VI
—Ea, ya estoy vestida. Cuando usted quiera... —dijo Rosina, sonriente, apareciendo en la puerta del gabinete—. Vestía un traje, hechura sastre, de homespun: áspera estofa de un medio color parduzco, moteada de acres colorines, en velloncitos sin hilar. Avanzó hacia un espejo, con los brazos en alto, prendiendo los alfileres del sombrero, de manera que su busto destacaba sobre el fondo carmesí desembarazadamente, como el de las Venus mutiladas.
Teófilo se puso en pie, haciendo cloquear las choquezuelas. Dio dos patadas nerviosas, por estirar los pantalones y corregirlos de sus pliegues inveterados, los cuales se habían recrudecido en la postura sedente.
—Andando —indicó Rosina.
Pero Teófilo no se movió; deseaba examinar los pantalones al espejo y no quería que Rosina se diera cuenta de ello. Rosina le aguardaba a que saliese.
—Andando, sí; ¿qué espera usted ahí mirándome? ¿Teme usted que me lleve algo del gabinete? —murmuró Teófilo con esa voz áspera y ruin que a pesar suyo emite el hombre cuando por hallarse irritado consigo mismo se esfuerza en hallar ocasión al enojo en la conducta ajena.
Rosina sonrió con benignidad, y a tiempo que giraba sobre los talones y partía, murmuró llanamente:
—Por mí se puede usted llevar la consola en el bolsillo del chaleco, señor Erizo. Voy andando delante. —No le desplacía la hosquedad de Teófilo, presumiendo todo el amor que tras de ella se ocultaba.
En el minuto que Teófilo estuvo a solas, contemplose de perfil en el espejo. Los pantalones eran realmente execrables. Tenían tales depresiones y abombamientos que era casi imposible suponer que dentro de ellos se albergaban miembros humanos. El color de pizarra había degenerado en lila, y en la parte superior externa de los muslos estaban negros.
«¿Cómo voy a salir a la calle con esta mujer?», se dijo Teófilo, y la angustia le detenía la respiración. Como por arte sobrenatural, sintió algo así como si su espina dorsal se hiciera de acero, inopinadamente; algo como frenética necesidad de erguirse con desesperado orgullo y desafiar al mundo. Salió del gabinete cesáreo como un César de verdad. Rosina y Conchita, que estaban en la antesala, viéronle venir con aquel aire de realeza, y la primera le admiraba, mientras la otra luchaba por contener la risa, que a la postre dejó en libertad como Teófilo tropezase con un galápago que a la sazón tranquilamente cruzaba por aquella parte, y diese un traspiés, y luego un formidable puntapié al estorbo, enviándolo largo trecho por el aire.
—¡Pobre Sesostris! —exclamó Conchita.
Sesostris era un galápago que la cocinera había comprado para que devorase las cucarachas. La imposición del nombre había sido cosa del ministro.
Riéndose, Conchita acudió a socorrer a Sesostris, que había caído en mala postura, y al inclinarse a tierra la muchacha descubría sus delicados tobillos. Tenía Conchita la frágil finura de cabos y el voltaje latente de las razas inútiles y de excepción, como los caballos de carrera, que ganan un Derby o hacen un Dos de Mayo, pero no pueden arrastrar un camión o el peso de la vida normal civilizada.
Teófilo, aunque a ello le incitase Conchita con sus risas y vayas, no conseguía enfadarse con ella. Contemplándola ahora, par a par de Rosina, se le aparecían, si bien muy por lo turbio y lejano, como encarnaciones, Conchita, de la pasión, y Rosina, de la voluptuosidad, los dos polos del amor ilícito.
—¿Listos? —preguntó Rosina.
—Cuando usted ordene —respondió Pajares, que se había dulcificado por extraño modo.
Al bajar las escaleras, dijo Rosina:
—¿No me ofrece usted el brazo?
—El brazo y el corazón. —En habiéndolo dicho, se arrepintió, reputándolo impertinente y temiendo una respuesta desdeñosa. Pero Rosina volviose hacia él, con mimosa incertidumbre, como suplicando no ser engañada, y murmuró:
—A ustedes los poetas no les cuesta trabajo ofrecer el corazón; pero desgraciada la que se lo crea. Porque la poesía no es más que eso, ¿verdad? Una mentira bonita. En medio de todo, la verdad suele ser siempre tan sosa y desairada que todos prefieren las mentiras bonitas.
—No, Rosa; la poesía es la única verdad —Pajares asumió un continente sacerdotal por que la sentencia adquiriera cierto valor religioso.
—No, no. Si es verdad, ya no es poesía.
—¿Cómo, Rosa? ¿Es usted verdad?
—¿Que si soy verdad? No entiendo.
—¿Existe usted? ¿No es usted una cosa real y verdadera?
—Claro que lo soy.
—Y dice usted que la poesía es una mentira bonita... Poesía es una verdad bella, la única verdad. Ya lo dijo nuestro gran poeta: «¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas? Poesía eres tú.»
Rosina no sabía qué decir. Experimentaba una fruición nueva; la sangre afluía a sus mejillas. Esa satisfacción inocente de complicar el propio instinto con la vida del Universo y encubrir la venustidad con las ropas hechas del bazar del Arte, satisfacción que ha gustado cualquiera criada de servir cuyo novio sea un hortera sentimental, era absolutamente desconocida para Rosina. Era la primera vez que le hablaban de esta suerte. Las proposiciones de amor que de los últimos tiempos recordaba tenían un carácter espartano, a propósito, por la sobriedad, para la epigrafía: «Cuándo y qué precio.» No podía darse más laconismo. Pajares, ahora y por contraste, le pareció adorable diciendo aquellas cosas tan sencillas y tiernas con gran ternura y sencillez, porque, en efecto, para decirlas Pajares se había despojado del artificio e infatuación que en él eran frecuentes.
Llegaron al portal en ocasión que salía don Alberto del Monte-Valdés componiendo un ritmo trocaico con la pierna de palo sobre el pavimento, el haldudo gabán flotando a la espalda.
Teófilo quiso satisfacer una doble vanidad, la de mostrarse ante Monte-Valdés en compañía de tan hermosa hembra y la de alardear ante Rosina de la confianza con que trataba al renombrado escritor.
—¿Adónde vamos tan de prisa, Monte? —interrogó Teófilo, procurando traducir con el acento la estrecheza de su amistad con Monte-Valdés.
El cojo volvió la cabeza, aborrascó el entrecejo y siguió andando, sin dignarse contestar. Para Teófilo la vejación fue muy dolorosa, porque iba acompañada de un oscuro sentimiento de haberla merecido. Rosina, replegada aún en sus emociones, no concedió mucha importancia al incidente.
—No le ha reconocido a usted, sin duda —explicó al observar el mutismo de Teófilo.
—¿No me había de reconocer? De sobra. Qué sé yo; le habrán ido con algún chisme...
—He oído decir que escribe muy bien.
—Psss...
—¿Puede usted prestarme algún libro que él haya escrito?
—No vale la pena. Es todo falso y afectado.
Continuaron en silencio. Teófilo, después de aquellos momentos espontáneos que había vivido según bajaba las escaleras del brazo con Rosina, después del tropiezo con Monte-Valdés había vuelto a perder el equilibrio interior, como si le hubieran revuelto el espíritu y las entrañas. Irritábase, y luego desalentábase creyéndose víctima de un extraño fatalismo, el cual le espiaba de continuo y, en viéndole ligero de corazón y a punto de ser feliz, le ponía por delante un lazo en que se enredase, dando de narices en tierra. Teófilo lo expresaba así dentro de su pensamiento: «Es ya mucho moler, que en cuanto me entrego al entusiasmo ocurre algo ridículo para darme en la cresta.» Era la voz de esa conciencia inferior en donde se reflejan los fallos de la justicia mecánica del mundo; la conciencia de los jactanciosos y de los pedantes.
Rosina, engolosinada con el exordio lírico de Teófilo, hacía los imposibles por que hablase, y todo era en vano. A las observaciones que la mujer le ofrecía contestaba él con réplicas cortadas, y siempre en un sentido pueril de contradicción.
Iban paseando por la avenida del Botánico, rostro al Museo del Prado.
—Parece que está usted de mal humor hoy, Pajares. Yo le había rogado que me acompañase al Museo porque soy una ignorante y usted sería para mí el mejor guía. Pero si le molesta, como parece, y no tiene ganas de hablar, yo renuncio al capricho, aunque lo siento mucho, porque la pintura me gusta tanto...
—Sí, sí, lo creo. Arte de mujeres. Arte materialista, sensual, burdo, inferior...
—Sin embargo, creo que alguna vez me ha dicho usted...
—¿Qué? ¿Lo contrario? —Teófilo eyaculó una risita antinatural—. Es posible. No le pida usted a una mariposa que vuele en línea recta. En línea recta vuelan los escarabajos peloteros —y acabando de sentar la sentencia, pensó: «Apuesto a que he dicho una sandez... y una grosería.» Con lo cual su irritación y desasosiego subió de punto.
Rosina se encontraba como se había encontrado en otras ocasiones, que habiéndole caído una mancha en un vestido sin estrenar, la mancha parecía haber herido la retina y adondequiera que volvía los ojos la mancha flotaba en el aire, oscureciendo la realidad. Ahora todas las cosas las veía feas; el cielo, los árboles, particularmente los mendigos y los campesinos manchegos que pasaban a la vera de sus mulas en reata. La poseía ese pesimismo placentero, a flor de piel, de las personas ociosas, el cual constituye una buena preparación espiritual para el esteticismo.
Entraron en el Museo.
—¿Qué es lo que vamos a ver primeramente? —consultó Rosina.
—Pues, primeramente, Velázquez, que es el pintor más pintor; es decir, el que veía la materia más material —respondió Teófilo con intención agresiva.
No sentía la pintura, achaque antiguo en los poetas de su tierra, pero hablaba y discutía a menudo de ella. En lo íntimo no estimaba el arte pictórico sino como arte ancilario, siervo del arte retórico, y aun más por bajo, como pretexto para abrillantar la prosa o el verso con ciertas alusiones, ora al rojo ticianesco, ora a las diafanidades de Patinir, cuándo a la doncellez de los primitivos, cuándo a la perversidad de las marquesitas de Watteau; no de otra suerte que el petimetre, por ejemplo, opina que la cabeza humana ha sido creada como los boliches de una percha, para colocar sobre ella un sombrero de copa.
Pasaron de largo por la rotonda de entrada, y enfilaron el pasillo central, hasta la sala de Velázquez, en la cual penetraron. Antes que nada fueron a la saleta de las Meninas.
A Rosina lo primero que hubo de sorprenderle en el cuadro fue la acabada simulación de ambiente, y cómo los seres, a pesar de yacer aplastados en un lienzo, se presentaban aparentemente sólidos, sumergidos en un caudal de aire, y con distancias entre sí que a ojo pudieran calcularse con ligero error.
—¡Qué cosa!... —murmuró Rosina, y se acercó al cuadro—. Nadie diría que este caballete esté pintado. Si es de bulto... —y se volvió hacia Teófilo, que sonreía con afectado desdén—. Pero, ¿de veras no lo encuentra usted maravilloso? Verá usted qué tontería se me ha ocurrido... No se ría usted de mí. ¿No ha visto usted nunca los peces detrás de los vidrios en los acuariums?
—Naturalmente que sí —cortó rudamente Teófilo, que, en efecto, no los había visto nunca, lo cual, en rigor, no era bochornoso.
—En casa tengo una pecera con un pez. Bueno; pues ¿no se ha fijado usted en que cuando el pez está junto al vidrio se le ve de su tamaño; pero se aparta nada más que una cuarta y se le ve muy a lo lejos, muy a lo lejos? Y, sin embargo, se ve y se conoce que anda muy cerquita. Lo mismo ocurre con las guindas en aguardiente. Y ahora viene la tontería. Al ver este cuadro me acordé de cuando yo ponía guindas en aguardiente. Nada, que parece que hay un vidrio por delante, y detrás está todo lleno de espíritu de vino, y las personas están flotando en él y conservadas para siempre. Mire usted este hombrín, vestido de negro, allá, muy allá, en el fondo, y, sin embargo, se ve y se comprende que está a diez pasos.
—Sí, sí; algo hay de eso...
—Claro que no pretendo que le haga a usted esa impresión. Son tonterías mías. Usted es un artista.
Rosina permaneció largo tiempo en un leve éxtasis sensual, contemplando la pintura. Teófilo salió a sentarse en el diván de la sala redonda. Anonadábale la esperanza y creía tener en lugar de corazón un montoncito de cenizas, y una burbuja de aire turbio en lugar de sesos. Rodaba los ojos en torno, demandando a las pinturas de don Diego Velázquez una emoción o una idea; mas su espíritu permanecía árido. «¿Por qué son estos cuadros mejores que otros cuadros; en qué aventajaban a un cromo?», se preguntaba y se retorcía las nudosas, viscosas manos. Llegose Rosina a él y se sentó a su lado. Cerró los ojos, y estúvose unos minutos en silencio. Al abrirlos, exclamó con voz brumosa:
—¡Oh, Pajares! Si me parece que no existimos... Si las cosas parecen una ilusión, como en aquel cuadro... —ruborizose como observase que Teófilo la miraba severamente, y añadió—: Qué bobada; como no estoy acostumbrada a madrugar, eso debe de ser. Estos otros cuadros son preciosos también —levantábase a mirarlos de cerca, cuándo uno, cuándo otro, y tornaba a sentarse junto a Teófilo—. Es curioso. ¿No le ha llamado a usted la atención que este pintor hace casi siempre los ojos con las niñas muy grandes, muy abiertas? Como los míos. Son de color castaño, como la castaña de Indias, me los tengo bien estudiados; pero a veces la niña los cubre todos y entonces son negros. Ahora deben de ser negros, porque estoy algo nerviosa. Míremelos usted.
Inclinose Teófilo a examinarlos y declaró, con inflexiones líricas:
—Negros, negros..., abismáticos.
—¡Bah... esa es una palabra! —corrigió Rosina, que poseía un claro buen sentido.
—Sí, una palabra hueca. Tiene usted razón —asintió Teófilo en uno de aquellos estados suyos de renunciamiento. Y pensó: «¿Qué soy todo yo, sino un amasijo de palabras huecas?» Su rostro se inclinaba en aquel instante en actitud de serena amargura. Como volviera al acaso sus ojos hacia Rosina, descubrió que la muchacha le miraba con simpatía, quizás con amor. Teófilo, sin poder reprimirse, le estrechó la mano y se aventuró a interrogar—: ¿En qué pensaba usted?
—No pensaba en nada, lo que se dice pensar claramente; pero andaba así como buscando no sé qué parecido entre usted y los cuadros de Velázquez. No con un cuadro solo, o con tal o cual cara, sino una cosa de aire... Qué se yo. No me lo puedo explicar.
Visitaron después diferentes salas, y ya cerca de la una salieron a la calle.
Rosina estaba tan colmada de sensaciones que las palabras fluían sin tasa de sus labios:
—¡Qué día! ¡Qué hermoso día! ¿Verdad, Pajares? Este cielo de Madrid... Dicen que es profundo y alto, y no sé cuántas cosas más. Es mucho mejor que eso; es aquella cosa mate y tierna como la carnecita de mi Rosa Fernanda, si la carne fuera azul; pero a mí me da la misma impresión. Eso es; aquella cosa mate de aquel cuadro que vimos, ¿de quién era? De Goya, ¿no? Pues mire usted aquel pobre, aquella capa de color chocolate, aquellos ojos... Si es el..., ¿cómo se llamaba?, el Esopo, justo, el Esopo. Pues ¿esos carreteros? ¿No es todo hermoso?
La fluencia de Rosina anegaba a Teófilo, llenándole los vacíos pómulos con una sonrisa densa, bondadosa y feliz.
—Sí, Rosa, todo es hermoso. A mí se me figura que lo veo por primera vez.
Rosina tomó el brazo de Teófilo.
—Usted lo ha dicho, con cuatro palabras, lo que yo sentía y no era capaz de expresar. Parece que se ve por primera vez, como si lo hubiera acabado de hacer Dios y no pudiera ser de otra manera que como es.
Detuviéronse junto a una de las fuentes del Paseo del Botánico. Al pie de ella, unos obreros municipales habían levantado una hoguera con ramazón seca y hojarasca. Agua y fuego cantaban a su modo.
—¡Qué hermosa es el agua! ¡Qué hermoso es el fuego! —suspiró Rosina.
Y Teófilo, a quien agua y fuego sugerían emociones e ideas, añadió:
—Las dos cosas más hermosas de la tierra. Dos cosas que no se pueden pintar.
—Sí, las dos cosas más hermosas quizás.
—Como no sea la mujer, que tiene algo de agua y algo de fuego.
Rosina, instintivamente, se ceñía al flanco de su amigo.
En la puerta de casa, Teófilo quiso despedirse.
—¿Cómo? —atajó Rosina—, hoy almuerza usted conmigo.
Al subir las escaleras Teófilo se arrepintió de haber aceptado el convite, porque temía hacer erróneo uso del cuchillo y desmerecer a los ojos de Rosina.