IX

If music be the food of love, play on.

Shakespeare.

... como la vihuela en el oído

Que la podre atormenta amontonada.

Fray Luis de León.

Entró don Sabas, acercose a Rosina, le dio dos palmaditas en la mejilla, con gesto paternal, y saludó con estas palabras:

—¡Hola, Pitusa! Hace frío.

—Siempre con frío metido en los huesos. Pues no eres tan viejo para ser tan friolero.

—No es cosa de la edad. Desde niño he sido friolero. No puedo vivir sin calor; necesito toda especie de calor, calor en el cuerpo y calor de afecto en el alma —su afirmación contrastaba con la frialdad del tono en que la hacía y con la indiferencia de la sonrisa—. Me consentirás que no me quite el gabán.

—Claro, hombre. Pues no faltaba otra cosa.

Se sentó y se restregó las manos. Echábase de ver al punto que era hombre público por la carátula que llevaba puesta, ocultándole la verdadera y móvil expresión del rostro: esa carátula social de las personas que han vivido muchos años ante los ojos de la muchedumbre, carátula que tiene vida propia, pero vida escénica, y tiende a tipificar con visibles rasgos fisionómicos el ideal y singulares aspiraciones del individuo, de manera que facilita la labor del caricaturista, porque la carátula tiene ya bastante de caricatura. Lo típico en el semblante social de don Sabas era el escepticismo y cierta afabilidad protectora que él reputaba como la más cabal realización expresiva del magnificum cum comitate o dignidad benévola de Séneca. Su voz era más que recia, tonante, e incompatible con el aire de duda que cuidaba de imprimir a sus dichos. En su perfil dominaba la vertical, como en el de las cabras, y de hecho, a primera vista, con su faz alongada y huesuda, sus barbas temblantes, saledizas y demasiado lóbregas por la virtud del tinte, sus ojos oscuros y distraídos y el despacioso movimiento de la mandíbula, según daba mesurado curso a la densidad del vozarrón, hacía pensar en una cabra negra, rumiando beatíficamente un pasto abundoso y graso.

Rosina estaba sentada de espaldas al perchero; don Sabas, cara a Rosina.

—Estoy cansado, Pitusa.

—¿Has trabajado mucho hoy?

—¿Trabajar? Qué inocentes eres, Pitusa. ¿Tú crees que le hacen a uno ministro para trabajar? ¿Te figuras de veras que los ministros servimos para algo, que el Gobierno sirve para algo? ¿Sabes qué papel hace el Gobierno en una nación? El mismo que hace la corbata en el traje masculino. ¿Para qué sirve la corbata? ¿Qué fin cumple o qué necesidad satisface? Y, sin embargo, no nos atrevemos a salir a la calle sin corbata. ¿Dónde está Platón? —desde que había comenzado a negar la utilidad del Gobierno había echado de menos a Platón; pero como tenía a orgullo poner en orden sus ideas y emociones y hacerles guardar cola, esto es, conservar en todo momento una perfecta y estoica serenidad, tanto intelectual como afectiva, no había inquirido acerca del pez hasta que no hubo dado lento y adecuado desarrollo al parangón entre los ministros y las corbatas.

Rosina refirió concisamente el triste acabamiento del pez de color de azafrán.

—¡Qué hermosas enseñanzas nos ofrece la realidad a cada paso! Ya ves de qué manera han concluido los días de Platón, embuchándoselo un hombre como Angelón Ríos, un libertino que no piensa más que en gozar mujeres, y mujeres, y más mujeres. Y es que toda filosofía, Pitusa, tarde o temprano no sirve sino para alimentar el amor carnal.

A Rosina le había parecido siempre que en el tono que don Sabas imprimía a su charla había un no sé qué implícito que podía traducirse así: «No prestéis mucha fe a lo que digo, porque lo mismo me da decir esto que todo lo contrario. La cuestión es pasar el rato.» Y este tono Rosina lo había juzgado en otras ocasiones como buen tono y sutil elegancia, aunque en rigor un poco ofensivo. Pero ahora le ofendía extraordinariamente. En realidad, no sabía si echarle la culpa a don Sabas o echársela a sí propia y a la impertinente nerviosidad que la poseía. No lograba concentrar el pensamiento. Presumía la inminencia de un conflicto.

Teófilo, entretanto, se hallaba sumido entre los pliegues de dos faldas bajeras. Su irracional pavura se había disipado, y en su vez le estrujaba los sesos una obsesión no menos irracional. La seda de las faldas era muy crujiente, y a la más leve moción de Teófilo producía un ruido crepitante que le transía los dientes. No temía que el ruido le delatase, sino que le horrorizaba la sensación en la dentadura y que el tormento se prolongara mucho. Y así, huérfano el cerebro de toda idea y casi con ahínco de loco, luchaba por conseguir la inmovilidad absoluta.

—Sí, sí, Pitusa, estoy muy cansado. Pero el verte tan rosada, tan linda, me alivia tanto... El peso de una cartera, Pitusa, es increíble. Es como si tuviera sobre las espaldas una de las pirámides de Egipto, con la punta hacia abajo. Me parece que no tardaré en presentar mi dimisión.

Como la pausa de don Sabas se alargase demasiado, Rosina se vio obligada a hablar, y como no tenía nada que decir, lo que dijo resultó a destiempo:

—¿Tan pronto?

—Tan pronto ¿qué?

—La dimisión, digo.

—¿Tan pronto después de ocho días? Hace ocho días que soy Ministro y te parece poco tiempo. ¿Tú qué sabes de eso, Pitusa? Ocho días tardó Dios en hacer el mundo; poco fue para tan gran obra, por eso son disculpables algunos olvidos que tuvo. Pero ocho días para arreglar un trozo diminuto de una pequeñísima parte de aquella obra es más que suficiente, y si no se arregla en este tiempo es por una de dos: o que uno no sirve para el caso o que la cosa no tiene arreglo.

Después de unos minutos, Rosina se vio obligada de nuevo a decir algo. Por suerte se acordó de la carta de Ríos.

—Se me había olvidado. Ríos ha dejado una carta para ti. Aquí está.

Disponíase a leerla don Sabas cuando echó de ver un par de botas viejas y empolvadas asomando por debajo de la cortina del perchero. Como ya había hecho propósito de leer la carta, aplazó toda hipótesis para en concluyendo de leerla.

—Bien; otra petición. Esto es lo que me cansa, lo que me abruma. Desde que entré en el ministerio, por todas partes me persigue gente postulando. Esto no es una nación, es un asilo de mendicantes —y con mirada distraída examinó las botas—. ¿De quién son aquellas botas?

A tiempo que don Sabas hacía la pregunta, una de las botas desapareció detrás de la cortina. Teófilo no había podido reprimir el movimiento instintivo de retirar un pie.

Don Sabas se levantó, se acercó al perchero y descorrió la cortina.

Rosina no se atrevió a mirar.

Don Sabas estuvo algún tiempo perplejo y mudo ante aquel hombre tan largo y cenceño, de mirar desvariado, que parecía estar sepulto en posición erecta, a la usanza rabínica.

Teófilo comprendía que el único modo de evitar, o cuando menos anular lo grotesco del lance, era convertirlo en trágico. Don Sabas, a quien desagradaba por igual lo trágico que lo grotesco, porque le interrumpían momentáneamente la fruición de su voluptuosidad rumiada y quieta, resolvió aceptar el descubrimiento de Teófilo con serena cortesía, como si fuera uno de los infinitos sucesos nimios que forman la urdimbre de la rutina social.

—¡Oh! —dijo con graciosa solicitud, tendiéndole la mano—. Cuánto siento... Siéntese usted. Rosina, preséntame a este caballero.

Rosina levantó la cabeza. Había entrado en posesión de sí misma y estaba tranquila.

—Es un amigo mío.

—Y yo no deseo otra cosa sino que lo sea mío también.

—El señor Pajares.

—Pajares... ¿Es usted el escritor?

—Servidor de usted —habló Teófilo, esforzándose en parecer altanero. Sin embargo, ante don Sabas sentíase sugestionado, empequeñecido, como si aquel hombre pudiera hacer de él lo que le viniera en gana.

—Sí, sí, ya recuerdo; Pajares, novelista.

—No, poeta —corrigió Rosina, con involuntaria hostilidad.

A don Sabas no le gustaba molestar a sabiendas a la gente, ni rodearse de personas irritables o melancólicas; en general, le molestaba el sufrimiento ajeno, no por compasión, sino por egoísmo, y así se cuidaba de huir la presencia de él, mas no de evitarlo.

—Pues yo he leído algún cuento y novelas cortas del señor Pajares —lo cual era falso.

—Sí, he escrito también cuentos y novelas cortas —corroboró Pajares, muy lisonjeado.

—Y versos también he leído, ¡ya lo creo! Mi hijo Pascual habla mucho de usted y con gran admiración. Usted es modernista, y nosotros, los viejos, no podemos ser modernistas; pero en todos los géneros hay bueno y malo. Y usted es de lo bueno, sí, señor. —Don Sabas no se proponía otra cosa que halagar al poeta y reducirlo a una sociabilidad corriente y moliente, de visita. No había leído un solo verso de Teófilo y le importaba un ardite la llamada poesía modernista. Tanto a Teófilo como a Rosina les cosquilleaba una leve zozobra; no sabían si don Sabas hablaba en serio o irónicamente. Don Sabas preguntó—: Bajo su palabra de caballero, señor Pajares, ¿me promete usted decirme la verdad?

—Según de lo que se trate.

—¡Bah!, una cosa muy sencilla; ¿promete usted?

—Sí, señor; prometo.

—¿Está usted enfermo?

Teófilo palideció.

—¿Lo está usted? Dígame la verdad.

—No le entiendo a usted...

—De sobra que me entiende...

—Le juro a usted, que no entiendo... ¿Qué puede importar a usted que yo esté o no esté enfermo?

—¿No ha de importarme? Verá usted; cuando entra a servirme un nuevo mozo de comedor, lo primero que hago es decirle: «Mira, hijo, aquí está la botella de vino y aquí un vaso. Este vaso es solamente para ti. Ya sé que no puedo impedirte que bebas el vino de escondite; por eso, lo único que te ruego es que no bebas por la botella y nos sirvas luego a los demás tus babas.» ¿Comprende usted ahora? De todos los crímenes que conozco, el más grave, para mí, es el de esos hombres atacados de enfermedades vergonzosas que no tienen reparo en corromper y contagiar a otros cientos de hombres por intermedio de mujeres que toman y dejan a la ventura.

—Si no he comprendido mal, para usted lo grave de este crimen no es que una pobre mujer caiga enferma, sino que, por segundo endoso, otros hombres, quizás personas respetables, grandes personajes, sufran el contagio.

Rosina sonrió cordialmente a Pajares, quien en aquel instante se sentía muy superior a don Sabas.

—No me he explicado claramente. No he hablado de la mujer sino como vehículo, porque, si usted se para a pensarlo ecuánimamente y aparte la lástima que nos inspire, no es otra cosa que vehículo. Y si no, compare usted la proporción numérica del mal, y verá que de un lado hay una mujer y de otro cientos y cientos de hombres a quienes ella infesta.

—En este caso no veo sino una mujer, y muy en segundo término un solo hombre.

—Se exalta usted sin motivo. Parece usted echarme en cara que cuando abomino del mal general no pienso sino en el mío propio. Es decir, que mis palabras no estaban dictadas por el amor al prójimo, sino por el temor de un daño que pudiera sobrevenirme; en suma, que he hablado egoístamente. Sí, señor; así es. Lo reconozco. Y no puede menos de ser así, porque el egoísmo es la medula espinal del espíritu humano. Cuanto hacemos, aun las acciones más generosas, no tiene otro móvil que el egoísmo. Su exaltación de usted hace un momento, y sus nobles palabras de lástima por las mujeres caídas y enfermas, ¿qué eran sino balbuceos de un egoísmo inconsciente que le movió a usted a declararse paladín del sexo por ganar el amor, o acrecentarlo y robustecerlo, de una mujer que le estaba escuchando? Pues el progreso moral no es otra cosa que la más clara conciencia de este egoísmo radical y el mayor valor para declararlo en público; de manera que, contrastándose egoísmo con egoísmo, cede cada cual en aquello que puede y debe ceder y se alcanza una paz deleitable, armoniosa y duradera. El progreso moral consiste en aprender a no engañarse ni engañar. La caballerosidad, el honor no son sino la moneda admitida en los contratos o chalaneos de buena fe entre varios egoísmos. Y así, de caballero a caballero, invocando mi egoísmo, lo cual equivale a darle a usted derecho para que usted me invoque el suyo cuando lo necesite, le pregunto: ¿está usted enfermo?

Teófilo volvió a sentirse empequeñecido por don Sabas. Pensaba que no tenía razón el ministro; pero no sabía qué contestarle. Y Rosina pensaba como Teófilo.

—Pero es que... —atajó Rosina, dirigiéndose a don Sabas—, si te figuras que ha habido algo entre nosotros...

—Si no te echo nada en cara, Pitusa... Me parece muy natural. Yo soy viejo y tú eres joven, ¿cómo te voy a exigir fidelidad absoluta? Y hasta me parece preferible que hayas elegido un artista a uno de esos señoritos silbantes...

—De caballero a caballero —habló Pajares—, puesto que usted se obstina en preguntarlo, le respondo, por última vez, que no le va a usted ni le viene en mis enfermedades. Y no le va ni le viene, porque, como ha dicho Rosa, nada ha habido entre nosotros, ni puede haberlo, porque yo no lo aceptaría entretanto que no sepa que Rosa es mía y solamente mía. Usted parece que no puede comprender esto...

Don Sabas inclinó la cabeza, reflexionando:

—No, no lo puedo comprender. Pero, aun cuando hubiera habido algo, lo disculpo; es más, lo justifico. Rosa es, por decirlo así, el ornamento de mi vida, y ella sabe cuán humildes son mis exigencias. ¡Si solo mirarla me deleita!... No soy tan insensato que me obceque en obligarla a una fidelidad completa. Lejos de eso, me hace feliz saber que ella lo es por diferentes caminos. Tampoco puede usted comprender esto.

—No lo puedo comprender.

—Y es que usted piensa que el suyo, por ser desordenado, es mejor amor. Pues mire usted, yo renunciaría ahora mismo a Rosa si supiera que mi renuncia le acarreaba verdadera ventura, a pesar de todo mi egoísmo —por primera vez se le cayó la carátula de afabilidad protectora, dejando al desnudo un rostro gravemente triste. A seguida superpuso nuevamente la carátula, y añadió—: Pero, por ahora, Rosa no necesita mi renuncia, ni con ella piensa ser más venturosa, ¿verdad, Pitusa?

Las emociones de Teófilo se concretaron en una sentencia mental: «Si yo tuviera unos miles de pesetas en el bolsillo...» Como si Rosina lo hubiera adivinado, respondió:

—Ya te he dicho, Sabas, que nada hay entre nosotros, y yo no miento. Por lo tanto, claro está que no necesito esa renuncia.

Teófilo miró con estupor a Rosina, quien aprovechando la distracción del ministro, guiñó un ojo al poeta, como haciéndole cómplice de su disimulo.

—A propósito, Pitusa. Me ha escrito don Jovino, por mal nombre el Obispo retirado. Dice que dentro de tres o cuatro días es la inauguración de la temporada y que aguarda el nombre con que has de presentarte al público; es urgente, porque necesitan tirar los carteles con alguna anticipación. ¿Sabía usted, señor Pajares, que la Pitusa nos ha resultado una gran cupletista y se lanza definitivamente a la escena?

—Sí, señor.

—Bien, bien; pues ayúdenos usted a elegir un nombre para ella... Convendrá usted conmigo en que del nombre depende la mitad del éxito, sobre todo en la mujer. Es necesario encontrar uno que, como exige el código del Manú, cuando se pronuncie sepa dulce en los labios. Yo he seleccionado unos pocos que someteré al juicio de ustedes. Por lo pronto siento una invencible inclinación hacia los nombres de mujer que comienzan por A. Entre otras razones: para producir el sonido de la A se abre de pleno la boca, porque A es una vocal admirativa, y, dado que es cosa probada que los movimientos y actitudes musculares provocan ciertos estados de ánimo, como el hipnotismo ha demostrado, resulta que al pronunciar un nombre de mujer que empieza por A, involuntariamente propendemos a la admiración. Todo esto le parecerá a usted extraordinario, ¿verdad, señor Pajares? En último término puede que sea una de tantas tonterías como a uno se le ocurren. He aquí los nombres: Acidalía, que es una de las advocaciones de Afrodita; Actea, una nereida; Adrastia, hija de Júpiter o Zeus y de la Necesidad; Antígona, que todo el mundo sabe quién fue —y miró irónicamente a Teófilo—, y Lotos, una ninfa. Este último nombre no tiene la A por inicial; pero a mí me suena muy bien. Lotos o Antígona, me parecen dos buenos nombres de cartel. ¿Qué dices, Pitusa?

—¿Qué te parece a ti? —solicitó de Teófilo Rosina, proporcionándole con el tuteo, en presencia del Ministro, gran satisfacción.

—Antígona me parece un nombre muy bello. Suena un poco trágico, pero no importa.

De que era un personaje de la tragedia antigua estaba seguro, y esto era todo lo que sabía acerca de Antígona; él, Pajares el poeta, que había decorado siempre sus versos con innúmeras alusiones al arte y a la mitología helénicos.

—¿Ha oído usted ya cantar a Antígona?

—No, señor.

—¿Quieres cantar algo, Antígona?

—Ya lo creo, con mucho gusto —se levantó de la butaca, y con gentil alacridad fue hasta el piano. Volviose un punto para decir a Teófilo—: Te advierto que toco rematadamente mal. Solo lo preciso para acompañarme.

—¿Qué vas a cantar, Pitusa?

Ninon.

—¡Oh, Pitusa; canta cualquiera otra cosa!... ¡Eso es tan sentimentalmente cursi!...

—A mí me gusta, Sabas.

Rosina cantó:

Ninon, Ninon, qu’as tu fait de la vie?

L’heure s’enfuit, le jour succède au jour.

Rose ce soir, demain flétrie,

Comment vis-tu, toi qui n’a pas d’amour?

Aujourd’hui le printemps, Ninon,

Demain l’hiver...

La voz de Rosina era escasa; pero tenía densa transparencia de óleo y se insinuaba dentro del espíritu con cariciosa suavidad. Desafinaba a veces un poco, y era en todo momento insegura, algo temblorosa, como si diluida dentro de ella palpitase una gran emoción, de la cual se contagiaba muy presto el oyente. Teófilo no entendía las palabras; pero la música se le filtraba hasta el más oscuro rincón del alma, colmándole de ciega felicidad, que al esforzarse en adquirir luz y conciencia de sí propia producía dolor gustoso.

Don Sabas tenía los párpados caídos, y la carátula también. Con profunda angustia recibía en el corazón los versos de Musset y el lamento sentimentalmente cursi de Tosti: «¿Qué has hecho de tu vida? Huyen las horas, y las días suceden a los días. La rosa de esta tarde, mañana estará marchita... Hoy, primavera; invierno, mañana.» Y luego, ¿cómo se puede vivir sin amor? ¡Oh, amor; necio engaño! Sicilia, de la propia suerte que había teñido de negro la ancianidad de sus barbas, había blanqueado de filosofía la negrura desolada de su espíritu escéptico. Pero ahora, bajo el influjo de aquella musiquilla cándida, quejumbrosa, el postizo embadurnamiento se resquebrajaba, se derretía, dejando al aire hielo vivo entre sombras. Y con el corazón aterido, Sicilia abarcaba la desmesurada vacuidad de todo lo creado. ¿De qué le había servido aquel emplasto de estoicismo, epicureísmo y anacreontismo, a dosis iguales, aplicado al alma por curarla del miedo a la muerte y darle fuerza y virtudes? Era honesto y virtuoso en el sentido clásico; no había hecho mal a nadie; pero sus virtudes, ¿qué eran sino groseros simulacros, prendas de abrigo que no abrigaban? Mesábase las barbas, engañosamente negras, y la amargura del pecho casi le rebasaba por los ojos.

Terminada la canción, cuando Teófilo y Rosina miraron de nuevo a don Sabas, este tenía ya superpuesta la carátula social.

—Muy bien, Pitusa. Tienes una voz muy dulce y mimosa. Pero esa romancita...

—La romanza es admirable. Nada hay tan penetrativo ni que tan hondamente remueva el alma como la música —sentenció el poeta.

Como poeta español que era, tenía por característica un sistema nervioso esencialmente refractario a la música. Nunca había sentido la música. Oyendo cantar ahora a Rosina había recibido insospechadas emociones, que no eran sino voluptuosidad sin satisfacer, evaporada en bruma de anhelo, y que él tomaba por puras emociones musicales. Encontrábase tan enorgullecido con el reciente don de sensibilidad que preguntó a don Sabas:

—Pero, ¿de veras no le ha conmovido la romanza?

—¿Qué quiere usted que le diga? A esta música dulzona italiana, y aun a la alemana, prefiero la española, porque es más instintiva, más sincera. El español no concibe la música sino como aderezo de la lujuria o a manera de desfogo físico y bramido carnal; por eso los músicos españoles no aciertan a componer nada que valga la pena, como no sean chotis, tangos y jotas. Chotis, tangos, jotas: esa es música, y buena música, música centrífuga, que le vacía a uno el cerebro a través de los miembros, derramándolo hacia afuera, en un prurito de danzas, de cabriolas y otros ejercicios más placenteros. Pero, la otra música, la centrípeta, cuya acción es a la inversa, de fuera adentro... Si corrieran tiempos de tiranía y yo fuera tirano, suprimía de un golpe, así, con un rasgo de la pluma, semejante clase de música. O mejor, y para mayor seguridad, suprimía la música en absoluto —y sonrió con afabilidad indiferente.

Rosina, vejada por la frialdad de don Sabas y sin haberle entendido, habló en tono algo áspero:

—En resolución, que para ti la música, como quien oye llover.

—Psss... Ojalá nunca aprendas, Pitusa, a oír llover.

—Oh, Sabas; a veces me atacas los nervios, porque no pareces una persona...

—Está por la primera vez que veo enfadada a la Pitusa. No he querido enojarte, Rosina, y ya te he dicho que tu voz es muy suave y bella. Harto sabes cuánto me gusta oírte cantar. Te pronostico grandes éxitos en el teatro.

—Allá veremos —contestó Rosina con mal simulada humildad.

La fuerza atractiva de la gloria la orientó hacia el futuro, de manera que continuó hablando con voz de lontananza, como si los seres y cosas en torno de ella hubieran dejado de existir. Dijo que no cantaba en Madrid sino a guisa de ensayo o prueba por ver si el público la atemorizaba; que en cantando dos o tres noches rescindiría el contrato con el Obispo retirado, por grande que fuera el éxito de su presentación; que el foco de sus ambiciones era París, y que deseaba también conocer los Estados Unidos del Norte de América. Tanto don Sabas como Teófilo sentían por modo evidente cuán lejos de ellos estaba aquella mujer, cuán inasible e indomeñable era su corazón. Hubo un silencio que rompió Antígona, retrotraída al futuro próximo.

—Se me olvidaba decirte, Sabas, que pienso pasar la semana que viene en El Escorial.

—Es el caso, Pitusa, que como estamos en las tareas preliminares del Gobierno no podré acompañarte. Te haré alguna visita.

—No, no te molestes. Quiero estar sola, completamente sola, unos días.

—Como gustes —don Sabas había comprendido.

Pajares consideraba los días de El Escorial como la crisis decisiva de su existencia. Durante ellos, había de apoderarse para siempre de Rosina o perderla para siempre.

Don Sabas, que había venido a casa de Rosina en la esperanza y aun con la certidumbre de mitigar un poco el hastío de su vida, exasperado en las horas de ministerio, hallábase más triste y cansado que nunca. Le hostigaba la necesidad de sentir sobre el rostro la tersura lenitiva de la mano de su amante. Le hacían falta mansas caricias físicas, como al terruño yermo el agua de llovizna.

Lentamente y renqueando, Sesostris avanzaba por la habitación.

—¡Oh, excelente Sesostris! —exclamó don Sabas—. ¡Quién fuera galápago o tortuga! —como de ordinario, sus interlocutores ignoraban si lo decía en serio o de chanza—. Todos los males del hombre, ¿no cree usted, señor Pajares?, se derivan de un mal original; el de tener epidermis. Parece a primera vista que el mal original es la inteligencia, entendiendo por inteligencia la manera específica y necia que el hombre tiene de conocer el universo; pero si en lugar de epidermis tuviéramos un caparazón, como este animal privilegiado, o un dermatoesqueleto, como la langosta, nuestra inteligencia sería de distinto y aun de opuesto linaje. El hombre es el único animal que tiene epidermis. Tener epidermis equivale a andar con el alma desnuda, de suerte que de todas partes recibe heridas. Y por todas partes mendiga halagos. Por eso, cuando Platón dijo que el hombre era un bípedo sin pluma, sentaba una gran verdad que nunca ha sido bastantemente desentrañada. Tres son las fuerzas naturales de toda sociedad animal: la necesidad de alimentarse, la necesidad de reproducirse y la necesidad de moverse. ¿No se da usted cuenta, señor Pajares, de las terribles consecuencias que arrastra consigo la aparición de la epidermis, y cómo aquellas que eran fuerzas naturales se truecan en fuerzas morales, que es lo peor que pudo haber sucedido? ¡Oh, excelente Sesostris, la más noble de las criaturas, la de sangre más azul y aristocrática, porque tu abolengo tiene millones y millones de años de historia cierta! ¡Oh, tú, reptil insigne, cuyos antepasados reinaron en el aire, en el agua y sobre la tierra, señoreando el mundo y sus elementos! ¡Maldito el hado que os puso enfrente tan despreciable y bruto adversario como es el mamífero, y en sus bárbaros designios determinó que fuerais extirpados casi totalmente!

Sesostris, como cualquier diputado de la mayoría, no prestaba atención a la elocuencia ministerial, y seguía su pausada y renqueante ruta en busca de cucarachas.

En esto entró Rosa Fernanda, que había vuelto del paseo, y fue a agazaparse en el regazo de su madre.

—Ven a darme un beso, Rosa Fernanda —dijo don Sabas—. Ven y te contaré el cuento del príncipe narigudo.

Rosa Fernanda acudió al requerimiento y se acomodó entre las piernas del ministro, el cual recibía sutil deleite físico contemplando la rosada fragilidad de la niña y acariciándole el oro resbaladizo de los cabellos. Rosa Fernanda levantó la cabeza cuando don Sabas comenzó a referir el cuento. Escuchaba como los niños acostumbran, con los ojos, como si las palabras, al desgajarse de los labios, se materializasen adquiriendo la forma y color de los objetos representados. Veía los vocablos en su religiosa desnudez originaria.

Entretanto, Rosina y Pajares pudieron hablar a solas y puntualizar la fecha y sitio de la próxima entrevista.

Rosa Fernanda se fatigó muy pronto de escuchar el cuento. Don Sabas le era antipático, así como sus caricias. Los niños, en su selección de amistades y afectos entre personas mayores, tienen el don de rehuir instintivamente aquellos individuos cuyo contenido ético es antivital, como la raposa huele y teme la pólvora antes de toda experiencia. No es raro encontrar este don en las mujeres. Sienten apego por Don Quijote y Don Juan; Hamlet les es repulsivo.

La niña volvió al regazo de la madre y allí se mantuvo en silencio, asimilándose la realidad externa con largas, inquisitivas miradas.

Hablaban don Sabas, Pajares y Rosina de cosas de poco momento y en tono indiferente, porque después de las emociones de la tarde, cada cual se recogía dentro de sí mismo y laboraba por extraer claras impresiones críticas.

Punto de vista de don Sabas.—Tenía conciencia de ser antipático, instintivamente antipático, a Rosa Fernanda, como se lo era a todos los niños, aun cuando él los amaba, y esto le acongojaba; de ser a medias antipático a Rosina y también del origen de este sentimiento fluctuante; de ser antipático por entero a Teófilo, o, por mejor decir, odioso, y cómo la causa del odio era el creerse Teófilo muy por debajo de don Sabas en inteligencia, ingenio y fortuna. Y, sin embargo, don Sabas sabía que Pajares le era superior; primero, en juventud, y señaladamente en la posesión de una cualidad divina, el entusiasmo, o sea aptitud para la adoración o para el odio. Teófilo podía caer en dolorosos desalientos o subir a la cima del más apasionado rapto; podía alternativamente pensar, tan pronto que el mundo era malo sin remisión, como que era divino, el mejor de los mundos posibles. Don Sabas sabía que el mundo era tonto, comenzando por Teófilo, un tonto, como todos los tontos, susceptible de felicidad o de infelicidad.

Punto de vista de Rosina.—Don Sabas le parecía, cuándo extremadamente sensible, cuándo extremadamente embotado de nervios e indiferente. La sugestionaba como el vaivén de un péndulo brillante. Veía que aventajaba a Teófilo, con mucho, en inteligencia y agilidad para urdir frases que quizás fuesen profundas; pero con todo no se resolvía a concederle más talento que a Pajares. No podía explicárselo; pero en Pajares adivinaba la verdad oculta, y sobre todo una fuerza misteriosa que le hacía atractivo y amable.

Punto de vista de Pajares.—La presencia y sonrisa de don Sabas le hacían el efecto de insultos. Era como si después de árida jornada, cuando creemos andar por lo postrero de ella, encontrásemos otro caminante que en son de burla nos dijera haber equivocado nuestro camino y hubiéramos de desandar lo andado. La sonrisa de don Sabas sugería la posibilidad de que todo aquello que Teófilo tomaba tan a pecho eran fruslerías y nonadas, como si don Sabas estuviera en el secreto de la vida y no quisiera descubrirlo; y lo peor es que quizás don Sabas tuviera razón. Veíase, pues, forzado a reconocer en don Sabas una superioridad, y, viéndose en su presencia tan empequeñecido, lo aborrecía.

Punto de vista de Rosa Fernanda.—Como el de todos los niños, era a ras de tierra. Podía ver la parte inferior de los muebles, la arpillera que les forraba la panza, un intestino de estopa saliendo por debajo del diván, y a Sesostris, debajo del piano. En circunstancias normales, las personas no existían para ella sino desde los pies a las rodillas. Teófilo y su indumentaria le parecían más pintorescos que don Sabas. La parte baja de los pantalones de Teófilo, con flecos y raros matices, pero sobre todo las botas, la tenían encantada. La afición que los niños muestran a los mendigos es tan solo gusto de lo pintoresco. En una de las botas de Teófilo había una larga goma, como un gusanillo negro, colgando del elástico. Rosa Fernanda hubiera dado cualquiera cosa por ir a arrancarla y jugar con ella.

Sería interesante conocer el punto de vista de Sesostris.

Teófilo se levantó, dispuesto a irse. Don Sabas se despidió también. Bajaron juntos las escaleras. En la puerta de la calle, don Sabas preguntó:

—¿Por dónde va usted?

—¿Y usted?

—Yo, hacia arriba.

—Yo, hacia abajo.

—Ea, pues hasta la vista.

—Hasta la vista.