VI

No veo cometer una falta que no sienta como si yo mismo la hubiera cometido.

Goethe.

—A todo esto, ¿qué hora es? —preguntó Verónica.

Alberto consultó el reloj.

—Las tres menos diez.

—Y Angelón sin venir.

—Qué, ¿tienes apetito?

—La verdad, un poquitín.

—En la cocina debe de haber algún resto de otros días. Acaso hasta tres o cuatro huevos, y pan duro, y un infiernillo con alcohol, y quizás aceite.

Verónica fue a la cocina y volvió muy alegre.

—Todo lo que tú dices hay. Lo repartiremos entre los dos, como buenos hermanos. Yo haré de cocinera y verás que sé freír bien. El pan está como una piedra, chiquillo. Lo mejor es freírlo también.

Verónica aderezó rápidamente la parva refección y la trajo a la estancia en donde Alberto estaba.

—He encontrado vino, ¿qué te parece? Luego dirás... Si esto es encantador. Los huevos me van a saber a gloria. ¡Ea!, estos para ti.

—Gracias. Hoy no como.

—¿Que no comes? Pues no faltaba otra cosa. Te digo que con un par de huevos estrellados y el pan frito tengo de sobra hasta la noche, y a la noche, Dios dirá.

—No es por eso. Tengo un poco de calentura y no me atrevo a comer. Por no comer un día no se muere nadie. Cómetelo tú todo, anda.

Verónica comió lo que había y más que hubiera sido.

—Te juro que nunca he comido nada que mejor me supiera. Te voy a pedir un favor ahora.

—Lo que quieras.

—Que me leas ese drama de Otelo. ¿Quieres?

—¿Por qué no?

—Me hago la ilusión de ser una gran señora, que, después de haber comido ancas de rana y criadillas de ruiseñor va al teatro —se acurrucó en la butaca, muy cerca de la lumbre—. Arriba el telón.

A poco de iniciar la lectura, Alberto estaba más interesado en las glosas, preguntas y observaciones de Verónica, que Verónica en lo que escuchaba, y esta lo estaba sobremanera. Las reacciones sentimentales e intelectuales que el drama promovía en Verónica eran tan simples y espontáneas, y al propio tiempo tan varias, que Alberto estaba maravillado y sobrecogido, como ante la iniciación de un gran secreto. Era como si se encontrase en la reconditez de un laboratorio mágico, y palpitando entre sus dedos el desnudo corazón humano en su pureza prístina, sobre el cual vertía él los reactivos del gran arte, el arte verdadero, y descubriendo cómo este raro elixir se mudaba en latido, penetraba Alberto en la naturaleza de entrambos, del arte y de la vida. Arte y vida parecían entregársele, y él se figuraba poder aprisionarlos en una fórmula, de exactitud casi matemática. Antiguas meditaciones acerca del arte y conclusiones provisionales desarticuladas entre sí se aclaraban y soldaban en un fresco y sensible tejido orgánico, como si su cuerpo se hubiera enriquecido con un sexto sentido interno, síntesis de los otros cinco y del alma, prodigiosamente apto para deglutir, asimilar y dar expresión a lo más oscuro del arte y de la vida, y rechazar lo antiartístico y lo antivital. Leía, ahora, en voz alta y comentaba a Shakespeare, y al propio tiempo sentíase transfundido en la persona del autor durante la gestación y creación de la tragedia.

Hizo Alberto antes que nada una descripción de Venecia, y Verónica suspiró:

—¡Qué hermosa debe de ser! Como una ciudad encantada, ¿verdad? Yo ya me figuro estar en ella.

Llegaba Alberto al punto de la escena primera (una calleja de Venecia: noche) en que Yago dice a Rodrigo: «No hay remedio; tales son los gajes del servicio. La promoción se guía por recomendaciones y por el afecto personal, no por antigüedad y ascenso. Ahora, señor, juzga por ti propio si yo en justicia estoy llamado a amar al moro.»

Verónica interrumpió, apasionadamente:

—Natural que odiase al negrazo. Yo en su caso haría lo mismo. Mira tú que el pobre Yago, que era tan valiente y había peleado siempre junto al moro, y cuando llega la ocasión de hacerle lugarteniente le deja en abanderado y lo posterga en favor de ese Casio, que era un estúpido, al parecer, y no sabía nada de batallas. Te aseguro que las injusticias me han encendido siempre la sangre. ¡Odiar al moro!... Más que eso: yo no cejaría hasta arruinarlo y hundirlo. ¡Por estas!

Dice Rodrigo, en respuesta, a Yago: «Yo no continuaría a su servicio.»

Y Verónica:

—Ni yo tampoco.

Responde Yago: «Sígole en provecho propio. No todos hemos de ser amos, ni los amos han de ser siempre servidos lealmente.» (Verónica: Muy bien.) «Si parece que le sigo no es por amor o deber, sino para mis peculiares fines.» (Verónica: Algo trama. Me alegro. Y mira si es noble y cómo dice lealmente lo que piensa.) Yago induce a Rodrigo, antiguo cortejador de Desdémona, a que despierte a Brabantio, padre de la doncella, y le informe de cómo esta ha sido raptada por el moro. (Verónica: Anda; pues nada menos que la había robado. ¡Qué criminal!) Yago, a Brabantio que ha aparecido en una ventana: «Haz que el clamor de la campana despabile a los ciudadanos dormidos, de otra suerte el mismísimo diablo te hará abuelo.» (Verónica: Llama diablo al moro. Es gracioso Yago.) Brabantio no quiere creer que su hija Desdémona se haya fugado. Al fin se cerciora de que ello es verdad. Yago se retira y desciende el viejo a la calle, en donde se junta con Rodrigo, y, transido de pena, exclama: «Oye, ¿no hay bebedizos que trastornan el seso de la juventud y aun de la edad madura de tal suerte que hacen perder la voluntad? ¿No has leído, Rodrigo, algo de esto?» (Verónica: ¿Qué otra cosa podía ser? Si no se comprende...)

Escena segunda; otra calleja. Yago dice al moro que Brabantio, el senador, conoce ya el rapto de Desdémona, y le aconseja que se guarde de la cólera del viejo, a quien la magistratura que ostenta y el poder que con ella goza hacen temible. (Verónica: Me gusta Yago. ¿Ves lo bien que disimula? Confío en que sabrá vengarse del negro.) Otelo: «Que obre según su despecho. Los servicios que presté a la señoría hablarán más alto que su querella... Porque ha de saberse que mi vida y mi ser vienen de gentes que ocupan un solio real.» (Verónica: Pues no era un vagabundo afortunado, como Yago pensó. Y habla con cierta nobleza, ¿eh?) Pasa una ronda con antorchas. Los de la ronda dicen que el Dogo y los cónsules están en consejo y buscan a Otelo. Se teme una guerra con los otomanos y Otelo será el general. (Verónica: También es suerte lisa la del negrazo.) Aparece otra ronda. Es Brabantio y sus seguidores, armados. Brabantio: «Caed sobre él. ¡Ladrón!» (Verónica: Y que lo diga. Buen lío.) Otelo se interpone: «Envainad las espadas, que el rocío de la noche puede enmohecerlas. Señor, más fuerza tienes en tus años que en tus armas.» (Verónica: ¡También es un tío!) Brabantio: «Desatentado ladrón, ¿en dónde has escondido a mi hija? Me la has enhechizado, o de lo contrario todas las cosas carecen de sentido. Sea juez el mundo y diga si no es palpable que con ella has usado de encantos y artes de brujería, que de su delicada mocedad abusaste con drogas y minerales de esos que debilitan el discernimiento.» (Verónica: A ver. No se comprende de otro modo. ¡Pobre viejo y pobre muchacha!) Están para irse a las manos los de uno y otro bando. Otelo: «Detened el brazo los de mi parte y los contrarios. Si el luchar estuviera ahora en mi papel no necesitaría de apuntador.» (Verónica: Que se las trae el negro. Tiene una confianza en sí mismo...) Parten todos camino del palacio de los Dogos, en donde la Señoría está de consejo.

Escena tercera. En el salón del Consejo. Dogo, senadores y cónsules hablan de la guerra. Llegan Brabantio, Otelo y séquito. El viejo se adelanta a presentar su querella. Brabantio: «Mi hija... Peor que muerta está para mí. Me la han seducido, me la han robado, me la han corrompido con ensalmos y mixturas de esas que hacen los apoticarios. La Naturaleza no puede errar tan de lleno, no siendo deficiente, ciega o mutilada de los sentidos, sin concurso de brujería.» El Dogo: «Quienquiera que te la haya hurtado por tan bajos medios, que del sangriento libro de la ley y por tus propios labios oiga la sentencia más amarga, y que tú la interpretes conforme a tu encono. Así sea, aun cuando mi propio hijo fuese el culpable.» (Verónica: Si ahora se hiciese lo mismo... Daba gusto en aquellos tiempos. Sospecho que a Yago le van a ahorrar molestias.) Brabantio dice que ha sido Otelo. Los senadores, que necesitan de Otelo para la guerra, se alarman, y animan al moro a que se exculpe. (Verónica, muy emocionada: Vamos a ver.) Otelo: «Mi habla es ruda, no tiene el don de las blandas frases apacibles, porque desde que estos mis brazos tuvieron el vigor de los siete años hasta hace no más de nueve lunas solo viví en batalla y en campamentos.» Pero, sin embargo, Otelo explicará, como mejor se le alcance, la manera que tuvo de enamorar a Desdémona. (Verónica: Pal gato.) Envían a buscar a Desdémona. Entretanto, Otelo, habla: «Su padre y yo éramos amigos. Invitábame a su casa con frecuencia y pedía que le contase la historia de mis fortunas, sitios y batallas que hube de ganar. Le referí mi vida entera, desde mis días infantiles, a su entero placer y talante. Le hablé de desastrosas aventuras y emocionantes accidentes por tierra y en la mar; de peligros graves en que libré por un cabello, sobre la mortal brecha; de cómo fui apresado por el insolente enemigo y vendido en esclavitud; de mi liberación y de mis largas jornadas; de las cavernas enormes y los desiertos estériles; de los rudos subterráneos y de las rocas y montes cuyas sienes tocan el cielo (yo hablaba, hablaba, esto fue todo); de los caníbales que se devoran entre sí; de los antropófagos y otros hombres cuya cabeza nace más abajo de los hombros. Y oyéndome, Desdémona que estaba presente, se inclinaba con aire meditabundo. Huía a veces, porque los menesteres caseros la requerían. Pero volvía presto y con solícito oído devoraba mi discurso. Como yo lo observase, tomé a mi cuenta una hora favorable y acerté a conseguir que ella me rogase en su corazón que aquello que a retazos me había oído se lo dijese por entero. Consentí, y no pocas veces gocé de sus lágrimas como yo narrase algún golpe desastroso que mi juventud había sufrido. Tal es mi historia. En pago de mis penas diome un mundo de sollozos. Juraba que mi historia era peregrina, muy peregrina, digna de piedad, maravillosamente digna de piedad. Quería no haberla oído, y quería que los cielos la hubieran hecho hombre y ser como yo soy. Suplicábame que si algún amigo mío la amaba yo le enseñase a referir mi historia, y que solo por esto ella le correspondería... Me amó por mis desventuras; la amé por haberlas compadecido. No otras fueron las artes de encantamiento que empleé. Aquí llega la dama. Sea ella testigo.» (Verónica tiene los ojos húmedos: Aguarda un momento. No sigas leyendo. Una pausa. Sigue.) El Dogo: «La historia hubiera ganado el corazón de mi propia hija también.» (Verónica: Y el mío.) Entra Desdémona. Su padre le pregunta a quién antes que nadie obedece de los que están presentes. Desdémona: «Aquí está mi esposo, y de la propia suerte que mi madre os antepuso a su padre, yo profeso la fe que al moro me une.» (Verónica: Qué simpática.) Brabantio está desolado. Los consuelos que el Dogo pretende prestarle en dulces palabras no alivian su dolor, porque, dice el viejo: «No sé que el corazón quebrantado se cure a través de las orejas.» Se habla entonces de la guerra de Chipre. El Senado nombra a Otelo gobernador general de la plaza. Desdémona suplica que se le consienta ir con el moro; que si lo amó fue para vivir en su compañía: «Su rostro para mí está en su alma.» La apoya Otelo. El Senado accede. Otelo pártese a Chipre a seguida y deja a Desdémona encomendada a Yago y a su mujer para que la conduzcan a la isla, cuanto antes mejor. Primero de que se retire Otelo, Brabantio le dice: «Mírala, moro, si tienes ojos en la cara. Engañó a su padre y te engañará a ti.» (Verónica: Yo en la pelleja del padre pensaría otro tanto. Y hasta lo desearía.)

Escena última del acto. Están a solas Yago y Rodrigo.

El haber perdido para siempre a Desdémona amarga el corazón de Rodrigo en términos que desea quitarse la vida. Yago le moteja de tonto: «No he encontrado todavía un hombre que sepa amarse a sí propio.» Rodrigo confiesa que no tiene la virtud de sobreponerse al amor contrariado. «¿Virtud?», pregunta Yago... «Un comino». Yago hace algunas consideraciones morales muy atinadas, que Verónica aprueba con signos de asentimiento. Aconseja al inexperto Rodrigo: «Come, be a man. Sé hombre. Pon dinero en tu bolsillo. Alístate en la presente campaña, desfigurando el rostro con barbas contrahechas. Mete dinero y más dinero en tu bolsillo. Aguarda a que Desdémona se harte del moro, que se hartará. Abarrota tu bolsillo con dinero. Busca dinero, dinero, dinero. Therefore make money.» Despídense, y Yago habla consigo mismo. Odia al moro, no solo por haber recibido de él gran injusticia, sino porque «dícese de público —murmura Yago— que entre las sábanas su persona suplantó a la mía en mi lecho conyugal.» Yago maquina su venganza. El instrumento será Miguel Casio, el lugarteniente, que es gentil y a propósito para que las damas gusten de él. Yago emponzoñará de celos el corazón de Otelo, haciéndole creer que Desdémona y Casio se han amado y se aman. Y termina: «Infierno y noche mostrarán este monstruoso engendro a la luz del día.»

Hubo un descanso. Verónica estaba enovillada en un profundo sillón; las piernas, recogidas sobre el asiento. Un resplandor maligno alumbraba sus ojos. Dijo Alberto, por hacerle hablar:

—Verdaderamente, este Yago es un miserable.

—Gracias, hombre; en su caso te quisiera ver yo. Primero le hacen cornudo, y luego, sobre cornudo, apaleao, como se suele decir. ¡Qué demontre! Que me muera si ese hombre no habla en todo como un libro. Virtud... Un comino se me da por la virtud. ¿Para qué sirve la virtud, me quieres decir? Dinero, dinero y dinero; esa es la chipén. ¿No lo decías tú mismo hace un poco? Di que nos andamos engañando siempre unos a otros, y a nosotros mismos, y no nos atrevemos a decir lo que pensamos, y ese hombre tiene el coraje de decirlo, y resulta que los trapos que él saca a relucir son los que todos llevamos dentro. Y, sobre todo, que él odiaba al moro; sí, lo odiaba. ¿Es que tú nunca has sentido odio, lo que se llama odio? Yo sí, a veces, lo mismo que ese hombre lo siente. Y ¿sabes contra quién? Te figurarás que contra los enemigos. ¡Bah! Yo no los tengo. No; contra mi madre, contra mis hermanas, contra mis amigas. Di que se me pasaba pronto, y, además, que soy cobarde; pero, ¡qué gusto en ocasiones hacer tanto mal como una quisiera!

—Sí, tienes razón. La mala persona es Otelo.

—Parece mentira que digas eso. No hay sino oírle hablar para comprender el corazón que tiene, que no le cabe en el pecho. Se ve que es como un niño... Y bravo... Ya ves, le hacen general en jefe, conque, por algo será. Que al parecer tuvo o no tuvo con Emilia, la mujer de Yago. ¿Quién está libre de un pecadillo? Aparte que a lo mejor es un lío que le han levantado, porque en el mundo hay cada lengua, chiquillo...

—Quizás fuera un falso testimonio. Pero, de todas suertes, no se concibe que Desdémona se haya enamorado de él. La pobre criatura obró alucinada; pero se dará cuenta de su error, cobrará asco al moro...

—¿Por qué? —atajó Verónica—. ¿Qué sabéis los hombres de esas cosas? Desdémona está enamorada de Otelo; pero así, mochales, te lo digo yo. ¡Podía no! ¿Crees tú que se encuentra todos los días un hombre como Otelo? Pues que se te quite. Si le hace llorar a una cuando habla... Sentirse una abrazada por él, tan grandote, tan hombre, tan leal y tan inocente... Pero, ¿cómo no le iba a querer o es posible que llegue a cansarse de él? ¿No lo comprendes?

—Sí, lo comprendo ahora. Lo que no comprendo es cómo el bestia del padre se oponía en aquella forma...

—También tú tienes cada cosa, chiquillo. Parece que te empeñas en cerrar los ojos. Una niña como Desdémona, tan rubia y tan bonita, y tan casera que se asustaba de los hombres, y va y se escapa con un negrazo horrible... A ver. Que le dio un brebaje. Es claro como la luz. Eso como no se escapase por correrla y ser libre, porque a veces estas niñas que parecen tontas dan cada chasco... Te digo que yo, su padre, ¡le doy una mano de azotes!...

—Pero, ¿hablas poniéndote en el caso del padre o por tu cuenta?

—Natural que por mi cuenta.

—Como primero me habías dicho todo lo contrario...

—¿Eh?

Las ideas y sensaciones de Verónica se enmadejaron en este momento. Estaba como estupefacta y henchida de angustia. Alberto la había ido induciendo con cautela a que hablase, gozándose en ver cómo sucesivamente la muchacha se asimilaba el espíritu de cada personaje del drama hasta ajenarse de sí propia y vivir un punto la vida de ellos. El alma de Verónica le parecía a Alberto tan plástica y tierna como la arcilla paradisiaca entre los dedos de Jehová.

—¡Algo grave va a pasar! —habló Verónica—. Sigue leyendo. ¡Oh! ¿Para qué comenzaste? Tengo miedo, pero no importa, sigue leyendo. Tiene que ocurrir algo grave, lo siento, lo siento dentro de mí, como los caballos huelen la tempestad. Sí, eso es, la tempestad. Se me figura como si estuviese en el campo, después de una larga sequía, y que yo hubiera estado muy enferma y me levantara ya a convalecer, y necesitara de sol y de buen tiempo para curarme; y si llueve, yo me muero de seguro; y si no llueve, no se dan las cosechas y todos los campesinos se mueren; y aparece una nubecita, muy chiquitita, allá a lo lejos; y de pronto se pone el cielo morado, y hay una tormenta que arrasa los campos, arruina a los labradores y me mata a mí. ¿Quién tiene la culpa? Nadie, porque a Dios no se le puede echar la culpa de nada. Nadie, pero todos sufren, todos lloran... Es terrible. Perdona que hable tanto... Tengo necesidad de desahogar. Ya puedes seguir leyendo: sigue, sigue.

Acto segundo. En la isla de Chipre. La tormenta ha hecho zozobrar la flota turca. No habrá guerra. Los isleños están en los malecones de la orilla, contemplando el embravecido mar. Llegan a la isla con buena fortuna el lugarteniente Casio, Desdémona, con Yago y su mujer Emilia, y Otelo. Se lee por las calles, a redoble de tambor, una proclama de Otelo, ordenando públicos regocijos y música en celebración de sus desposorios con Desdémona. Conviénense Yago y Rodrigo en perturbar el seso de Casio, con licores, a tiempo que estén de guardia, y en viéndole borracho que Rodrigo lo provoque de manera que se suscite clamorosa contienda y le cueste a Casio su grado de lugarteniente. Realizan con éxito el plan. En lo más recio de la pelea a que inducen a Casio, Yago tañe al arma las campanas, sobresalta a las gentes y obliga a Otelo a que abandonando el lecho acuda al lugar de la contienda, con tanta cólera que al punto despoja a Casio de su dignidad de lugarteniente. Quedan a solas Yago y Casio, que se lamenta con amargura. Yago: «¿Estás herido, Casio?» Casio: «Sí, y no hay cirujano que me salve.» Yago: «No lo quiera Dios.» Casio: «¡Mi buen nombre! ¡Mi buen nombre! ¡Mi buen nombre! He perdido mi buen nombre. He perdido la parte inmortal que en mí había, y quédame solo la de la bestia. ¡Mi buen nombre, Yago, mi buen nombre!» (Verónica: Pobre Casio. Perdido el buen nombre, ¿qué queda? Díganmelo a mí.) Yago: «Por mi honor te juro que pensé en algún daño del cuerpo; estos son de más gravedad que los recibidos en la opinión ajena. El buen nombre es la más necia y falsa impostura; gánase las más veces sin méritos y piérdese sin culpa. Nadie pierde su buen nombre si no lo da él mismo por perdido.» (Verónica: Cabal, qué diantre, también digo yo. Y si no, fíjate en todas esas señoronas, la Pantana, la Cercedilla, que nos dan ciento y raya a las del oficio. Valiente tonta la que se ocupa del qué dirán. A última hora, que le quiten a una lo bailado.) Yago muestra a Casio el camino por donde de nuevo llegue al favor del general, y es interceder cerca de Desdémona, rogarle, moverla a compasión, porque la voluntad de Otelo es un juguete entre las manos de su mujer. Casio le queda muy agradecido.

Como al terminar el acto Verónica no desplegase los labios, Alberto continuó.

Acto tercero. Emilia, por consejo de su marido, dispone una entrevista de Casio con Desdémona, en el parque del castillo. Casio ruega. Desdémona le promete que será reintegrado en el puesto perdido. Desdémona: «No dejaré en paz a Otelo en la mesa ni en el lecho, hasta que lo consiga. A cada paso que dé yo le pondré por delante la petición de Casio.» Sobrevienen Otelo y Yago. Casio que los ve, se retira. Yago: «No me hace gracia eso.» Otelo: «¿Qué?» Yago: «Que Casio se aparte de tal suerte que no parece sino que ha hecho algo malo.» Desdémona se acerca a su marido y le habla en favor de Casio, suplicándole que lo llame y se reconcilie con él. Otelo dilata la respuesta. Desdémona lo acosa con fervorosos ruegos. Otelo parece ceder. Quedan solos Yago y Otelo. Los celos comienzan a inquietar el corazón de Otelo, el cual interroga a Yago, y este esquiva responder. Otelo: «Parece que en tu mente se esconde un monstruo tan repugnante que no osa mostrarse a la luz.» Yago continúa empleando subterfugios que enardezcan las inquietudes de Otelo. «Dime lo que piensas claramente, vistiendo el mal pensamiento con malas palabras.» Yago simula rehusar: «Mi deber no me obliga a aquello de que hasta los esclavos son libres: decir lo que se piensa.» El desasosiego del moro crece. Yago: «¡Guárdate, señor, de los celos! Minutos infernales los de aquel que a tiempo que acaricia duda; que sospecha y sin embargo ama con locura.» Otelo: «No, Yago. No he de dudar sin ver. ¿Dudo? Quiero las pruebas. ¿Tengo pruebas? Pues no hay sino concluir con el amor o con los celos.» Siendo así, Yago no tiene reparo en hablar con claridad, y aconseja a Otelo que no pierda de vista a Desdémona y Casio y tenga presente cuán simuladoras son las mujeres, aun la misma Desdémona, quien fingía ante su padre sentir miedo del moro cuando ya tenía determinada la fuga. Un instante que está Otelo a solas, piensa: «¿Por qué me he casado? Este buen hombre, Yago, ha visto y sabe mucho más de lo que dice.» Yago vuelve: «Cierto que Casio ha sido buen lugarteniente y merece volver a serlo. Pero lo conveniente por ahora es mantenerle degradado y observar si Desdémona sigue su causa con excesiva vehemencia. Esto sería un gran indicio.» A solas otra vez Otelo, vese poseído de una gran conturbación. Viene Desdémona. Otelo, malhumorado, dice que tiene dolor de cabeza. Desdémona, muy solícita, intenta vendarle la cabeza con un pañuelo, pañuelo que Otelo le había regalado exhortándola a que lo conservase siempre. Otelo aparta el pañuelo, el cual cae a tierra sin que uno ni otro lo echen de ver. Retíranse. Emilia recoge el pañuelo y se lo da a Yago, quien ya en repetidas ocasiones le había rogado que se lo hurtase a Desdémona. Encuéntranse nuevamente Otelo y Yago. Los celos torturan al moro. Ha perdido la tranquilidad: «Aquel a quien roban de lo que no necesita, si no llega a averiguarlo, es como si no hubiera sido robado. Si toda la soldadesca del campamento hubiera gozado su dulce cuerpo, ignorándolo yo, fuera feliz. Pero, ahora, ¡adiós para siempre la paz del ánimo! ¡Adiós alegría! ¡Adiós empenachadas tropas en las empeñadas guerras que de la ambición hacen una virtud! ¡Adiós, adiós, todo!» Los celos se truecan momentáneamente en iracundia: «Villano, pruébame que la mujer a quien amo es una zorra, dame la prueba ocular, o más te valiera ser un perro.» Yago afirma que ha oído a Casio hablar y besar en sueños a Desdémona, lamentándose de que fuera la mujer del moro, y todo de suerte que parecía demostrar oculta y culpable inteligencia entre una y otro. Otelo es víctima de funesta cólera: «La desharé entre mis manos». Yago habla del pañuelo y que ha creído verlo en poder de Casio. Otelo: «¡Sangre! ¡Sangre! ¡Sangre!» Otelo se vengará; quiere que asesinen a Casio en el plazo de tres días.

Habiendo echado de ver la pérdida del pañuelo, Desdémona recibe gran contrariedad y está afanosa por recuperarlo. Así que ve a su mujer, lo primero que hace el moro es preguntar por el pañuelo. Desdémona supone que ello es una añagaza de Otelo por impedir que su mujer reanude las súplicas en favor de Casio, y así determínase en reiterarlas con particular empeño, y en tanto el moro, con creciente frenesí, exige el pañuelo, el pañuelo, Desdémona no se lo toma en cuenta y le responde con alabanzas de Casio, hasta que Otelo se retira lleno de furor, y convencido de la culpabilidad de Desdémona.

Yago ha puesto el pañuelo en el aposento de Casio, el cual, así como lo encuentra, se lo regala a su amante Blanca.

Terminado este acto, Verónica, sin despegar los labios, quedose mirando a Alberto con pupila difusa, vacua, como si le mirase y no le viese. Durante este acto sus interpelaciones y glosas habían sido más sucintas y espaciadas que en los comienzos de la obra, y propendían a la interjección o grito emotivo sin contenido lógico, por donde era fácil advertir que en lugar de ir compenetrándose y sustanciándose, sucesivamente, con cada una de las personas dramáticas, como en los dos primeros actos había hecho, se mantenía aparte y por encima, acaparada por una sensación de conjunto; en lugar de ir viviendo una tras otra las diferentes pasiones individuales, vivía ahora en su propio corazón la emoción expectante del conflicto y choque de las pasiones ajenas, las cuales le eran bien conocidas y sabía que habían de obrar fatalmente por haberlas en sí misma experimentado en los actos precedentes. De la emoción lírica había trascendido Verónica a la emoción dramática, de la tragedia del hombre interno a la tragedia de los hombres entre sí; y así como en el primer acto había sentido que, en el misterio de su alma, todo hombre es justo y bueno, aun el que no lo parece, porque sus intenciones y conducta se siguen por sutiles impulsos, a manera de leyes necesarias, así también ahora Verónica presentía que los sucesos que entretejen la historia y de la cual los hombres reciben placer, dolor, exaltación, gloria, ruina, son como tienen que ser, producto de elementos fatales en proporciones fatales.

Tal era la interpretación que Alberto daba a las emociones de Verónica. Verónica era para él la tabla Roseta de los egiptólogos, clave con que descifrar jeroglíficos. Consideraba, con intuición repentina, la diferencia que hay entre el Gran Arte, floración espontánea del espíritu humano y organismo que de sí propio vive, y el arte ruin y farisaico, torpe artificio, que no arte, y comprendía que la esencial diferencia era diferencia de concepción moral y no de técnica. Encarnábanse simbólicamente estos dos artes antitéticos en dos géneros literarios, la tragedia y el melodrama. El artista verdadero —sea del linaje que sea, escultor, pintor, músico, poeta— abriga en su mente y escucha en su magno corazón gérmenes y ecos de la tragedia universal. Y el espíritu trágico no es sino la clara comprensión de todo lo creado, la justificación cordial de todo lo que existe. Para el espíritu trágico no hay malo nacido del libre arbitrio, no hay delitos, sino desgracias, acciones calamitosas; cada nuevo acto llamado voluntario es el último punto añadido a una recta que se prolonga de continuo, esclava de su naturaleza rígida: todo es justo. De esta suerte, el conflicto de la tragedia, como el de la vida, es un conflicto de bondad con bondad y rectitud contra rectitud, conflagración de actos opuestos y justos: justos porque tienen una razón suficiente. Y de aquí viene esa gravitación cósmica, sidérea, que oprime el pecho del espectador de una buena tragedia, como de todo el que está ante una obra de Gran Arte. Contrariamente, el espíritu melodramático inventa el mal libre, crea el traidor, urde conflictos entre malos y buenos, intenta modificar la línea recta de acero, autónoma y agresiva, trocándola en curva arbitraria, y por último engendra el sentimentalismo, morbo contagioso y funesto. Las obras escultóricas, pictóricas, musicales y poéticas del arte farisaico y ruin revelan su sentimentalismo a modo de estigma del espíritu melodramático. Y Alberto formulaba en su conciencia esta interrogación desmesurada: «El espíritu de la raza a que pertenezco y la vida histórica de esta nación en cuyas entrañas fui engendrado, ¿son trágicos o melodramáticos? ¿Soy actor de coturno y persona, dignidad y decoro incorporado a la caudal tragedia humana, o soy fantoche en una farsa lacrimosa y grotesca?»

—Sigue por Dios, Alberto, sigue por Dios —rogó Verónica.

Alberto continuó traduciendo:

Yago aprieta con diligente astucia la red de intrigas en torno de Otelo, lo enardece, lo ofusca, lo sofoca. El moro, conturbado por la pasión de los celos, no acierta a discurrir con tiento, se deja engañar de fútiles apariencias, adquiere la falaz certidumbre de que Desdémona ha sido desleal a la fe jurada, está loco de ira y sediento de venganza. Así que ve a Desdémona la injuria, la califica de prostituta una y cien veces, enloquecido de amor y de dolor, víctima y verdugo al propio tiempo. ¡Dulce Desdémona! ¡Pobre niña rubia, también amante y doliente, víctima y verdugo también, sin saberlo! Apenas si osa oponer a los dicterios del esposo mansa y suplicante quejumbre, a lo cual, el enfurecido moro, tomándolo por artilugio rameril, replica en todo punto con la palabra prostituta. Y al retirarse, Otelo premedita la pena acerba con que castigar el supuesto adulterio de Desdémona.

Verónica paseaba por el aposento. Los nervios no le consentían estarse quieta. A veces se detenía detrás de Alberto y escudriñaba ahincadamente el original inglés, con gesto de religiosa suspensión, pensando que así como en la mente de Dios hállase en cifra fatal el curso de los acontecimientos venideros, en aquellos signos arcanos del libro se guardaban en germen y a punto de brotar con vida los destinos de los personajes que tan a mal traer la traían.

—¡La va a matar, la va a matar! Me lo da el corazón —solloza Verónica, retorciéndose las manos.

También a Desdémona el corazón le sugiere sombríos presentimientos. Ha ordenado a su dama Emilia que le haga el lecho con las sábanas del día de la boda. «Si muriese antes que tú, Emilia, amortájame en una de estas sábanas.» Desdémona canta porque está triste: canta la canción del sauce, antigua tonadilla que oyera, siendo niña, de labios de una vieja sirvienta, Bárbara, a quien el novio había abandonado, la cual murió cantando esta canción. En concluyendo de cantar, Desdémona pregunta a Emilia de pronto, con adorable candor: «¿Crees tú, Emilia, que hay mujeres tales, como dicen, que sean infieles al marido?» (Verónica: La verdad es que parece imposible.) Desdémona: «No, no puede existir una mujer capaz de hacer tal cosa.»

He aquí la alcoba. Desdémona duerme. Una luz arde. Entra sigilosamente Otelo.

Verónica está frente a Alberto, rígida, algo pálida, los ojos muy abiertos bajo las ceñudas cejas, mirándole a los labios.

Otelo se inclina sobre Desdémona a contemplarla en tanto duerme. ¡Qué hermosa es!, y su sueño, ¡cuán cándido! Otelo: «¡Oh, aromoso aliento; casi persuades a la justicia a que quiebre su espada! Un beso, y otro, y otro.» Otelo la besa y llora. Desdémona despierta. Otelo le pregunta si ha rezado, porque va a matarla. Desdémona: «¿Matarme?» Otelo: «Sí.» Desdémona: «Entonces, Dios tenga compasión de mí.» Otelo: «Amén, con todo mi corazón.» Desdémona: «Tengo miedo; no sé por qué tengo miedo, pues soy inocente; pero tengo miedo.» Otelo: «Piensa en tus pecados.» Desdémona: «Mis pecados no son sino amor.» Otelo: «Por eso morirás.»

En este momento Verónica se abalanzó sobre Alberto, arrebatóle de las manos el libro y lo envió volando por los aires. Lloraba, llevándose las manos al rostro; pataleaba y entre los hipos del llanto balbucía:

—¡No, no quiero que la mate, no quiero que la mate, no quiero que la mate! ¡Oh, por Dios, Alberto! Dile a ese hombre que está equivocado, que Desdémona es buena y le quiere... ¡Pobre niña, pobre niña! ¡Por Dios, por Dios! Pero, ¿no hay modo de arreglarlo? ¡Qué ha de haber, de sobra lo comprendo! ¡Si ese hombre está loco! Y ha llorado cuando la besaba... ¿no has visto? ¡Pobre, pobre Otelo! Tenía que ser; ya lo decía yo. ¿Qué vamos a hacerle nosotros? ¿Qué adelantamos con cerrar los ojos? Ya la habrá matado, ¿eh? ¿La mató ya? No quiero verlo. ¿La mató ya? —preguntaba con desvariado acento, como si la escena del drama tuviera vida histórica e independiente, y hubiera seguido desarrollándose en tanto ella se entregaba a la desesperación.

—Sí, la mató ya, Verónica.

—¿Cómo fue? ¿Lo sabes tú?

—Sí, la estranguló.

—Y ella, ¿qué dijo?

—Dijo: «Soy inocente», y más tarde, a Emilia que acude: «Yo misma me he matado. Ruégale a Otelo que me perdone. Adiós.»

—¡Adiós! —Verónica se dejó caer a los pies de una butaca y reclinó la cabeza sobre el asiento, escondiéndola entre sus brazos.