CARTAS

Al Pastor Amenda, en Curlande[89]

Mi querido, mi buen Amenda, mi amigo de corazón: Con una profunda emoción, con una mezcla de dolor y de alegría he recibido y leído tu última carta. ¡A qué podría yo comparar tu fidelidad, tu solicitud hacia mí! ¡Oh, qué bueno es que tú hayas sido siempre mi amigo! Sí; he puesto a prueba tu consagración, y sé qué diferencia hay entre tú y los demás. Tú no eres un amigo de Viena, no; ¡tú eres como aquéllos que sólo existen sobre el suelo de mi patria! ¡Cómo he deseado tenerte cerca de mí, porque tu Beethoven es profundamente infeliz! Debes saber que la parte más noble de mí mismo, mi oído, se ha debilitado mucho. Ya en la época en que tú estabas a mi lado sentía síntomas del mal, y lo ocultaba; después ha ido empeorando. Si esto no puede ser curado, es preciso esperar para saberlo; creo que debe proceder de mi enfermedad del estómago. Respecto a ésta estoy casi restablecido; mas, en cuanto al oído ¿curaré? Naturalmente que lo espero así; pero es muy difícil porque estas enfermedades son las más incurables. ¡Qué triste debo vivir, evitando todo lo que me es más querido, y esto entre hombres tan miserables, tan egoístas!... Entre todos puedo decir que el amigo que más me ha ayudado ha sido Lichnowski; desde el año pasado me ha dado seiscientos florines, y esto y la venta fructuosa de mis obras me ponen en situación de vivir sin el cuidado de ganar el pan. Todo lo que escribo ahora puedo venderlo inmediatamente cinco veces, y bien pagado. He escrito algo regular, en estos últimos tiempos; y puesto que sé que has pedido pianos a... deseo enviarte algunas obras en el empaque de uno de ellos, para que te sea menos costoso.

Ahora, para mi consuelo, ha llegado aquí un hombre con quien puedo gozar del placer de la conversación y de la amistad desinteresada; es uno de mis amigos de juventud[90]. Le he hablado frecuentemente de ti y le he dicho que, desde que abandoné mi patria, eres tú uno de aquéllos que ha elegido mi corazón.—Él tampoco ama a[91]... Es y continúa siendo muy débil para la amistad; yo lo miro, y... como los humildes instrumentos en que toco, cuando me place; pero que no pueden ser nunca testigos nobles de mi actividad, como tampoco pueden verdaderamente participar en mi vida, les doy valor sólo en la medida de los servicios que me proporcionan. ¡Oh, cómo sería feliz si tuviera el uso completo de mi oído! Correría entonces hacia ti; pero debo permanecer alejado de todo; mis años más hermosos transcurren sin que haya realizado todo lo que mi talento y mi fuerza me mandaran.—¡Triste resignación ésta en la cual debo refugiarme! Sin duda que me he propuesto sobreponerme a todos estos males; pero ¿cómo me será posible? Sí, Amenda, si en seis meses mi mal no está curado, exijo de ti que abandones todo y que vengas a mi lado; entonces viajaré (mi ejecución y mi composición sufren aún muy poco por mi enfermedad, pues es sólo en sociedad donde me es más sensible), y tú serás mi compañero, porque estoy convencido de que no me faltará la felicidad. ¡Con quién no podría yo compararme entonces! Desde que tú partiste he escrito de todo, hasta óperas y música sagrada.—Sí, tú no te rehusarás; tú ayudarás a tu amigo a soportar su mal y sus cuidados.—También he perfeccionado mi ejecución de pianista, y espero que este viaje podrá igualmente proporcionarte placer. Después, tú permanecerás para siempre cerca de mí.—He recibido con puntualidad todas tus cartas, y por poco que te haya contestado, has estado siempre presente para mí, y mi corazón palpita por ti con la misma ternura.—Lo que te he dicho de mi oído te ruego callarlo como un gran secreto, y no confiárselo a nadie, quienquiera que sea. Escríbeme con frecuencia. Tus cartas, hasta cuando son breves, me consuelan y me hacen mucho bien. Espero para muy pronto otra tuya, mi querido amigo. No te he enviado tu cuarteto[92] porque lo he rehecho enteramente, desde que he comenzado a saber escribir cuartetos en forma conveniente, como tú verás cuando lo recibas. Ahora, adiós mi querido y buen amigo. Si tú crees que yo pueda hacer por ti algo que te sea agradable, se entiende que debes decirlo a tu fiel L. v. Beethoven, que te ama sinceramente.

Al Doctor Franz Gerhard Wegeler

Viena, 29 de junio (1801).

Mi bueno y querido Wegeler: ¡Cuánto te agradezco tu recuerdo! Lo merezco tan poco, tan poco he hecho para merecerlo; y sin embargo, eres tú tan bueno, no te dejas alejar por nada, ni por mi imperdonable negligencia; permaneces siendo siempre el fiel, el bueno, el leal amigo.—¡Que yo pudiese olvidarte, olvidar a todos vosotros, que habéis sido para mí tan caros y tan buenos, no, eso no lo creo! Hay momentos en que suspiro por estar cerca de vosotros para pasar algún tiempo.—Mi patria, la hermosa región donde yo vi la luz del mundo, también se me representa siempre con tanta claridad y nitidez como cuando os abandoné. Será uno de los más felices instantes de mi vida aquél en que pueda volver a veros y saludar a nuestro padre el Rhin.—Cuándo será esto, no puedo decirlo con exactitud. Por lo menos diré que me encontraréis más grande: no hablo del artista, sino del hombre, que os parecerá mejor, más hecho; y si el bienestar no ha aumentado un poco en nuestra patria, mi arte debe consagrarse al mejoramiento de la suerte de los pobres...

Quieres saber algo acerca de mi situación; bien, pues no va del todo mal. Desde el año pasado, Lichnowski (por increíble que te parezca, aun cuando yo lo digo), quien ha sido siempre y es mi amigo el más fervoroso (bien es cierto que hubo pequeñas diferencias entre nosotros, pero ellas mismas han afirmado nuestra amistad); Lichnowski me ha concedido una pensión de seiscientos florines que yo debo recibir durante el tiempo en que carezca de una posición conveniente. Mis composiciones me producen mucho y puedo decir que se me pide más trabajo que el que puedo hacer. Para cada cosa tengo seis, siete editores, y aun más si quiero buscarlos. Nadie discute conmigo: fijo un precio y se me paga; ya ves que esto es delicioso. Por ejemplo, si veo a un amigo necesitado y mi bolsillo no me permite ir en su ayuda, no tengo más que sentarme a mi mesa de trabajo, y en poco tiempo lo he sacado del apuro.—Soy también más económico que antes...

Por desgracia, un demonio celoso, mi mala salud, ha venido a obstruir mi camino. Desde hace tres años mi oído se ha hecho cada vez más débil. Debe haber originado esto mi enfermedad del estómago, que sufría ya desde antes, como tú sabes, pero que ha empeorado mucho, porque padezco continuamente de diarrea, y por consecuencia de una extraordinaria debilidad. Frank quería tonificarme con reconstituyentes, y curar mi oído por medio del aceite de almendras. Mas ¡prosit! esto no sirve para nada; mi oído está siempre cada vez peor y mi estómago sigue en el mismo estado. Así estuve hasta el otoño último, en el cual a menudo llegué a la desesperación. Un asno de médico me aconsejó los baños fríos; otro, más listo, los baños tibios del Danubio, y el efecto fué maravilloso; mi estómago mejoró, pero mi oído sigue lo mismo o va estando aún peor. Este invierno, mi situación fué verdaderamente deplorable, pues sufrí cólicos espantosos y una recaída completa. Así estuve hasta el mes último en que fuí a ver a Vering, porque pensé que mi mal reclamaba un cirujano y, desde luego, he tenido siempre confianza en él. Logró cortar casi por completo esta violenta diarrea; me ordenó tomar baños tibios del Danubio, haciéndome poner en el agua multitud de licores fortificantes; no me administró ninguna medicina, a no ser, por espacio de unos cuatro días, unas píldoras para el estómago y una especie de té para los oídos. Me encuentro mejor y más fuerte; sólo mis orejas zumban y mugen (sausen und brausen) noche y día. Puedo decir que llevo una vida miserable. Desde hace casi dos años evito toda compañía, porque no puedo decir a las gentes: “Soy sordo”. Si yo tuviera algún otro oficio, esto aun sería posible; pero en el mío es una situación espantosa. ¡Qué dirían mis enemigos, cuyo número no es corto!

Para darte una idea de mi extraña sordera te diré que en el teatro debo colocarme muy cerca de la orquesta para entender a los actores. No oigo los sonidos altos de los instrumentos ni las voces, si me coloco un poco lejos; y en la conversación es sorprendente que haya personas que no lo hayan advertido nunca. Como sufro tantas distracciones, a ellas atribuyen todo. Cuando se habla suavemente, apenas entiendo; sí, entiendo bien los sonidos, mas no las palabras; y, por otra parte, cuando se grita eso me es insoportable. Lo que haya de venir sólo el cielo lo sabe. Vering dice que seguramente mejoraré, si no llego a curar del todo.—Frecuentemente he maldecido de mi existencia y del Creador[93]. Plutarco me ha llevado a la resignación. Quiero, si esto fuese posible, desafiar al destino; pero hay momentos de mi vida en que soy la más miserable de las criaturas.—Te suplico no decir nada de mi estado a nadie, ni aun a Lorchen[94]; te lo confió como un secreto. Me agradaría que tú escribieras a Vering acerca de este asunto; y si mi situación actual ha de durar, iré en la primavera próxima a visitarte, y tú me albergarás en alguna casa de campo, en cualquier hermoso lugar donde pueda hacerme campesino por seis meses. Acaso eso me producirá mucho bien. ¡Resignación! ¡Qué triste amparo, y sin embargo, es el único que me queda! Perdóname que te dé esta molestia de amistad, en tus tedios.

Steffen Breuning está ahora aquí y pasamos casi todos los días juntos. ¡Me produce tanto bien evocar sentimientos de tiempos pasados! Se ha convertido, en verdad, en un joven excelente, bueno, que sabe algo y que tiene (como todos nosotros más o menos) el corazón bien puesto.

Quiero escribir también a la buena Lorchen. Nunca he olvidado a uno solo de vosotros, tan queridos y buenos, aun cuando no dé ningún signo de vida; porque escribir, tú lo sabes, no ha sido mi fuerte nunca; mis mejores amigos han estado años enteros sin recibir una carta de mí. Sólo vivo en mis notas, y apenas una obra queda terminada cuando está comenzada ya otra. En la forma en que trabajo ahora hago a menudo tres o cuatro cosas a un tiempo. Escríbeme con frecuencia, que yo trataré de disponer de tiempo para contestarte. Saluda a todos en mi nombre...

¡Adiós, mi bueno, mi fiel Wegeler! Está seguro de la afección y de la amistad de tu Beethoven.

A Wegeler

Viena, 16 de noviembre de 1801.

¡Mi buen Wegeler! Te doy gracias por tu nueva prueba de solicitud, tanto más cuanto la merezco muy poco.—Quieres saber cómo estoy y yo tengo necesidad de decírtelo, y, por poco agradable que me sea ocuparme de este asunto, lo haré sin embargo de buena gana contigo.

Vering me está poniendo desde hace meses vejigatorios en los dos brazos... El tratamiento me es extremadamente desagradable; sin hablar de los dolores, estoy privado por completo del uso de mis brazos por uno o dos días. Debo convenir en que los zumbidos son un poco más débiles que antes, principalmente en la oreja izquierda, que fué en la que comenzó mi sordera; pero mi oído en verdad no ha mejorado nada hasta el presente, y no me atrevo a decir si está peor aún.—Mi estómago va mejor, y cuando me baño durante algunos días en agua tibia, me encuentro bastante bien por ocho o diez días más. De cuando en cuando tomo algún fortificante para el estómago, y también he comenzado, siguiendo tu consejo, la aplicación de yerbas contra el vientre.—Vering no quiere oír hablar de duchas; y por otra parte, no estoy muy contento con él, porque en verdad tiene pocos cuidados y atención para mi mal; si yo no fuera a su casa—y esto me es muy difícil—no lo vería nunca. ¿Qué piensas tú de Schmidt? No cambio médico de buena gana; pero me parece que Vering es demasiado práctico para renovar muchas de sus ideas por la lectura; y Schmidt en esto me parece un hombre distinto, que acaso no será tan negligente.—Se dicen maravillas del galvanismo. ¿Qué piensas tú de ello? Un médico me ha contado que vió a un niño sordomudo recobrar el oído, y a un hombre, que hacía siete años estaba sordo, también curado.—Precisamente acabo de saber que Schmidt está haciendo experiencias acerca de esto.

De nuevo vivo en forma algo más agradable; frecuento el trato de los demás. Apenas podrías creer cuál vida de soledad y de tristeza he llevado desde hace dos años; mi enfermedad se levantaba por todas partes delante de mí como un espectro, y yo huía de los demás. ¡Debía parecer un misántropo, cuando lo soy tan poco!—Este cambio, una amada, una encantadora muchacha lo ha realizado; me ama y yo la amo: he aquí de nuevo algunos momentos felices, después de dos años; y es la primera vez que pienso que el matrimonio puede dar la felicidad. Desgraciadamente no es de mi condición; y ahora, a decir verdad, no podría casarme porque es necesario que trabaje valerosamente aún. Si no fuera por mi oído habría desde hace largo tiempo recorrido la mitad del mundo, y esto debo hacerlo. No hay mayor placer para mí que ejercer mi arte y mostrarlo.—No creo que fuera feliz en vuestra casa. ¡Quién podría darme la felicidad! Vuestra misma solicitud me pesaría, y a cada instante leería yo la compasión en vuestros rostros, para juzgarme más miserable todavía.—¿Qué me atraía hacia esos bellos lugares de mi patria? ¡Nada más que la esperanza de alcanzar una situación mejor, y que yo llegara a no tener este mal! ¡Oh, si estuviera libre de este mal tendría el mundo entre mis brazos! Mi juventud, sí, lo siento, apenas está comenzando; porque ¿no he estado siempre enfermo? Mi fuerza física crece más que nunca desde hace algún tiempo, junto con mi vigor intelectual. Cada día me acerco más al fin que entreveo sin poderlo definir. Pero sólo con estos pensamientos puede vivir tu Beethoven. ¡No es posible descansar! No conozco otro descanso que el sueño, y soy tan desventurado que tengo que concederle más tiempo que antes. Que esté sólo a medias libre de este mal, y entonces, como un hombre más dueño de sí mismo, más maduro, iré hacia vosotros y estrecharemos nuestros viejos lazos de amistad.

Debéis verme tan feliz como me sea concedido serlo aquí abajo; pero no desventurado. ¡No, porque esto no lo podría soportar! Quiero morder al destino, que no me doblegará indudablemente por completo. ¡Oh, es tan bello vivir la vida mil veces!—Para una vida tranquila, no, lo siento, no nací.

Muchos recuerdos buenos para Lorchen... ¿Tú me amas un poco, no es verdad? Pues está seguro de mi afección y de mi amistad. Tu

BEETHOVEN.

Carta de Wegeler y de Eleonora von Breuning a Beethoven.[95]

Coblenza, 28 de diciembre de 1825.

Mi querido Luis:

No puedo dejar partir para Viena a uno de los diez hijos de Ries, sin que me venga a la mente tu recuerdo. Si después de veintiocho años que hace que abandoné Viena no has recibido una larga carta cada dos meses, puedes culpar de ello a tu silencio para las primeras que te envié. Esto no está bien, y menos ahora, porque nosotros, viejos como somos, vivimos sólo del pasado y encontramos placer, por encima de todo, en los recuerdos de nuestra juventud. Para mí, al menos, mi conocimiento y mi estrecha amistad contigo, gracias a tu buena madre que Dios bendiga, es un punto luminoso en mi vida hacia el cual me vuelvo con placer... Levanto los ojos hacia ti como hacia un héroe y me siento orgulloso de poder decir: “No he dejado de tener influjo sobre su desarrollo; me confiaba sus deseos y sus ensueños; y cuando, más tarde, fué tan mal comprendido a menudo, yo sabía lo que ambicionaba”. ¡Alabado sea Dios que me concedió hablar de ti con mi mujer, y ahora con mis hijos! La casa de mi suegra era tu casa más que tu propia casa, sobre todo después de la muerte de tu noble madre. Dinos una vez solamente: “Sí, pienso en vosotros, en la alegría y en la tristeza”. El hombre, hasta cuando se ha elevado tan alto como tú, sólo es feliz una vez en la vida, cuando es joven. A las piedras de Bonn, de Kreuzberg, de Godesberg, de la Pépinière, etc., deben volar alegremente tus ideas muchas veces.

Ahora quiero hablarte de mí, de nosotros, para darte un ejemplo de la manera en que tú debes contestarme.

Después de mi retorno de Viena, en 1796, todo iba bastante mal para mí; durante muchos años tuve que vivir sólo de mis consultas como médico; y esto duró largo tiempo en esta región miserable, antes de que tuviera lo necesario. Fuí después profesor, con un sueldo, y me casé en 1802. Un año más tarde tuve una hija, que vive aún y que está ya completamente formada; tiene, con un juicio muy recto, la serenidad de su padre, y toca hasta cansarse las sonatas de Beethoven; no es esto un mérito en ella, sino más bien un don innato. En 1807 nació un niño, que ahora estudia en Berlín medicina; y dentro de cuatro años lo enviaré a Viena. ¿Te encargarás de cuidarlo?... He festejado en el mes de agosto mi sexagésimo aniversario, en unión de unos sesenta amigos y conocidos, entre quienes estaban las personas principales de la ciudad. Desde 1807 resido aquí, donde tengo ahora una casa hermosa y una buena posición; mis superiores están contentos de mí y el rey me ha dado algunas condecoraciones y medallas. Lorchen y yo estamos bastante bien.—Y ahora que te he hecho conocer nuestra situación, te toca tu turno...

¿No querrás nunca apartar tus miradas de la torre de San Esteban? ¿No tiene el viaje ningún encanto para ti? ¿No querrás nunca volver a ver el Rhin?—Recibe de Madame Lore toda clase de recuerdos cordiales, así como de mí. Tu viejo amigo,

WEGELER.

Coblenza, 29 de diciembre de 1825.

¡Caro Beethoven, tan querido desde hace tanto tiempo! Quería que Wegeler os escribiese de nuevo, y ahora que este deseo se ha cumplido creo que es mi deber agregar aún dos palabras, no solamente para avivar vuestro recuerdo, sino también para renovar la pregunta insistente sobre si no tenéis, pues, ningún deseo de volver a ver el Rhin y el lugar de vuestro nacimiento, y proporcionarnos a Wegeler y a mí la más grande de las alegrías. Nuestra Lenchen os da gracias por tantas horas felices; tiene tanto placer en oír hablar de vos; y como conoce todas las mínimas aventuras de nuestra alegre juventud en Bonn, del disgusto y de la reconciliación... ¡sería muy feliz de conoceros!—La niña, desgraciadamente, no tiene talento para la música; pero ha hecho tanto, con tanta aplicación y perseverancia que puede tocar vuestras sonatas, variaciones, etc.; y como la música es siempre el más grande de los alivios para Wegeler, ella le proporciona así muchas horas agradables. Julius tiene talento para la música, pero hasta la fecha ha sido negligente; desde hace seis meses está aprendiendo a tocar violoncello con alegría y placer, y como hay en Berlín un buen profesor creo que adelantará mucho.—Los dos niños son grandes y se parecen a su padre, tanto que el buen humor de Wegeler, a Dios gracias, no se ha perdido por completo... Tiene un gran placer en tocar los temas de vuestras variaciones; los primeros tienen su preferencia, pero a menudo toca algunos de los nuevos con una increíble paciencia.—Vuestro Opferlied está colocado por encima de todo, y nunca va Wegeler a su alcoba sin sentarse al piano.—Así, querido Beethoven, podéis ver cuánto y qué durable y vivo es vuestro recuerdo en nosotros. Decidnos, pues, una vez siquiera, que esto tiene algún precio a vuestros ojos y que no hemos sido completamente olvidados.—Si no fuera tan difícil a veces realizar nuestros más caros deseos, habríamos ya ido a Viena a visitar a mi hermano, para tener el placer de veros; pero no es posible pensar en tal viaje ahora que nuestro hijo está en Berlín.—Wegeler os ha dicho cuál es nuestra situación, y seríamos injustos en quejarnos, porque aun los tiempos más difíciles han sido mejores para nosotros que para muchos de los demás.—La mayor felicidad está en que nos hallamos bien y que tenemos buenos hijos. Sí, ellos no nos han causado ninguna pena, y son alegres y buenos.—Sólo Lenchen ha tenido un gran dolor: cuando nuestro pobre Burscheid murió; fué una pérdida que nosotros no olvidaremos nunca. Adiós, querido Beethoven, y pensad en nosotros con toda lealtad y bondad.

ELN. WEGELER.

De Beethoven a Wegeler

Viena, 7 de octubre de 1826[96].

Mi viejo y amado amigo:

El placer que me ha causado tu carta y la de tu Lorchen, no lo puedo expresar. En verdad debí haberte contestado inmediatamente; pero soy un poco perezoso, sobre todo para escribir, porque pienso que sin necesidad de hacerlo me conocen las mejores personas. En mi memoria he hecho a menudo la contestación; mas cuando quiero ponerme a escribir, frecuentemente arrojo lejos de mí la pluma, porque no estoy en aptitud de escribir lo que siento. Me acuerdo de todo el cariño que me has demostrado siempre, por ejemplo, de cuando hiciste blanquear mi alcoba dándome tan agradable sorpresa. Me acuerdo también de la familia Breuning. Que hayamos tenido que separarnos los unos de los otros, eso está en el curso natural de las cosas: cada uno debía seguir el fin que le estaba asignado, y tratar de alcanzarlo; y sólo los eternos principios inconmovibles del bien nos han mantenido siempre firmemente unidos. Por desgracia no puedo escribirte hoy tanto como quisiera, porque estoy en cama...

Tengo presente siempre la silueta de tu Lorchen (ya se lo he dicho), para que veas como todo lo que ha sido de bueno y de amado en mi juventud es precioso para mí siempre.

...En mi casa se dice: Nulla dies sine linea, y, sin embargo, dejo dormir a la Musa; pero es para que despierte más vigorosa en seguida. Espero dar aún al mundo algunas obras, y después, como un niño viejo, iré a terminar mi jornada terrestre entre las gentes sencillas[97].

...Entre las honrosas distinciones que he recibido y que sé te causarán placer, te informo que acabo de recibir del difunto rey de Francia una medalla con esta inscripción: Dada por el rey al señor Beethoven, y que llegó a mis manos acompañada de un escrito muy afectuoso del primer gentil hombre del rey, duque de Chatres[98].

Conténtate con esto por ahora, mi viejo y querido amigo. Los recuerdos del pasado se apoderaron de mí hoy y te envío esta carta con abundantes lágrimas; es apenas el principio, porque bien pronto recibirás otra; y mientras más me escribas mayor placer me proporcionarás. No hay necesidad de demandarlo, cuando se trata de amigos como somos nosotros. Adiós. Te ruego des un beso tiernamente en mi nombre a tu querida Lorchen y a tus niños, y que pienses en mí. ¡Que Dios sea con vosotros!

Como siempre tu fiel y verdadero amigo, que te ama.

BEETHOVEN.

A Wegeler

Viena, 17 de febrero de 1827.

Mi viejo y digno amigo:

Recibí de Breuning, para mi felicidad, tu segunda carta. Estoy muy débil todavía para contestarte; pero puedes pensar que todo lo que me dices ha sido en mi bien, y lo deseo. En cuanto a mi convalecencia, si puedo llamarla así, va mejor pero lentamente; se presume que será necesario esperar la cuarta operación, aun cuando los médicos no dicen nada de ella. Me revisto de paciencia y pienso que todo mal nos trae consigo algún bien... ¡Cuántas cosas querría decirte ahora! Pero estoy demasiado débil, no puedo más que abrazarte en mi corazón, a ti y a tu Lorchen. Con amistad verdadera y consagración a ti y a los tuyos, tu viejo y fiel amigo.

BEETHOVEN.

A Moscheles

Viena, 14 de marzo de 1827.

Mi querido Moscheles:

El 27 de febrero fuí operado por cuarta vez, y ahora aparecen de nuevo indicios seguros de que debo esperar bien pronto una quinta operación. ¿En qué terminará todo esto? ¿qué será de mí si dura algún tiempo todavía?—En verdad que es dura la carga que me ha tocado; pero me conformo a la voluntad del destino, y ruego a Dios solamente que se digne decidir, en su voluntad divina, que para todo el largo tiempo en que yo deba sufrir en vida la muerte, esté al abrigo de las necesidades[99]. Así tendré fuerza para soportar mi carga, por dura y por terrible que pueda ser, resignándome a la voluntad del Altísimo.

Vuestro amigo,

L. V. BEETHOVEN.