V.

=Moralidad en industria y comercio=.

¡Consecuencia admirable del temperamento! La fantasía es en Francia, en Paris sobre todo, un elemento tan general y tan absorbente, que no hay un solo círculo que no invada; ni uno solo, esté donde quiera y como quiera. Aquel elemento penetra en todas partes, hasta en la industria, hasta en sus elaboraciones más apartadas de la idealidad y de lo bello; hasta en el calzado. Examinemos este zapato de señora. La punta remeda un pico de ave; el tacon se va adelgazando progresivamente en forma de espiral. ¿Remata así el pié de las mujeres? El tacon es una cosa propia para servir de base; una base conforme al zancajo? ¿Es un zapato eso que vemos, una figura acomodada á nuestro pié? No; de ninguna manera. Es un capricho, una imaginacion, un efecto dramático, un golpe teatral. Es un zapato, como es vestido lo que se pone el arlequin: es otro golpe del universal palaustre.

Niego redondamente que este zapato pueda durar arriba de dos ó tres noches de tertulia ó de baile, y niego tambien que haya mujeres que consigan equilibrarse sobre ese balancin, sin ensayarse para este ejercicio, como se ensayan los alcides para equilibrarse sobre la maroma. Pero tal vez no tengo razon. El genio francés, esa estética fabulosa que inspiró al artífice del zapato, la forma casi aérea que tiene, habrá inspirado del mismo modo á las mujeres la habilidad de usarlos sin riesgo. Es una especialidad de este temperamento, un género de este país.

Al ver el calzado parisiense en estos hermosos escaparates, no he podido menos de decirme repetidamente: si una mujer tuviera el pié como es el zapato que aquí miro, ¿qué nombre daríamos á aquel pié? seguramente lo llamariamos fenómeno, aborto, extravagancia.

Hé aquí la industria francesa: á fuerza de ser delicada, sutil, vaporosa, es una industria fenomenal. La diosa Vénus salió de Chipre, viajó por el mundo, y se hizo idolatrar aquí en la elaboracion de la materia. Tratar de hacer algo en Paris, es tratar de hacer una Vénus, un ídolo, una melodía. Alguna vez esta melodía deja escozores en el oído; acaso esto sucede más de alguna vez; pero la melodía brotó, se operó el prodigio; ¿qué significa lo demás? ¡Siempre el palaustre!

Excusado fuera entrar ahora en consideraciones sérias para demostrar la significacion que esto tiene en el órden de las ideas morales.

En el calzado que hemos visto, está sacrificada la realidad á la ilusion, lo mas á lo menos; es decir, está sacrificada la verdad á la mentira, la naturaleza al artificio, el pié al zapato, las mujeres al pié. Repito que es una idolatría como otra cualquiera, y no necesito decir si la idolatría es ó no inmoral.

Hablar de la industria equivale á hablar del comercio. Un día pasábamos por la calle de Richelieu y vimos un magnífico chal bordado de oro. Yo tenia gana de saber su precio, así como de ver el arreglo interior del almacen, y propuso á mi mujer que entráramos. Nos resolvimos por fin, y al penetrar en un portal, que más bien anunciaba la casa de un noble que el almacen de un comerciante, vimos dos lacayos vestidos de librea. Naturalmente, creimos que aquellos dos lacayos esperaban á sus señores, á quienes suponiamos ocupados en hacer compras. Creiamos mal. Los dos centinelas heráldicos que allí encontramos, eran dos lacayos de la casa; la librea al servicio de la mercancía; el blason feudal dando crédito á la materia francesa. El ridículo es tambien crédito, cuando el crédito nace de una ridiculez.

Los dos lacayos nos hicieron una marcada cortesía, procurando no deslucir la gravedad y el tono erguido de sus cuellos, decorados por las indispensables corbatas blancas. Nosotros contestamos al saludo como si quisiéramos decirles: ¿qué teneis que ver con nosotros? O como decimos en castellano: ¿quién os ha dado velas para este entierro?

Pero los dos vigías, venciendo valerosamente nuestro desden, se aproximaron á nosotros y nos suplicaron que les dijésemos el fin que nos llevaba. Yo tuve un momento dé vacilacion, casi de resistencia; iba ya á decirles que nada tenia que arreglar con sus señores, cuando principié á comprender.

—¿No es esta la entrada del almacen en donde está expuesto un chal bordado de oro?

—Sí señor.

—Pues deseamos ver ese chal y saber su precio.

Uno de los lacayos tiró inmediatamente de una campanilla, y nos rogó que pasáramos á otro piso. Subimos dos rellanos de una escalera elegantemente alfombrada, y ya vimos en el piso principal á un caballero que nos esperaba. Este caballero nos volvió á preguntar qué queriamos, y oído que hubo nuestra respuesta, tira del cordon de otra campanilla, enviándonos al piso segundo. ¿En que acabará esto?

Mi mujer y yo nos creiamos en el teatro de la Opera cómica.

Llegamos al piso segundo, en cuyo rellano nos aguardaba un tercero en discordia, y cerca del umbral de la puerta una señora de mediana edad, vestida con sencillez y gusto.

Nos explicamos en pocas palabras, entramos en un elegantísimo salon, y antes de tres segundos, teniamos delante un chal como el que habiamos visto en el escaparate.

El caballero y la señora nos observaban como si quisieran, entrar en el secreto de nuestra voluntad, de nuestras ideas, más que todo en el secreto de nuestros bolsillos, y yo me reputé obligado á valerme de una mentira. ¿Cómo no mentir en un país, cuya astuta mirada taladra hasta los huesos, como ciertos ácidos corrosivos?

Nosotros habiamos salido de casa para almorzar: íbamos, pues, en traje de almuerzo, y nuestro aliño no podia sostener con honra la aspiracion de comprar chales de cinco mil y pico de francos; ó sea una cantidad casi superior á la que nosotros teniamos en Paris.

Tuve que decirles que un noble de la Habana me habia dado el encargo de comprar algunos artículos de lujo, con el objeto de disponer el regalo de boda para una de sus hijas. Mi mujer llevaba el sombrero de camino, eramos extranjeros, yo tenia cierto color árabe ó americano, el color de los hijos de un clima meridional; despues de cuatro ó cinco dias de viaje en estío: en fin, notaron que cubria mi cabeza un sombrero de jipijapa, la etimología de este sombrero era evidente, y la ilusion fué tan completa como era evidente el orígen de mi sombrero. Nos creyeron de lleno americanos, y de la Habana por añadidura.

Favor del cielo! No bien oyó aquella señora que traia encargos de un noble de la Habana, y que se trataba de un regalo de boda, cuando empezó á desdoblar blondas y encajes, empedrando nuestras orejas de miles de francos. Ahora cogia una riquísima manteleta, se la ponia sobre los hombros y daba una vuelta majestuosa por todo el gracioso salon; despues echaba mano á un velo y volvia á pasear, dando á su cabeza y á su talle todo el aire posible para producir el efecto artístico; luego tocó el turno al chal dorado, y dejaba caer la espalda hacia atrás, con el fin sin duda de que la punta del pañuelo lamiera la alfombra, y formara así alguna honda de buen gusto y algun reflejo deslumbrador. En esto acude el caballero que se habia ausentado, y empieza á desdoblar ante nuestros ojos una preciosa coleccion de pañuelos de India y de Persia, adobándola con la salsa de los tantos y cuantos millares de francos.

Antes nos creiamos en el teatro de la Opera cómica; ahora creiamos asistir á un juego de manos ó cosa semejante. Nosotros deslizábamos de cuando en cuando una mirada hacia la puerta, como si quisiéramos decir: ¿Cuándo nos verémos en la calle? Estábamos sudando como pollos.

La situacion se hizo ya tan embarazosa, que ni mi mujer ni yo sabiamos qué hacer. Al cabo, tuve que pretextar una ocupacion apremiante, balbuceando alguna frase de admiracion y de complacencia; pero no nos dejaron ir sin recabarnos la promesa de que volveriamos despacio para tener una noticia más cabal del surtido del establecimiento, y poder hacer con más acierto los encargos del noble de la Habana.

Nosotros nos rendimos, capitulamos á su sabor, tomamos dos tarjetas con orlas y dorados, y nos dimos en cuerpo y alma á bajar la escalera.

¿Cuándo estaremos en la calle? me decia mi mujer. ¡Jesus qué calor! Estoy sofocada. Yo no hacia más que oir; estaba ocupado enteramente en bajar, en el ánsia de salir á la calle y de tomar el fresco.

Llegamos al portal, los lacayos nos cobijaron con una mirada maestra; no vieron bulto ni cosa alguna que lo valiese; se convencieron de que nada habiamos comprado, de que habiamos sido inútiles á sus señores, de que la librea habia sido nula, y creyeron prudente ó estratégico retirar el saludo.

¡Gracias á Dios! Ya estamos en la calle de Richelieu. Comparada la calle al salon de donde salimos, podemos decir que estamos en el reino de la verdad. ¡Oh delicia!

¡Qué objeto tan curioso es estudiar á un pueblo en estas minuciosidades que tanto significan, aunque no sea sino porque jamás engañan! Retratar con este pincel, es retratar al natural, y por eso he dado este título á mis pobres apuntes.

¿Pero por qué sucede que despues de un lance semejante, nos invade primero la risa y despues la tristeza? Esto sucede, porque la verdad no deja nada impune, porque no existe una evidencia más infalible que la ley moral. Esta ley nos castiga, castiga al hombre, castiga su pecado, y ¿quién no baja la cabeza ante el castigo? ¿Quién no dobla la espalda bajo el peso de los azotes?

El comercio de Paris, lo digo otra vez, es lo que la industria: fantasmagoría, aparato, altas novedades; es el zapato aéreo en otro sentido; palaustre tambien.

Encargo al extranjero que nunca se llegue á comprar un objeto que lleve este rótulo: FANTAISIE (fantasía), sino tiene marcado el valor. Cuando esto no sucede, el comerciante parisiense se creerá autorizado para exigir el doble ó triple de lo que vale, porque la FANTASÍA, nombre que aquí quiere decir ingenio, invencion, maravilla, prodigio, no está sujeta á tarifa alguna. Se trata de vender una creacion ingeniosa, y el ingenio no tiene límites: lo que no tiene límites no tiene precio, y de aquí la infinita elasticidad del cálculo francés. ¡Pobre del extranjero que olvide este encargo ó que tome á empresa el echarla de generoso!

Voy á terminar este ligerísimo bosquejo, haciendo notar una rareza que me ha herido de una manera singularísima.

Todos saben que Francia es un pueblo dotado de ciertos instintos de igualdad política, igualdad que tiene tantos monumentos en su historia, que tanto trabaja su espíritu, que no deja de tener alguna forma práctica en la constitucion social y en las costumbres; hasta en el establecimiento del imperio. No obstante, la industria y el comercio de este país son enteramente aristocráticos.

Por el contrario, todos saben que la desigualdad gerárquica, la casta social, es en Inglaterra un principio tan indiscutible y sagrado como un capítulo de dogma. Sin embargo, la industria y el comercio de Inglaterra son enteramente democráticos.

Paris, el demócrata, viste á los ricos de casi toda Europa, y de una gran parte de América.

Lóndres, el magnate, viste á los pobres de casi todo el globo.

El pobre busca al rico: este es Paris.

El rico busca al pobre: este es Lóndres.

No hay contradiccion. Hay habilidad. Tratándose del otro lado del estrecho, hay más: habilidad y lógica; esto es, habilidad inglesa, un miasma atmosférico que no tiene igual en el espacio, desde el cielo á la tierra, desde la tierra hasta el abismo. Estoy deseando ir á Lóndres, para poder establecer una comparacion concienzuda entre estos dos grandes centros, que son sin disputa los dos pueblos más influyentes de nuestro siglo, y los dos primeros rivales de la tierra.