X

Caminaba Teófilo cuesta abajo, automáticamente; su espíritu descendía también; se apartaba de la claridad consciente; se diluía en una especie de niebla letárgica. Así anduvo toda la calle de Cervantes y el Botánico, cara a la Cibeles. En la plaza de Neptuno dudó si subir hacia el Ateneo o continuar Prado adelante; resolvió lo último. Su estado de ánimo se iba definiendo poco a poco, iluminándose de resplandor intuitivo que manaba de una palabra: dinero. Era fuerza que buscase dinero cuanto antes. Un sentimiento de rebeldía contra la vida moderna le henchía el pecho. El sentido y trascendencia de esta calificación, edad capitalista, se le hicieron patentes. La actividad motriz de estos tiempos no era sino la rapiña del capital, como quiera que fuese; las demás actividades, solo rebabas, añadiduras, ejercicios suntuarios. En otras épocas, amor y belleza, las dos mitades de la vida, habían sido res nullius, cosas no estancadas, de libre disfrute para todos. Pero la edad capitalista había constituído el monopolio de la vida a modo de sociedad anónima por acciones, y escindido el género humano en dos partes: los que cobran dividendo y los que no lo cobran, los que tienen derecho a vivir y los que no pueden vivir. ¿Qué es el amor sino dulce plenitud y exuberancia de energías que por no perderse aspiran a perpetuarse, a reproducirse? Y ¿cómo pueden hacer amiganza el amor y la miseria física, el hambre y la fecundidad? De otra parte, ¿es verosímil enjaretar cuatro versos mediocres sin cuatro malas pesetas en el bolsillo?

Pero lo apremiante para Teófilo era que necesitaba hallar unos cuantos duros inmediatamente. Como ocurre en las coyunturas capitales de la vida, Teófilo esterilizó de toda emoción su pensamiento y se aplicó a hacer cuentas en frío. Era el último día del mes. Al día siguiente, o quizás aquel mismo día, tendría la paga que su madre acostumbraba enviarle cada mes. Teófilo vivía en la misma casa de huéspedes desde hacía tres años, y si bien no había mes que pagase los quince duros íntegros del pupilaje, a razón de 2,50 por día, con todo era un pagador exacto en la medida de sus recursos, de manera que hasta cierto punto le era lícito dejar de pagar aquel mes y reservarse el dinero para el viaje a El Escorial. Tal vez su madre le enviase también el extraordinario. En este caso, la suma total andaría tocando con las cien pesetas. Pero, era poco. No había otra salida que pedir dinero prestado a un amigo. ¿A quién? A Díaz de Guzmán; sí, él era el hombre.

Teófilo llegó a su casa, de noche cerrada. Era una misérrima casa de huéspedes de la calle de Jacometrezo. En el pasillo, apenas esclarecido por una bombilla exhausta, el vaho de los potajes se fundía con otras hediondeces. Teófilo cruzó con un huésped, Santonja.

—Hola, poeta. ¿Ha habido convite hoy? Le he echado a usted mucho de menos, porque no tuve con quién discutir.

Santonja se había repatriado hacía poco tiempo desde la Argentina. Estaba desviado de la espina dorsal y era cojo; la faz, chata, simuladamente jocosa. Venía en mangas de camisa (una camisa de color sangre de toro) y llevaba un libro de la biblioteca Sempere debajo del brazo. Las discusiones de las horas de comer eran casi siempre sobre anarquismo. Un día, por dárselas de hombre terrible y espantar a los comensales —dos burócratas, tres horteras, un alcarreño de paso y un comandante—, Teófilo había modulado una rapsodia lírica en loor de Morral y la propaganda por el hecho. Santonja le interrumpió, calificando sus frases de absurdidades. Acalorado, Teófilo llegó a sostener que él no tendría inconveniente en tirar una bomba. Santonja había añadido que ninguna persona con sentido común puede ser anarquista; pero que, dado que la persona careciera de aquel sentido, cosa frecuente, para tirar bombas se necesita mucho ombligo. A partir de entonces, Santonja solicitaba de Teófilo, con evidente ironía, razones que apoyasen el ideal anarquista. Respondíale Teófilo con argumentos que él consideraba muy originales y funambulescos; pero el otro replicaba que todo aquello era una pamplina.

Tales discusiones habían obsesionado a Teófilo en términos que no era raro oírle jactarse de sus ideas anarquistas en el Ateneo y otras tertulias literarias.

—¿Viene usted a cenar hoy, señor Pajares?

—Creo que sí; ¿por qué?

—Porque me parece que hoy no trae usted cara de discutir conmigo.

—Le advierto que yo no he discutido nunca con usted.

—No; ya sé que usted me desprecia. Yo soy un hombre sin instrucción y usted es un literato. Y, a propósito, como me ha dado usted la matraca con Kropotkin, he comprado este libro escrito por él. ¡Puaf! Macana pura; pura filfa... ¿Cree usted que el mundo es bueno, señor Pajares?

—Sí, señor.

—¿Cree usted que eso que llaman amor existe?

—Sí, señor.

Una pausa.

—Bien; ¿qué hay con eso? —preguntó Pajares.

—Nada, sino que quizás hice mal en dudar de su sinceridad de usted como anarquista; pero como usted no compone versos sino sobre la muerte, la tumba y la podre... como si este mundo fuera el peor de los mundos imaginables, y esto, mi amigo, creo yo que no se compadece con ser anarquista...

—Hombre, al contrario.

—Puede; depende del punto de vista. Creer que el mundo es bueno, y que hay amor en él; pero no tener dinero y no poder tener novia, o si uno la llega a tener que se la pegue a uno, porque uno no es un Adonis (y no lo digo por usted), entonces sí que comprendo lo de las bombas, aun con poco ombligo.

—¡Bah, bah! Valiente anarquismo el que tuviera móviles tan bajos.

—Oiga, mi amigo; me parece que lo mismo que las plantas, los grandes hechos requieren su abono. La flor o el fruto viene a lo último, y el abono, que es lo primero, siempre es abono, ¿qué le parece?

—Nada, que tengo prisa. Hasta luego.

—Hasta luego, señor Pajares.

Pajares entró en su cuarto. Sobre la mesilla de noche había una carta, de su madre. Teófilo la abrió con dedos ágiles y optimista corazón. No contenía ningún cheque. Decía la carta:

Amado hijo: No sabes cuánto he sufrido estos últimos ocho días del mes pensando en ti. Me es imposible enviarte la acostumbrada mesada, y lo peor es que tampoco podré de aquí en adelante. Sabes que los Martín, labradores de Zaratán, han tenido en mi casa todo el curso pasado a su hijo Arístides, que estudia Farmacia. Me habían prometido pagarme todo junto en comenzando el nuevo curso, por la cosecha. Pero dicen que la cosecha fue mala, y por más cartas que les escribo no sueltan prenda. ¿Para qué enviarán un hijo a los estudios si no cuentan con medios? Solo para vivir del sudor ajeno. Yo, bien sabe Dios que los perdonaría de buen grado; pero no puedo menos de pensar que el hijo de ellos ha estado engordando a costa del mío, que te aseguro que comía más que un cavador. Para este curso lo han enviado a otra casa, y yo me alegro, no de que caiga sobre otro la carga, sino por verme libre de él, porque era además muy calaverón y escandaloso, como son todos estos zafios cuando vienen a la ciudad. No había querido decirte antes que don Remigio, el canónigo, se marchó de casa; ya ves, después de tantos años, y el único huésped formal y seguro. Fue un gran golpe para mí. Ya hace de ello dos meses, y no me he podido recobrar del disgusto. Creí que nos tenía algún apego. Decía que últimamente no se podía comer en casa, y te echaba la culpa a ti, porque yo te enviaba ahorrillos, cuando él debiera estar tan interesado como yo, que te conoció desde que eras una criatura y fue tu primer maestro. Por todo ello he estado tan apurada que no podía pagar el alquiler, y anduvieron si me desahucian; pero gracias a Coterón el usurero, que me hizo unos pagarés sobre los muebles, pude salir del atranco. No estoy muy bien de salud; pero no te preocupes. Mi mayor pena es si tú pensarás que no te envío el dinero por propia voluntad. No, hijo mío; tú no puedes pensar eso de tu madre, que sabes te adora.

El recorte de periódico que me has enviado me ha hecho derramar lágrimas de ternura y orgullo. Sí, debían echar flores a tu paso. Ya desde chiquitín se comprendía que ibas a ser una gran cosa. Componías coplas mejor que los mayores, y así lo reconocían todos. Pero ya sabes que por estas pobres tierras de las Castillas los poetas se han muerto de hambre siempre. No me acuerdo de nombres; pero así lo he oído asegurar a los viejos. Luego, tus poesías son demasiado buenas y no las saben apreciar; yo, por ejemplo, que soy una ignorante, no las entiendo, y a veces temo que digas alguna herejía contra Nuestra Santa Madre la Iglesia. No; es imposible, que has sido criado en el temor de Dios. Pero lo principal es, Teófilo, que como eres tan sencillo y bondadoso crees que los demás son como tú y te ilusionas con que de un día a otro te van a dar oros y montones. Dices que si hasta ahora no has ganado las pesetas por miles es por la envidia que te tienen, y yo lo creo; pero piensa que la envidia es planta que nadie desarraiga del mundo, y si te la han tenido, te la seguirán teniendo y siempre estaremos igual. Gloria, como muy bien me dices, ya has conquistado de sobra, ¿qué más quieres? Tres años hace que no nos vemos, y a mí me han parecido tres siglos. ¿Por qué no vienes y dejas esa maldita Corte? Irías a pasar unos días de visita a casa de tus tíos, en Palacios. Tu prima Lucrecia te quiere como siempre, o, por mejor decir, te quiere mucho más desde que andas por los papeles. Ya sabes que tienen un majuelo y no sé cuántas yugadas de buena tierra de pan llevar, y Lucrecia es hija única, que se perecen por ella los mozos de los pueblos y los señoritos de Rioseco, y hasta alguno de Valladolid. ¡Qué vejez tan dichosa, hijo mío, me deparabas si te decidieras a escucharme! Pero yo nada te digo si crees que debes seguir tu vocación...

Un beso de tu madre que te quiere,

Juanita.

Las tres últimas líneas estaban escritas de una manera confusa y temblorosa. Teófilo leyó toda la carta; la segunda parte, sin clara noción de lo que leía. Quedó anonadado. Redujo a pequeños trozos la carta, rasgándola sucesivamente, sin saber que la rasgaba. Salió a la calle y se dirigió a casa de Angelón Ríos, en donde vivía Alberto Díaz de Guzmán. Si Alberto no le salvaba estaba perdido.