y llega a ponerme nerviosa. Pero habías de verme a mí cuando ocurrió lo mío... Creí morir, sí, Teófilo; quise matarme. Ya sabes: el padre de Rosa Fernanda.

—¿Quién fue?

—Ya te lo he dicho. ¡No me atormentes!

—No; nunca has querido decírmelo. Me has contado cosas inverosímiles.

—Pues es la verdad. Un hombre como caído del cielo. Quiero decir que apareció y desapareció como por encanto —comenzó a llorar, y entre lágrimas suspiraba—. ¡Quizás aquello haya sido lo mejor!

—¿Qué, qué es aquello? —interrogó Teófilo, asiéndola afanosamente.

—Aquello... —bisbiseó con turbiedad en la mirada—. Aquello, ¿qué ha de ser, sino que desapareció para siempre?

—Rosa, yo no puedo más, no puedo más. Esto no puede seguir así —dijo Teófilo con ardimiento.

—No te comprendo.

—Ni yo me comprendo a mí mismo. He hablado sin saber lo que decía. No sé lo que pienso, lo que quiero, lo que digo, lo que hago. ¿No ves que te adoro?

—Y yo, ¿no te adoro también?

—No sé.

—¿No sabes?

—Yo no sé nada, Rosina —y le mordisqueó la boca.

—No seas loco, que tengo que salir a escena —se puso en pie—. Ahora me vas a ayudar a vestir, ¿quieres?

—Sí, nenita, cromo bonito —y estos loores alfeñicados adquirían ridícula estridencia en su boca.

Rosina se despojó del ropón, y quedó en pantalones. Teófilo se precipitó a besarle el busto, de carne aurialba, como si estuviera embebida en luz mate.

—¡No, no y no! —Rosina pataleaba con gracioso enfado—. Sea usted formal. Buena me pondrían las amigas si supieran que permito tales confianzas a mi doncella...

Teófilo se creyó obligado a reír el donaire, y todo lo que hizo fue componer una mueca lóbrega y desolada.

—¿Te gustan estas medias? Son de la casa Gastineau —y se inclinaba a mirarse las piernas, embutidas en unas medias de un rojo opaco.

Teófilo se embebeció contemplando las piernas de su amada, pulidas, de dulce carne acompañadas, perezosas, y de una pura línea curva que el músculo no torcía bruscamente ni quebraba: piernas más hechas para yacer y destacar sobre sedas oscuras que para caminar escondidas entre ropajes. Teófilo se arrodilló a besar las piernas de Rosina.

—Vas a conseguir enfadarme, Teófilo.

—No es mi culpa, ¡si eres tan linda!

—Calla, ¿no oyes?

Se detuvieron un punto con el oído en tensión. Desde el escenario subían los ecos de aclamaciones furiosas, luego las últimas adormecidas olas de la música lejana.

—Un garrotín —dijo Rosina—. Hijo, menudo éxito. ¿Quién será?

—Quizás la Íñigo.

—No; esa va en la última parte, con la princesa y conmigo. Somos los números de fuerza. De modo que este es un éxito con que no se contaba.

—Mayor será el tuyo.

—Pss. ¿Creerás que no me importa?

Rosina descolgó el vestido con que había de salir a escena y se lo metió por la cabeza.

—Abróchame, Teófilo.

En concluyendo de abrocharla Teófilo, Rosina levantó los brazos y giró delante del espejo, examinándose. Era el vestido largo, de sociedad: una túnica-camisa estrecha, hendida por los costados, de muselina de seda gris, puesta sobre un fondo rojo cereza y sostenida por un cinturón de acero en la base de los senos.

—Quiero romper con esa moda ridícula de las cupletistas españolas, tomada de las francesas. Los trajes cortos ya apestan, chico. ¿Te gusta este? Y esta rosa preciosa que me has regalado y yo beso, aquí —se la colocó en el pecho.

Por toda respuesta, Teófilo estrechó a Rosina entre sus brazos. Llegaban de la escena el runrún y estruendo de nuevas aclamaciones y aplausos; pero no las oyeron esta vez Teófilo ni Rosina, que se habían abandonado a un desvanecimiento de ternura. Cuando recuperó en parte sus fuerzas, la mujer, con húmedos ojos y voz blanda, habló:

—Teófilo, mi dueño, no sé lo que hoy me pasa. Nunca he vivido en paz, mi querido; pero nunca he sentido que no vivo en paz tan desconsoladamente como hoy.

—Serénate, Rosina, nena mía. Acaso estás nerviosa.

—¿Por salir a escena, quieres decir?

—Sin duda.

—Parece mentira que me conozcas tan mal. ¿Qué me importa a mí eso? Es una cosa muy honda, mucho más honda... Es que siempre he buscado algo que me satisficiese y no he dado con ello. Tu cariño le anda muy cerca, pero aún falta algo. No sé. Quizás es porque estoy rodeada de ficciones, hipocresías, bajezas y no logro habituarme. ¡Maldito dinero! ¿Por qué no tienes dinero? Yo quisiera vivir sola y retirada contigo y mi niña, contigo que me has querido como nadie me ha querido. Es necesario, es necesario, es necesario que yo sea de un solo hombre, que viva en paz —estrujaba con sus manos el rostro de Teófilo y hablaba ceñida a él, entreponiendo beso y palabra, palabra y beso—. Ese drama... ¿por qué no lo escribes si te ha de dar tanto dinero? No nos falta sino dinero. Si eres un hombre y es verdad que me quieres, busca dinero, róbalo aunque sea, Teófilo.

El poeta respondió arrebatadamente:

—Lo tendré, lo tendremos. Si es preciso lo robaré.

—Ruido de gente que viene. Ha debido de terminar la segunda parte.

—Entonces te dejo.

—Quédate.

—No, no. Es mejor que me vaya.

Se despidieron con un beso muy largo.