VII
No tardó gran cosa Verónica en dar al olvido la tragedia de Otelo; pero le quedó, a manera de rastro en el espíritu, un no sé qué de cansancio y turbiedad, como en la copa de cristal que ha contenido densos licores de diferente color. Estaba quieta y callada, con los ojos apenumbrados, como niña convaleciente.
Alberto, que se hallaba poseído por la emoción del profesional ante el caso insólito, del bibliómano ante el incunable o del ornitólogo ante el mirlo blanco, y había visto en qué portentosos términos Verónica poseía las bellas virtudes pasivas de la más exquisita receptividad, determinó someterla aún a nuevos experimentos. Tomó al efecto papel y lápiz y se puso a dibujar como sin propósito y por matar el tiempo. Al instante, Verónica, cuya curiosidad instintiva estaba siempre en acecho como la de los gatos cachorros, se acercó al joven, apoyó las manos en sus hombros y aplicose a seguir con gestos y movimientos del cuerpo los giros que Alberto imprimía al lápiz. Primero, Alberto trazó líneas a la ventura: rectas, curvas, mixtas, quebradas; y por la presión sobre sus hombros de las manos de Verónica comprendía que toda la vida psíquica y orgánica de la muchacha convergía hacia las líneas en vía de formación, como si aspirase a convertirse en puro esquema geométrico; no de otra suerte que el jugador de billar parece como que aspira a trocarse en una simple ley mecánica cuando, con vario linaje de contorsiones y sin conciencia de lo que hace, acompaña la ruta de la bola, como si por ella estuviera sugestionado. Hasta juraría Alberto que Verónica tenía la lengüecilla al aire, como los niños cuando hacen palotes.
Aquellas líneas incongruentes, por arte de Alberto, fueron convirtiéndose en mujeres en actitudes danzantes, en bailarinas que no por serlo habían perdido su prístina naturaleza esquemática, sino que la línea de donde habían nacido parecía imponer una ley interna, un carácter, a la actividad de la figura; y así, junto a la bailarina egipcia, de un hieratismo sacerdotal, obediente al imperio de la línea recta, ondulaba la bayadera indostánica, esclava de una elipse voluptuosa e invisible, como los astros.
—¡Qué bien pintas, chiquillo! Esto está que se mete por los ojos. Te advierto que yo me despepito por el baile. Pero en casa se empeñan en que si tengo tanto así de asadura y que pierdo el compás, y la mar y sus barcos. En cambio dicen que Pilarcita es el noplusultra. Eso sí, mucho trenzao de pies, y vengan corcovos y piruetas que parece una langosta. Podía no: dos años lleva asistiendo a la academia de Juanito, el Marica. Pero, hijo, yo a eso no lo llamo baile. El baile ha de decir algo, ¿no te parece a ti? Hay que sentirlo, y yo lo siento. Lo otro... ¡bah!, a mí me suena como una máquina de coser.
—¿Quieres bailar?
—Bailar ¿qué? ¿Y la música?
—Yo tarareo lo que quieras.
Verónica no necesitó más. Salió al medio del gabinete, recogió un poco la falda sobre los riñones y gritó con repentina vehemencia:
—¡Venga de ahí!
Alberto tarareó un tango, luego un garrotín, y cuando observó, como ya preveía, que Verónica había perdido el seso, como una bacante, y entregádose por entero a la emoción del baile, cantó sonatas de Mozart y Beethoven, trozos de Wagner y Brahms: cuanto se le vino a las mientes. Verónica danzaba sin tregua, como poseída sucesivamente de todos los sentimientos primarios de la raza humana, en su auténtica simplicidad y energía, la ira, el terror, el éxtasis, la alegría, la pena, la lujuria, y todos ellos cuadraban bien con el aire de la música; Verónica los estilizaba, no solo con la expresión del rostro, sino también con todos y cada uno de sus miembros. Paró Alberto y Verónica se detuvo en seco.
—Bueno, chiquillo, por esto no puedes juzgar, porque la verdá es que maldito si sé lo que hice. Esto fue una improvisación. Tienes que verme con música, ¿sabes? —y se enjugó la húmeda frente.
—Bailas muy bien, Verónica, porque bailas por placer y no por vanidad; porque te olvidas de lo que haces y no te ofreces en espectáculo; porque bailas como si te fuera necesario bailar por bailar y no por encandilar hombres de dinero.
—Eso es la chipén, chiquillo: bailo porque me sale de dentro.
—Y sobre todo bailas bien, porque bailas bien. Tú serás una gran bailarina.
—¡Quita allá, chalado!
—Por lo pronto, ¿te atreves a debutar dentro de dos o tres días?
—¿Qué dices?
—Nada, que vas a debutar porque lo quiero yo.
—Pero, hombre...
—El circo de Parish se abre dentro de pocos días. El empresario, y sobre todo el gerente, son amigos míos. Hoy mismo escribo la carta...
—Pero... ¿tú crees que puedo?
—When you do dance, I wish you
A wave of the sea, that you might ever do
Nothing but that; move still, still so,
And own no other function.
—Latinitos, ¿estás de coba?
—Nada de coba, niña. Estas palabras son del mismo autor de Otelo, y quieren decir: «Cuando te veo bailar quisiera que fueses una ola del mar, de manera que no pudieras hacer en adelante otra cosa que bailar. Baila, baila más aún; baila siempre, y no hagas sino bailar.»
—Pero, ¿y el traje, Alberto?
—No te preocupes; yo me encargo de él.
—Si no tienes un cuarto.
—La empresa te lo pagará; quiero decir que yo te diré cómo has de vestirte.
—Cabalito; luego salgo al público, me da un soponcio y adiós Madrid.
—No te dará soponcio. Tú baila, y baila con toda tu alma, como David delante de Dios.
—¿El rey David? ¿El que dijo...?
—El mismo.
—¿Y era bailaor?
—A ratos.
—¡Ay, que tío!
—Sí que era un tío.
—No, si el tío eres tú, digo —se llegó a Alberto, le enlazó del cuello con un brazo y murmuró—: Vamos a ponerle los cuernos al viejo.
—En ti, Verónica, el entregarse a todos y a todo es en tal grado que de vicio se hace virtud.