V
Después de cerrar la puerta en las narices del zapatero irascible, Alberto volvía a su cuarto a lavarse el pie con agua de espliego por ver de restañar la sangre, cuando la puerta del cuarto de baño se entreabrió: asomó entonces la cabecita de Verónica, con la cabellera caída y remansada sobre los desnudos hombros.
—¿Qué ocurre, Alberto?
—Nada, Verónica. Buenos días, ¿cómo estás?
—Bien, bien.
—¿Y Ángel?
—Salió esta mañana, temprano, como siempre. Me dijo que siguiera durmiendo y que estuviera en casa contigo; que traerían carbón, y la comida de un restorán o del Casino, y que él vendría a comer con nosotros. Dice que tiene que celebrar hoy, imprescindiblemente, una conferencia con Zancajo. Entra.
Alberto entró.
—¿Pero no te sientes mejor? Qué cara tienes, Alberto. A ver si es algo de cuidado. ¿Por qué no llamas a un médico?
Verónica estaba en camisa, descalza de pie y pierna. El descote dejaba al aire el nacimiento de los senos, pequeñuelos, morenuchos y algo cansados. La piel era cariciosa a los ojos y de matices veladamente musgosos, verdimalva.
—Toda la noche he tenido fiebre alta y pesadillas, pero se conoce que la sangría me ha sentado bien.
—¿Qué sangría?
Alberto levantó el pie herido, sangrante.
—¡Virgen de Guadalupe! ¿Qué es eso, criatura?
—Vamos a ver si se estanca la sangre. Ayúdame. ¿No hay por aquí algún trapo?
—Espera: esta camisa parece de hilo. Que ni de perlas, pal caso.
Tomó una camisa de hombre y con unas tijeras la redujo a tiras.
—¿Qué has hecho, mujer? Una camisa nueva, sin estrenar. Quizás sin pagar aún... Cuando se entere Angelón te mata.
—Que encargue otra. ¿Para qué le sirve tanto dinero como tiene?
Alberto no pudo menos de reír. Verónica le acompañó a todo trapo, muy satisfecha, con la vaga noción de haber hecho y dicho una gracia.
La sangre se estancó pronto.
Llamaron a la puerta. Verónica estaba ya vestida; Alberto a punto de concluir de vestirse.
—¿No puedes abrir tú, Alberto? Esa gente que viene por las mañanas me da miedo. Ángel dice que son conservadores, sus enemigos políticos. ¡Qué mundo!
—Ve tú y abre. Si fuera algo de importancia ya iré yo.
Alberto oyó el ruido que hacía la puerta al abrirse; después, un cuchicheo de diapasón femenino.
Presentose Verónica otra vez en el cuarto de baño:
—Es mi hermana Pepa y su chulo. Pues... Me da vergüenza decírtelo. Ya sabes que en casa no entra más dinero que el que yo gano, y como hace varios días que no les doy nada... Dice Pepa que en la tienda no les fían ya. Yo creía que Ángel me daría sin que yo se lo pidiera. Como ahora él no está, Pepa se empeña en que te pida un duro a ti. Me da una grima...
—Es el caso, Verónica, que no tengo el duro que me pides.
Verónica rio sigilosamente.
—Te he tañao —dio un golpecito en la mejilla de Alberto y salió saltando.
A los dos minutos volvía Verónica, y en pos de ella Pepa y su novio. La mujer tenía cara de tísica, los ojos febriles; se arrebujaba en un mantón color pulga. El amigo no se había despojado de la gorra; vestía un marsellés de tela de cobertor y llevaba las manos descansando en los verticales bolsillos. Sus actitudes eran de petulancia seminal y sugerían la imagen de un gallo.
—Nada, que esta golfa... —comenzó Verónica, con sofrenada indignación.
—¡A mí no me llames golfa! —atajó Pepa, desafiando a su hermana con pupila arisca.
El chulo, que se apoyaba de un modo indolente sobre la pierna izquierda, traspasó la base de sustentación a la derecha y entornó los párpados con gesto de hastío. Continuó Pepa:
—En casa no hay más golfa que tú.
—Así me lo pagáis. Estúpida de mí —dirigiéndose a Alberto—: ¿qué te acabo de pedir?
—Un duro, que no tengo.
—¿Lo ves? —preguntó Verónica, furibunda.
—Tira p’alante y agur la compañía —ordenó el chulo, sacudiendo la cabeza hacia la puerta.
Cuando marcharon, Verónica habló, sonriendo:
—Si vieras cuánto me alegro que no le hayas dado el duro.
—¿Cómo se lo iba a dar si no lo tengo?
—A ver...
—Lo que oyes, mujer.
—Me querrás meter el dedo en la boca.
Después de examinar la expresión grave de Alberto, Verónica meditó.
—Vaya, que es imposible. Bueno; no tienes el duro en el bolsillo por casualidad, pero lo tienes en otra parte.
—En ninguna parte.
—¿Quiere decirse que estás como yo?
—Ni más ni menos. Tú haces hombres, como se dice; yo hago literatura, artículos, libros. Si la gente no nos paga o no nos acepta, nos quedamos sin comer. Tú vendes placer a tu modo; yo, al mío; los dos a costa de la vida. En muy pocos años serás una vieja asquerosa, si antes no te mueres podrida; yo me habré vuelto idiota, si antes no muero agotado.
Verónica se abalanzó a abrazar a Alberto, movida de un sentimiento que no atinaba a explicarse:
—¡Qué cosas dices! ¡Y qué tonta soy! No sé lo que hago ni lo que pienso. ¡Qué tonta soy! —y con transición inopinada—: Vamos a ponerle los cuernos al viejo —el viejo era Angelón.
—No digas tonterías, Verónica. Bueno estoy yo para poner cuernos a nadie.
Verónica humilló la cabeza, avergonzada:
—¡Perdona! No sé lo que digo.
Salieron al gabinete.
—En tanto viene Angelón y la comida, si vienen, yo voy a trabajar un poco. Como te vas a aburrir en mi compañía, y aquí se me figura que hoy no llenas la tripa, me parece lo mejor, Verónica, que te vayas a tu casa. Digo, ya no me acordaba que en tu casa tampoco hay menú.
—Pero, hombre; si Ángel me ha dicho que traerán la comida del Casino...
—¡Ah!, entonces siéntate a esperar mientras yo trabajo.
—¿Qué vas a hacer?
—Estoy traduciendo del inglés un drama para el actor Moreu. Allá veremos si lo concluyo y me lo ponen.
—¿Cómo se llama?
—Otelo. ¿No has oído hablar de Otelo?
—Espera, Otelo... ¿No era uno muy celoso?
—El mismo.
Alberto se sentó a escribir. Hacía frío. Oyéronse unas patadas en la puerta. Alberto salió a abrir. Era un carbonero con un saco de antracita a cuestas.
—¡Buen augurio! —exclamó Alberto.
—¿Eh? —interrogó el carbonero. Con la somera modulación de estas dos letras, una de las cuales es muda, delató el carbonero su oriundez galaica. Entre la mucilágine tenebrosa que le embadurnaba el rostro, el blanco de los ojos adquiría tonos calientes de ocre.
Después de descargar el saco, el carbonero aguardaba que le pagasen.
—¿Cómo? Ya pasará el señorito o yo por la carbonería —dijo Alberto.
—¡Quia! Si no me dan los cuartos el carbón vuélvese pa casa.
Alberto procuró quebrantar la obstinación del gallego con diferentes recursos retóricos; pero todo era en balde. El gallego sacudía la cabeza, se arrascaba con estrépito el cuero cabelludo y miraba amorosamente el saco de carbón, a sus pies en tierra.
—No perdamos tiempo. Ni los cuartos ni el carbón —rezongó Alberto, perdiendo la serenidad. Cogió al carbonero por un brazo y lo empujó fuera del piso.
—Entonces... —tartajeó el carbonero, amedrentado—, ¿cuándo traigo la cuenta?
—Cuando se le antoje —y cerró la puerta de golpe.
Sentados en cuclillas sobre la alfombra cargaban Verónica y Alberto la salamandra. Dijo Verónica:
—También Angelón tiene una asadura... ¿Qué trabajo le costaba haber pagado el carbón?
—¿Cómo lo iba a pagar, Verónica, si no tiene un cuarto?
—¿Eh?
—Que no tiene un cuarto.
—¿Qué quieres decir?
—Que no tiene un cuarto —repitió, sin mirarla y pensando: «Cuanto antes lo sepa, mejor. Es una barbaridad tener tanto tiempo engañada a esta pobre muchacha.»
—¿Como tú y como yo?
—Peor; porque si bien si es cierto que tiene alguna renta, sus necesidades son mayores que las nuestras, y sus deudas, a lo que presumo, todavía mayores que sus necesidades —de propósito evitaba mirar a Verónica, sospechando que su expresión sería de doloroso desencanto.
—¿Y este piso?...
—Se lo paga la familia, creo.
Hubo un silencio que rompió Verónica riendo a carcajadas. Se puso en pie y palmoteó como una niña, revelando infinito contento.
—¿De manera que sois unos bohemios?
—¿Qué quieres decir, Verónica?
—Como esos de los libros y de las novelas y de las óperas. ¡Viva la vida bohemia! Y yo que creí que eran inventos de los papeles y de los escritores... ¡Pero hijo, si yo he sido loca por todo eso!... Cuando vivíamos en Trujillo, antes de venir a Madrid, leí en el folletín de un periódico la primera cosa de la vida bohemia, y artistas, y qué se yo... Anda, pues si no hacía más que pensar en Mimí, y Museta y aquel Coline tan gracioso... Luego, siempre que veo en los carteles Bohemios, si tengo dinero voy al teatro. Me he ganado cada bronca de mi madre... Me sé la música de memoria —tarareó unos compases, enarbolando el brazo derecho, y sin dar tiempo a que Alberto le atajase continuó vertiginosa charloteando—: Pero chiquillo, los bohemios de las novelas y del teatro viven en buhardillas y no tienen qué ponerse; vosotros, ya, ya: vivís en un palacio, y vestir, no digamos. Mejor está así, una buena casa y luego, bohemios. Lo importante es no tener dinero, no saber si se va a comer o no en el día, y cantar y recitar versos. ¿Tú qué te creías? Pues te voy a recitar unos versos:
Soy poeta embrujado por rosas lujuriosas
y por el maleficio de la luna espectral.
Mi carne ha macerado, con manos fabulosas,
uno por uno cada pecado capital.
En el burgués estulto, mis guedejas undosas
de bohemio suscitan una risa banal;
mas él no advierte, bajo mi mugre, las gloriosas
armas del caballero ungido de ideal.
Son, mi magnificencia y fasto, principescos;
adoro las manolas y los sueños goyescos;
toda la España añeja triunfa a través de mí.
Con ajenjo de luna mi corazón se embriaga,
y en mi yacija, por que la carne satisfaga,
sus magnolias me ofrenda la princesa Mimí.
Precioso, ¿verdad? Sus magnolias me ofrenda la princesa Mimí... ¿Sabes de quién son los versos?
—De cualquiera.
—¿Cómo de cualquiera? ¿Es que no te gustan?
—No es eso, Verónica. Si de un jardín lleno de rosales arrancas una rosa y me preguntas de qué rosal es esta rosa, ¿qué voy a decirte yo, sino de cualquiera? En la poesía, hijita, hay modas según los tiempos, y todos los poetas a veces parece que se ponen de acuerdo para escribir cosas tan semejantes que lo mismo da que sean de uno que de otro. Una docena de poetas, por lo menos, conozco yo, que pudieron haber compuesto el soneto que has recitado sin quitarle ni añadirle una tilde. De algunos años a esta parte, querida Verónica, no hay poeta que no esté macerado por los siete pecados capitales, lo cual no impide que si se les moteja de envidiosos se ofendan, y la verdad es que no suelen serlo, porque ¿a quién han de envidiar si cada cual se cree por encima del resto de los mortales? Tampoco tienen muchas ocasiones de darse a la gula, y en cuanto a la avaricia... ¡Ojalá fueran un poco avarientos de tropos y símiles, que tan a tontas y locas despilfarran!
—Pero, en resumidas cuentas, no has dicho si te gustaron o no los versos que te recité.
—¿Te gustan a ti?
—Me encantan.
—Pues a mí también me gustan.
—Son de Teófilo Pajares. Supongo que le conocerás.
—Sí, sí.
—A ver si me lo presentas un día. Yo me sé de memoria muchos versos de él. Debe de ser un gran tipo, con su melena...
—No tiene melena.
—¿Cómo que no? Entonces, ¿por qué habla de sus guedejas undosas? ¿Guedejas no es lo mismo que melena?
—Sí.
—Oye, pues eso de decir una cosa por otra no está bien. ¿Y quién es su Mimí?
—Yo qué sé...
—A lo mejor tampoco es verdad lo de las magnolias.
—A lo mejor.
—Tú también haces versos, ¿quieres decirme algunos?
—Yo no sé de memoria mis versos.
—Algunos sabrás. Anda... —suplicó Verónica. La gravedad de su cara, de ordinario gozosa, era persuasiva. Pero Alberto repugnaba recitar versos propios.
—Vamos a lavarnos las manos.
Después de lavarse retornaron al gabinete. Acomodáronse en sendas butacas a un lado y otro de la encendida salamandra.
—Anda, Alberto, sé amable. Dime algún verso tuyo.
—Si no los sé de memoria...
—Alguno sabrás.
—Solo un pequeño poema. Te lo diré y te aburrirás, porque mis versos no tienen ninguna importancia, como no sea para mí mismo. —Fijó los ojos en el trémulo vermellón de la salamandra, y con voz rebajada y algo incierta, recitó:
Señor, yo que he sufrido tanto, tanto,
que de la vida tuve miedo,
y he comido mi pan húmedo en llanto,
y he bebido mi vino acedo;
yo que purgué pecados ancestrales,
y delitos confusos del antaño,
y la cosecha negra, de fatales
simientes, a estas horas agüadaño;
Señor, si es que tu mano justiciera
el humano torrente
del placer y el dolor tasa y pondera
en cada vida equitativamente,
dame la paz que he merecido. Aleja
de mis labios el pámpano en agraz.
Dame la uva ya en sazón, bermeja
en sus dulces entrañas. Dame paz.
Dame el suave manjar de la alegría
por una vez siquiera.
Dame la compañía
de la que debe ser mi compañera.
Buscaremos un rústico descanso;
que allí nuestra oración, como un incienso,
suba en el aire manso
del firmamento inmenso.
Una casa no más, de aldeana esquiveza,
con un huerto a la espalda, y en el huerto un laurel,
y un fiel regazo en donde recline mi cabeza,
y por la noche un libro y una boca de miel.
Y además, que las rosas, de corazón riente,
canten todo a lo largo de las sendas del huerto,
y la boca y las rosas yazgan sobre mi frente
cuando ya esté cumplida mi labor, y yo muerto.
Verónica se estuvo sin hablar largo tiempo, meditando sobre lo que había oído. Habló después:
—Si no he entendido mal, tú quisieras vivir lejos del mundo, con tu mujer, solos en la aldea. ¿Te cansa la gente?
—Un poco.
—Y todo eso que aseguras en los versos, de querer ir a vivir solo, ¿es verdad?
—Por lo menos lo era cuando los escribí. Y ahora, al recordarlos, vuelve a ser verdad.
—Tienes razón; eso debe de ser una felicidad —y exaltándose de pronto—: Pero no digas, la vida de bohemia... Nada, que yo no vuelvo a mi casa. Que lo gane Pilarcita, que ya está en edad. Yo me quedo a vivir con vosotros, a ser Mimí, a pasar apuros y a gozar... Si era mi ideal ese...
—Voy a contarte lo que le pasó a un francés que se llamaba M. Jourdain. Este señor se enteró, cuando ya era una persona mayor, de lo que era prosa, y muy maravillado, dice: «¿Es decir que he estado hablando en prosa toda mi vida sin saberlo?» Otro tanto te ocurre a ti. No te molestes en quedarte con nosotros a hacer vida de bohemia, porque toda tu vida la has estado haciendo sin saberlo. No tener dinero, hija mía, no puede ser un ideal, y menos no tenerlo y desearlo, que esto es la bohemia, y ser perezoso e inútil para conseguirlo o crearlo. Mientras vivas en España, Verónica, harás vida de bohemia, porque vivirás entre gente miserable, holgazana e inútil, sin fortuna y con ambición, sin trabajo y con lotería nacional.