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«Los muertos van de prisa»,

El poeta lo ha dicho;

Van tan de prisa, que sus sombras pálidas

Se pierden del olvido en los abismos

Con mayor rapidez que la centella

Se pierde en los espacios infinitos.

«Los muertos van de prisa»; mas yo creo

Que aún mucho más de prisa van los vivos.

¡Los vivos!, que con ansia abrasadora,

Cuando apenas vivieron

Un instante de gloria, un solo día

De júbilo, y mucho antes de haber muerto,

Unos á otros sin piedad se entierran

Para heredarse presto.

***

Á sus plantas se agitan los hombres,

Como el salvaje hormiguero,

En cualquier rincón oculto

De un camino olvidado y desierto,

¡Cuál le irritan sus gritos de júbilo,

Sus risas y sus acentos,

Gratos como la esperanza,

Como la dicha soberbios!...

Todos alegres se miran,

Se tropiezan, y en revuelto

Torbellino van y vienen

Á la luz de un sol espléndido,

Del cual tiene que ocultarse,

Roto, miserable, hambriento.

¡Ah!, si él fuera la nube plomiza

Que lleva el rayo en su seno,

Apagara la antorcha celeste

Con sus enlutados velos,

Y llenara de sombras el mundo

Cual lo están sus pensamientos.

***

Era en abril, y de la nieve al peso

Aún se doblaron los morados lirios;

Era en diciembre y se agostó la hierba

Al sol, como se agosta en el estío.

En verano ó en invierno, no lo dudes,

Adulto, anciano ó niño,

Y hierba y flor, son víctimas eternas

De las amargas burlas del destino.

Sucumbe el joven, y encorvado, enfermo,

Sobrevive el anciano; muere el rico

Que ama la vida, y el mendigo hambriento

Que ama la muerte es como eterno vivo.

***

Prodigando sonrisas,

Que aplausos demandaban,

Apareció en la escena, alta la frente,

Soberbia la mirada,

Y sin ver ni pensar más que en sí misma,

Entre la turba aduladora y mansa

Que la aclamaba sol del universo,

Como noche de horror pudo aclamarla,

Pasó á mi lado y arrollarme quiso

Con su triunfal carroza de oro y nácar;

Yo me aparté, y fijando mis pupilas

En las suyas airadas:

—¡Es la inmodestia!—al conocerla dije,

Y sin enojo la volví la espalda.

Mas tú cree y espera, ¡alma dichosa!,

Que al cabo ése es el sino

Feliz de los que elige el desengaño

Para llevar la palma del martirio.