IV

Conchita penetró en la estancia y, sumiéndose entre tinieblas, con gran desenvoltura y tino fue derechamente a abrir las contraventanas. A través de las cortinas de delgado lino blanco, lisas y casi conventuales, fluyó la luz, fría, pulcra. La habitación era amplia y rectangular, de una blancura mate, nítida, que en los ángulos menos luminosos degradábase en velaturas azulinas y marfileñas. Hubiérase creído vivienda amasada con sustancia de nubes a no ser por el estilo tallado, perpendicular, de los muebles, de laca blanca. Las puertas estaban aforradas con una cuadrícula de sutiles listones, encerrando espejillos biselados. La alfombra era espesa y muelle. Había pocos muebles, y estos ingrávidos, sin domesticidad. De las paredes colgaban tan solo tres cuadros, un aguafuerte y dos grabados en sepia, con mucho margen, y por marco un fino trazo de roble color ceniza.

Daban las únicas notas de color una butaquilla baja, de respaldar sinuoso y con orejeras a entrambos lados del respaldar, tapizada de pana gris perla, y dos lechos, uno matrimonial y el otro infantil, los dos de hierro dorado y diseño muy simple; a la cabecera, sendas cabecitas rojiáureas, y a los pies, edredones de seda oro viejo.

En aquel fondo inmaculado, el cuerpo menudo y ágil, vestido de negro, de Conchita, destacaba como un ratoncillo caído en un cuenco de leche.

Las dos cabezas, encendidas por el sueño y sumergidas en una masa de cabellos de miel, yacían profundamente, ajenas al advenimiento de Conchita y de la luz.

La doncella se acercó a la cama de la señorita y la zarandeó con suavidad.

—¿Qué hora es? —preguntó Rosina, con voz algo ronca.

—Las diez y media, sobre poco más o menos.

—¿Por qué me despiertas tan temprano?

—El señor Pajares está ya en el gabinete, esperándola a usté.

—Es verdad. Ya no me acordaba.

Sacó los desnudos brazos de entre las sábanas y los elevó al aire, desperezándose. Eran bien repartidos de carne, gordezuelos quizás, dúctiles, femeninos porque aparentaban carecer de coyuntura y músculos, cual si ondulasen, y tenían, así como el cuello y los hombros, una suave floración de vello entre rubio y nevado, a través del cual se metía la claridad de manera que trazaba en torno a los miembros un doble perfil, como si estuvieran vestidos de luz.

—Que no se despierte la niña —bisbiseó Rosina, incorporándose y haciendo emanar del interior del lecho una fragancia cálida, semihumana y semivegetal.

El tibio olor llegaba hasta Conchita, sugiriéndole ideas de voluptuosidad. Se dijo: «No me extraña que los hombres, cuando tropiezan con una gachí como esta, se entreguen hasta dar la pez.»

—¿Dónde está Celipe? —preguntó una clara voz infantil.

Rosina y Conchita volviéronse a mirar hacia la cama de Rosa Fernanda. La niña se había puesto de rodillas en el lecho y sentado sobre los talones, escondidos entre rebujos del luengo camisón de dormir.

—¡Tesoro! ¡Gloria! ¡Picarona! ¿Quién la quiere a ella? Ven aquí, que te coma un poco de esa carina de rosa, que la mamita tiene mucha hambre. Ven, ven.

Y Rosina tendía los brazos a su hija, a tiempo que murmuraba más y más ternezas y amorosos dislates.

Rosa Fernanda, que restregaba desesperadamente los ojos con los puños, repitió:

—¿Dónde está Celipe?

—¡Ah, malvada! Quieres más a Celipe que a tu mamita. Ahora voy a llorar.

Y comenzó a simular afligido llanto.

Rosa Fernanda arrugó el entrecejo e hizo un pucherito, en los barruntos de una llantina. Rompió entonces la madre a reír, y la niña, dando con los ojos patentes muestras de que no le había hecho gracia la burla, repitió indignada:

—¿Dónde está Celipe?

Oyose cauto rumor a la puerta, como de alguien que la arañase.

—¡Ahí tienes a Celipe, pícara, más que pícara! —refunfuñó Rosina, fingiéndose enojada.

Rosa Fernanda saltó del lecho a tierra, a punto que el llamado Celipe forzaba la entrada, y corrieron el uno al encuentro del otro. Pero Rosa Fernanda, cuyo camisón era dos palmos más largo que su diminuta persona, se enredó y dio en el suelo, al aire las rosadas piernecillas y los desnudos pies, de planta y talón ambarinos. Entonces Celipe, que era un perro faldero tan velludo que parecía una pelota de lana sin cardar, llegose a la niña, comenzó a botar en torno a ella, a gruñir, con acento ridículo y amistoso, y a toparla con su cabezota cubierta de tupidas cerdas cenicientas, informe y sin ninguna apariencia orgánica, como no fueran dos ojos brutales, duros, de azabache. Desternillábase a reír la niña; contagiose de la risa la madre, y, a la postre, también Conchita, de suerte que entre las tres, con su alegre concierto, enardecían a Celipe y le inducían a cometer mayores incoherencias.

—Señorita —atreviose a sugerir la doncella—, que el pobre señor de Pajares está esperando.

—Sí, tienes razón; dame acá el kimono.

Rosina vistiose el kimono que Conchita le presentaba; una a manera de holgada vestidura de seda carmesí, bordada de dragones verde malva, glicinias violeta y plateadas zancudas volantes. El kimono estaba guateado por dentro, y así Rosina gustaba de arrebujarse en él y sentir cómo le abrazaba el cuerpo aquella levedad mimosa y tibia.

Rosina tomó en el aire a Rosa Fernanda y la besó con apasionada efusión, sin cuidarse de las protestas y pataleos de la niña, ni de los ladridos del informe Celipe, el cual se había alongado como cosa de una cuarta, verticalmente, en el espacio, demostrando con esto y la incertidumbre del equilibrio que se había puesto en dos pies. La madre depositó de nuevo a la pequeña sobre la alfombra, y dejándola a su placer en la amiganza del jocoso Celipe, salió al cuarto de baño, seguida de la doncella.

En el cuarto de baño sentose a esperar que la pila se llenase. En tanto Conchita azacaneaba el agua con el termómetro, previniendo la temperatura adecuada, Rosina permanecía con los ojos perdidos en el vaho caliente que del baño subía. Como Conchita espiase de soslayo la distracción de su ama, por entretenerla le refirió el lance que había acaecido entre Teófilo y la señá Donisia.

—Pero, ¡qué bestia es esa mujer! —comentó Rosina nerviosamente—. Y él ¿no le dijo alguna frase oportuna?

—Arpía; fue lo único que yo le he oído.

—¡Pobre Pajares!

—Quite usté, señorita, si tié la sangre más gorda...

Rosina y su doncella mantenían entre sí un trato de familiar llaneza, si bien Conchita, por mucho que le aguijase la curiosidad, absteníase de preguntar: tarde o temprano, Rosina se lo contaba todo.

—¿Cómo viene vestido hoy?

—¿Cómo? Anda, pues de príncipe ruso. Ya conoce usté la mise en escène: pantalones con fondillos y sus flecos, calzao americano, que es la moda (quiero decir, calzao que proviene de las Américas del Rastro), y la chaqueta que puede pasar... que puede pasar al carro de la basura. Pues no le ha visto usté en calcetines.

—Claro que no. ¿Es que le has visto tú?

—Natural que le he visto. Pero ¿no le he dicho a usté que la señá Donisia le había sacao una bota?

—¡Qué bestia de mujer!

—Pues nada, que había que ver la tontería de calcetín.

—Bueno, basta Conchita. Parece que no te has enterado de que no me gusta oír hablar mal de Pajares.

—Si es que le tengo lástima.

—¿Lástima de qué? ¿De su pobreza? Eso le honra. Has de saber que es un hombre de gran talento; que podía ganar lo que quisiera escribiendo en los periódicos; pero como ocurre que su carácter noble y rebelde no le deja doblarse ante nadie... eso es todo. Además, que le tienen envidia...

Rosina exteriorizó con gran vehemencia sus opiniones; opiniones que había contraído directamente del propio Teófilo.

—No lo dudo, porque mire usté que en el mundo hay envidiosos y envidiosas... Ya está el baño.

Rosina sumergió el desnudo cuerpo en el agua, templada y olorosa. Era una de esas bellezas áureas de los climas húmedos, productos de jugosa madurez, que afectan, con ligadura de fruición deleitable, tanto los ojos como el paladar de quien las mira, sugieren nebulosamente una sensación de melocotones en espaldera, ya sazonados, y hacen la boca agua. A causa del sedoso vello, la piel de Rosina, como la de las frutas frescas, dentro del líquido semejaba estar cubierta con polvo de plata cristalina. Rebullíase la mujer con molicie y entornaba los ojos. Estaba pensativa.

—Oye, Concha, ¿no te parece que Pajares no se puede decir que sea feo?

—No es un bibeló; pero no se puede decir que sea feo.

—Tiene así un no sé qué de distinguido, ¿no te parece? Algo en el aire. Una cosa de orgullo, a veces de desprecio, que está bien. Bueno; tú no te paras a mirar esas cosas. Si me lo vistes como los niños de la Peña, pongo al caso...

—Mire usté, señorita; pa mí que el hábito no hace al monje. Yo me pongo los vestidos de la señorita, y sigo siendo la Concha.

—No estoy conforme contigo; habías de verme a mí cuando no era más que una pobre rapazuca de pueblo, una sardinera, hija de un pescador. No debía de haber por dónde cogerme.

—Ya, ya; dejaría usté, cuando se quedaba en cueros, como ahora, y se metía en el agua, como ahora, digo que si dejaría usté de ser, como es ahora: una alhaja, que toda usté parece plata, oro y brillantes.

Rosina sonrió a las lisonjas de su doncella.

—Pues digo más, y esto para el señor Pajares —prosiguió Conchita—. Y digo que no sé por qué se me figura que todo el aquel que usté le encuentra, en cuanto que se vistiera como un niño litri, no quedaba pero que ni esto.

—Es decir, que según tú, el hábito hace al monje. Pues yo te digo que Teófilo tiene una gran figura.

Rosina salía del baño. Conchita la arropó en la sábana, y se dijo para sus adentros: «Está chalá por el poeta.»

Volvieron a la alcoba. Rosa Fernanda y Celipe se habían marchado. En tanto la muchacha peinó, le acicaló las manos y vistió a Rosina no volvieron a cambiar una palabra.