ALBERTO DEL SOLAR

La Real Academia Española, que acaba de abrir sus puertas al escritor chileno Alberto del Solar en calidad de miembro correspondiente, ha realizado un acto de completa justicia. Ha tiempo que el autor de tantos libros plausibles, que acaban de aparecer compilados en una bella edición de Obras Completas, era merecedor de tal homenaje. Fuera de sus méritos de novelista, de narrador, de poeta, de autor dramático, ha sido siempre cultivador de la tradición castiza de nuestra lengua, y no ha transigido ni aun con la singular costumbre, que creo que se debe a D. Andrés Bello, de usar la i latina como conjunción en los casos en que todos usamos la y griega o ye. Va bien, pues, Del Solar, entre los que tienen por especial misión limpiar, fijar y dar esplendor al idioma castellano.

Una de las particularidades que distinguen a Alberto del Solar es su americanismo, demostrado desde antaño. Desde sus recuerdos sobre la guerra del Pacífico, en la cual, siendo muy joven, tomó parte por mar y por tierra, hasta sus últimos trabajos, casi todos, todos puede decirse, se refieren a nuestra América, y principalmente a Chile, su patria, o a la República Argentina, patria de sus hijos.

En esos recuerdos a que me he referido brilla un vibrante amor de la tierra natal, y de sus glorias, y se habla con palabras de verdad y de entusiasmo—«yo vi, yo estaba allí»—del heroísmo del soldado chileno, de su terribleza y de su resistencia. Y no hay, desde luego, ninguna manifestación de odio o rencor al enemigo. En la novela Huincahual, que pasa en tiempos del antiguo Arauco, y que habría regocijado a Marmontel y logrado la aprobación de Chateaubriand, se trata de luchas y amores entre personajes de las razas contrarias: la conquistadora y la autóctona. La narración es clara, sencilla, con justa y precisa erudición, como que se apoyaba el autor en documentos del eminente americanista Medina, y de un interés sostenido y atrayente. «Me ha gustado e interesado tanto, que pienso hablar de ella cuando hable de otras novelas hispanoamericanas», escribía D. Juan Valera.

En Rastaquouere, otra novela, trabaja Del Solar en materia contemporánea y graciosísima; está muy galanamente escrita, y contiene muchas y muy saludables enseñanzas.

La novela Contra la marea, entusiasmó a poetas como Rafael Obligado, cuando fué leída en reuniones literarias en casa de ese noble e ilustre amigo; yo asistí a algunas durante mi permanencia en Buenos Aires. Es también labor americana, de ambiente argentino, y en ella, como en El Faro, otra novela escrita sin que conociese el autor La Tour d'Amour, de Rachilde, aparece uno de los elementos que ejercen mayor atracción en la facultad imaginativa y creadora de Alberto del Solar: el mar.

En las concertadas líneas de esta «cabeza» no podría ni someramente juzgar ni presentar toda la obra ya numerosa de mi eminente amigo. Alguna vez—hace ya años—expresé mis elogiosos pensares en el prólogo de uno de sus libros. Hoy podría agregar que ha contribuído a la formación del teatro nacional argentino, con la presentación de más de una obra celebrada a pesar de lo dificultoso de la empresa. De su comedia El doctor Morris, que creo se ha representado también en inglés, decía el poeta Díaz Romero: «Es una de las obras de teatro más seductoras que se hayan representado en este país». Y de El Faro, Chacabuco y otros trabajos se han hecho los juicios más satisfactorios.

Mucho habría que decir del crítico, del conferencista, de algún excelente ensayo de historia; mas ello no cabría sino en líneas mayores. Debo, sin embargo, hablar del poeta. Y aquí volveré a recordar cómo aviva su fantasía, y le mueve a expresarse métrica, sonoramente la vasta influencia oceánica, advertida desde su infancia en la pintoresca y encantadora Valparaíso. Cuando aparecieron en La Nación, de Buenos Aires, versos de Del Solar, el hecho causó asombro. Sus colegas de la prosa se asombraron: ante los mundanos y ante los de los millones perdió méritos; los poetas, celosos de su ciudad sagrada, le exigieron el schiboleth. Con todos ellos supo entenderse; y al publicar recientemente su poema El Diamante azul, en que siempre aparece la prodigiosa Thalassa, se ha visto que se trata de un verdadero lírico, conocedor de nuestro parnaso y de los grandes poetas ingleses, y cuya factura de corte clásico no le impide vuelos muy modernos, pegaso y aeroplano. Páginas entusiásticas se han escrito sobre ese hermoso poema—entre ellas una notable de Luis Berisso—, y en ellas se alaba el dominio de la expresión y la fuerza imaginativa. Yo he leído con detención esos resonantes y ágiles versos que expresan un significativo «mito» y que juntan la gracia de las ficciones y metamorfosis antiguas a un tema que no puede ser más real, en las férreas y mecánicas tragedias de nuestros días: el naufragio del Titanic. Una leyenda comentada por los diarios a raíz de la pérdida de aquel colosal barco, dió motivo a que Del Solar escribiese su conmovedora y musical obra, y el poema surgió, digno del poeta y de la poesía.