V
Teófilo hubo de resignarse a esperar en el gabinete que, en efecto, le era muy antipático, le exasperaba los nervios. Pajares había definido este sentimiento enemigo sirviéndose de una imagen: «lo odio como un ruiseñor odiaría un solo de cornetín».
El gabinete había sido planeado por don Sabas Sicilia, ministro de Gracia y Justicia y amante de Rosina. Era una pieza amueblada y decorada al estilo Imperio, y, mal que pese a todas las antipatías, a Teófilo le había servido para hacer las siguientes anotaciones literarias: «La gama completa de los rojos se fusiona en un conjunto de incandescencia aguda y cesáreo esplendor. Los muros tapizados con seda rojo mate, como ladrillo romano, y en ella esparcidas coronas de laurel, de color vermellón anaranjado. La caoba bruñida de los muebles, trasunto del rubí traslúcido de los vinos de la Campania. La alfombra, de un carmín intenso, casi violáceo, como púrpura antigua.»
Dentro de aquella habitación, los pobres atavíos de Pajares se trasmutaban en andrajosidad. Cierta hidalguía misteriosa que corregía la fealdad y desgarbo del poeta era devorada por el fuego purpúreo del aposento.
El insolente imperialismo de la estancia determinó que Teófilo, reaccionando por instinto, se sintiese traspasado de mística humildad. Dejose caer sentado en una butaca, cuyas patas terminaban en garras de esfinge, cinceladas en cobre; hincó los codos en las piernas y hundió el rostro en el hueco de las manos. «¡Dios mío, Dios mío!», murmuró, considerándose horriblemente desgraciado, sin saber por qué.
Un aullido alfeñicado y a la vez furioso le obligó a levantar los ojos, y vio en la abertura de la puerta dos ojos de azabache que le miraban con dura frialdad, entre vedijas de lana cenizosa.
—¡Celipe! ¡Celipe!
Gritó de fuera una voz aniñada, y Teófilo volvió a quedar a solas y a murmurar: «¡Dios mío!» Veíase objeto de escarnio y odio universales: los hombres se burlaban de él; las bestias lo odiaban; hasta las cosas se le mostraban hoscas, con una hosquedad doblemente irritante por ser arcana, indefinible. No encontraba dentro de sí propio escondrijo adonde acogerse, ni fuerza con qué valerse y luchar. En estos desmayos y trances de humildad llegaba a confesarse que su espíritu era tan seco y flojo como su cuerpo, y las galas de sus versos no menos desastradas que sus calzones, calcetines y botas. Reconocía no ser poeta, sino gárrulo urdidor de palabras inertes, y desesperaba de llegar a serlo nunca. Pero había algo en el propio tuétano de su alma que él no lograba desentrañar; algo a modo de angustia perdurable, un ansia de luz, y un creerse a punto de verla, un desasosiego perenne, el cual, en la vida de relación, se manifestaba ya como hermética timidez, ya por exabruptos de energúmeno.
Según estaba con el rostro escondido entre las manos en el gabinete Imperio, aquella angustia de todo momento le señoreó con no acostumbrado poderío, imbuyéndole la ilusión de la omnipresencia. Veía plásticamente, en la memoria, toda su vida pasada como un momento actual. En su historia, tal como él la veía, no se engendraba la vida a costa de la muerte, no había la función materna de un hecho para con el que le sigue, de una nota para con la nota que va detrás, como acontece con la poesía y con la música, sino que todos sus pasos y estados de ánimo, aun los remotos de la infancia, destacaban sobre un mismo plano en estado de presencia, guardando entre sí la coordinación de valores y armonía estática de las figuras en una pieza pictórica. Esto es: no sentía el pasado lírica ni musicalmente, a modo de nostalgia o de melancolía, sino que lo contemplaba como lienzo a medio pintar. Tal era su manera de comprender el libre albedrío; cada momento en su existencia no era obra fatal del momento precedente, sino la nueva figura del cuadro, hija de la voluntad ágil del pintor. Y amando locamente a Rosina, no se juzgaba constreñido a ello por la fuerza de unos hechos necesariamente concatenados, sino por propia elección y apasionada voluntad de coronar el fondo tenebroso del cuadro de su vida con aquel vivo oro de aurora a guisa de firmamento. De esta cualidad materialista de su imaginación provenía que Teófilo no comprendiera el arte de la pintura, si bien gustaba mucho de perorar acerca de ella, con entonaciones críticas.
Pero si la voluntad era libre, el arte era escaso. ¡Cuántas veces no había hallado Teófilo que, tras mucho trabajar, todo lo que conseguía era una mala caricatura de su propósito primero!
Era Teófilo hijo único de una mesonera de Valladolid. Cuando Teófilo era muy niño, sus padres habían gozado más holgada fortuna: la casa de huéspedes de ahora había sido fonda en otro tiempo. Recordaba Teófilo la larga mesa redonda, cubierta con un tul color de rosa, y las moscas luchando encarnizadamente por quebrantarlo y llegar hasta los frutos y galletas, más incitativos y codiciables por estar detrás de un imposible falaz, sonrosado y transparente. Teófilo acostumbraba descifrar en esta imagen del tul el símbolo de su vida entera. Él era la mosca; entre él y los bienes del mundo se extendía no sé qué velo de ilusión que lo exaltaba todo, y, en acercándose, el velo era muralla.
Oyéronse carcajadas de Rosa Fernanda. Teófilo levantó la cabeza y se llevó las manos al pecho. Murmuró por vez tercera: «¡Dios mío! ¡Dios mío!»