APÉNDICE

(Nota a la página [394]).

LAS OBRAS PÓSTUMAS DE TOLSTOI[836].

Tolstoi dejaba al morir una gran cantidad de obras inéditas, de las cuales la mayor parte ha sido publicada después y forman tres volúmenes en la traducción francesa de J. W. Bienstock (Colección Nelson).

Estas obras son de todas las épocas de su vida, habiendo algunas que remontan hasta 1883 (Diario de un Loco), y otras de los últimos años. Comprenden cuentos, novelas, obras teatrales y diálogos, y muchas que quedaron sin acabar. Yo las dividiría, de buena gana, en dos clases: las obras que Tolstoi escribió por voluntad moral y las que escribió por instinto artístico. En un corto número de ellas, armoniosamente se funden las dos tendencias.

Por desgracia hay que deplorar que su desinterés de la gloria literaria—acaso también un secreto propósito de mortificación—hayan impedido a Tolstoi proseguir la composición de las obras que se anunciaban como las más hermosas. En este número citaremos El Diario Póstumo del Viejo Feodor Kuzmitch. Es ésta la famosa leyenda del Zar Alejandro I, que haciéndose pasar por muerto y marchándose, con un falso nombre, envejeció en Siberia por expiación voluntaria. Se advierte que Tolstoi estaba enamorado de este asunto e identificado con su héroe, y no podemos consolarnos con que sólo nos queden de este “diario” los primeros capítulos. Por el vigor y la frescura del relato, valen estos capítulos tanto como las mejores páginas de Resurrección. En ellos hay retratos inolvidables (la vieja Catarina II) y principalmente una primorosa pintura del Zar, místico y violento, cuya naturaleza orgullosa tiene todavía sobresaltos de despertar en el anciano tranquilo.

El padre Sergio (1891-1904) pertenece también a la mejor manera de Tolstoi; pero la narración está un poco cortada. Tiene por asunto la historia de un hombre que busca a Dios en la soledad y el ascetismo, por orgullo herido, que acaba por encontrarlo entre los hombres, viviendo para ellos. La salvaje violencia de algunas páginas conmueve hasta hacer un nudo en la garganta. Nada de más sobrio y trágico que la escena en que el héroe descubre la villanía de aquélla a quien amaba; su prometida, la mujer a quien adoraba como a una santa, ha sido amante del Zar, que era por él venerado apasionadamente. No menos conmovedora es la noche de tentación, en que el monje, para recobrar la paz del alma turbada, se corta un dedo con un hacha. A estos episodios feroces se opone la conversación melancólica del final, con la pobre viejecita amiga de la infancia, y las últimas páginas que son de un laconismo indiferente y sereno.

El asunto de La Madre es también emocionante. Una buena y razonable madre de familia, que después de haberse consagrado enteramente a los suyos durante cuarenta años, se encuentra sola, sin actividad, sin razón de vivir, y, aunque es librepensadora, se acoge al abrigo de un convento y escribe allí su Diario. Pero de esta obra solamente quedaron las primeras páginas.

De un arte superior son una serie de pequeños relatos: Alexis el Tonto, que participa de la vena de los hermosos cuentos populares, es la historia de un espíritu simple, siempre sacrificado, siempre dulcemente satisfecho, y que así muere. Después del Baile (20 de agosto de 1903), en que un anciano cuenta cómo amó a una muchacha y cómo cesó bruscamente de amarla, después de haber visto al padre de ella, un coronel, ordenar que fuera azotado un soldado; obra perfecta, primero, de un exquisito encanto de recuerdos juveniles y luego de una alucinante precisión. Lo que yo he visto en sueños (13 de noviembre de 1906): Un príncipe no perdona a su hija, a quien adoraba, porque se ha escapado de la casa después de dejarse seducir; pero apenas vuelve a verle, es él quien le pide perdón; y sin embargo (la ternura de Tolstoi y su idealismo no lo engañan nunca), no puede alcanzar a vencer el sentimiento de disgusto que le causa la vista del hijo de su hija. Khodynka, novela corta cuya acción pasa en 1893: se trata de una joven princesa rusa que ha querido tomar parte en una fiesta popular de Moscú, y se encuentra, presa de un gran pánico, pisoteada, medio muerta, y reanimada por un obrero que ha sido él mismo rudamente atropellado. Por un instante un sentimiento de fraternidad afectuosa los une; se separan después y no volverán a verse más.

De dimensiones más vastas y que anuncian una novela épica, es Hadji-Mourad (diciembre de 1902), que refiere un episodio de las guerras del Cáucaso en 1851[837]. Tolstoi, al escribirla, se encontraba en la plena posesión de sus procedimientos artísticos. En ella la visión (de los ojos y del alma) es perfecta; pero, y esto es curioso, no llegamos a interesarnos verdaderamente en la historia, porque se advierte que Tolstoi mismo no se interesa en ella. Cada personaje que aparece en el curso de la narración, despierta en él la misma simpatía, y de cada uno, aunque no haga más que pasar delante de nuestros ojos, hace un retrato acabado; pero a fuerza de amar a todos no prefiere a ninguno. Parece que escribió este notable cuento sin ninguna necesidad interior y sólo por necesidad física; pues como otros ejercitan sus músculos, es necesario que él ejercitara su mecanismo intelectual; tenía necesidad de crear; creaba.


Otras obras tienen un acento personal que llega a menudo hasta la angustia. Algunas son autobiográficas, como el Diario de un Loco (20 de octubre de 1883), que contiene el recuerdo de las primeras noches de espanto de Tolstoi, antes de la crisis de 1869;[838] y como El Diablo (19 de noviembre de 1889). Este último y largo cuento tiene dos partes, que son de primer orden sin duda y, por desgracia, un desenlace absurdo: un propietario rural que tiene relaciones con una joven campesina que vive en sus propiedades, se casa y cuida, porque es honesto y ama a su mujer, de alejar a esta campesina; pero ella se le ha metido por los ojos, y no puede mirarla sin desearla. La busca, y acaba por recobrarla; siente que no podrá ya separarse de ella, y se mata. Los retratos de este hombre, bueno, débil, robusto, miope, inteligente, sincero, trabajador y atormentado; de su joven mujer, romántica y enamorada, que lo idealiza, y de la hermosa y sana campesina, ardorosa y sin pudor, son obras maestras. Es chocante que Tolstoi haya puesto tanto de intención moral en el fin del cuento, como no lo puso en la historia vivida, porque él tuvo realmente una aventura análoga.

La luz brilla en las tinieblas, drama en cinco actos, ofrece muchas debilidades artísticas; pero, cuando se conoce la tragedia oculta de la vejez de Tolstoi ¡qué conmovedora es esta obra que, con otros nombres, presenta en escena a Tolstoi y a los suyos! Nicolás Ivanovitch Sarintzeff llega a tener la misma fe que el autor de ¿Qué debemos hacer?, y ensaya ponerla en práctica, lo cual no le está permitido. Las lágrimas de su mujer (¿sinceras o simuladas?) le impiden abandonar a los suyos; se queda en su casa, donde vive pobremente, trabajando en la carpintería; su mujer y sus hijos continúan haciendo vida de lujo y dando fiestas, y aunque él no toma parte en ellas, se le acusa de hipocresía. Sin embargo, por su influencia moral, por la simple radiación de su personalidad, hace en torno suyo prosélitos y desventurados. Un “pope”, convencido por sus doctrinas, abandona la iglesia; un joven de buena familia rehúsa prestar el servicio militar y se hace enviar al batallón de disciplina; y mientras tanto, el pobre Sarintzeff-Tolstoi es desgarrado por la duda. ¿Está en el error? ¿No arrastra inútilmente a los otros al sufrimiento y a la muerte? Al fin no encuentra otra solución a sus angustias que dejarse matar por el joven a quien sin querer condujo a la pérdida.

Se encuentra también, en una breve narración de los últimos tiempos de la vida de Tolstoi, No hay culpable (septiembre de 1910), la misma confesión dolorosa de un hombre que sufre horriblemente por su situación, de la cual no puede salir. A los ricos ociosos se oponen los pobres abrumados de trabajo, y ni los unos ni los otros sienten la inepcia monstruosa de semejante estado social.

Dos obras de teatro tienen un alto valor; una es la obrita campesina que combate los daños del alcohol, intitulada Todas las cualidades vienen de ella (probablemente de 1910). Los personajes son muy individuales y sus rasgos típicos y su ridículo lenguaje fueron sorprendidos de manera muy divertida; el campesino que, a la postre, perdona a un ladrón, es a la vez noble y cómico por su inconsciente grandeza moral y por su ingenuo amor propio. La segunda de estas piezas, de una importancia muy distinta, es un drama en doce cuadros, El cadáver viviente, que muestra a gentes débiles y buenas aplastadas por la estúpida máquina social. El héroe, Fedia, es un hombre que se ha perdido por su bondad misma y por el profundo sentimiento moral que oculta bajo una vida de libertino, porque sufre de una manera intolerable con la bajeza del mundo y con su propia indignidad; pero no tiene la fuerza necesaria para reaccionar. Tiene una mujer a quien ama, que es buena, tranquila, razonable, pero “sin la uva que se pone en la sidra para hacerla espumar”, “sin el burbujeo en la vida” que procura el olvido. Y el olvido le es indispensable.

Nosotros todos, en nuestro medio, dice, tenemos delante tres caminos, y únicamente tres. Ser funcionario, ganar dinero y sumar más villanía a la del medio en el cual vivimos. Y esto me disgusta; tal vez yo no sería capaz de hacerlo... El segundo camino es aquél en el cual se combate esta villanía, pero para esto es necesario ser un héroe, y yo no lo soy. Queda el tercero: olvidarse, beber, engañarse en fiestas, cantar; este es el camino que yo he escogido, y ya veis vosotros a dónde me ha conducido...[839].

Y en otro pasaje:

¿Cómo he llegado a perderme? Desde luego, por el vino. No es que yo sienta placer en beber; pero he tenido siempre el sentimiento de que todo lo que se hace en torno mío no es lo que debía hacerse; y siento vergüenza... Y en cuanto a ser de la nobleza, o director de banco, ¡eso sí que es vergonzoso, muy vergonzoso!... Después de haber bebido ya no tiene uno vergüenza... Y luego, la música, pero no de ópera o de Beethoven, sino la de los zíngaros, esa que os derrama en el alma tanta vida, tanta energía... Luego, los bellos ojos negros, las sonrisas... Pero mientras más os encanta todo eso, más se siente la vergüenza, y después...”.[840]

Ha abandonado a su mujer porque comprende que él le hace mal a ella y que ella no le hace a él ningún bien; la deja con un amigo de quien ella es amada y al que también ella ama, sin confesárselo, y que se parecen. Desaparece en los bajos fondos de la bohemia, y todo así se resuelve bien; los otros dos son felices, y él, en la medida en que puede serlo. Pero la sociedad no permite que nadie obre sin su consentimiento, y reduce estúpidamente a Fedia al suicidio, si no quiere que sus dos amigos sean condenados por bigamia. Esta extraña obra, tan profundamente rusa y que refleja el desaliento de los mejores después de las grandes esperanzas de la revolución, que fueron destrozadas, es sencilla, sobria, sin ningún efecto declamatorio. Todos los caracteres son verdaderos y vivientes, aun los de los personajes que aparecen en segundo plano, como la joven hermana, intransigente y apasionada en su concepción moral del amor y del matrimonio; la buena figura acompasada del bravo Karenin, y la vieja mamá, petrificada en sus nobles prejuicios, conservadora, autoritaria en sus palabras, acomodaticia en sus actos; y aun podría decirse lo mismo de las siluetas fugitivas de los zíngaros y de los abogados.


No he citado algunas obras cuya intención dogmática y moral domina la vida libre del arte, aun cuando jamás haga tropezar a Tolstoi en su lucidez psicológica.

El falso cupón es un largo relato, casi una novela, que trata de demostrar el encadenamiento, en el mundo, de todos los actos individuales, buenos y malos. Una falsificación cometida por dos colegiales desencadena toda una serie de crímenes, de más en más horribles, hasta que el acto de la resignación santa de una pobre mujer asesinada por una salvaje, conmueve al asesino y, por ella, de uno en otro, se llega hasta los primeros autores de todo el mal, quienes por esta manera se encuentran así salvados por sus víctimas. El tema es soberbio y toca en epopeya; la obra habría podido levantarse hasta la fatal grandeza de las tragedias antiguas; pero la narración es demasiado larga, muy cortada, sin amplitud, y aun cuando cada personaje esté justamente caracterizado, todos resultan indiferentes.

La cordura infantil es una serie de veintiún diálogos entre niños sobre todos los grandes temas, religión, arte, ciencia, instrucción, patria, etc., que no carecen de vigor imaginativo, pero en los cuales el procedimiento seguido fatiga pronto por repetirse tan a menudo.

El joven zar, que medita en las desventuras que causa a pesar suyo, es una de las obras más débiles de la recopilación. En fin, me contentaré con enumerar algunos de estos bosquejos fragmentarios: Dos peregrinos, El pope Vasili, ¿Quiénes son los asesinos?, etc.


En el conjunto de estas obras sorprende el vigor intelectual conservado por Tolstoi hasta su último día[841]. Puede parecer verboso cuando expone sus ideas sociales; pero siempre que está frente a una acción, de algún personaje viviente, el soñador humanitario desaparece y no queda más que el artista de mirada de águila, de mirada que va recto al corazón. Nunca perdió esta lucidez soberana; el único empobrecimiento que yo advierto, en cuanto al arte, viene del lado de la pasión. Aparte de cortos instantes, se tiene la impresión de que ya no son para Tolstoi sus obras lo esencial en su vida, que son o bien un pasatiempo necesario, o bien un instrumento para la acción; porque es la acción su verdadero objeto, y ya no el arte. Cuando ocurre que se deja recobrar por esta ilusión apasionada, parece que de ella tuviera vergüenza; corta pronto por lo sano, o acaso, como en el Diario póstumo del viejo Feodor Kusmitch, abandona completamente la obra que lo ponía en peligro de volver a unir las cadenas que lo ligaban al arte... Ejemplo único de un gran artista, en plena fuerza creadora y por ella atormentado, que la resiste y que la inmola a su Dios.

NOTAS:

[836] Mme. Tatiana Soukhotine, hija mayor de Tolstoi, me ha hecho observar que la verdadera ortografía del nombre de Tolstoi, en francés, es con una y. Así aparece efectivamente la firma de Tolstoi en una carta que recibí de él.

[837] “Del cual fuí testigo, en parte”, escribía Tolstoi.

[838] Véase en la página 328.

[839] Acto V, cuadro I.

[840] Acto III, cuadro II.

[841] Esta salud de espíritu se manifiesta en las narraciones que fueron hechas por Tchertkov y por el testimonio de los médicos en la última enfermedad de Tolstoi. Casi hasta el fin continuó escribiendo o dictando su Diario.

SE ACABÓ DE IMPRIMIR EN LOS TALLERES
DEL DEPARTAMENTO EDITORIAL
DE LA SECRETARÍA DE EDUCACIÓN PÚBLICA
EL 13 DE SEPTBRE. DE 1923,
EN MÉXICO.