VIII
Desde la calle de Jacometrezo hasta el número 30 de la de Fuencarral, esto es, desde su vivienda a la de Alberto, Teófilo atravesó, a tiempo que caminaba, tres ciclos de pensamientos.
El primero fue el ciclo amoroso. Nunca había sido afortunado en amores. Entre los lejanos amoríos con su prima Lucrecia, pasatiempo de mocedad y no otra cosa, y los tiernos amores con Rosina, a cuantas mujeres había galanteado, ora en tono lírico mayor, madrigalizando, como decía él, ora a la manera corriente y moliente del común de los mortales, se le habían reído de sus versos, sus cuitas y su persona. No se tenía por un dechado de belleza física, ni mucho menos; pero como no era repulsivo, y en compensación consideraba muy por alto sus dotes naturales de inteligencia y sensibilidad, creíase un ejemplar de hombre apto por raro modo para inspirar pasiones y ser de ellas víctima. Entró, pues, en la vida, imbuido de tales ilusiones. Pero tantos descalabros hubo de sufrir que llegó a persuadirse de que en las operaciones bursátiles del amor la inteligencia no se cotizaba.
Sin embargo, aun cuando hacía tiempo que había renunciado a que se le amase por su rostro y talle, no se resolvía a renunciar a que algún día se le amase y venerase por sus talentos y buenas cualidades del sentimiento. Tropezó con Rosina, la amó y ella le correspondió. Y, ¡extraño fenómeno!, ahora Teófilo daba por sentado que Rosina lo quería, no por poeta, sino por gustar de él, como hombre, más que del resto de los hombres. Si algún amigo, o la propia Rosina, le hubieran dicho «esa mujer te quiere porque te considera gran poeta, y un poco también por simpatía a que tu pobreza le mueve», Teófilo recibiera al oírlo el desencanto y amargura mayores de su vida.
Avanzaba por la oscura calle de Jacometrezo con el corazón henchido de sollozos y de afán. Perder a Rosina y dejar de existir era todo uno. ¿Qué había sido su pobre vida anterior sino ansiedad no satisfecha, purificación por el fuego de la adversidad y de la vergüenza, preparación espiritual para esta nueva etapa de transportes cordiales y gozo pleno; es decir, de vida verdadera? Perder a Rosina y dejar de existir sería todo uno. Estaba salvajemente resuelto a no perderla, a hacerla suya, costase lo que costase.
En la Red de San Luis Teófilo hubo de detenerse, en tanto pasaban algunos coches. Eran la mayoría coches de lujo y, según pasaban, Teófilo veía damas y caballeros repantigados en el interior. Por un momento se imaginó a sí mismo con Rosina a su lado, volviendo de la Castellana en coche propio, mejor en un auto, y esta fue la brecha por donde se metió en el segundo ciclo de pensamientos. Pensó: «Sí; el mundo es bueno, la vida es hermosa... Tiene razón ese animal de Santonja...» Y luego, acordándose de las personas ricas que había visto repantigadas dentro de los carruajes: «Esos brutos, bien comidos, bien bebidos, bien vestidos, ¿qué derecho tienen a la vida y a la fortuna? Vidas sordas, embotadas, absurdas... El que carece de inquietudes y necesidades espirituales no tiene derecho a la vida.» Para Teófilo la necesidad espiritual por antonomasia era componer versos alejandrinos. No tenían derecho a la vida sino los poetas. Este postulado le sirvió de trampolín, desde donde saltó al tercer ciclo de pensamientos, un ciclo encantado y luminoso que gobiernan con graciosa liberalidad dos hermanas mellizas: Ilusión y Esperanza. Ocurriósele de pronto, o por lo menos él pensó que se le había ocurrido, el asunto de un drama poético. El héroe: un juglar de humilde cuna que escala el trono e impone deleitable tiranía de rimas y rosas. Tesis: la humanidad no existe por y para sí propia, sino como pretexto, como abono, se pudiera decir en puridad, que alimente al lirio, que vale tanto como decir al poeta, a quien Dios adornó de hermosura y armonía, pues no otra cosa es sino verbo divino, encarnado en forma mortal. El lugar de la acción: dudaba si decidirse por la Provenza del Medioevo o la Italia del Renacimiento; la elección la aplazó para más en adelante. Como el drama poético lo probable y aun lo seguro era que le saliese un dechado, las empresas, así que de él recibieran noticia, se lo habían de disputar. Teófilo veía ya el dinero entrándosele a espuertas por casa, y en logrando holgura y vagar sosegado, nuevos dramas habíanle de brotar a boca que pides, que nada hay tan fecundo para las cosechas del ingenio como la lluvia de oro. Y según subía las escaleras de la casa de Angelón, iba diciéndose: «Qué necedad, no haber dado hasta ahora en lo del teatro, que es lo único que produce dinero.»
Llamó a la puerta. Le salió a abrir Alberto y entrambos pasaron al gabinete en donde Verónica estaba.
—Qué suerte la tuya, Verónica. Aquí tienes a tu ídolo. ¿No entiendes? El poeta Teófilo Pajares.
Verónica se puso como la grana. Deseaba examinar a su entero talante las particularidades físicas y apariencia corporal del poeta bohemio, pero no se atrevía aún.
—Es una desaforada admiradora tuya, Teófilo. No hace una hora todavía, me recitaba un soneto tuyo, algo así como un autorretrato psicológico.
—Aquello que comienza: soy poeta embrujado por rosas lujuriosas... —murmuró Verónica, cohibida.
—Pss. Es un soneto que escribí al correr de la pluma, por ganarme diez duros: cincuenta pesetas de lirismo.
Teófilo dejaba caer las palabras como el árbol demasiadamente enfrutecido deja caer el fruto, con absoluta indiferencia. Aparte de que le envanecía sobremanera que alguien se tomase la molestia de aprender de memoria sus versos, necesitaba en aquellos momentos aparecer en posesión de su valer y un poco descuidado y desdeñoso hacia la gente, porque tal se le antojaba el mejor diapasón para dar un sablazo y acoquinar un tanto al sableado.
—¿Qué te trae por aquí? Hace un siglo que no nos vemos. ¿Cómo sabías mi domicilio?
—Ángel Ríos me dijo que vivías con él, y que estabas un poco malucho. Pues, me dije, voy a visitar a ese...
—¿Qué te haces? ¿Trabajas?
—Pss... Tengo un drama casi concluido. Tres actos. Me faltan algunas escenas del último. Ya he leído los dos primeros a la Roldán y Pérez de Toledo. Me invitaron un día a almorzar, y de sobremesa, la lectura. Les gustó enormemente. Figúrate que cuando comencé a leer estaba la Roldán en un butacón, en una esquina de la pieza, y su marido en otra esquina. Yo iba leyendo, leyendo, metiéndome en situación, hasta olvidarme de lo que me rodeaba. Concluyo de leer, vuelvo en mí, como quien dice, y me veo a la Roldán y Pérez de Toledo, uno a cada lado mío, echados sobre la mesa y bebiéndome materialmente con los ojos. Los había hipnotizado.
También Verónica sentía los primeros síntomas de la sugestión hipnótica.
—Si yo me atreviera... —balbuceó Verónica.
—Yo me atrevo por ti, Verónica, porque te he adivinado. Verónica desearía que vinieras a leerle lo que llevas del drama, y yo te suplico que la complazcas.
—Es el caso que tengo tanto que hacer...
—Hombre, dos horitas, mañana por ejemplo..., bien puedes dedicárselas. Te anuncio que no puedes hallar mejor crítico, y si tienes ojos en la cara las observaciones de Verónica te serán de mucho provecho.
Alberto sabía que el drama de Teófilo y las circunstancias de su lectura eran pura patraña o cándida ilusión.
—Cállate tú, que eres un tío frescales —comentó Verónica, quien por desahogarse del respeto que Teófilo le imponía sentíase arrastrada a tratar a Alberto con extrema llaneza—. No le haga usté caso, yo soy una tonta y no merezco que usté se moleste; pero si usté fuera tan amable...
—¿Cómo no lo va a ser, siendo poeta?
—No veo la relación, querido Alberto...
—Hombre, amable es lo digno de ser amado. En este sentido no creo que haya nada más amable que un poeta. ¿No piensas tú lo mismo, Verónica? Como que poco le falta ya a Verónica para enamorarse de ti.
—¡Calla, loco, calla! —rogó Verónica, en las últimas lindes de la turbación.
—Y dime, Teófilo. ¿En qué época histórica has emplazado el drama?
—En la Italia renacentista— respondió Teófilo, muy aplomado.
—¿Y en qué ciudad?
—¿En qué ciudad? —Teófilo vaciló un momento—. En Milán.
—No me parece una ciudad tipo del Renacimiento pero... Ya ves, Renán, en su Calibán, coloca la acción también allí. ¿Y qué obras te han ayudado principalmente para darte el espíritu de la época, detalles episódicos y de fondo, etc., etc.?
—¿Qué obras? —Teófilo se amoscaba—. Pues varias obras: La Divina Comedia, el..., la..., varias obras. Cualquiera se acuerda.
—Di más bien que no te has ayudado de ninguna. Tú no conoces la historia; pero, como el otro, la presientes.
—Y aunque así fuese, ¿qué? Poeta y vate son lo mismo, y vate quiere decir adivino. Las cosas no son como son, sino como el vate quiere que sean o hayan sido. La naturaleza y la vida obedecen a la ley que el vate les impone.
—Pero no el dinero, y eso que es cosa de la vida.
Teófilo hizo como que no había oído, y algo pálido, continuó:
—Shakespeare está plagado de anacronismos. Ahora os ha dado a unos cuantos por machacarnos los oídos con la canturria de la cultura; cultura, cultura, ¡puaf!: una cosa que tienen o pueden tener todos los tontos y que es cuestión de posaderas.
—No te acalores, Teófilo. Puesto que has colocado la cuestión en sitio tan plebeyo, ajustándome a tu tono te pregunto: ¿Crees que te vendría mal un baño, aunque sea de asiento, de cultura? Permíteme por un momento que sea un poco pedante. Sabes, y si no lo sabías lo vas a saber ahora, que cuando el traidor Bellido Dolfos mata al rey Sancho y huye a guardarse dentro de los muros de Zamora, el Cid cabalga para darle alcance; pero no lo logra porque se le había olvidado calzarse las espuelas, y entonces maldice de los caballeros que no llevan siempre espuelas. Querido Teófilo, créeme que Pegaso es el rocín más rocín, tirando a asno, cuando el que lo cabalga no lleva acicate, y el acicate es la cultura.
—Me hallo muy a mi gusto siendo como soy. Cualquier cosa antes que dar en esas metafísicas y sandeces que ahora son uso entre algunos jóvenes.
—A lo primero te respondo que no te hallas muy a tu gusto, sino que, aunque te obstines en no declararlo, vives muy mal a gusto, no a causa de la falta de dinero, que a todos nos aqueja, sino contigo mismo. Y en cuanto a lo segundo, haces bien en no querer caer en el defecto contrario del que tú tienes. Unos, como tú, porque no tienen por carga espiritual sino su experiencia propia; otros, porque la carga es mazacote de libros e infatuación escolástica, sin ninguna experiencia personal de la vida; cuándo porque se ha ido a babor, cuándo a estribor, sois como barcos mal estibados que al menor temporal zozobran.
—Pamplinas, Alberto.
—Dispensa que te haga una pregunta.
—A ver.
—¿De dónde eres?
—De Valladolid.
—¿Tienes parientes en algún pueblo de tierra de Campos ú ocasión de irte a vivir allí?
—Sí, ¿por qué?
—¿Por qué? Porque viviendo de verdad en el campo harás buena poesía. Deja a Madrid, hombre. ¿Qué haces aquí, como no sea corromperte y anularte? ¿No te dice nada el ejemplo de Enrique de Mesa, de Gabriel y Galán y, sobre todo, de Unamuno, el mejor poeta que tenemos y uno de los más grandes que hemos tenido?
—Será para ti, y Dios te conserve la oreja.
—Y a ti Dios te la otorgue y algo más.
—Bueno, yo venía a hablarte de un asunto de importancia.
—Estoy a tu disposición.
—Es reservado.
Alberto guió a Teófilo hasta el comedor.
—¿Qué es ello?
—Necesito que me prestes cincuenta duros. Es asunto de vida o muerte para mí.
—No los tengo.
—No me los quieres prestar. Te figuras que no te los he de devolver. En último término, si te parece mucha la cantidad, con treinta quizás pueda arreglarme.
—No tengo un céntimo, Teófilo.
—Es decir que si te pidiera una peseta para comer me la negarías. Y todo porque te he dicho lo de la oreja.
—No seas niño, Teófilo. Supones que tengo dinero y estoy como tú, si no peor. No tengo un céntimo, créaslo o no lo creas. Pídeme todo lo que tengo si lo necesitas para empeñar y te lo daré; pero no tengo un céntimo. ¿No me crees?
—Pero tendrás a quien pedirlo.
—A nadie.
—No sabes en qué caso estoy, Alberto. Me matas —el acento de Teófilo se cortó, como si fuera a llorar.
—¿Tan apurado es?
—De vida o muerte, ya te he dicho.
—¿Puedo saberlo?
—¿Por qué no? Una mujer... —comenzó Teófilo, con voz desmayada y rota.
—¡Bah! Una cualquiera que pretende sacarte los cuartos.
—¡No digas insensateces! —Teófilo se encrespó—. Es mujer que no necesita de mi dinero. Estoy loco por ella, y ella parece que me quiere. A mí no me ha querido nunca nadie, nadie... ¿Crees que cuando he deseado la muerte en mis versos eran literaturas? Nadie, nadie... En cambio yo no he querido nunca mal a nadie, te lo juro, lo que se llama querer mal. Y tengo tesoros de ternura en mi corazón que no he podido derramar nunca; y ahora, ahora que llega el momento, ya ves... he de hacer el ridículo. Y ¿qué amor hay que resista al ridículo? ¿No comprendes?
—Sí, comprendo, Teófilo. Aguarda un momento y discurramos con calma. No te acongojes, hombre —Alberto estaba un poco enternecido—. Una mujer decente, ¿eh?
Teófilo dudó un momento.
—Sí.
—No, no; di la verdad.
—Es... una cocota; pero es un ángel. Pero, ¿no comprendes?
—Claro que comprendo. Tú qué piensas, sinceramente, ¿que se ha enamorado de ti como poeta o como hombre?
—Como hombre —afirmó Teófilo—. Te repito que es un ángel. Habíamos concertado un viaje... Nos queremos como dos niños. No ha habido aún ninguna impureza en nuestro amor —y con una transición que a poco hace reír a Alberto—: Si pudieras darme una carta para tu camisero y tu sastre...
—Sí; te las escribo ahora mismo. Y en cuanto al dinero del viaje... No me atrevo a esperanzarte, porque, mi palabra de honor, mis amigos, aquellos a quienes en confianza pudiera pedir dinero, están tan tronados como yo.
Teófilo estrechó efusivamente las manos de Alberto.
—Vamos al gabinete.
Alberto escribió las cartas. Después hablaron unos momentos. Se oyeron unos golpes en la puerta.
—Oye, Alberto, si es algún conocido pásalo a otra habitación. No tengo deseos de ver a nadie.
Quedaron a solas Verónica y Teófilo. Llegaban desde el comedor la voz de Alberto y de otra persona, y se podía seguir el curso de la conversación.
—¿Quién es? ¿Le conoce usted por la voz?
—Sí, es Antonio Tejero, Antón Tejero le dicen, ¿no has oído hablar de él?
Teófilo tuteó a Verónica considerándola mujer de baja condición. La muchacha, atribuyéndolo a afectuosidad, viose colmada de tanto agradecimiento que no acertó a abrir los labios.
La voz de Alberto:
—Si no tiene usted mucha prisa deje usted el gabán en el perchero.
La voz de Antón:
—Sí, lo voy a dejar, porque pesa de una manera horrible. Figúrese, ¿sabe usted lo que es esto?
La voz de Alberto:
—Parecen dos salchichones.
La voz de Antón:
—Pues son dos paquetes de cien pesetas, en duros. Vengo de cobrar la nómina en la Universidad, y me han cargado, que quieras que no quieras, con doscientas pesetas en plata. Bueno; lo dejaremos en el perchero. Supongo que estará seguro, ¿eh?
La voz de Alberto:
—Naturalmente.
Doscientas pesetas... Teófilo hincó los codos en las piernas y hundió el rostro entre las manos. Las fuerzas se le huían. La lógica de la realidad exigía de Teófilo que hurtase las doscientas pesetas. Según su conciencia, un robo, dadas sus circunstancias, no era acción reprobable; antes bien, de arcana justicia trascendental, como si Dios en persona le brindase al alcance de la mano y en tan apretado trance aquel socorro de las doscientas pesetas, como compensación de mil amarguras y privaciones pretéritas. Era justo que se apropiase el dinero; pero no se determinaba en ello: le faltaba valor. «¡Qué asquerosamente cobarde soy! Yo tampoco tengo derecho a la vida», se dijo.
Verónica, entretanto, no apartaba de Teófilo los ojos. Lo escudriñaba, examinándolo de arriba a abajo, y no se resolvía a decidir que fuese una persona tejida con la misma estofa burda del resto de los hombres. Hasta la absoluta ausencia de ella en que Teófilo se mantenía, como si realmente la muchacha no existiese, era para Verónica muestra inequívoca de grandeza, digna de veneración. Verónica hubiera dado media vida porque Teófilo le otorgara el honor, que ella no merecía, de hablarle con simpatía y afecto. En suma, estaba tan absorta en el culto de Teófilo, que no paraba atención alguna en lo que hablaban los otros dos hombres, en el comedor.
Por incógnitas razones, una palabra de Tejero vino a herir el oído de Teófilo y a sacarle de sus meditaciones. Enderezó el torso, y, a pesar suyo, fue siguiendo el curso de la conversación entre Antón y Alberto.
La voz de Tejero:
—Sí, un mitin. Los jóvenes tenemos el deber moral de hacer política activa, Alberto, de pensar en los destinos de la patria. Toda otra labor es estéril si no se ataca lo primero el problema de la ética política. La última crisis ha sido bochornosamente anticonstitucional y avergüenza pertenecer a una nación que tales farsas consiente. Y luego, ¡qué Gabinete el nuevo! Las heces de la inmoralidad pública. Ese don Sabas Sicilia, un viejo cínico y corrupto, como todos saben, acusado de negocios impuros en connivencia con el erario del Estado... La podre de la podre. Y los demás del mismo jaez. Quiero que celebremos un mitin los jóvenes. Usted tiene que hablar. Buscaremos algunos más; por supuesto, sin tacha en la conducta. ¿No le parece bien que haya un orador para representar cada orden de actividad intelectual? Un novelista, por ejemplo, un poeta, un crítico..., etcétera, etc. Que vean que la juventud es antidinástica, limpia y peligrosa.
Teófilo pensó: «¿Cómo he podido ser tan miserable y flaquear ante la tentación de tan ruin delito? Una ratería... ¡Si mi madre pudiera adivinar!...» El corazón se le dilató, colmado de un vapor tibio y ascendente, carne ingrávida y efímera de una nueva quimera. «Un joven español no tiene porvenir como no sea en la política.» Y Teófilo imaginábase ya conduciendo, por la virtud de su elocuencia, vastas muchedumbres, con la misteriosa agilidad con que el viento conduce rebaños de nubes. Se acercó a la mesa, y en un trozo de papel escribió con lápiz:
«Querido Alberto: He oído lo del mitin. Me parece una bella idea. Es hora que la juventud tenga un gesto bello. ¿Queréis aceptarme como orador-poeta? Espero que sí. Me prepararé lo mejor que pueda. Avísame el día. Ocurre también que por razones privadas (como no estaba seguro de la ortografía de privado trazó a mitad de la palabra un tipo mixto entre b y v) aborrezco al viejo cipote teñido: aludo a don Sabas Sicilia. Te dejo esta nota porque llevo mucha prisa y no puedo detenerme. Un abrazo,
Teófilo.»
Salió sin despedirse de Verónica. Llegó al vestíbulo; quedose mirando un momento la sombra negra que el gabán de Tejero hacía; se apoderó de las doscientas pesetas; abrió con sigilo la puerta y la cerró sin mover ruido; huyó escaleras abajo, y cuando llegó al portal se preguntó: «¿Qué he hecho?» Giró sobre los talones y comenzó a subir las escaleras con propósito de restituir lo robado. Pero, ¿cómo iba a hacerlo sin que lo echaran de ver? Salió a la calle. Metió las manos en los bolsillos de la chaqueta y tropezó con los rollos de dinero, que le escaldaron los dedos. Anduvo a pique de arrojar lo robado por una boca de alcantarilla, pero se arrepintió al instante. «¡Qué estupidez!» Murmuró: «Soy un cobarde que no merece vivir.» Comenzó a considerar lo que acontecería en casa de Alberto. Quizás habían descubierto ya el robo y dado necesariamente con el autor. Tendría que escaparse de Madrid y acaso de España. Era lo mejor; emigraría con Rosa a un país en donde el costo de la vida no fuera en detrimento de la dignidad. ¡Adiós, maldita España, para siempre! Se iría a América, y con el primer dinero que ganase indemnizaría lo robado. Por lo pronto fue a casa del camisero, y después de presentar la carta de Alberto, apartó dos docenas de calcetines y varias corbatas, y encargó una docena de calzoncillos y docena y media de camisas. Después fue a casa del sastre; anduvo irresoluto gran tiempo ante las piezas de paño, sin saber por cuales decidirse, y a la postre seleccionó tres trajes y un gabán. Tomole el sastre las medidas y disponíase Teófilo a salir del establecimiento cuando el sastre le detuvo.
—Usted perdone, señor Pajares; pero estamos tan escamados en fuerza de micos, que aquí tenemos por costumbre no hacer ropa, como no sea a un parroquiano antiguo, si no se paga por anticipado la mitad del importe de la factura.
—Pero, el señor Díaz de Guzmán responde por mí.
—No, señor, no responde.
—¿Cómo que no? Él me ha dicho que sí.
—En efecto, en esta carta me dice que responde por usted. Pero esto no me basta. Puesto que el señor Díaz de Guzmán está dispuesto a responder de veras, dígale que me firme un pagaré por quinientas pesetas, que es el importe de su factura. A no ser que usted quiera, que se me figura que no querrá —el sastre sonrió de manera ofensiva—, hacerme el anticipo de doscientas cincuenta.
Teófilo se engrifó, herido en su altivez.
—No llevo conmigo doscientas cincuenta. ¿Le bastan a usted doscientas por ahora?
—Perfectamente, no hago hincapié en las cincuenta.
El sastre no creía lo que veía, y esto era cuarenta contantes y sonantes duros en plata. Empleó veinte minutos en examinar uno por uno los duros, porque le había entrado la sospecha de que Teófilo era un monedero falso, y en cerciorándose de que todos poseían la apetecida legitimidad, como salidos de las arcas del fisco, sonrió graciosamente a Teófilo y dijo así:
—Usted perdone que los haya mirado tan despacio; he recibido tanto chasco... La ropa estará lista en ocho días.
—Tiene que ser en cinco, a más tardar.
—Haremos lo posible. Se me olvidaba decirle que, como de los escarmentados, y tal, y el gato escaldado, y tal, en este establecimiento tenemos por costumbre no entregar los encargos hasta tanto que no nos hayamos reintegrado del importe total, como no sea cuando se trata de algún parroquiano antiguo.
—Muy bien. Me parece que será la última ropa que me haga aquí. Buenas noches.
Teófilo salió de la sastrería con un temor más que vago de que las por él mal adquiridas doscientas pesetas le iban a valer al sastre cien años de perdón. Casi se alegraba, y sentía que la conciencia se le aligeraba, como si el espectáculo de la picardía ajena mermase la vergüenza de la suya propia. «Me está bien empleado», discurría. «Sin duda existe una justicia natural; pero esta justicia natural no es menos venal que la justicia social: dura para los hambrientos; untuosa para los hartos. Unos medran con latrocinios, sin duda porque son ladrones de ladrones, que roban en junto y sin esfuerzo lo que a los ladronzuelos les costó trabajo y remordimientos añascar; otros, en cuanto les apunta la uña, viene la justicia a cercenarles la mano. Dios es tan cohechable como el mísero juez que un cacique crea a su medida.»
En estas consideraciones acertó a pasar frente a la Maison Dorée. Un grupo de amigos le saludó. Entre ellos se hallaba un pintor llamado Quijano. Teófilo le llamó aparte; había tenido una idea feliz.
—Tengo que pedirte un favor, Quijano.
—Por de contado.
—Tú tienes una casa en El Escorial, ¿verdad?
—Sí.
—¿Puedes prestármela unos días?
—¿Cómo prestártela?
—Cedérmela.
—Claro que sí.
—¿Hay muebles?
—Ya lo creo, los necesarios.
—Te advierto que es para ir con una mujer.
—Eso, allá tú. Te enviaré la llave.
—Yo vendré aquí mañana a recogerla.
Se despidieron. «Menos mal», pensó Teófilo. Y con aquel su ánimo tornadizo, que así se entenebrecía como se iluminaba, dio por sentado ahora que todo le iba a salir a pedir de boca. Sin embargo, sentía recóndita desazón o reconcomio que no llegaba a malestar definido, igual que una persona a quien se le ha olvidado que le duele un callo. El dolor de callos de Teófilo estaba en la conciencia: era el primer callo, tierno aún y en formación.
A la hora de cenar no discutió con Santonja, por más que este le azuzaba, ni realizó aquellas proezas deglutivas que a todos los huéspedes admiraban y a la patrona le metían el corazón en un puño. Retirose a su aposento, y allí, ante la vista de la carta de su madre, hecha pedazos, la desazón y reconcomio de antes se hicieron vergüenza y miedo. Paseó un gran rato dentro de la angosta estancia; pero haciéndosele insoportable la pesadumbre de sus cavilaciones, salió a la calle, y, así como, a lo que se dice, el criminal, por impulso irresistible, acostumbra volver varias veces al lugar del crimen, Teófilo fue a casa de Alberto, decidido a enterarse de lo que había pasado y a afrontar sus consecuencias.