JACINTO OCTAVIO PICON

La reciente elección de la Real Academia Española ha sido, con justicia, muy bien recibida en los círculos intelectuales. El elemento antineo se ha sentido con gran regocijo; pues hubo lucha en el reino gramatical, y, sin la oportuna llegada de votos importantes como Galdós y Sellés, es casi seguro que hubiera triunfado el candidato conservador, el eminente anónimo D. Angel María Decarrete. Picón es un espíritu simpáticamente vivaz, uno de los mejores escritores de su país y un gentleman cuya corrección se viste de amabilidad: hice, pues, mi visita a Picón.

Yo no le conocía personalmente; no obstante, un académico siempre tiene ante nuestra imaginación cierta gravedad doctoral: así, mi sorpresa, al ser presentado, no pudo disimularse: nada de lo imaginado, ¡ni siquiera anteojos! En su garçonniére, donde preside el más discreto y elegante gusto en el arreglo y decoración, vive entre libros y obras de arte: viudo que parece más joven que sus hijos ya hombres. Hidalgo antiguo con el aspecto de un clubman moderno: dedicado a sus libros viejos para saber y decir cosas nuevas. Al mirar, los ojos finos parecen que registran las intenciones; el ademán es franco y noble, el apretón de manos da la sensación de la sinceridad. Es afectuoso y varonil, sin melosidades falsas ni chinerías de fórmulas. A poco, ya estamos viendo una nueva edición del Quijote hecha en Inglaterra; y con tal causa admiro su conversación erudita, su pericia de bibliófilo y su seguridad crítica. Me muestra buena parte de sus libros raros, de sus ejemplares preciosos, con orgullo de buen artesano que supiera la calidad de sus útiles, con el aire de un maestro de armas que enseñase sus mejores espadas y floretes. Ya es un curiosísimo libro de refranes, ya un Quevedo que tuvo entre sus manos la censura de la Inquisición, con versos y estrofas tachados, que en las ediciones posteriores, o están reemplazados por puntos suspensivos, o suprimidos; o ya por mostrar lo que es el lujo aristocrático de la tipografía española, volúmenes de Monfort, de la imprenta real, o de Sancha.

—«¿Un cigarrillo?»

Tengo que confesar, con verdadero encogimiento, que me es extraño el

Agréable tabac, charmant amusement

Qui d'un langage muet entretient en fumant,

como dice el ramplón rimador del Portrait Universel; y como se sorprendiese—¡Un americano que no fuma!—sostengo el honor de nuestro continente citando a nuestros más ilustres fumadores, comenzando con el general Mitre.

Le pregunto algo sobre la recepción en la Academia y cuándo se verificaría.—«Vea usted—me dice—, ha sido costumbre generalmente adoptada en este Instituto, que los académicos elegidos dejen pasar tres, cuatro, cinco y hasta nueve años para ingresar en sesión pública y pronunciar el discurso de reglamento. Yo pienso hacerlo probablemente a principios de año, quizá en el próximo marzo. Y me salgo de la regla por varias razones, y no es la menor el que sea D. Juan Valera quien tenga que contestarme. Nuestro D. Juan está, aunque todavía fuerte, en una edad muy avanzada, ciego: y una enfermedad a sus años, por leve que fuera, le impediría ocupar su puesto en mi recepción. Confieso que prefiero salirme de la costumbre académica a privarme de la honra y el placer de que sea Valera quien me reciba al ocupar mi sillón. Además... (y aquí no sé si sea indiscreto como amigo, aunque lleno mi labor de periodista, al reproducir las palabras del Sr. Picón), además, los neos se han portado muy mal conmigo en esta emergencia. Los académicos que me apoyaban, habían anteriormente ayudado a la elección de un candidato conservador, con la condición de que mi candidatura no encontraría obstáculo de parte de aquéllos. Pues bien, ahora, si he podido vencer, ha sido con la oposición de ellos, y gracias a que dos votos que faltaban llegaron a tiempo, haciendo viaje exprofeso Galdós de Santander y Sellés de Portugal, en donde a la sazón se encontraban. Quiero, pues, entrar pronto y ocupar el puesto que me corresponde entre los de filiación; contribuir a evitar algunas cosas y a realizar otras...»

Yo miraba a aquel hombre nervioso, vibrante de intelectualidad, en lo más firme de sus años, extranjero entre calvas y «pelucas», y recordaba sus páginas valientes de arte y de idea; sus varios pinchazos a la misma Academia, como aquella graciosa nota de un capítulo de Dulce y sabrosa: «El autor había escrito manguitos. La Academia dice mangotes. ¡Paciencia!»; su libertad de juicio, su continuo volar hacia adelante sin perder por esto sus adoraciones antiguas y cultos clásicos; sus declaraciones de partidario del progreso moderno y hasta sus audacias de socialista; y frases como aquella que en un prólogo suyo le declara «soldado raso, contra todas las ideas casi vencidas de lo pasado y a favor de las esperanzas de lo porvenir, no triunfantes todavía». No llega, pues, con las simpatías de los inmortales ortodoxos. Mas puede decir al entrar las palabras de Warburton a lord Sandwich: Orthodoxy my Lord, is my doxy.

—Lo que será reñido—le dije—, es la elección de presidente, que debe estar próxima, pues el conde de Cheste enfermo, y cerca de los cien años, deberá tener pronto reemplazante.

—Sí. Los neos querrán imponer a su candidato y nosotros haremos lo posible por impedirlo.

—Pero usted atacaría a Menéndez y Pelayo—le pregunté, pensando en el más meritorio del grupo conservador.

—No se trata de Menéndez y Pelayo. Marcelino, que, con su alto pensar y su inmenso saber, no se ha sujetado al cenáculo intransigente, ni se ha prestado a ciertas combinaciones, es ahora poco simpático a una parte de los académicos de su partido. Así es que, al llegar el momento de elegir sucesor al conde de Cheste, como habría disidencia al tratarse de Menéndez y Pelayo, todos por unanimidad votarán a Pidal.

—Debe estar usted muy satisfecho de ir a ocupar el sillón de Castelar.

—Ciertamente, y en esto saldré también de los usos de la Academia: en que no haré el exordio acostumbrado sino que, como «Castelar» es el tema de mi discurso, entraré llanamente a hablar de Castelar y su obra, tal como yo pienso del asunto. Para eso estoy leyendo todo lo que sobre Castelar se ha escrito. Fuí muy amigo suyo. Ha sido el último de nuestros grandes estadistas. Hombres, así, soñadores o no, nos hacen falta...

Aquí la conversación entró en otro terreno. Dos diamantes de energía pasaron por los ojos penetrantes. Era el hombre amante de su pobre patria venida a menos; el conocedor de las desgracias actuales y de sus causas.

—Ha venido usted a vernos en momentos terribles para España. Ha caído nuestra amada y grande España muy abajo; y lo peor es la espantosa enfermedad nueva aquí, que ha atacado a esta tierra: la conformidad, la indiferencia con el desastre, el encogimiento de hombros ante la ruina. Crea usted: aquí no nos hacen falta inteligencias, no estamos necesitados de talentos que se encuentran a cada paso: lo que no tenemos son voluntades, la abulia es la adolencia actual nuestra.

La antigua alma española ha sufrido como una transformación. Antes se habría puesto el pecho al frente, se habría luchado por la reconstrucción del perdido poderío; se habrían multiplicado los esfuerzos. Hoy, apenas se oye el levantamiento de iniciativas individuales. Y el primero en impedirlas es el Gobierno. Por un lado apatía, por otro políticas dañosas y descuido de los verdaderos intereses del pueblo español; saque usted la consecuencia.

Y nuestro eterno enemigo: ¡el expediente! El papelerio cierra el paso a toda obra, desde la más elevada hasta la más modesta. ¿Cómo va a prosperar España si lo primero que hay que pasar, para la menor cosa que implique un adelanto, es una montaña de expedientes y ríos de tinta oficinesca? Voy a contar a usted un caso:

En cierta provincia hubo un individuo que quiso dotar al pueblo de su residencia con una cañería. Creyó que para hacer aquel bien municipal le bastaría con su dinero y con su buena voluntad, y encargó los tubos y materiales necesarios para llevar a cabo la obra. Pero sucede que, junto al pueblo de que hablo hay una carretera, y precisamente bajo esa carretera debía pasar la cañería que conduciría el agua a la población. Comenzaron los trabajos, pero como había que remover el terreno de la carretera, la Autoridad manifestó al vecino generoso que tenía que pedir el permiso necesario para continuar la obra. Se dirigió al Ministro y en el Ministerio se tardaron largos días para, por último, ponerle «pase a la Junta consultiva»: la tal Junta consultiva envió a su vez, después de un tiempo enorme gastado, el expediente a otra Comisión, creo que de ingenieros oficiales. Allí la cosa tardó no sé cuántos meses, para pasar después a la Junta y al Ministerio, y ¡no sé a dónde más! Resumen: mientras los papeles iban de Herodes a Pilatos, los materiales de la cañería se arruinaron; el pueblo no tuvo agua, el vecino gastó su dinero y su paciencia; ¡pero triunfó el papel sellado!

Toqué el punto de la intelectualidad, del trabajo mental, de la producción literaria. No se manifestó Picón muy optimista. Desde luego, al hablar de la crítica expresó más o menos—con gran placer de mi parte—, ideas, opiniones y observaciones iguales o semejantes a las que os he comunicado ya. Pero, llamáronme bastante la atención revelaciones como ésta: que aquí no puede haber crítica imparcial, o con simples preocupaciones de arte, por razones de pura consideración personal y a veces hasta de caridad... Un autor publica un libro, cuando no es un escritor rico, para tener que echar algo al flaco puchero de su casa. Ese autor tiene familia, mujer, hijos; conoce a todo el mundo y todo el mundo le conoce, pues en el de las letras se vive en Madrid como en familia, y el crítico que «pega un palo», como dicen aquí, al libro de aquel autor, sabe que contribuirá al hambre de muchos inocentes. (Desde luego, yo tenía deseos de observarle a este propósito que en la campaña argentina se necesitan brazos y se hacen fortunas.)

Lo propio que con los autores acontece con los cómicos. Una infeliz tiple que sostiene con sus sacrificios artísticos a su familia, tiene de su parte el buen corazón de la crítica, que no querrá evitarla los garbanzos. Luego, críticos y autores se ven a cada paso y son más o menos amigos. «Si Clarín residiera en la Corte y no en Oviedo, le aseguro que no escribiría con la independencia relativa con que escribe.»

Y esto traía a mi recuerdo el aspecto de la mayor parte de los «luchadores por la vida» o struggleforlifers de la pluma que circulan por Madrid en situaciones lamentables. La perpetua preocupación del «sablista» en los artículos satíricos y caricaturas, las levitas melancólicas, los sombreros imposibles, la indumentaria toda amargamente reveladora en el gremio. ¡Ah! los felices que logran seis duros en un periódico por un artículo. ¡Ah! los que hablan de cosas fabulosas, entre envidiosos y asombrados: «¿Sabe usted cuánto le pagan a Valera por artículo? ¡treinta duros!» «¿Sabe usted cuánto gana Cávia al mes? ¡Una barbaridad!» ¿Y el joven que mira la suerte del autor de teatro que logra triunfar, lo cual constituye ciertamente una verdadera ganga, y se lanza a buscar su Eldorado de las tablas con una pieza que no le han de representar nunca? ¿Y el soñador infeliz que tiene que contentarse—¡y gracias!—con dejarse de literaturas y reportear largo y tendido por doce o quince duros mensuales?

Tal pensaba al despedirme del nuevo académico, al salir de su encantadora casita de rico, donde se da los lujos que le vienen en antojo y compra estampas raras y ediciones princeps.

Su obra es ya considerable, desde sus Apuntes para la historia de la caricatura, hasta su valioso volumen sobre Velázquez recién publicado, en la crítica de arte, y desde Lázaro hasta sus Novelitas. Pero para mí, y para todo el que tenga el gusto de lo humano y de lo pulcro, aparece como el más preciado fruto de su árbol literario esa Dulce y sabrosa, manzana de Garcilaso, novela de maestro, figuración llena de vida y hechizo. Libro es ese en que se nos presenta el deseo incontenido de lo lejano, de lo que no poseemos, de lo difícil, antes que el deseo de lo imposible, tan íntimo en los artistas. Dulce y sabrosa es la mujer amada, lograda y dejada; pero que luego en poder ajeno despierta una nueva ansia de posesión y arrastra hasta la locura por conseguirla. Todos hemos tenido nuestra Cristeta; todos en lo hondo de nuestro pecho somos un poco Todellas. Y esa fabulación sencilla y vestida de una realidad que admite una confrontación inmediata, deja al gustarlo una grata sensación de descanso. Jamás un final semejante ha establecido más bellamente la libertad del amor como cuando acaba «esta entre verídica e imaginada historia, con el raro ejemplo de una mujer que todo lo pospone al deseo de ser amada». En lo que respecta al estilo, Picón es castizo hasta la medula, pero con una cultura moderna como la suya, junta a los donaires y elegancias de sus viejos autores la manera de describir, por ejemplo, y de sentir ciertas cosas, que poseen los maestros contemporáneos de las literaturas extranjeras. Lo que constituye una característica suya, su especialidad, es el modo cómo penetra el arte y cómo agrega, con elementos plásticos, a la arquitectura de su obra, singulares bizarrías y gracias. Tanto más que, por haber leído seguramente mucho a los místicos españoles, hay en el alma de su discurso, casi a cada paso, un ímpetu espiritual, un deseo de vuelo, un querer y un aspirar a la altura, que en pocos escritores contemporáneos se pueden hallar en España. No es un incrédulo este liberal. Cree, ¡al contrario!, en la eterna Divinidad, esto es, en la eterna justicia, en la eterna bondad y en la eterna belleza. Por eso se deleita en la construcción de sus ensueños de regeneración social, quiere a los infelices de abajo, y canta los besos y celebra las «batallas de amor en campo de pluma» con las mujeres hermosas.