IV.

=Moralidad con relacion al trato civil=.

Voy á dar algunos detalles sobre dos caractéres singularísimos de la sociedad francesa, caractéres reflejados en dos palabras; pardon y merci; perdon y gracias.

Un parisiense viene corriendo por una acera y magulla el pié á un transeunte, vuelve la cara sin detenerse y le dice con la expresion más fervorosa: pardon, monsieur, (perdone usted, caballero).

Sigue de la misma manera, y se da de cara con una señora, ó la da un codazo que la tulle el brazo ó el pecho: pardon, madame (perdone usted, señora) y sigue su camino con aire triunfante, como un hombre que está convencido de que merced á una palabra de etiqueta, tiene el derecho de ir aporreando á todo el prójimo.

Esto nos ha acontecido varias veces, y mi mujer, al oir pardon, monsieur ó madame, me preguntaba: ¿qué dice?

—Nos pide perdon, respondia yo á mi mujer.—¿Qué diantre de tantos perdones? Mejor seria que hiciera de modo que no tuviera precision de ser perdonado, y se dejaran de alharacas que no me quitan la molestia del empujon, del aplastamiento de narices, ó del magullamiento del pecho. Realmente, si me magulla un pié, si me disloca un brazo ó si me aplasta la nariz ¿me curará aquel cumplido estéril? No. ¿Qué significa aquel perdon, elevado á virtud social?

¡Ay! significa un hecho, como pudiéramos decir una dolencia, el cual se deja ver en todos los círculos de esta especialísima sociedad. Significa que la imaginacion crea una fórmula exterior, graciosa, dramática, para apoderarse impunemente del espacio y hacer su negocio.

Es cultura, se dice.

¡Cómo! Respondo yo, ¡cultura! ¿Concebís la cultura sin el amor al hombre, sin el respeto al hombre siquiera? ¿Concebís la cultura sin humanidad? ¿Concebís la cultura sin la mútua conciencia de nuestro sér, sin la moral humana? ¡Cultura! Esta idea peregrina me ha herido de una manera particular.

El hombre francés se cree en el caso de estrujar á toda alma viviente, añadiendo el correctivo del ¡perdon! ¿Y qué? ¿Me importará á mí más que me extraigan del bolsillo un franco ó ciento, que el recibir un choque de un semejante mio que corre á sus negocios, y para quien valen más sus negocios que mi pié, mi brazo, mi nariz, mi cabeza? ¡Y qué! vuelvo á decir: porque aquel franco me lo extrajeran con habilidad, con gracejo, con ademan afable y ceremonioso, ¿podria decirse que el ladron era un hombre culto?

Nadie puede decir que no matará á un semejante suyo, á su padre, á su hijo, por un descuido inevitable; pero el hacer una política, una etiqueta, de la facultad de magullar al primer nacido, equivale á usurparme una seguridad que la moral debe garantirme, y juzgadas las cosas en su verdadera significacion, este hecho no es más disculpable que la accion del que extrae de mi bolsillo uno ó cien francos con sutileza y maestría.

Aquí una maestría; allí una ceremonia; en medio una víctima. Que sea robado, que sea tullido, siempre es víctima.

¡Y qué! repito aún: ¿concebís aquí la cultura? ¿Consiste la cultura en la manera de hacer mal irresponsablemente?

Si semejante abuso fuera cultura, ¡bien nos iba á lucir el pelo con ella! Afortunadamente no lo es, como no es salud la muerte que se nos da en un veneno, por más que se nos brinde con el veneno en copa de oro, coronada de flores. No, no es cultura. Los que así profanan este nombre, cometen un crímen que ignoran, y por este lado deben recibir el perdon.

Las flores que circuyen la copa homicida, la copa en que se da un veneno, no son buenas sino para añadir la traicion á la crueldad, para añadir un crímen á otro crímen.

Yo preferiria, lo digo con el corazon en la mano, que me magullaran en silencio, á tener que sufrir aquel revés con la obligacion de callarme, por respetos á una exterioridad que no evita ni cura; una exterioridad que da el poder impune de hacerme daño. Y no solamente me hace daño, sino que me impone el deber de contestar con una cortesía, so pena de pasar por un hombre avieso y mal educado. ¡Pardon, monsieur! Pas de quoi, pas du tout. Usted perdone, caballero.—No hay de qué.

Esto de tener que decirle: no hay de qué, cuando uno tendria más gana de darle un cachete, ó de soltarle una tremenda, será indudablemente muy francés; pero no tiene pizca de español.

Confieso que no lo puedo remediar, por mas que procuro contenerme y acomodarme á la necesidad de respetar lo que aquí se respeta. Detesto, me estomaga el perdon agresivo y atolondrado de los franceses, y mi mujer lo aborrece aún más, porque mi mujer es más española que yo. Gracias á que, como habla en español, no la entienden. Si supiera francés, es casi seguro que nos veriamos en más de un compromiso. Tales son las rudas claridades con que agasaja á los franceses y á las francesas con especialidad.

Sin embargo, no debo hacerme el hombre de mundo. Cuando siento un codazo, ó un aplastamiento de pecho ó de nariz, acompañado de un afectuoso pardon, monsieur, la sangre se me sube á la cabeza, y en mi cara de hiel y vinagre, deben conocer evidentemente que no soy hijo de Paris.

En fin, el elástico perdon que aquí se estila, es la receta universal, la carta blanca, el salvo-conducto que tienen los franceses para hacer cuanto se les antoja, cuanto se les pone en el magín, sin peligro ni responsabilidad de ningun género, y hasta sin el inconveniente de faltar á las reglas urbanas. Es el privilegio de cometer toda clase de descortesías, sin que caiga sobre el que las comete el apodo de descortés. Si no supiera que aquí se acata como una fórmula social, lo tomaria á insulto.

Pero aún es más original y curioso el otro carácter de que hablé: ¡merci! (¡gracias!)

Entro á comprar un bollo que vale un sueldo.

Saludo á la persona que despacha, y oigo merci.

Echo mano al bolsillo, y oigo merci.

Dejo el sueldo sobre el mostrador, y oigo merci.

Me despido, y oigo merci.

Los lectores que no me conozcan, creerán que exagero. No diré que esto suceda en todas las tiendas de Paris, pero refiero hechos que me han sucedido, y acerca de los cuales tengo la evidencia de lo que sucede á uno propio. Dios no me dé salud si miento.

En la calle de Montmartre, cerca de la calle Feydeau, hácia el bulevar de los Italianos, hay una bollería. Pues bien, en esa bollería me han dado cuatro mercis por un bollo que valia un sueldo, ó sea tres ochavos. ¡Cuatro gracias por tres ochavos! ¡Ni á ochavo por gracia!

Esto me aflige, me contrista, me ahoga; y como no puede menos de ser, me quita el gusto del trato social. No me gusta una gente tan excesivamente graciosa.

Voy á buscar un pan, un pan que necesito, un pan que vale un sueldo; yo doy un sueldo del mismo modo que á mí me dan un pan; yo hago el favor que recibo; propiamente hablando, no hago favor ni me lo hacen, porque la mutualidad no es favor; porque no es favor el préstamo de la existencia: ¿por qué esas cuatro gracias que vienen á llenarme de melancolía, porque vienen á darme cuenta de profundas llagas sociales, en un pueblo que se llama tan civilizado? ¿Por qué esas gracias que convierten en un alarde ceremonial y mentiroso la fraternidad que nos debemos, la verdad eterna del hombre, porque es la verdad de la causa creadora, la verdad de Dios?

Pero á esto se dice: natural es que suceda tal cosa, en un pueblo donde la competencia representa tantos intereses y tantos goces. El mercader de una pobre aldea, no tiene precision de ser amable, puesto que en la aldea no hay más mercancía que la suya; pero en Paris, la amabilidad es el gran secreto de grandes empresas y de muchas familias.

Yo contesto que he estudiado lo que sucede sobre el teatro del suceso, y no encuentro la explicacion en la competencia.

Centros notabilísimos son tambien Lóndres, Hamburgo, Francfort,
Constantinopla, San Petersburgo, y no sucede lo que en Paris.

Yo comprenderia que la competencia pudiese explicar aquel fenómeno de la índole francesa, cuando cada uno usara del merci de un modo especial, cuando cada cual lo revistiera de una forma que le diera la expresion y el interés de su particular ingenio: más claro, comprenderia lo que se dice, cuando el uno pronunciara el merci con una corneta, el otro con un clarinete, el de más allá con bombo ó platillos; pero si todos dicen el merci con el mismo acento habitual, con el mismo grado de sonrisa autómata: si el merci es un mercado comun, ¿en donde se concibe la competencia?

—¿Cómo está usted?

—Regular: ¡gracias! ¿Y usted?

—Voy pasando: ¡gracias!

—¿Y su familia?

—No tiene novedad: ¡gracias!

Yo pregunto á los que opinan que la competencia explica este contínuo é indigesto merci: ¿tambien la competencia explica esto en el trato social íntimo, en el seno de la familia? ¿Tambien la familia y la amistad son mostradores de mercader? Pues la familia y la amistad reconocen tambien aquella fórmula.

Pero este fenómeno singularísimo es más trascendental de lo que parece á primera vista.

¿Qué quiere decir el dar las gracias á un semejante nuestro porque pregunta por nuestra salud? ¡Poder del cielo! Tambien este cuidado, este saludo de la moral universal, esta hora solemne y sagrada del corazón del hombre, tambien esto ha de estar sujeto al compás de un sonido vano, de una ficcion?

Pues si el vernos objeto de un cuidado tan natural merece las gracias, cuando adelantemos algo en esta línea de decepcion, ¿quién no concibe que llegará tiempo en que darémos gracias por no ser saqueados ó muertos á puñal?

¡No! Este hábito no es ni competencia, ni amabilidad, ni menos cultura. O es un olvido de las ideas sociales y morales que todos los hombres nos debemos, ó es el sacrificio de aquellas ideas venerandas, en aras de una fantasía que crea aquí tambien una forma hipócrita, para hacer bello aquel sacrificio con los ornatos de un arte servil y egoísta. ¡Tambien entra aquí el palaustre!

Esto es querer dar verdad á la mentira, con el fin de hacer de la mentira un ente amable.

Así lo he sentido mil veces, y el sentimiento es el gran criterio del alma, el talento casi infalible del corazón.

Yo deploro de todas veras que los españoles corrompan la expresion franca, majestuosa y solemne de sus saludos, aceptando el afeminado merci francés.

—¿Cómo está usted?

—Bien ó mal. Gracias. ¿Y usted?

—Mal ó bien; gracias.

Aconsejo fervorosamente á la juventud, que deseche esa profanacion de la sociedad y de la conciencia, y que se atenga á la palabra candorosa, sencilla, franca, honrada y leal de nuestros padres.

No lo repudio á título de innovacion; yo admito todas las innovaciones posibles, cuando vienen autorizadas por una razon que las justifique y las recomiende, aunque los innovadores sean cafres. Repudio aquella costumbre alambicada, aquel alarde rebuscado y necio, porque desnaturaliza nuestro trato, despojándolo de su ingenuidad, de su poesía, de su belleza. Sí; el refinado y tonto merci, quita á nuestros saludos ese aire de jovialidad y de buena fe, ese aire rudo y caballeresco, grave é hidalgo, que es quizá el carácter más notable, más original y más bello de nuestra raza.

Jóvenes, creedme; no digais merci. Si sois hombres, ese merci tan blando, tan ficcioso, tan almibarado y melífluo, os convierte en damas, y os hace feos, porque no hay una cosa más fea que un hombre amadamado, y sobre todo, amadamado á la francesa. Si sois mujeres, perdeis una gran parte de vuestro encanto y de vuestra hermosura, porque la principal hermosura y el principal encanto de las hijas de España, consiste especialmente en ser españolas. Tal vez vosotras no comprendais esto, y sin embargo es la verdad. Quitad á vuestros rostros, á vuestros talles, á vuestras miradas, á vuestras sonrisas, á vuestros saludos, á vuestra palabra, la originalidad propia de vuestro país, y sereis estátuas vestidas. Decid merci y sois francesas; no sois lo que sois realmente, porque vosotras sois españolas. Aquel merci es un postizo, un adefesio, una caricatura. ¿Por qué poneros caricaturas extranjeras, cuando las caras nacionales son tan hermosas? ¿Por qué aderezaros con flores mústias de otro clima, cuando nuestros soles crian en nuestros campos tantos jazmines y alelíes? Bellísimas jóvenes españolas, no digais merci: os lo suplico por el alma de vuestros difuntos.