V

En las escaleras del escenario Teófilo tropezó con un golpe de gente enardecida y entusiasta, cuyo corifeo era Angelón. Conducían triunfalmente a Verónica.

—¿Qué le ha parecido a usted el éxito? —preguntó Angelón a Teófilo.

—¿Cuál?

—¿No ha estado usted en la sala? —interrogó Verónica.

—No.

El rostro de Verónica se entristeció. El cortejo triunfal siguió escalera arriba y el poeta descendió al pasillo. Iba aturdido por el entusiasmo que las últimas palabras de Rosina le habían infundido. Nunca había sentido dentro de sí tan confiado ímpetu para embestir el futuro. Mas, de repente, acordose de que Rosina no le había invitado a pasar la noche en su compañía, y el ímpetu se trocó al instante en desmadejamiento cordial y amargura. Echó a andar por los pasillos, ajenado del mundo externo, hasta que Alberto le detuvo, agarrándole de un brazo. Numerosa reunión de artistas y escritores comentaban en el tono más alto de fervor las danzas de Verónica. Monte-Valdés señalábase particularmente por la elocuencia de su panegírico. Para Monte-Valdés no existía sino un sentido estético, el de la vista. De sí mismo acostumbraba decir: «No tengo oído; la música de ese teutón que llaman Wagner me parece una broma pesada. Sin embargo, me envanezco de sentir la emoción de la armonía, el acento y el ritmo mejor que los músicos profesionales, y he llegado a ello a través de la pintura. No conozco sentencia más aguda y veraz que aquella de Simónides, el Voltaire griego, en la cual se declara: La pintura es poesía muda; la poesía es pintura elocuente. Y decir poesía y armonía es una cosa misma.» Y así era en verdad. Gran prosista y poeta, había conseguido maravillosas sonoridades en el párrafo y la estrofa ensamblando los vocablos según su color. Quijote no solo en la traza corporal, sino también en el espíritu de su arte, manipulaba el lenguaje descubriendo haces de palabras como ejércitos de señores magníficamente arreados allí donde los demás no veían otra cosa que rebaños de borregos iguales, a medias desvanecidos detrás de una polvareda: porque para él cada palabra tenía su corazón, su abolengo pragmático y su armorial.

—La danza —decía ahora Monte-Valdés—, es pintura, poesía y música mezcladas estrechamente, personificadas y dotadas no de existencia ideal, como ocurre en las manifestaciones singulares de cada una de ellas, sino de vida orgánica. La danza es el arte primario y maternal por excelencia.

—Sí —asintió Alberto—. Cuando el hombre no ha alcanzado aún para sus emociones el alto don de la expresión consciente, las traduce en la danza; mejor dicho, se entrega a la danza, como si estuviera poseído por un ser invisible. Por eso la danza es un arte eminentemente místico y español. El misticismo es el baile de San Vito del espíritu. La danza es el misticismo de la carne.

—Que la danza sea un arte religioso me parece cierto. Que España sea la tierra del misticismo y de la danza, también; pero...

—No hay sino parar atención en el número de palabras que existen en nuestro idioma para expresar el arrobo, éxtasis, transporte, embebecimiento y cien otros estados místicos, y la muchedumbre de bailes que hemos inventado: fandango, garrotín, bolero, cachucha, zapateado, vito, olé, panaderos, qué se yo.

—Sí —corroboró don Alberto Monte-Valdés—, en esas dos formas de actividad nuestra experiencia nacional ha enriquecido el léxico de manera asombrosa. Pero hemos inventado mayor número aún de vocablos para designar otro acto que si no es precisamente místico, pudiera tener alguna concomitancia con ciertas formas de misticismo.

—¿Cuál? —preguntó Alcázar, un pintor andaluz elegante, cenceño, oliváceo, de pergeño algo árabe y algo florentino.

—La turca, la mona, la mica, la talanquera, la cogorza, etc., etc. Vayan recordando los infinitos nombres con que hemos bautizado la embriaguez. Pero a lo que iba, amigo Guzmán, es que no me parece exacto lo de que el alto don de la expresión consciente, como usted ha dicho o dado a entender, sea la característica del arte más alto y puro. Creo, por el contrario, que el arte no es sino emoción, y por lo tanto, que su expresión tiene mucho de instintiva y espontánea; de manera que la mucha luz consciente en ocasiones estorba a la forma artística y anula su plasticidad y relieve. En rigor me parece que no hay belleza sino en el recuerdo, y aquilatamos si una obra de arte es buena o no lo es según se nos presenta inmediatamente como un vago recuerdo personal, y en este caso es buena obra de arte, o como noticia, todo lo veraz que se quiera, de una cosa que no conocíamos, y entonces, para mí, se trata de una obra despreciable. Las buenas obras de arte se nos infunden de tal suerte en el espíritu, que al punto las asimilamos y las sentimos como un recuerdo que no logramos emplazar en el tiempo, algo así como las historias y palabras que hemos oído durante una convalecencia. Los versos de Garcilaso tienen siempre una emoción de recuerdo. Los de Góngora, nunca. En puridad, no existe belleza sino en lo efímero, porque lo efímero se transforma al instante en recuerdo y de esta suerte se hace permanente. Por eso la danza, que es el arte más efímero, quizás sea el arte más bello.

—Según eso —atajó Bériz—, será más bella una quintilla de Camprodón, escrita en un papel de fumar, que un terceto del Dante, miniado en un pergamino.

Monte-Valdés, con fiero desdén, como si el mozo levantino no existiera sobre el haz de la tierra, volviose a preguntar a Alberto:

—¿Qué dice usted?

—Que me parece bien lo que usted dice, en sustancia, y también que es perfectamente compatible con lo que yo había dicho, o, por mejor decir, con lo que yo pienso.

—En suma —intervino Teófilo, que tenía estragado el pecho por la amargura y sentía necesidad de desahogarse de algún modo—, quedamos en que España es el país de la danza, y que la historia de España es toda ella una danza del vientre... vacío.

—Ché, y eso que, como reza el refrán, de la panza sale la danza.

Monte-Valdés contempló a los interruptores con largueza compasiva, como a gente que no comprende, y agregó:

—Hay, en efecto, en los instintos del pueblo bajo español un no sé qué de divino y danzante, un no sé qué de claro instinto de la medida y la gracia. Y digo divino al mismo tiempo que danzante, porque ya los griegos añadían al nombre de sus dioses el apelativo danzante o saltante. Plinio el joven, Petronio, Apiano, Estrabón, Marcial y Juvenal cantaron el elogio de las célebres bailarinas gaditanas. Y un canónigo del siglo XVII, llamado Salazar, asegura que las danzas andaluzas que en su tiempo se bailaban eran las mismas de la antigüedad —Monte-Valdés gustaba mucho de aderezar la conversación con citas pintorescas, de las cuales tenía un bien surtido arsenal.

—Y esta chica, Verónica, ¿qué le parece a usted?

—Simplemente maravillosa; lo dúctil del cuerpo, lo estilizado y gentil de brazos, manos y dedos, y su cara, qué sugestiva y cambiante, qué profunda la angustia que a veces revelaba, qué matinal el alborozo otras veces, qué exquisita la euritmia plástica siempre. Dentro de ella se adivina un ímpetu caudal de fuerzas superabundantes. Como ha dicho Platón: «el hombre ha recibido de los dioses, junto con el sentimiento del placer y del dolor, el del ritmo y la armonía». Si esa muchacha da con un guía o maestro de sensibilidad artística llegará a ser una bailarina famosa.

—¿Quiere usted conocerla?

—Con mucho gusto.

Subieron todos a felicitar a Verónica, a excepción de Teófilo, que permaneció a solas y cabizbajo, paseando a lo largo de los pasillos.